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Diario de un piloto aleman

Organización y despliegue de las fuerzas aéreas. Aviones de combate.

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Diario de un piloto aleman

Mensaje por gerkamp » Mar Abr 26, 2011 8:58 pm

20 DE MARZO DE 1943

Son las 14:24 horas: Suena la alarma.

¡Maldición! Una vez más no hay tiempo de montar las bombas en los aviones. Los americanos vienen del mar; como de costumbre, se han reunido en el mismo sector marcado en el mapa con el nombre de Dora-Dora, en las proximidades del Gran Yarmouth.

Siete minutos después se reciben órdenes de aterrizar. El enemigo ha dado la vuelta y regresa en dirección Oeste. ¿Volverán?

Después de aterrizar, y ante los pilotos que permanecen listos, se vuelve a cargar combustible. Es de esperar otra alarma. Las intenciones del enemigo nunca son obvias, pues tienen la costumbre de alterar constantemente el rumbo.

Hago que carguen una bomba de 500 libras de peso, en la parte de abajo de mi avión; pero mientras se hace esto, llegan órdenes de despegar inmediatamente y no estoy listo para emprender el vuelo.

Que tome el mando el sargento Wenneckers. — Hago que esta orden sea comunicada de uno a otro de los pilotos que
están en línea para salir.

Wenneckers me hace seña con la mano, de que ha entendido y avanza rodando sobre la pista, los demás le siguen. La flotilla abandona el campo en formación cerrada.

Los mecánicos sudan trabajando febrilmente bajo la panza de mi Gustav, mientras yo permanezco en mi asiento, con los tirantes puestos y loco de impaciencia.

—¡Apresúrense! ¡Dense prisa!

La escuadrilla desaparece ascendiendo en dirección al mar. Los yanquis han cruzado la costa de Holanda.

—¡Listo!

Mi avión cargado recorre pesadamente la pista hasta llegar al extremo lejano; con la bomba no puedo despegar en la dirección que lleva el viento; al voltear en el perímetro del campo, el aparato se inclina pesadamente hacia la izquierda y en forma repentina. Se ha reventado una de las llantas.

Lanzo un cohete rojo de señales y mis hombres, que están en el punto de dispersión de la escuadrilla, entienden lo que
quiero avisarles. Veinte o treinta de ellos se apiñan en un camión y vienen corriendo hacia mí, levantan el ala izquierda sobre potentes gatos y cambian la rueda en cosa de unos segundos, mientras dejo funcionando el motor.

—¡Todo listo!

Se apartan del avión, abro la válvula y empiezo a rodar aumentando de velocidad, pero el aparato vuelve otra vez a inclinarse hacia la izquierda; sin embargo, logro levantarlo de tierra, después de un recorrido como de 600 pies, y paso a unas cuantas pulgadas por encima del hangar número dos.

Asciendo a toda máquina en un cielo sin nubes y en dirección al mar. Allá arriba se distinguen todavía las estelas de vapor que dejaron nuestros aviones y los yanquis. Ya están en combate.

22,000 pies de altura. Mi avión reacciona perezosamente bajo la carga infernalmente pesada; con gran dificultad subo a 30,000 pies, para lo cual son necesarios veinticinco minutos.

Los yanquis han bombardeado Wilhelmshaven, cosa que puedo decir por las columnas de humo y el fuego que se levantan de abajo. Ahora están sobre Heligoland en vuelo de regreso.

Avanzo por la orilla, lentamente, hasta quedar sobre la punta de la formación enemiga, que consiste en su totalidad de fortalezas voladoras. Durante varios minutos quedo a merced del fuego que me hacen de abajo, mientras trato de tomar por lo menos aproximada puntería sobre el blanco: para esto subo y bajo alternadamente la punta de las alas con el fin de poder ver la formación de aviones. En mi ala izquierda se han abierto dos o tres agujeros.

Arreglo la bomba, apunto por última vez y oprimo el botón de descarga que hay en el bastón: el proyectil desciende con violencia y lo veo caer mientras mi avión se desprende con el fin de alejarme. Hace explosión exactamente en el centro de una línea de fortalezas; arranca el ala a una de ellas y dos más descienden alarmadas.

Veinte millas al oeste de Heligoland, mi tercer bombardero pesado se estrella en el mar; no hay señales de que se hubiese incendiado; lo sigue el ala que se desprendió y que cae volando como una hoja de otoño.

La bomba ha hecho blanco; no solamente sobre las fortalezas, sino también, al parecer, entre nuestros oficiales superiores.

Inmediatamente después de aterrizar se me ordena presentarme al Comandante del Ala (Kommodore), quien se encontraba en el aire en el momento de anotarme el blanco y vio cómo se estrellaba la fortaleza.

—¡Por Dios Santo, Knoke, debe usted volver a hacer eso, pero con toda su escuadrilla!

—Son mis intenciones, señor.

—¿Cree usted que dé resultado?

—No estoy seguro. Quizás hoy fue una casualidad, pero tal vez podamos derribar otros nenes pesados en la misma forma.


En seguida habla por teléfono el coronel Henschel.

—Estoy encantado, mi querido Knoke. Fue un espectáculo maravilloso. Debo felicitarlo.

Lanza un grito de contento y parece estar excitadísimo. Ojalá no se le caiga el monóculo en la taza de chocolate por tanta excitación.

¡En toda el área costera alemana del Mar del Norte debe haber gran sensación!

Hay menos conmoción en la escuadrilla. Creo que tanto entusiasmo por haber derribado un solo bombardero es más bien algo absurdo. En primer lugar, cualquiera podía haber dejado caer la bomba; en segundo la idea original no fue mía, sino de Dieter; y por último, tengo ocho agujeros abiertos en el ala de mi aeroplano.

Durante la noche me despierta una llamada del teléfono que tengo a la cabecera de la cama. Es el conmutador de la estación.

—Señor, tenemos una llamada con prioridad, para usted, que viene del Alto Mando de las Fuerzas Aéreas.

—¿Qué cosa? ¿Para mí?


Y doy mi nombre. Al otro extremo de la línea contesta un mayor, miembro del Estado Mayor del Mariscal del Reich Goering.

—¿No es usted el que derribó un avión enemigo hoy, bombardeándolo?

—Sí, señor.


Se me piden los detalles más completos: ¿Qué tipo de bomba? ¿Qué clase de espoleta? ¿Exactamente en qué forma llevé a cabo el ataque? ¿Y cuál fue el resultado preciso?

—¿Quién dio la orden para efectuar esta operación de bombardeo?

—Nadie, señor. Obré por propia iniciativa.


Silencio. Y por primera vez se me ocurre que nunca fui autorizado para dejar caer ni siquiera un huevo sobre la cabeza de un infeliz yanqui, de manera que pueden considerar que obré en forma por demás independiente. En esos momentos vuelve a hablar el mayor que está en la línea:

—Lo voy a comunicar con el Mariscal del Reich. ¡Esta sí que es la sorpresa de mi vida!

Me quedo rígido, tieso en la cama, en posición horizontal, como si estuviera firme, y me reporto:

—Habla el teniente Knoke, comandante de la escuadrilla Núm. 5, Ala de Combate Núm. 1

—Estoy encantado con la iniciativa que ha demostrado usted tener; quiero expresarle personalmente mi reconocimiento.


Y eso es todo. Ahí tenemos a un teniente prusiano de la Fuerza Aérea Alemana, desconocido, que acostado en su cama y sin más traje que el saco de un pijama, habla con su Comandante en Jefe. ¡Algo sencillamente increíble!

¡Si supiera el viejo! Ni siquiera tengo puesto el pantalón, porque me irrita el elástico apretado. Pensando en esto no puedo dejar de reirme al voltear al otro lado de la cama.
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Mensaje por gerkamp » Mar Abr 26, 2011 9:11 pm

23 DE MARZO DE 1943

Cuando me presento al servicio, en el punto de dispersión, me dan un mensaje del conmutador del campo:

—Señor, anoche recibimos una llamada de la estación experimental del Rechlin. Quieren que les envíe usted inmediatamente un informe completo.

¡Dios mío! ¡Si no hubiera tirado esa cosa!

A las 10 horas llama el general Kammhuber. Este enano es General Comandante del 12° Cuerpo Aéreo.

Recibo una reprimenda terríble por mi actuación de ayer, que considera por demás independiente. Encolerizado, habla incoherentemente y tengo que retirarme los audífonos del oído y tenerlos a la distancia del brazo hasta que amaina el temporal.

—¿A dónde cree usted que iríamos a dar si todo teniente hiciera lo que le viniese en gana? — —grita airada la voz desde el otro extremo de la línea. —¿Qué rayos creyó usted estar haciendo?

Ya sabía yo que me harían esa pregunta; en el servicio sucede siempre que cuando el oficial superior agota sus cartuchos al dar una reprimenda, tiene que preguntar lo mismo. ¿Acaso espera que le conteste que no puedo dominar el deseo de jugar con bombas porque me encanta el ruido que hacen al explotar?

—Bueno, ¿tiene usted algo que decir en su favor? ¡Ya lo creo que sí!

—Sí, señor. Anoche me telefoneó el Mariscal del Reich y personalmente expresó su reconocimiento por mi iniciativa.


¡Ya está! Con eso queda aplacado, y oigo cómo se desinfla con un bostezo. Según el proverbio alemán, lo que para uno es alimento para otro es veneno.
Por la tarde, el coronel Lützow, inspector del Comando de Combate Alemán, llega por avión.

El joven y alto coronel es uno de nuestros más distinguidos pilotos de combate; las condecoraciones que ostenta incluyen la de la Cruz de Caballero con Espadas. Goza de gran popularidad en todas partes por el encanto y atracción que adornan su personalidad. En forma completamente sencilla y con toda franqueza discute conmigo las potencialidades inherentes a operaciones de bombardeo entre aparatos que se encuentren en vuelo.

Como medida experimental, se resuelve que una de las escuadrillas del Ala de Combate Núm. 26, con base en la costa del Canal, haga también el intento de bombardear las formaciones en masa de los yanquis. Ambos estamos convencidos de que, de todos modos, estas tácticas no pueden prolongarse mucho una vez que el enemigo dé a sus bombarderos una escolta de aviones de combate.

—¡Qué enorme revuelo ha originado la caída de una infeliz bomba! ¡A veces deseo no haberla tirado nunca!

—¡Lo mismo digo yo! —
—me contesta riendo Lützow.
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Mensaje por gerkamp » Mar Abr 26, 2011 9:19 pm

17 DE ABRIL DE 1943

Los americanos lanzaron hoy un ataque sobre Bremen. Despegamos llevando las bombas, que tenemos oportunidad de
dejar caer cuando la escuadrilla se halla en formación cerrada sobre el corazón de Bremen. Ni una sola bomba da en el blanco.

Inmediatamente atacamos con nuestros cañones; por mi parte, me lanzo tres veces sobre una fortaleza y finalmente la veo arder en llamas. Se estrella al sudoeste de Bremen, en un campo cercano a Bassum, mientras cuatro de los miembros de su tripulación se lanzan en paracaídas, salvándose.

La escuadrilla se anota tres victorias más.

14 DE MAYO DE 1943

El enemigo hace una incursión sobre Kiel; volvemos a perseguirlos con nuestras bombas. Varias veces intento un ataque en formación a 30,000 pies sobre Holstein y otras tantas se dispersa el enemigo, deshaciendo la formación. Por lo visto, han adivinado nuestras intenciones.

Al volar sobre Kiel tenemos que sufrir el nutrido fuego antiaéreo de nuestros propios cañones. Por desgracia, las descargas de la Armada tienen tan buena puntería que nos obligan a desorganizarnos en forma considerable.

Observo el bombardeo de los yanquis, que tiran su carga precisamente sobre los astilleros Germania; quedo impresionado por la puntería con que bombardean estos malditos: es algo fantástico.

Para entonces pasado la oportunidad de efectuar un bombardeo en formación, de manera que mando en vuelo a uno por uno de la escuadrilla. Mi propia bomba falla al hacer explosión; sin embargo, se anotan algunos blancos: uno del sargento Führmann, otro de Fest y otro del sargento Biermann. Tres de las fortalezas son destruidas en el aire.

Una vez más, confiando en mis cañones, entro en picada para efectuar un ataque frontal contra una formación separada que integran unas treinta fortalezas. Casi al instante siento un impacto en el fuselaje y como resultado me veo obligado a abandonar el ataque. Sin embargo, el motor sigue funcionando con regularidad y parece que todos los controles trabajan perfectamente.

Hago un nuevo intento y mi primera descarga da exactamente en la cabina de control de una fortaleza; retrocede levantándose como enorme animal que hubiese sido herido mortalmente y cae en pronunciadas espirales, hacia la derecha; aproximadamente a 10,000 pies se le desprende una de las alas y termina estrellándose cerca de Husum a las 12:17 horas.

Regreso a la base con varios agujeros en el fuselaje y en la cola del aparato.

El día de hoy mi escuadrilla derribó cinco bombarderos pesados; el número total de estos aparatos derribados por nosotros es de cincuenta, y el último fue echado a tierra por el sargento de vuelo Wenneckers. Así resulta que mi escuadrilla Núm. 5 ha causado al enemigo tantas bajas en bombarderos pesados, como la comandancia del escuadrón, y las escuadrillas 4 y 6 juntas.

Al caer la tarde, durante una inspección del escuadrón, el General Galland, que encabeza el Comando Alemán de Combate, firma nuestro libro de visitantes expresando sus buenos deseos y felicitaciones por nuestro "quincuagésimo nene pesado".
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Mensaje por gerkamp » Mar Abr 26, 2011 9:25 pm

15 DE MAYO DE 1943

Los americanos repitieron hoy su ataque de ayer sobre Kiel. Solamente pude llevar cinco aparatos porque casi todos nuestros aviones tenían agujeros cuando regresaron ayer al campo. Interceptamos la formación enemiga cerca de la península de San Pedro, antes de que entrara a tierra.

La única de nuestras bombas que hizo blanco fue la que arrojó el sargento de vuelo Lennartz. Una de las fortalezas cayó al mar.

Dos veces intento llevar a cabo un ataque sobre una de las formaciones enemigas, pero sin éxito. Los americanos adoptan una táctica evasiva mediante algo semejante a un vuelo alternado que hace extremadamente difícil el ataque frontal con precisión, ya que el tiempo de que se dispone para hacer el disparo se limita solamente a tres o cuatro segundos. La regulación perfecta del tiempo es esencial debido a la terrífica velocidad de acercamiento; nuestra velocidad, sumada a la del enemigo, a una altura de 25,000 pies, asciende a más de 600 millas por hora.

Por fin logro acercarme a una de las fortalezas que vuela en uno de los flancos y observo el blanco hecho en el motor interior de la derecha; pero mi víctima se concreta a cerrarse y se desliza al centro bien protegido de la formación. Otro ataque más, dirigido desde el frente, no produce ningún resultado. Apenas si alcanzo a eludir el choque con la parte de atrás de uno de estos monstruos americanos; tan sólo su timón es tan grande como la longitud completa de las alas de mi Messerschmitt 109.

Parece que éste es uno de los días en que todo sale mal. Pierdo de vista la fortaleza que había empezado a derribar y ya entonces nada puede importarme; desciendo en ángulo casi recto sobre otra fortaleza que vuela a la cola y por fin las
descargas empiezan a hacer efecto; los dos motores de la izquierda despiden humo; el yanqui pierde altura rápidamente, y una vez que sale de la formación ha encontrado su fin. Lo sigo sin desviarme y hago fuego sobre él con todo lo que dispongo. Las brillantes llamas se extienden por todo el fuselaje, y los diez miembros de la tripulación saltan; los paracaídas cuelgan en mitad del cielo como prendidos a una invisible cuerda, mientras el gigantesco avión desciende dejando tras de sí densa estela de humo, en barrena sin piloto, fuera de control, y termina desintegrándose durante la bajada.

Se estrella a las 10:56 horas en el sector del mapa marcado con Toni-Siegfried-cuatro.
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Mensaje por gerkamp » Mar Abr 26, 2011 9:31 pm

18 DE MAYO DE 1943

Aparte de nuestras operaciones en contra de las formaciones de bombarderos pesados, continuamos volando en patrullas para escoltar convoyes en el mar. De este modo he completado mis doscientos vuelos de operación.

19 DE MAYO DE 1943

A las 13:40 horas derribo mi séptimo bombardero pesado.

Durante la tarde. se me escapó un intruso que venía en misión de reconocimiento sobre Heligoland, volando a enorme altura. Me fue imposible identificarlo plenamente; creo que era un Lightning.

1º DE JUNIO DE 1943

Una vez más los americanos vienen del mar. Durante el primer ataque, el motor y el tubo del aceite de mi avión resultan seriamente averiados.

Estábamos a punto de quedar en posición para bombardear al enemigo cuando me vi obligado a lanzar mi "huevo", y fue
con enorme dificultad que logré regresar a la base.

También hicieron blanco en el aparato del sargento Kramer, en la zona de Wangerooge. Arrancada la cola de su aparato y ya sin ningún control, choca contra el sargento Biermann a mitad del aire; los dos aviones quedan trabados por unos cuantos segundos y caen casi verticalmente, pero Biermann, inexplicablemente, logra sacar el suyo, aunque bastante mal averiado, y alcanza a llegar al aeródromo en una maniobra de deslizamiento; intenta hacer un aterrizaje sin bastón, pero su velocidad es demasiado rápida y termina volcándose. El aparato resulta totalmente destruído, pero Biermann sale ileso.

Kramer salta del avión; pierde la serenidad y trata de abrir su paracaídas mientras viaja a una velocidad de más de
400 millas por hora; se le revientan dos de los tirantes, y cuando cae en el mar el paracaídas está medio abierto solamente. Cuando lo rescatan está escupiendo sangre, y lo llevan al hospital.
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Mensaje por gerkamp » Mar Abr 26, 2011 9:35 pm

11 DE JUNIO DE 1943

Los yanquis no regresan nuevamente sino hasta la tarde.

Dos veces salimos a interceptarlos y únicamente en la segunda misión, cuando la formación se encuentra ya muy lejos sobre el mar, rumbo a sus bases, se presenta la oportunidad para que abra yo el fuego. Una de las fortalezas cae finalmente, después de haberla atacado cuatro veces.

13 DE JUNIO DE 1943

Hoy estamos a trece.

La escuadrilla lleva a cabo un ataque en formación contra un grupo que consiste de más o menos 120 bombarderos pesados. Una de las fortalezas queda precisamente al centro de mi mira; oprimo ambos botones y disparo, pero no sucede nada; reviso el cargador y el seguro, vuelvo a oprimir los botones y... no pasa nada.

Dominado por la ira, desciendo en espiral hasta ocultarme en el banco de nubes que hay abajo.

¡Hoy estamos a trece!
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Mensaje por gerkamp » Mar Abr 26, 2011 10:02 pm

25 DE JUNIO DE 1943

Hoy en la mañana, al ir literalmente arrastrando los pies en dirección al punto de dispersión, me sentí medio muerto. Los demás pilotos y yo estuvimos bebiendo en la cantina hasta el amanecer. La barra quedó totalmente cubierta con un regimiento de botellas vacías que habíamos consumido.

El cielo está cubierto de nubes, y creemos que los yanquis nos dejarán hoy en paz. En la sala de operaciones del escuadrón no hay informes de actividad del enemigo. Me acuesto para reponer el sueño en el salón de descanso que queda junto al de las tripulaciones.

A las siete me despierta el teléfono: hay concentraciones enemigas en el sector Dora-Dora del mapa.

¡Como si no hubieran podido escoger otro día!

Los pilotos duermen todavía. No los despierto, sino que me dirijo al sitio donde están los aparatos. El ingeniero en jefe me informa que todos los aviones han sido revisados y están en condiciones de servicio.

Voy al comedor y pido un huevo frito, pan blanco y mantequilla, que trato de comer. El alimento parece estar insípido. Por primera vez no me siento contento al pensar en la próxima salida. Hay una peculiar sensación de hundimiento en la boca de mi estómago. ¿Es miedo?

No, no creo que sea exactamente temor, sino más bien un poco de indiferencia y aversión. Ni siquiera una visita al baño sirve para darme alivio. Durante quince minutos corro de un lado a otro de la pista con el fin de recuperarme. Turit, mi perro, va trotando a mi lado; de vez en cuando salta y comienza a ladrar a las gaviotas.

De la comandancia llega la orden de estar listos para un caso de alarma. Los pilotos salen bostezando, uno por uno, y después de comer algo se ponen las botas de piel, los trajes de vuelo y los chaquetines salvavidas; se habla poco. Guardo unas raciones de emergencia y un paquete con medicinas para primeros auxilios, colocando todo en la bolsa grande que tengo a la altura de la rodilla.

Lentamente atravesamos el campo hasta llegar a los aviones. De un momento a otro sonará la alarma. Los mecánicos llegan primero que nosotros; el jefe de mi tripulación de tierra balancea las piernas colgadas mientras descansa a lo largo de una de las alas y masca una hoja de césped.

Arndt me sujeta el equipo mientras me pongo el casco y me da la extensión del teléfono de tierra. La oficina de comandancia habla al otro extremo de la línea.

Desean saber si estamos todos listos. Los comandantes de escuadrilla contestan por turno: teniente Spmmer, yo y el capitán Falkensamer. El enemigo se aproxima la costa y, al parecer, hoy se dirige nuevamente a Wilhelmshaven.

Son las 8:11 horas cuando despegamos.

Una a una, las escuadrillas se elevan; en total, son 44 aparatos. Tenemos un cielo de 6,000 pies de altura; lo cruzamos al llegar a la línea de la costa y ocasionalmente vislumbramos tierra por entre los claros que hay en las nubes.

15,000 pies. Cruzamos otra capa de nubes en nuestro ascenso.

20,000 pies. No se escuchan conversaciones en el radio; solamente el anuncio de las posiciones del enemigo.

22,000 pies. Debemos esperar encontrarnos con el enemigo en cualquier momento.

Reviso mis armas. La máscara de oxígeno está demasiado apretada; la aflojo y me la acomodo.

Estamos volando entre cúmulos; allá, en las alturas, se extiende una tercera capa de nubes de hielo. Atravesamos valles y cavernas en medio de montañas gigantescas de nubes. Nuestros aviones se ven absurdamente pequeños, convertidos en verdaderos enanos ante el fondo majestuoso que nos envuelve.

—¡Allí están!

Las fortalezas vuelan casi a tres mil pies bajo nosotros; no están organizadas en formación en masa, sino que avanzan ya sea solas o en grupos de tres o cuatro. por entre el magnífico paisaje de nubes. Desprendiéndonos, descendemos en picada.

—¡Sobre ellos!

Comienza la persecución.

La sorpresa es perfecta; nuestro ataque provoca un estado de completa confusión entre los americanos. Se abren, dan vuelta y se clavan en busca de abrigo entre las nubes al tratar de escapar a nuestra persecución. Es imposible calcular el número, parece como si se hubiera volcado una colmena. Por radio, no avisamos unos a otros la mejor posición para disparar.

Por parejas, nuestros pilotos atacan los grupos individuales de fortalezas. Hoy llevo a mi lado un joven sargento que sale por primera vez; ésta es su primera experiencia en combate y hay una buena oportunidad para que también logre su primera victoria, si no pierde la cabeza.

Escojo dos bombarderos pesados, aislados, que vuelan ala con ala, y descendemos atacándolos desde atrás.

—Doelling, toma tú el de la izquierda — aviso al sargento, pero sigue volando muy a la derecha y no hace caso a mi
llamado—. ¡Ciérrate más, hombre! ¡Del otro lado, sobre la izquierda! ¡Entra al ataque!

Abro el fuego a corta distancia, y los proyectiles de mi cañón dan precisamente en el centro del fuselaje. El artillero de
retaguardia contesta persistentemente mi ataque; con toda calma me acerco, disparando sin interrupción, y aparecen
agujeros en mi ala derecha, abiertos por sus blancos. ¡Ese maldito artillero no me deja en paz! ¡En verdad que es valiente!

Acercándome todavía más, sigo disparando contra la fortaleza, concentrando el fuego sobre la torre de retaguardia que se desintegra con las descargas de mi cañón; otra andanada de altos explosivos pone fuera de combate la torre dorsal.

Estamos entre las nubes, en un hondo barranco, con enormes muros de leche que se alzan a ambos lados. Es un cuadro precioso. Doelling sigue todavía volando en su posición, a mi derecha, contemplando con toda calma el combate. ¿Por qué no se lanza tras el segundo bombardero pesado? Me hace perder la calma y vuelvo a gritarle:

—¿Ataca, estúpido, ataca!

Pero, a pesar de todo, Doelling no se mueve.

¡Uum! ¡Uum! ¡Uum!

Estoy a merced del nutrido fuego lateral que viene de la torre derecha de la fortaleza; mi posición me coloca bastante cerca, al lado del bombardero, y el artillero superior también está disparándome con sus cañones múltiples, haciendo que los
proyectiles pasen rozándome la cabeza.

¡Uumf! Siento que me han tocado nuevamente. Vamos atravesando las nubes y se oscurecen los parabrisas, de manera que abro la ventanilla lateral. La fortaleza que voy atacando se halla envuelta en llamas, tanto en la parte de atrás como en el motor interior de la izquierda, y aun cuando los dos artilleros del otro bombardero siguen manteniendo el fuego a sólo unos 100 pies de distancia, continúo mi persecución que ha de hacer caer a mi víctima aun cuando en ello me juegue la vida; por lo tanto, permanezco a sólo 150 ó 200 pies tras de su cola hasta ver que las llamas se extienden abarcando toda su ala derecha.

Por un momento suelto el bastón y trato de llamar la atención de Doelling, haciéndole señales con la mano y apuntando a la segunda fortaleza. Surge un relámpago repentino frente a mis ojos y siento que mi mano golpea violentamente contra el lado derecho del aparato. Alarmado, extiendo el brazo para tomar el bastón, pero lo vuelvo a soltar inmediatamente; mi guante derecho está hecho trizas y la sangre brota sin que sienta yo ningún dolor.

Una vez más, tomo el bastón con la mano herida, apunto las miras sobre mi enemigo y vacío el cargador en una sola andanada. Por fin, después de tanto, la fortaleza pierde altura y cae entre las nubes como antorcha encendida.

Desciendo tras ella, siguiéndola hasta el mar. Todo lo que ha quedado del bombardero pesado es una gran mancha de aceite que arde sobre la superficie.

Ya entonces empieza a dolerme la mano. Tomo el bastón con la izquierda y veo que está manchado de sangre; la carne cuelga en tiras del guante rasgado.

Hace rato que estoy desorientado, desde la hora del combate entre las nubes. Es un milagro que no me hayan averiado el motor. Para mi buena suerte, los artilleros de la segunda fortaleza no eran buenos tiradores; sin embargo, debo llegar a tierra, rumbo al Sur.

Me sigue doliendo más y más la mano. Estoy perdiendo mucha sangre; mi uniforme de vuelo da la impresión de que hubiera yo andado de paseo a rastras.

¿Qué tan lejos andaré volando en alta mar? Los minutos pasan lentamente y todavía no hay señales de la maldita línea costera. Comienzo a sentir un calor peculiar, como si estuviera mareándome: debo estar perdiendo la cabeza. ¡Este maldito dolor de la mano! Surge una isla allá adelante: es Norderney; sólo siete u ocho minutos más, y podré aterrizar. El tiempo se hace interminable hasta que por fin vuelo sobre Jever. A pesar del angustioso dolor que siento en la mano, entro en picada y vuelo muy bajo sobre el punto de dispersión de la escuadrilla. Les anuncio mi éxito haciendo la cabriola de la victoria. Los mecánicos me hacen señales con las manos y las gorras; están tan encantados como si fueran niños.

Y ahora necesito las dos manos para aterrizar; aprieto los dientes, pues mi mano está completamente inutilizada. El jefe de mi cuadrilla de tierra se horroriza al verme la mano y la cantidad de sangre que tiene mi uniforme de vuelo; los mecánicos rodean el avión. ¡El Jefe está herido!

En el puesto de primeros auxilios del campo, el oficial médico en servicio me quita el guante y aplica un vendaje de emergencia; también me ponen una inyección preventiva antitetánica.

Son solamente las 9 de la mañana y el último aparato no regresa sino hasta el mediodía; dos victorias más se anotan en el pizarrón de registro que hay en el punto de dispersión.

Por fin me llevan a esa hora al hospital. Tienen que operar amputándome el dedo. Por lo demás, la mano quedará en perfectas condiciones si no ataca la gangrena. Una de las hermanas enfermeras me conduce a la sala, donde deberé permanecer hasta nueva orden. Me asomo y veo que mi automóvil está todavía allí, en el patio de abajo; Jungmaier, mi chofer, está esperando. Con toda cautela espío por el corredor; no hay moros en la costa, nadie se aparece por allí. Y como nunca he podido soportar el olor de los desinfectantes que hay en los hospitales, media hora más tarde estoy de regreso en el punto de dispersión de la escuadrilla.

Hasta donde puedo saberlo, quizás todavía me anden buscando en el hospital, cosa que me hace reir de buena gana.
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Mensaje por gerkamp » Mar Abr 26, 2011 10:07 pm

2 DE JULIO DE 1943

Mis intenciones habían sido quedarme con la escuadrilla; pero el comandante, capitán Specht (que asumió el mando del escuadrón hace dos meses), me ordenó que tomara unos días de vacaciones, y junto con Lilo y la pequeña Ingrid fui a Hamelin.

Han pasado ya tres años desde el día en que salí de casa. En aquel entonces acababa de obtener mi matrícula superior y quería convertirme en un soldado; ahora regreso como teniente, a cuyo grado fui promovido hace un mes, habiéndoseme confirmado también el de comandante de escuadrilla. Me fueron otorgadas las cruces de hierro de primera y segunda clase, la banda negra por heridas y la insignia de piloto. Durante los últimos meses, también he recibido las alas de bronce, plata y oro, por haber completado más de doscientas misiones.

En aquellos días estaba enamorado de Annaliese y ahora vengo casado y soy padre de una chiquilla.

En nuestro viejo y querido nido de ratas nada ha cambiado. Todos los días me cambian el vendaje de la mano en el hospital de la localidad; llevo el brazo en cabestrillo. Inexplicablemente, no puedo dejar de sentir cierto orgullo por mi primera herida.

4 DE JULIO DE 1943

Se supone que todavía me queda casi una semana más de licencia; sin embargo, me he dado cuenta de que echo de menos el aeródromo, los camaradas y los aviones, de manera que decido regresar.

Además, ¡no puedo imaginar que la escuadrilla siga operando sin mí!
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Mensaje por gerkamp » Mar Abr 26, 2011 10:11 pm

25 DE JULIO DE 1943

He mandado hacer algo semejante a un escudo de cuero para protegerme el vendaje de la mano y para asi poder volar con la ayuda de un tirante en forma de lazo unido al bastón de control.

Durante los últimos días he estado volando en un Messerschmitt Taifun, avión de cuatro pasajeros que tiene una línea muy atractiva.

Hoy volé sobre la ciudad de Hamburgo. Los ingleses de noche y los americanos de día, en una serie de ataques aéreos en masa, prácticamente han destruido esta gran ciudad. Barrios completos han sido devastados por las bombas incendiarias de fósforo, que arrojan los ingleses durante la noche. Se calcula que han muerto 100,000 habitantes. Los americanos atacan objetivos de importancia militar durante el día.

Durante mi vuelo observo los grandes incendios que todavía perduran en todas partes, en lo que se ha convertido en una vasta zona de destrucción. Una monstruosa nube de humo se eleva a tres mil pies sobre las llamas, extendiéndose en la parte superior hasta tener una anchura de diez a veinte millas, y va arrastrándose lentamente en dirección Este, hacia el Mar Báltico, que queda a unas setenta millas de distancia.

No hay una sola nube. La gigantesca columna de humo se destaca sombríamente sobre el azul del cielo de verano.

El horror que me causa este cuadro me impresiona profundamente. Por lo visto, la guerra está asumiendo aspectos positivamente odiosos.

Y decido, con torva determinación, volver a entrar en acción a pesar de la mano herida.
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Mensaje por gerkamp » Mar Abr 26, 2011 10:15 pm

27 DE JULIO DE 1943

Por la tarde subo con la escuadrilla para un vuelo de práctica; tendré que evitar los combates con el enemigo, debido al estado de mi mano, pero podré dedicarme a atacar los bombarderos.

Desgraciadamente, durante este vuelo de práctica, el sargento Kramer se estrella en el mar (hace solamente unos cuantos días que salió del hospital), debido a una avería en el motor. Lo vemos descender, pero nada podemos hacer para ayudarlo. El aparato se pierde para siempre en las profundidades del Mar del Norte.
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Mensaje por gerkamp » Mié Abr 27, 2011 2:20 am

28 DE JULIO DE 1943

Concentraciones en el sector Dora-Dora. Eso significa que habrá que entrar en acción; me amarraré la mano al bastón de control y volaré.

Despegamos a las 8:35 horas, en total once aparatos. Bajo el cuerpo de los aviones se han montado las bombas. En el área de Heligoland ascendemos hasta quedar por encima de los bombarderos que se aproximan y descargamos nuestras bombas. Las explosiones originan escenas fantásticas: se desorganiza completamente la formación cerrada en que vuelan las fortalezas; algunas se lanzan en pronunciado vuelo en picada, mientras otras se desvían a los lados. Poco les falta para chocar en mitad del aire. La bomba arrojada por el sargento Fest estalla en el centro de una escuadrilla cerrada que integran tres bombarderos, y los tres, simultáneamente, van a estrellarse. En el aire flotan más de veinte paracaídas.

Nuestros audífonos resuenan con tanto grito de triunfo. Esto es algo espantoso. Damos vueltas, nos mecemos y balanceamos sobre el enemigo en arrebato de alegría y pasan varios minutos antes de que volvamos a estar en calma. ¡Pensar que Jonny Fest logró derribar tres monstruos de un solo golpe! Es evidente que otros más han resultado averiados.

Dirigiéndome a mis hombres por el radio, lanzo gritos de ánimo:

—... ¡y ahora vamos a acabar con ellos!

Nos clavamos en perfecta formación sobre los yanquis; mi gente se halla dominada por la alegría. Los audífonos rezumban con tanto grito que se oye por todas partes:

—¡A ellos! ¡A ellos!

Continuamos nuestra furiosa embestida hasta quedar bien cerca de las fortalezas y poder aplastarlas. Llevo un nuevo aparato equipado con un cañón de treinta milímetros, que abre enormes boquetes en el fuselaje de la fortaleza que he escogido como víctima. Alarmado, el piloto trata de escapar entrando en vuelo en picada.

Otros cinco o seis aviones enemigos, algunos de los cuales están en llamas, se desvían alejándose del resto de la formación que ha sido destruída. ¡Ahora podemos acabar con ellos uno a uno! Y así, uno tras otro, descienden envueltos en llamas hasta estrellarse en el mar. Sobre la superficie sólo quedan grandes manchas de aceite que arden.

¡Qué cacería tan tremenda!

Una vez que he derribado a mi enemigo, regreso al ataque contra la formación deshecha; junto con el sargento de vuelo Raddatz abro el fuego sobre otra fortaleza hasta que empieza a incendiarse. El se encarga de acabar con ella cuando trata de escapar rumbo al Oeste. Observo entonces que uno de los camaradas está en llamas. Abro la válvula y me adelanto hasta quedar a su lado: es el sargento Hoefig.

—¡Ten calma, Hoefig! ¡Conserva la serenidad!

Largas llamaradas se extienden por todo el fuselaje.

—Salta ya, Hoefig, si no quieres achicharrarte el cuero!

Llamo a los demás, instándolos a que conserven la serenidad. Kramer no se hubiera ahogado ayer si no hubiera perdido la cabeza.

El cuerpo del sargento cae entonces fuera del avión que arde; la corriente de la hélice lo levanta, lanzándolo al aire, y por unos cinco o diez mil pies desciende como piedra hasta que se abre el paracaídas. Lo sigo, dando vueltas en derredor de su paracaídas; Hoefig me hace la seña con la mano y apunta hacia abajo: va a caer en el mar. Por la radio llamo a la base pidiendo auxilio:

—Hermanito derribado en Ulrich-Quelle-seis. Desciende al mar en paracaídas. Notifiquen al servicio de rescate.

La base contesta mi llamada; ellos se encargarán de recoger a Hoefig, que durante largo rato se balancea en el aire hasta que finalmente cae sobre la superficie del agua.

Diez aparatos aterrizan, sin novedad, a las 9:50 horas. Los mecánicos nos llevan en hombros desde los aviones hasta el punto de dispersión; están locos de alegría.

Arndt, jefe de mi tripulación de tierra, ofrece sus felicitaciones, y por sexta vez me hace el ceremonioso obsequio consistente en el mismo ramillete de flores.

La escuadrilla está loca de entusiasmo; por todas partes los pilotos se ven rodeados de soldados a quienes cuentan su historia. Once victorias más serán anotadas en el registro que se lleva en el pizarrón; once bombarderos pesados no volverán a arrojar más bombas sobre Hamburgo.

El servicio de rescate andará muy ocupado pescando a media compañía de americanos que flotan en el mar, y Hoefig estará tomando un baño frío en compañía de sus colegas del otro lado.

Por la noche, un avión del servicio de rescate lo trae de la zona de Heligoland, donde fue desembarcado con un puñado de yanquis en una de las lanchas de auxilio; se siente perfectamente, muy animado, sin haber sufrido más herida que una ligera quemadura en la frente.

—¡Hombre, hombre, qué buena cacería!—es todo lo que dice cuando los camaradas le dan la bienvenida por su
regreso.

Por supuesto, Jonny Fest es el héroe del día; se le acredita con la rara hazaña de haber derribado tres bombarderos pesados en una sola operación. Se reciben llamadas por teléfono de otras escuadrillas que observaron nuestro ataque y llaman para felicitarnos por el éxito.

Realmente me siento orgulloso de mi "Quinta". En mi diario anoto el décimo tercer aparato que he derribado. El día de hoy quedará grabado en nuestra memoria como el de "la tremenda cacería".
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Mensaje por gerkamp » Mié Abr 27, 2011 3:22 am

15 DE AGOSTO DE 1943

Una vez más han elegido a mi "Quinta" para llevar a cabo una misión especial.

Nuestros aparatos son equipados, bajo cada ala, con unos objetos cuya extraña apariencia hace que les pongan el apodo de "tubos de estufa". De hecho, son tubos eyectores de cierta clase de proyectiles de mortero de ocho pulgadas, o más bien cohetes, que consisten de una carga propulsora, otra explosiva y una espoleta de tiempo. Si seguimos con estas cosas, muy pronto nos veremos cargando artillería pesada.

Parece que la idea es que nuestras escuadrillas en formación se coloquen a 2,500 pies a la retaguardia del enemigo y entonces hagan uso de estos aparatos para disparar cohetes explosivos sobre ellos.
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Mensaje por gerkamp » Mié Abr 27, 2011 3:52 am

17 DE AGOSTO DE 1943

En la mañana temprano nos aguarda una sorpresa: se nos traslada repentinamente a Rheine, como a 120 millas al Sur. Se esperan intensos ataques de formaciones americanas sobre la parte central de Alemania y deberemos operar conjuntamente con las Alas ya estacionadas en ese sector.

Pero después de noventa minutos cambian las órdenes y nos envían a Gilze Rijn, en Holanda, donde aterrizamos a las 11:15 horas. Muchachas bonitas llevan refrescos y nos sirven un exquisito almuerzo en el mismo sitio donde quedan nuestros
aparatos. La ancha pista reverbera y el calor es abrumador; hace varias noches, cuando aterrizaban nuestros pilotos de combate nocturno, los Tommies dejaron caer una nutrida lluvia de bombas.

Se me informa que el teniente Geiger, viejo camarada mío con quien estuve en la Academia Militar, se halla de servicio en este campo aéreo. Respondiendo a mi llamada telefónica, viene inmediatamente en su automóvil. Ha cambiado tanto, que apenas si puedo reconocerlo; por su parte, insiste en que sigo siendo exactamente el mismo de aquella época. Geiger comanda una escuadrilla de aviones de combate nocturno y hace varias semanas lo condecoraron con la Cruz del Caballero. Su carácter no ha cambiado: es el mismo prusiano concienzudo, serio y trabajador de siempre.

A las 13:15 suena la alarma. Geiger me saluda al pasar en mi avión para despegar. Sobre Amberes establecemos contacto con fortalezas escoltadas por Spitfires. Mis tubos de estufa hacen imposible que me enfrente a ellos, y no quiero lanzarlos sino en caso de emergencia; de manera que, por el momento, tendré que esperar la oportunidad de atacar más tarde.

Sigo a las fortalezas, que van divididas en cierto número de grupos, todos en dirección sudoeste, manteniéndome a un lado y esperando el momento en que los Spitfires den vuelta para regresar nuevamente a Inglaterra.

Por fin se presenta la oportunidad de atacar en la zona de Aquisgrán. Sin embargo, antes de que pueda abrir fuego, hacen blanco en mi ala izquierda y se dispara el tubo de estufa. Con enorme dificultad logro controlar el aparato desequilibrado en cuya ala izquierda se abre ahora un boquete grandísimo; temo que el tirante principal haya sido averiado, lo que haría posible que toda el ala se desprendiera completamente si se la sometiese a un esfuerzo demasiado grande. Tengo que evitar los virajes en corto y tratar de lanzar el segundo cohete sobre el enemigo.

Mientras tanto, mis pilotos han descargado los suyos con buenos resultados. Por ejemplo, Führmann y Fest se anotan cada uno blancos directos haciendo que sus bombarderos hagan explosión en el aire; los demás tubos de estufa no hacen ningún efecto, por lo menos en cuanto nosotros podemos observarlo. El que yo lanzo pasa por entre la formación de tetramotores sin chocar con ninguno de ellos.

Me aparto y desciendo hasta aterrizar en Bonn (Hangelar). Inmediatamente me dirijo al taller de reparaciones y pido un inspector de conservación que confirma mi temor de que el tirante principal del ala izquierda está roto. Eso hace que mi avión quede inservible para nuevas operaciones de combate. Durante la noche le pondrán toda el ala nueva.

Caminando lentamente atravieso la pista hasta llegar a la torre de control. Todo el tiempo llegan y aterrizan aviones de combate, tales como Messerschmitt y Focke-Wulf; se ven en total cerca de 30 aparatos que están siendo amunicionados y a los que se suministra combustible. Pertenecen a diferentes alas de combate, y es una lástima que la mayoría de los pilotos no sean experimentados; no hay un solo jefe de formación entre todos ellos.

Aparentemente, los americanos están atacando otra vez las fábricas de cojinetes que hay en Schweinfurt. Pasan por sobre nosotros a gran altura y en dirección Sudeste.

Me disgusta pensar que mi avión está inservible, y de pronto decido que, a pesar de todo, voy a volar en el aparato aunque esté averiado; sin hacer caso de la advertencia del inspector, ordeno que lo abastezcan de combustible y lo amunicionen.

Llamo y congrego a todos los pilotos que han aterrizado y les digo que se consideren bajo mis órdenes. Todos despegamos en un grupo grande y compacto a las 17:00 hs. En ese momento los americanos van de regreso a sus bases y espero causarles serios daños.

Tengo que manejar mi avión como si fuera una cesta de huevos. Pronto nos hallamos a una altura de 22,000 pies. Delante de nosotros vuela una formación compuesta por unas 250 fortalezas, a las cuales nos acercamos gradualmente. Uno por uno envío al ataque a los pilotos que llevo conmigo y me quedo tras la formación enemiga escogiendo como blanco a una fortaleza que vuela separada, hacia la izquierda y un poco más abajo de todas las demás. A una distancia de 500 pies abro el fuego en andanadas cortas; las defensas americanas contestan y sus proyectiles silban por todas partes a mi alrededor y demasiado cerca de mi cabeza; los acostumbrados hilos de perlas se hacen más y más gruesos. Una vez más hay cantidades enormes de metal que llenan el aire.

Mi situación es seriamente desventajosa, porque durante varios minutos tengo que volar tras el grupo enemigo en masa sin poder recurrir a maniobras evasivas. De pronto, mi pobre avión queda literalmente bajo una lluvia de fuego. Me encojo y agacho completamente tras él porque proporciona bastante protección y me acerco hasta unos 300 pies de distancia. Tomo entonces puntería con toda calma y ...

¡Uumf! Hacen blanco en mi fuselaje y el sonido es más hueco que el que producen el motor y las alas. Pero mis disparos han hecho efecto; en estos momentos el avión yanqui se halla envuelto en llamas, se desvía hacia la izquierda y cae desprendiéndose de la formación. Cuatro paracaídas se abren en mitad de los aires.

Intempestivamente se sienten varios impactos sucesivos en mi avión, que lo hacen estremecerse violenta mente; se oye
como si alguien vaciara un costal de patatas sobre el barril en que estoy sentado. Del motor se desprenden llamas que flamean en dirección a mí. El humo me sofoca y me lloran los ojos.

Por fin, y después de todo, han logrado acabar conmigo. ¡Se siente un bamboleo terrible! Obligado por los gases, corro hacia atrás las ventanillas laterales. El humo se hace cada momento más espeso; el aceite ardiendo que viene del motor, fluye como miel hasta el nacimiento del ala izquierda. En amplio círculo hacia la izquierda me alejo de la formación enemiga, pero tengo la satisfacción de ver que mi fortaleza en llamas se estrella en las Montañas Eiffel, y en el bosque de pinos se levanta una enorme columna de humo.

¡Y eso está terminado!

Apago el encendido y corto el combustible. El termómetro indica que las temperaturas del aceite y el radiador están en punto de ebullición. ¡Dios mío! ¡El ala izquierda está hecha trizas! Probablemente se desprenda de un momento a otro.

Amenguan las llamas y se apaga el fuego; entonces abro el escape de emergencia y arrojo el dosel; la corriente de aire de la hélice me deja sin aliento por unos instantes. El viento tira con fuerza de mi casco y se lleva la bufanda que llevo al cuello. ¿Saltaré? Mi Gustav está convertido en una coladera con tanto agujero, pero todavía sigue volando.

Desembrago la hélice y comienzo a planear en dirección Este; voy perdiendo altura y al escuchar el silbido y queja del viento en las alas y el fuselaje, me veo bañado materialmente en sudor. A lo lejos se distingue el Rhin, que semeja una cinta de plata serpenteando a través de la campiña quemada por el sol. La extensa planicie del valle reverbera con el calor.

12,000 pies: Con un poco de suerte, puedo llegar hasta el aeródromo de Hangelar, cerca de Bonn.

10,000 pies: Parece que voy perdiendo altura con demasiada rapidez. Desde luego, un Messerschmitt 109 no es un planeador.

¿Le quedará algo de vida al motor? Abro la llave del combustible y el encendido, ajusto el control de paso; clavo la nariz del avión para ganar velocidad y después de oirse un rechinido y golpeteo arranca el motor.

¡Lo he logrado! Sin atreverme a tocar el acelerador, con toda cautela subo otra vez hasta 12,000 pies de altura y una vez más empieza el olor a quemado y vuelve a desprenderse humo; apago el interruptor del encendido ¡y otra vez a planear!

No puedo llegar hasta Hangelar; no me atrevo a correr el riesgo de echar a andar nuevamente el motor.

6,000... 5,000... 3,000 pies... Escojo lo que me parece ser un campo extenso y, describiendo espirales desciendo en esa dirección. La tierra sube acercándose a una velocidad fantástica...

Me preparo para hacer un aterrizaje de panza y una vez más enciendo la ignición. El motor arranca. Tengo que dar las vueltas más cortas para llegar al campo de aterrizaje. . . De pronto, la máquina empieza a fallar y se detiene con un rechinido . ¡Corto el motor! La hélice está tan rígida como si se encontrase sujeta con un tornillo de banco. El avión se hace más pesado y no responde a los controles; se levanta, y el ala izquierda se desprende.

¡Maldita sea!

Con gran esfuerzo hago descender la nariz y recobro el control; las casas de una villa cercana pasan como relámpago y la aguja del velocímetro marca 200 millas por hora. Casi rozo las copas de los árboles más altos.

150 millas por hora: Debo tocar tierra.

120 millas por hora: La punta del ala derecha roza con la copa de los árboles.

El indicador registra 100 millas por hora. Me estrello contra dos o tres cercas de madera; los postes hechos astillas y las crucetas vuelan en todas direcciones; el aire se llena de polvo y tierra. Choco contra el suelo, reboto y, esperando el momento final, me aferro al cinturón de seguridad y oprimo los pies sobre los pedales del timón. Surge una barrera delante
de mí... ¡Zas!

El silencio es mortal. Me desabrocho el cinturón de seguridad y me arrastro hasta fuera del asiento. Mi Gustav parece una cubeta vieja que hubiera servido para jugar a la pelota y sobre la cual hubieran caminado. Es un montón de hierro viejo: nada ha quedado intacto, a excepción de la rueda trasera.

La sangre mana de mi codo derecho.
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Mensaje por gerkamp » Mié Abr 27, 2011 3:57 am

18 DE AGOSTO DE 1943

El aparato Weihe, que hace la patrulla de servicio de rescate del escuadrón, ha estado ocupado durante todo el día
recogiendo a nuestros pilotos derribados. Lo llamamos el camión volador de la basura.

Al mediodía, a mi regreso a Jever, se me recibe con gritos de alegría.

Tenía varios fragmentos de granada en la parte superior del brazo derecho y el oficial médico de Hangelar me los extrajo anoche.

19 DE AGOSTO DE 1943

En adelante, nuestros aparatos irán equipados con un tanque extra para reserva de combustible con el fin de aumentar su radio de acción. El escuadrón es enviado en destacamento para que opere en el centro y el sur de Alemania.

Los Gustavs que tenemos en la escuadrilla se han hecho difíciles de manejar con la pesada carga de "los tubos de estufa" y demás implementos que hay que llevar.
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Mensaje por gerkamp » Mié Abr 27, 2011 8:18 pm

27 DE SEPTIEMBRE DE 1943

Concentraciones enemigas en el sector Dora-Dora del mapa. Una vez más ha llegado el momento... 10:30 horas: ¡Prepárense!

10:45 horas: ¡Todos listos! Tengo un nuevo aparato que Arndt ha estado puliendo hasta dejarlo como espejo: es indudable que con ello aumentará otras diez millas de velocidad por hora.

10:55 horas: Como de costumbre, la llamada para entrar en acción se deja oir en todos los altavoces que hay alrededor del campo: ¡Todas las escuadrillas al aire! ¡Todas las escuadrillas deberán despegar inmediatamente!

El cielo está completamente cerrado; salimos de entre las nubes a más de 10,000 pies de altura y en ese mismo instante distinguimos las fortalezas que vuelan directamente sobre nosotros; ascendemos en rumbo paralelo, hacia el este, hasta llegar a 20,000 pies. Esta es la máxima altura a la que vuelan hoy.

Los tanques de reserva están todavía casi llenos cuando doy orden a mi escuadrilla de que los arrojen. Giramos rápidamente para entrar al ataque empleando los cohetes o tubos de estufa; mientras nos colocamos en posición, las fortalezas se dividen en grupos separados de treinta o cuarenta cada uno y constantemente alteran el rumbo: las estelas de humedad que dejan por encima del banco de nubes marcan un zigzag en el azul del cielo. Cuando nos encontramos en formación, a una distancia de 2.000 pies, doy la orden de lanzar los proyectiles dirigidos. Momentos después se desarrolla ante mis ojos una escena fantástica: mis dos tubos registran un blanco perfecto sobre una de las fortalezas y después me veo directamente ante una bola de fuego enorme y sólida en que se ha convertido el bombardero al explotar en el aire con toda su carga de bombas. Los fragmentos, envueltos en llamas y humo, descienden por todas partes.

Wenneckers también se anota un blanco directo. Su víctima desciende envuelta en llamas.

El sargento Reinhard, que llevo como ala, descarga también sus proyectiles que hacen explosión junto a otra fortaleza.
Aparentemente el fuselaje ha sido dañado y el bombardero se desvía alejándose hacia la izquierda. Observo cómo Reinhard lo persigue alegremente, disparando sus cañones y ametralladoras, sin despegarse de la retaguardia del aparato enemigo.

En esos momentos mi atención es atraída por la aparición de estelas dobles de humo que se distinguen por encima de donde nosotros volamos; por lo que se ve, emanan de aviones muy veloces. ¿Qué pueden ser? Solamente Messerschmitts o Focke-Wulfs han sido enviados al ataque; es cuanto yo sé, y los aviones de aspecto tan peculiar siguen trazando círculos por encima de los bombarderos. Si son alemanes, ¿por qué no se lanzan al ataque?

Me elevo con intencion de observarlos más de cerca, pero ¡son Lightnings! Doce o quince aparatos que los yanquis han traído como escolta de combate. Por la radio doy aviso a mis camaradas, y como no puedo enfrentarme solo con ellos, decido bajar una vez más y atacar las fortalezas.

Repentinamente veo que descienden a gran velocidad otros cuatro aparatos más, de aspecto peculiar y de un solo motor. Llevan la estrella blanca y las anchas barras marcadas sobre las alas. ¡Diablos! Son Thunderbolts. No los había visto antes.

Inmediatamente me lanzo tras ellos, viran en redondo y describiendo una espiral pronunciada hacia la izquierda; dirigiéndose a una de las fortalezas voladoras cuyos motores exteriores han dejado de funcionar, tratan de atacar a un
Messerschmitt que la sigue: es nada menos que Reinhard.

El tonto sólo tiene ojos para su bombardero pesado y no se ha dado cuenta de que tras él van los aviones de combate enemigos.

—¡Reinhard, Reinhard, despierta! ¡Llevas Thunderbolts a la espalda!

Pero Reinhard no contesta, sino que continúa tranquilamente asediando y disparando contra su fortaleza. Vuelo horizontalmente tras los Thunderbolts. El primero de ellos abre el fuego contra mi camarada, pero este sigue disparando sobre su víctima.

Resulta que en ese momento el Thunderbolt que va a la cabeza queda precisamente al centro de mis miras; una sola descarga de mis cañones basta para que se incendie y, envuelto en llamas, girando como hoja seca, descienda a las profundidades del abismo que tenemos ante nosotros. Es mi segunda victoria de hoy.

Repentinamente oigo el martilleo que azota sobre mi aparato, me vuelvo y es un Thunderbolt que viene persiguiéndome con otros dos más que se le han unido en su intento. Adelanto el bastón con las dos manos y entro en vuelo de picada para buscar protección en las nubes. Pero ya es demasiado tarde: el motor se ha incendiado y siento el calor que muy pronto se hace insoportable.

Abro el dosel y me arranco de la cara la máscara de oxígeno; desabrocho el arnés de seguridad y extiendo las piernas. Empujo el bastón hacia delante con todas mis fuerzas; siento que me lanzan fuera del aparato y en un salto mortal describo enorme arco en el aire. La fuerza del viento bate el uniforme de vuelo contra mi cuerpo.

Lentamente tiro de la cuerda del paracaídas y siento cómo, con fuerte sacudida, me levanta al abrirse. Después de la caída terrorifica parece como si estuviera inmóvil en el aire y empiezo a mecerme suavemente de uno a otro lado; por sobre mi cabeza se extiende el amplio paracaídas de seda a manera de parasol. Las cuerdas de soporte provocan un silbido alentador; en verdad que gozo con esta nueva experiencia. ¡Qué invención más maravillosa la del paracaídas! Claro, ¡siempre que se abra!

Jever queda al Norte. Deben verme desde allá. Si supieran que es precisamente el comandante de la "Quinta Escuadrilla" el que ignominiosamente se mece en el aire después de haber permitido que un Thunderbolt lo superara en las maniobras... Aterrizo en un campo, después de caer precipitadamente los últimos pies de vuelo.

Las 11:26 horas. Hace únicamente treinta y un minutos que emprendí el vuelo despegando del aeródromo, tiempo suficiente para que tres aparatos fueran derribados: sin embargo, es un consuelo pensar que la anotación es de dos a uno a mi favor.

Arndt, mi fiel jefe de la tripulación de tierra, al verme regresar con el paracaídas bajo el brazo, baja la cabeza y, sacudiéndola, gime:

—¡Tan precioso Gustav!

En verdad, el día ha sido de los más negros para el escuadrón. Al caer la tarde se sabe que de mis pilotos mataron al sargento Doelling y derribaron también a Raddatz y a Jonny Fest; este último se encuentra herido en el hospital de Emden. La escuadrilla Núm. 4 ha perdido dos de sus miembros y otro más ha resultado gravemente herido.

Uno de los aparatos del cuartel general no ha regresado.

La escuadrilla Núm. 6 parece haber llevado la peor parte de todas. Nueve de sus doce pilotos están perdidos; todos muertos en combate, y los tres restantes fueron obligados a estrellarse o a saltar en paracaídas. Ni uno solo de los aparatos regresó al campo.

Pero, en cambio, derribamos doce enemigos, con lo que se contrarresta el número tan serio de bajas. De éstos, no menos de seis se acreditan a mi afortunada "Quinta". Mi récord sube ahora a dieciséis.

El gran número de bajas que sufrimos queda explicado por el hecho de que nadie esperaba un encuentro con aviones de combate enemigos. Nos tomaron completamente por sorpresa.

Por supuesto que, aparte de lo anterior, hay que tener presente que hoy los americanos no pudieron llegar a su objetivo y fueron obligados a regresar a sus bases sin poder lanzar una sola bomba. La única excepción fue una reducida formación de fortalezas que descargaron sus bombas, por entre un claro que había en las nubes, sobre la pequeña ciudad de Esens, en Frisia Oriental. Uno de los sitios bombardeados resultó ser la escuela, donde perecieron 120 niños que constituían una tercera parte de la población infantil del lugar.

Esta guerra se ha convertido en cosa inhumana; nadie puede escapar a tan tremendos horrores.
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