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Diario de un piloto aleman

Organización y despliegue de las fuerzas aéreas. Aviones de combate.

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Mensajepor gerkamp » Mié Abr 27, 2011 8:49 pm

2 DE OCTUBRE DE 1943

Nos han trasladado a Marx. El aeródromo es enorme y tiene pistas de concreto. Queda al Sur de la estación de Jever.

Nuestra primera misión desde la base resultó un fracaso. En primer lugar, no pudimos establecer contacto con una formación de fortalezas que regresaba al mar, y después, uno de los pilotos resultó muerto al estrellarse debido a las pésimas condiciones del tiempo. Pertenecía a la escuadrilla Núm. 4.
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Mensajepor gerkamp » Mié Abr 27, 2011 9:16 pm

4 DE OCTUBRE DE 1943

Desde temprano en la mañana, nuestras estaciones de radio informan que hay intensa actividad aérea en el sudeste de Inglaterra. Es bueno el estado del tiempo. Se espera que los americanos vengan hoy. Sin embargo, los informes recibidos hasta estos momentos no indican claramente qué es lo que está sucediendo.

Nos sentamos afuera, frente al hangar; los altavoces transmiten música alegre.

El primer oficial subalterno se me acerca con una carpeta repleta de papeles. Esta maldita guerra de papeles me da náuseas. Rápidamente los examino y pongo mis iniciales en los más importantes. Mis pensamientos están muy lejos, considerando ya los posibles incidentes de nuestro próximo combate con las fortalezas.

Turit corre a lo largo de la pista, ladra encolerizado tras de varias gaviotas que han venido volando desde el mar. Ayer lo llevé a cazar conejos. Es un perro de caza espléndido, alerta, inteligente, lleno de vida y excepcionalmente rápido.

De pronto se calla la música que transmiten los altavoces...

—¡Atención todas las escuadrillas! ¡Atención todas las escuadrillas! ¡Listos para despegar!

Los mecánicos salen como hormigas fuera de los hangares y corren hacia los aparatos; los pilotos los siguen. Turit se sienta en el ala derecha de mi avión, y me mira cariñosamente con sus ojos pardos vivarachos. Desde que lo traje de Noruega, siempre que voy a emprender el vuelo se sube a una de las alas y cuando ha arrancado el motor se deja arrastrar por el aire de la hélice; corre entonces tras el aparato cuando voy a despegar hasta que se queda atrás por la velocidad con que se desliza el avión.

Arndt me pasa la extensión del teléfono de tierra.

Los comandantes de escuadrilla deben presentarse ante el capitán Specht, quien nos explica la situación: Los americanos se aproximan volando sobre el mar, hacia el Norte de Holanda, y hoy, por primera vez, debemos tratar de hacer un ataque frontal llevando el escuadrón en formación cerrada, compuesta por más de 40 aparatos.

A las 9:32 horas se reciben órdenes de la División para despegar. Escuadrilla tras escuadrilla sale del campo; virando hacia la izquierda y describiendo un círculo para tomar su posición, se coloca hasta quedar todo el escuadrón en debida formación.

—Sigan rumbo tres-seis-cero —ordena la base.

Lentamente vamos ascendiendo; el silencio del radio se interrumpe pocas veces. Al llegar a 22,000 pies de altura, los motores empiezan a dejar estelas de humedad bastante largas. Hace frío, el aliento se congela sobre la máscara de oxígeno, frente a la nariz y la boca, y a intervalos tengo que golpearme los muslos vigorosamente para conservar el calor.

En esos momentos avistamos al enemigo, que consiste de una formación de cerca de 350 bombarderos pesados que todavía vuelan muy lejos, por el oeste. El comandante da vuelta para salirles al encuentro. Y pocos minutos más tarde nos lanzamos sobre ellos haciendo fuego con todos los cañones de que disponemos.

Me dirijo a toda velocidad hacia la nariz de un Liberator... ¡Fuego! ... Me clavo violentamente y paso bajo el gigantesco fuselaje para evitar un choque. Sigo volando así a través de toda la formación y después, en pronunciada maniobra ascendente, doy vuelta a la izquierda y regreso otra vez.

Mi ataque ha hecho efectos; el Liberator se desvía, se desprende de la formación, y vuela en dirección opuesta a los demás.

—¡Uuy! ¡No, amigo mío, no es esa la idea! No vas a volver a casa en estos momentos.

Tan pronto como el Liberator se separa de sus hermanos, y quedo fuera del alcance de sus cañones, me acerco más y más bajo su enorme barriga y continuo disparando hasta que queda envuelto en llamas. Un Liberator arde con mucha mayor rapidez que las fortalezas de línea más aerodinámica. Ocho hombres se arrojan inmediatamente al vacío, y los paracaídas cuelgan en el aire describiendo un movimiento de balanceo.

El pesado aparato se desliza en rápido descenso; me adelanto y vuelo junto a él, a una distancia de unos 60 a 100 pies, con la certeza de que no queda a bordo una sola alma viviente. Claramente llego a distinguir los grandes agujeros abiertos por los proyectiles de mis cañones, tanto en la nariz del bombardero como en la cola.

De pronto veo los relámpagos que surgen de la torre superior. ¡Demasiado tarde! Una de las descargas hace blanco directo en mi aparato, y el motor se incendia inmediatamente, arrojando grandes llamaradas. Cuando muevo los controles, no me responden.

Una vez más ha llegado la hora de acudir a la seda. Arrojo el dosel, desabrocho el cinturón de seguridad; el avión se detiene, empieza a clavarse, vuelve a enderezarse... y algo que parece una mano gigantesca me arroja fuera del aparato...

De algún modo debe haberse abierto el paracaídas, porque no recuerdo si tiré o no del cordón. Más abajo, a varios centenares de pies, distingo los otros paracaídas. En esta ocasión los americanos y yo nos bañaremos juntos.

En el curso de los últimos pies de vuelo, me parece que el agua sube a una velocidad fantástica; al entrar en ella oprimo el botón de los arneses que sirven para soltar rápidamente el paracaídas... El agua está fría, horriblemente fría ... y salada.

Tan pronto como subo a la superficie, una de las olas se estrella sobre mi cabeza y me deja sin aliento, boqueando para
tomar aire. El chaquetín salvavidas empieza a inflarse y me arrastra sobre la cresta de una enorme ola; pero poco después, me siento lanzado hasta las profundidades de un gran valle color verde. También mi lancha de caucho parece funcionar perfectamente, pero cuando está medio inflada, otra ola que revienta en el sitio donde estoy me la arranca casi de las manos. Aprovechando la depresión que se forma entre una y otra ola, logro por fin abordar el bote de goma que salta continuamente.

Ola tras ola pasa rodando, y la segunda de cada dos tiene siempre una furiosa cresta de espuma blanca que me ahoga y me ciega. Hacia arriba y abajo, cabeceando y meciéndome, una y otra vez, en monótono ritmo, lucho contra las olas que golpean y casi hacen zozobrar mi diminuta lancha de goma. El agua entra con mayor rapidez de la que puedo arrojarla fuera de la lancha.

Rasgándola, abro la bolsita de tinta y veo cómo se va extendiendo sobre las aguas que me rodean, tiñéndolas de un color verde amarillento e impregnando poco a poco mi uniforme de vuelo al que también da color semejante.

Los camaradas han observado mi descenso y tengo fe en que seré rescatado. ¡Con que solo no hiciese tanto frío y por
un momento se detuviera este continuo e interminable vaivén!... Veo el reloj, está detenido... aseguraban que era impermeable.

Por lo visto, al arrojarme del avión se rasgó la bolsa de la rodilla derecha, porque el paquete de raciones de emergencia
ha desaparecido. Lo mismo sucedió con la pistola de señales, que seguramente se cayó de la funda; por lo tanto, me
desamarro el cinturón que tiene los cartuchos de cohetes de señales y lo tiro al agua. ¿De qué me sirve ahora todo esto?

El cielo está manchado todavía con las estelas de humedad de los aviones. La formación de bombarderos ha desaparecido desde hace ya rato por el lado Este. No puedo saber qué tanto tiempo he estado sentado en mi baño de agua salada y fría.

Por el sur, y en dirección al sitio donde me encuentro, se aproxima un avión: Le hago señales como loco; tienen que verme, tienen que sacarme de aquí. No quiero ahogarme como perro sarnoso.

Es un Focke-Wulf Weihe, avión de servicio de rescate. Desciende muy bajo por sobre mi cabeza, al grado que puedo reconocer perfectamente a sus tripulantes. Me hacen señales y vuelven a bajar. Desde la torre posterior dejan caer un bulto que se infla en el aire: es una balsa de caucho. Por estar tan absorto viéndola caer, no me fijo en una ola que revienta y por poco me saca del bote. Me hace tragar mucha agua y siento que me ahogo; en estas condiciones viene otra ola más que vuelve a estrellarse en el mismo lugar... El agua está horriblemente salada.

Alentándome, el Weihe sigue volando en círculo sobre mi cabeza. Me doy cuenta de que la balsa está muy cerca y que puedo alcanzarla si nado unas cuantas yardas hacia adelante. Me parece que tardo mucho tiempo en reunir las fuerzas suficientes y dominarme para subir a la balsa que está bien inflada. Ya logrado eso, me dejo caer en completo estado de agotamiento.

Quizás por más de dos horas permanezco así, arrastrado por las olas en un interminable movimiento rítmico hacia arriba y abajo, hasta que se avista la quilla de una lancha de rescate. Siento que unos brazos fuertes me suben a cubierta... ¡Estoy salvado!

Arropado en una manta de lana desembarco en Heligoland, y otro avión Weihe del servicio de rescate me lleva hasta Marx.
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Mensajepor gerkamp » Mié Abr 27, 2011 9:27 pm

5 DE OCTUBRE DE 1943

Estoy pagando las consecuencias de la borrachera; me siento terrible. Anoche estuve con los pilotos y celebramos el cumpleaños de alguien, no recuerdo quién; pero fue algo tremendo. La barraca de las tripulaciones parece un campo después de la batalla.

Por la tarde despego junto con otros cuatro aparatos en misión de búsqueda de supervivientes en el mar. Ayer era yo el que se hallaba perdido, y hoy buscamos a los que queden de un barco que se hundió al chocar con una mina.

Está muy nublado y sobre el mar hay densa neblina. Regresamos a la base después de estarlos buscando durante hora y media sin el menor éxito. Una vez más el mar ha cobrado su tributo. En verdad que tuve suerte de haber escapado de sus garras.

8 DE OCTUBRE DE 1943

Hoy he hecho la siguiente observacion en mi diario:

Fecha: 8 de Octubre

Despegue: A las 14:22 del aeródromo de Marx.

Aterrizaje: A las 15:21 en el mismo sitio.

Tiempo de vuelo: 59 minutos.

Observaciones: Formación de bombarderos con escolta de aviones de combate interceptada en la parte norte de Holanda. Derribé una fortaleza al Sur de Dollart.

9 DE OCTUBRE DE 1943

Después de haber ganado ayer mi décimo octava victoria en combate, me veo obligado hoy a abandonar la lucha aérea con una fortaleza, sobre Flensburgo, sin haber tenido éxito.

El mecanismo de control de paso de la hélice resultó averiado; se desembragó la hélice y tuve que planear en aterrizaje forzoso sobre el aeródromo de la Isla Westerland.
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Mensajepor gerkamp » Mié Abr 27, 2011 9:48 pm

10 DE OCTUBRE DE 1943

Los yanquis no nos dejan en paz. Hoy atacaron en masa la ciudad de Münster. En el momento en que me disponía a lanzarme con la escuadrilla sobre una formación de fortalezas que volaba sobre la ciudad en llamas, fuimos interceptados por Thunderbolts.

Se inicia una lucha salvaje. El Thunderbolt tiene un aspecto de pesadez que queda desmentido por su gran velocidad y maniobrabilidad; sin embargo, puede ser vencido por un Messerschmitt si es manejado por la mano experta de un buen piloto.

Durante la lucha observo que un Messerschmitt 110, que pertenece al ala de bombarderos de combate Núm. 76, lanza cuatro cohetes sobre un grupo de fortalezas, dos de las cuales hacen explosión en el aire. Momentos después varios Thunderbolts se lanzan sobre el vencedor, y los oficiales subalternos Barran y Führmann, junto conmigo, descendemos a interceptarlos.

Con la primera andanada de proyectiles hace explosión un Thunderbolt, y Führmann derriba otro más. Eso hace que todo el grupo de aviones enemigos se nos echen encima. Es cuanto podemos hacer para quitárselos al camarada vencedor. Pongo en práctica cuanta jugarreta conozco y en realidad doy toda una exhibición de acrobacia aérea; finalmente, escapo haciendo espirales en un ascenso de tirabuzón.

Sé que un Thunderbolt no puede duplicar esta maniobra, pero desgraciadamente ni Barran ni Führmann son capaces de seguirme; siguen todavía en un serio problema, con diez o doce aviones yanquis tras ellos, y lo peor es que, mientras tanto, los bombardero pesados se han alejado.

Tomando el tiempo necesario, vuelvo en picada, solo, una vez más, al lugar del combate, disparando al azar con el único fin de atraer la atención de nuestros perseguidores y alejarlos de Barran y Führmann; pero al hacer esto, alguien se anota un blanco perfecto en la parte trasera de mi avión, así como en el ala izquierda, donde va alojado el tren de aterrizaje. El aparato da la vuelta y queda boca arriba; se clava después verticalmente y ya no me es posible controlarlo. Este descenso infernal continúa hasta los 30,000 pies de altura. Es una situación por demás crítica; un sudor frío invade todo mi cuerpo y comienzan a temblarme las manos. Pienso para mis adentros: "¡Knoke, esta vez es la definitiva!"

Dominado por la desesperación, hago el intento de empujar hacia un lado el bastón, pero está trabado; quito los pies de
los pedales del timón, y como último recurso doy de patadas con toda mi fuerza hasta que repentinamente se produce un
violento sacudimiento, me doy un tremendo cabezazo contra la ventanilla lateral y... el avión vuelve otra vez a quedar en posición normal de vuelo.

Barran ha descendido junto conmigo, pero mudo por el terror, ha permanecido en silencio sin decirme nada por la radio.

Al llegar a Twente hago un aterrizaje forzoso, de panza, a un lado de la pista. Se desprendió la mitad de la cola del aparato, así como el pie derecho del tren de aterrizaje.

Momentos después un Focke-Wulf aterriza sobre la pista; al tocar tierra se le rompe una de las varillas de la maroma, quedando inmediatamente envuelto en llamas. El piloto queda atrapado en el asiento y muere quemado ante mis ojos, sin poder yo safarme de los amarres. Soy impotente para prestarle ayuda y tengo que ver cómo lentamente se convierte en cenizas dentro de los despojos del avión. Siento que me tiemblan las rodillas.

Minutos después, una lluvia de bombas arrojadas por aparatos pesados empieza a caer cerca del aeródromo. Esto es demasiado para un solo día.
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Mensajepor gerkamp » Mié Abr 27, 2011 10:07 pm

17 DE NOVIEMBRE DE 1943

Los días 13 y 15 de noviembre, fuimos enviados a luchar contra formaciones de bombarderos pesados que volaban sobre la zona del Rhin; pero la escuadrilla no logró anotarse nuevas victorias. Siempre nos vimos envueltos en lucha de perros contra los Thunderbolts, Mustangs y Lightnings que venían de escolta.

Hoy en la mañana, los pilotos de tres de las alas de combate pasaron revista de inspección en un desfile que se llevó a cabo en Achmer. El Mariscal del Reich Goering se presentó acompañado de un ejército como de treinta vehículos; la conversación que tuve con él duró casi diez minutos, mientras le iban siendo presentados los más afortunados especialistas en fortalezas.

Por el momento voy a la cabeza de todos en el área divisional, con un récord de quince bombarderos pesados derribados; el capitán Specht y el primer teniente Frey ocupan el segundo y tercer lugar, habiendo derribado catorce y doce aparatos similares, respectivamente.

Goering deja una impresión muy peculiar: usa uniforme gris, de gala y de calidad insuperable; su gorra y charreteras están cubiertas de galones dorados; de sus botines de ante escarlata emergen piernas que se comban; su cara hinchada y abotagada hace que me dé el aspecto de un hombre enfermo; al acercarme a él, me veo obligado a llegar a la conclusión de que usa cosméticos; sin embargo, tiene una voz agradable y se muestra extremadamente cordial conmigo. Sé que en realidad siente genuino interés por el bienestar de sus tripulaciones aéreas.

Goering me pregunta sobre los aparatos enemigos que he derribado, interesándose en particular por el primer Mosquito que aniquilé el año pasado. Recuerda muy bien aquella ocasión y opina que el avión Mosquito no es más que una molestia infernal y un dolor de cabeza; así lo reitera con énfasis. Aquellos dos que incursionaron sobre Berlín en esa ocasión, le causaron un serio disgusto porque a la sazón empezaba a decir un importante discurso en público y se vio obligado a suspenderlo durante dos horas, debido al raid.

Personalmente me otorga la Cruz de Oro Alemana.

Después de esto, el Mariscal del Reich se dirige a nosotros, discute los problemas inherentes a la defensa del Reich y las dificultades extraordinarias que deben vencerse. Nos sorprende. cuando expresa su opinión de que somos nosotros, las tripulaciones aéreas a cuyo cargo se ha dejado la defensa del Reich, quienes deben considerarse responsables del fracaso de las defensas aéreas en el frente occidental.

Hace mención al esfuerzo magnífico de los pilotos de combate británicos, de la RAF, durante la batalla de Inglaterra y encomia su valor como ejemplo brillante para nosotros. Con esta parte de su discurso estoy completamente de acuerdo. Sin embargo, me parece, al estar oyéndolo hablar, que el comandante en jefe de la Fuerza Aérea Alemana tiene sólo una vaga idea de lo que sucede cuando entramos en combate con las potentes formaciones de aviones americanos.

Es innegable el hecho de que, en cuanto al aspecto técnico, nuestro funcionamiento es inferior en todos sentidos. Las
victorias en Polonia y Francia dieron por resultado que el alto mando de la Fuerza Aérea Alemana se dedicara, sencillamente, a dormirse en sus laureles. El número de unidades defensivas que operan bajo el plan general de defensa aérea del Reich es completamente inadecuado para la tarea que tal empresa representa. La superioridad numérica del enemigo guarda una proporción no menor de ocho a uno.

Los éxitos que todavía se obtienen, a pesar de estas desventajas abrumadoras, se deben simple y sencillamente a la moral excelente que reina y al espíritu combativo de nuestras tripulaciones aéreas. Necesitamos más aviones, mejores motores y... menos cuarteles generales.
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Mensajepor gerkamp » Mié Abr 27, 2011 10:58 pm

19 DE NOVIEMBRE DE 1943

Ayer, después de fallar en un intento de interceptar una formación de aviones yanquis que se aproximaba, aterrizamos ya tarde, en la noche, en el aeródromo de St. Tront, Bélgica.

El tiempo está completamente cerrado. Holanda y Bélgica han quedado cubiertas por densos y oscuros nublados y están siendo azotadas por vientos huracanados y abundantes nevadas. Por entre un claro que se abre en medio de las nubes, ascendimos a la altura acostumbrada para el desarrollo de las operaciones; dentro del banco de nubes existe serio peligro de helarse; se extiende como una vasta llanura de color blanco que hacia el norte llega muy adentro del mar. Nuestros buenos Messerschmitts brillaban deslumbrantes al sol. De los tubos de escape de los motores Daimler-Benz se desprendían largas estelas de humedad que atravesaban el frío y cortante ambiente del cielo pálido de otoño. En nuestras máscaras de oxígeno, el aliento helado llegaba a congelarse.

Así volamos rumbo al norte, en formación cerrada, a manera de grullas que emigraran. La base informó la proximidad de grandes formaciones de fortalezas que venían acercándose volando sobre el mar. Uno de los aviones, el de Führmann, gradualmente se fue quedando rezagado y perdiendo altura, como si estuviera agotado de cansancio por tan tremendo ascenso.

En contestación a la pregunta que le hiciera por radio, dijo que tenía dificultades con el maldito motor. Con esta oscuridad a cualquiera que le falle el motor no le queda más alternativa que arrojarse en su paracaídas, si en algo estima la vida. Sin embargo, el sargento de vuelo tuvo suerte: el motor no llegó a morirse completamente y después de permanecer una hora en el aire se abandonó la misión porque los bombarderos enemigos dieron media vuelta y regresaron a sus bases. Los Thunderbolts habrían hecho trizas su aparato dándole caza como a pato sentado. Por entre un claro amistoso que se abría en medio de las nubes, pude conducir de regreso a la flotilla, en completa oscuridad, hasta St. Tront.

Eric Führmann fue el último en aterrizar y su aparato rodaba vacilante sobre el césped gastado, al extremo de la pista. Había empezado a caer una ligera nevada, cosa por demás rara en estos lugares durante esta época del año. Aún antes de que lográramos calentarnos un poco los huesos, en derredor de la estufa prendida en la choza de madera que servía de cantina, nuestros aparatos habían quedado cubiertos de nieve que se congelaba hasta hacerlos parecer monstruos petrificados, salidos de un cuento de hadas.

Cuando una hora más tarde vino Führmann a unirse con nosotros, estábamos sentados formando un grupo bullicioso, tomando ponches calientes de ron en vasos vaporizantes. Su motor había quedado perfectamente otra vez: el mal se había localizado en el supercargador. Para entonces habíamos empezado ya el inevitable juego de cartas y habíamos tomado también varios vasos del fuerte y vivificante licor.

En un principio, Führmann no quería tomar parte en el ruidoso juego de azar. Se concretó a encogerse de hombros y tendiendo la mano se frotó el índice con el pulgar. Nunca tenía dinero, pero en esta ocasión alguien lo arrastró hasta la mesa y lo obligó a sentarse en una silla; alguien más le aventó dos relucientes monedas de cinco francos. Muchas son las cosas que deben haber jugado su parte en la vida de Erich Führmann, pero al final de la jornada, fueron esas dos monedas las que desempeñaron el papel más extraño en toda su vida.

Y Eric empezó a jugar, y ... algo que nunca había sucedido: ganó, ganó y multiplicó su lote ... y volvió a ganar. Siguió así con increíble seguridad, hasta que se llevó la banca, y después siguió con la misma suerte. Nos quedamos positivamente desconcertados, pasaron las horas, una densa nube de humo azul de tabaco colgaba ya del techo de la choza, las botellas vacías arrojadas descuidadamente al suelo, casi lo llenaban totalmente...

Yo seguía mirándolo jugar y a mi memoria surgió su historia:

Hacía ya varios meses que lo habían trasladado a mi escuadrilla, y pronto se convirtió en uno de los más estimados camaradas, para quien el cielo constituía su elemento. Como los demás, era allá en las alturas donde se sentía como en su casa. El cielo, con todos sus múltiples cambios de humor, nos da la sensación de estar alejado de los campos de batalla de Europa, arrastrados por la guerra y sobre los cuales volamos. A semejanza de todos nosotros, llegó también a convertirse en apasionante adicto a la vida de un piloto de combate, en la que se combinan el intenso goce de volar y la emoción de la lucha; porque compartía nuestro sentimiento patriótico, llegó a ser un buen soldado así como un buen piloto.

Para él, como para nosotros, el hecho maravilloso de volar y el espíritu de caballerosidad que todavía reina en el combate más allá de las nubes, se traducía en un sentimiento de felicidad ilimitada y tranquilidad mental. La perspectiva, siempre presente, de una muerte repentina, anima la vida mientras ésta perdura. Dedicados como lo estamos, a cumplir con la importante misión de luchar por nuestra patria, podemos gozar el solo hecho de vivir y experimentamos soberbio regocijo por lo incierto y precioso de la existencia; comparamos la vida con un buen trago de exquisito vino del Rhin, intoxicados por el apremio compulsorio de saborear hasta la última gota, en tanto nos es dado hacerlo, agotando hasta las heces en una atmósfera de camaradería y regocijo.

Cuando no estábamos en el aire, Führmann siempre permanecía en algún lugar del campo: ya fuera en los hangares, en la cantina o en el punto de dispersión; simple y sencillamente siempre se le podía encontrar allí. Nadie le prodigaba atención particular, pero cuando se ausentaba, surgía el vago sentimiento de algo faltante; era, en pocas palabras, la personificación del fondo sobre el que destacara todo el cuadro. Rara vez hablaba, y si llegaba a hacerlo, nadie hacía caso de lo que decía.

En una ocasión, cuando discutíamos el carácter de nuestro camarada y lo callado que siempre se mostraba, una de las
tantas muchachas que había allí nos hizo notar que el agua mansa tiene corrientes profundas; nos lo decía sonriendo para sus adentros y probablemente sabía bien lo que estaba opinando...

Conforme el juego tocaba a su fin, el bullicio y la algazara fueron seguidos de un tenso silencio; Führmann continuó ganando hasta el último momento; después, mostrándose contento, metió en su vieja y muy usada cartera seis billetes de cien marcos y con amable sonrisa, hizo lo mismo con las dos monedas de cinco francos.

Silenciosamente se retiró entonces a su sitio de costumbre ... al fondo ...

Hoy al mediodía iniciamos el vuelo de regreso; el tiempo no ha cambiado.

Cuando aterrizamos en la base, Führmann no estaba ya con nosotros. Una vez más se había quedado muy atrás; su aparato perdió más y más altura hasta que finalmente se desvaneció por completo en medio del interminable banco de nubes.

Lo reporté como faltante en la comandancia del escuadrón, y a la caída de la tarde ordeno una búsqueda; esperamos en vano durante largo rato hasta que la oscuridad fue completa.

Sonó entonces el timbre del teléfono. ¿Noticias de Führmann? Los camaradas se quedan mirándome, llenos de ansiedad, cuando descuelgo el audífono.

Se registró un accidente en el Páramo de Ems; un campesino encontró las alas y la cola de un aparato deshecho; el motor y la cabina quedaron hundidos, con el cuerpo del piloto dentro del pantano insondable. En el montón de despojos metálicos, la cuadrilla de salvamento encontró pedazos desgarrados de un uniforme de vuelo y una cartera conteniendo seis billetes de 100 marcos y dos monedas de cinco francos. ¡Führmann!

Los camaradas se han quedado mirándome; están helados... y yo presiento que en el futuro habrá siempre algo faltante...
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Mensajepor gerkamp » Jue Abr 28, 2011 3:59 am

23 DE NOVIEMBRE DE 1943

Hoy al mediodía se recibió la noticia de que el capitán Dolegan pereció al estrellarse con su aparato.

En la pared del cuarto de las tripulaciones colgamos su retrato junto al de sus camaradas muertos. Al pie de cada uno de los cuadros, impreso en letras mayúsculas bien dibujadas, se puede leer el rango y el nombre con la fecha del deceso. Algunos de los retratos tienen la firma y ocasionalmente también una dedicatoria humorística.

El sargento Wolny, teniente Steiger, oficial subalterno Kolbe, teniente Gerhard, sargento Kramer, sargento Doelling, teniente Killian, sargento de vuelo Führmann...

—¿Quién será el próximo?

"¡Nadie se queda para siempre allá arriba!", escribió Steiger en su mala letra característica de él. Sabemos exactamente lo que el alto y rubio mozo quiso decir cuando escribió esta sentencia al pie de la cara sonriente. Mil vuelos significan mil aterrizajes y de una u otra manera siempre tendremos que bajar; en una u otra forma, hasta que un día... descendemos por última vez.

—¡Hiciste bien en no llegar hasta aquí: no soporto la visión de un cadáver!

Era Matusalén (Barran) quien hablaba. Durante años, él y Führmann habían sido amigos inseparables. Está montado a horcajadas sobre una silla y contempla el retrato de su amigo. No puede aceptar que haya muerto; no hace ningún aspaviento ni se queja, sino que parece encontrar un escape a su dolor renegando quieta y acremente porque de todos había de ser Führmann el que cayera en los pantanos del Norte.

Por supuesto que Matusalén tiene razón en lo que dice respecto a los muertos; todos sabemos exactamente lo que quiere decir; no es ese un sentimiento que pueda expresarse fácilmente con palabras.

Todos y cada uno de los rasgos en las facciones de nuestros camaradas y cada gesto que les es característico nos es familiar. Llevamos grabados en la memoria sus expresiones, su modo de andar, su voz y su risa que perduran aún después que ellos han desaparecido. Un cuerpo inerte y destrozado no encaja en el cuadro que nos hemos formado de la apariencia de nuestro camarada, su vista discordante nos causa repulsión y por eso volteamos a ver hacia otro lado, para que no quede manchada la memoria de un buen camarada, para que no se estrelle el mosaico; para que el retrato que llevamos en la mente no quede destruido. No, es mejor que no veamos, porque amamos la vida y lo que la muerte elabora no puede formar parte de nuestro mundo.

Por otra parte, no están realmente muertos ... Dieter, Dolenga, Führmann, Steiger, Kolbe y todos los demás. Lo que pasa sencillamente es que ya no están con nosotros, se han quedado lejos; Dios los ha recogido en su seno y eso es lo que quiero y voy a decir a sus madres. Se han quedado en las nubes; esas nubes, muy nuestras, que tanto amamos y tanto conocemos. ¿Acaso no siempre estamos añorándolas cuando nos sentimos cansados de este mundo pleno de locuras?

Lo que se hundió en los pantanos del Norte, lo que fue arrancado a las profundidades del mar, los restos hechos añicos que fueron rescatados de los despeñaderos, nada tienen que ver con los recuerdos que nos han dejado Führmann, Dieter, Dolenga.

—¡Amigos míos! ¿No les parece que se morirían de risa al ver las caras compungidas de los que estamos aquí? Podría
apostar que el pícaro de Führmann está esperando la llegada del próximo para iniciar otra partida de póker.


Era Jonny Fest quien hablaba; su humorismo es irreprensible.

—Me das asco —gruñó Matusalén.

Su lema es: "Una maldición es el mejor laxante para purgar el alma". Y ya lo ha escrito al pie de su retrato, por si acaso él también vaya a unirse a los demás que cuelgan ya de la pared.
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Mensajepor gerkamp » Jue Abr 28, 2011 6:22 pm

11 DE DICIEMBRE DE 1943

Los dias 26 y 27 de noviembre entramos en combate con aviones americanos sobre las zonas del Ruhr y del Rhin.

El número de aparatos que he derribado hasta hoy, es de veinte. El último fue otra fortaleza enemiga.

18 DE DICIEMBRE DE 1943

Hace tres días que debí haber salido de vacaciones, pero todavía no puedo desprenderme de aquí.

Los americanos vienen todos los días. Ayer estaba sentado ya en el auto que debía conducirme a tomar el tren cuando sonó la alarma en los altavoces; salté y corrí hasta mi Gustav; mi chofer movió la cabeza y hasta el mismo Arndt dijo que realmente necesitaba yo un descanso.

A una altura de 10,000 pies tuve que abandonar la misión porque el tren de aterrizaje no pudo contraerse. Wenneckers tomó el mando. Derribaron dos fortalezas y un Thunderbolt. Después de todo, parece que de una u otra manera podrán pasársela sin mí.

Hoy he emprendido el viaje. Jungmaier me lleva a la estación del ferrocarril y desde la plataforma veo despegar una vez más al escuadrón que va a entrar en acción. Durante largo rato puedo contemplarlos desde la ventanilla del tren militar en que me encuentro. Por primera vez, en casi un año, no los acompaño.
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Mensajepor gerkamp » Jue Abr 28, 2011 6:27 pm

20 DE DICIEMBRE DE 1943

Lilo y yo nos hallamos otra vez en Berlín. Pensamos divertirnos allí durante varios días, ya sea visitando a los amigos, concurriendo a la ópera o asistiendo a la representación de las últimas obras que se dan en los teatros.

Nos cuesta trabajo reconocer Berlín: ¡ha cambiado tanto! Cientos de miles de extranjeros colman la ciudad: holandeses,
franceses, daneses, belgas, rumanos, búlgaros, polacos, checos, noruegos, griegos, italianos y españoles. Todos los idiomas de Europa se hablan en los cines, teatros, cabarets, restaurantes, ferrocarriles y camiones metropolitanos; por
todas partes hacen a un lado a los berlineses. Lilo y yo no podemos conseguir asiento en ninguna parte.

Tiemblo ante esta babel donde se confunden todos los idiomas y se mezclan, apiñándose, multitudes de gentes que viven aquí como si en ninguna parte del mundo hubiera guerra. Nuestra vida en el frente de operaciones puede ser baja y primitiva, pero por lo menos es real; esto es algo que los soldados que vivimos allá, comprendemos perfectamente al arriesgar diariamente nuestras vidas en una lucha sin cuartel. Es un golpe que conmueve, encontrar aquí en la ciudad gente que está interesada únicamente en sus propias y egoístas diversiones. Esta zona está gobernada por una mentalidad completamente civil, ciega a las realidades fundamentales a las que nosotros, en el frente, estamos acostumbrados a confrontar.

Veo a los oficiales de Estado Mayor que residen en Berlín; todos andan relucientes, bien cuidados, impecables en el uniforme que visten. He vivido ya demasiado tiempo en un mundo diferente y mi escala de valores es totalmente distinta. La atmósfera que reina en este lugar parece causarme náuseas.
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Mensajepor gerkamp » Jue Abr 28, 2011 6:33 pm

22 DE DICIEMBRE DE 1943

Juntos y llevando a Ingrid hemos ido a visitar a mis padres en Schieratz. Aquí en mi hogar, rodeado de mi familia, empiezo por fin a encontrar un poco de paz. En un trineo tirado por un caballo salgo a pasear por la campiña invernal siguiendo las riberas del Warthe.

Lilo y yo nos sentirnos felices; Ingrid es un encanto con su pelo rizado y todo coadyuva para hacerme sentir bien en este lugar. Sin embargo, extraño a mis camaradas y el aeródromo, el olor de los aviones y el estruendo de los motores.

26 DE DICIEMBRE DE 1943

Ha llegado y se ha ido otra Navidad. La guerra reina todavía sobre la faz de la tierra.

En la mañana temprano recibí un telegrama del escuadrón:

"Falkensamer murió. Sommer está herido."

Firma: Spetch


El oficial comandante lo firma personalmente; no ha ordenado que se cancele mi licencia ni que regrese inmediatamente a mi puesto, pero entiendo lo mucho que ahora me necesita. Muerto Falkensamer que mandaba la "Cuarta" flotilla y herido el primer teniente que tiene a su cargo la "Sexta", soy el único comandante de vuelo que le queda en condiciones de entrar en acción.

Dos horas después de recibir el telegrama tomo el primer tren que sale de aquí. Lilo comprende, es valiente como sólo la esposa de un soldado puede llegar a serlo y se queda parada despidiéndome y sonriendo al ver partir el tren.

¿Volveremos a vernos?
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Mensajepor gerkamp » Jue Abr 28, 2011 6:44 pm

27 DE DICIEMBRE DE 1943

Viajé todo el día y la noche. Jungmaier fue a encontrarme a la estación de Wunsdorf y manejó el auto que había de conducirme durante las últimas millas que habría de recorrer antes de llegar al campo aéreo. Hace varios días que trasladaron al escuadrón a este sitio. Es una estación bien equipada en tiempos de paz, completamente moderna en su construcción. Me presento inmediatamente ante el oficial comandante:

—Primer teniente Knoke, de regreso de una licencia, señor.

Specht sonríe al estrecharme la mano:

—Estaba seguro de que no me fallaría usted. Realmente lo necesito ahora.

Me cuenta cómo mataron a Falkensamer. Me siento deprimido por lo que le pasó a este oficial de primera categoría, impecable en su presentación, alto y delgado. Gozaba de gran popularidad y sus modales subyugaban. Era originario de Viena y con anterioridad había servido en la Fuerza Aérea Austríaca. Su padre fue oficial del Imperio durante la Primera Guerra Mundial. Falkensamer tenía una esposa particularmente encantadora a quien Lilo y yo conocimos durante nuestra estancia en Jever hace unos cuantos meses.

Falkensamer era muy alto, en cambio Specht es bajo de estatura. Se halla sentado frente a mí vestido en su uniforme de cuero para volar. De hecho, es el más bajo de todos los que integran el escuadrón y sin embargo todos los que tenemos
que tratar con él, quedamos impresionados con su personalidad dominante.

De todos los oficiales que he conocido, ninguno ha llegado a ejercer una influencia semejante sobre mí; es modelo del
escrupuloso soldado prusiano, tan exigente consigo mismo como con sus subordinados de quienes espera conserven y
practiquen el mismo ideal de conducta espartana que él personifica.

Al principio de la guerra perdió un ojo en uno de los combates aéreos, pero con el que le queda tiene la mirada de lince. Lo único que interesa a Specht es la batalla; sus temas de conversación se reducen a las fortalezas, Thunderbolts, Mustangs y Lightnings. En cierta ocasión fue a levantarme de la cama, a mitad de la noche, simplemente para discutir un problema táctico.

Las mujeres son anatema para él; ha prohibido a los oficiales que traigan a sus esposas o amigas al campo; si encuentra a un piloto acompañado de una muchacha de reputación dudosa, inmediatamente adopta una actitud severamente disciplinaria.

Durante los últimos diez meses ha derribado veinte bombarderos pesados y por consiguiente me lleva la delantera. Su precisión como tirador es positivamente inigualable.

Es muy difícil tratar con él en su carácter de oficial comandante; he tenido muchos disgustos por esta razón. Hace varias semanas me reprendió porque algunos de mis pilotos organizaron una fiesta y fueron a bailar en una posada del pueblo, cerca del campo aéreo, con muchachas mejor conocidas por sus encantos personales que por su moralidad. Me ordenó que los disciplinara, pero me rehusé a obedecerle:

—No puedo hacer eso, señor.

—Entonces no está usted capacitado para mandar una flotilla —
rugió en un arrebato de cólera.

—Si ese es el caso, tendrá usted que encontrar un nuevo comandante que se haga cargo de la "Quinta".

—Haré que lo releven del mando y que todos sus pilotos queden comisionados en tierra.

—Puedo recordarle a usted que durante los últimos meses, que han sido de prueba para todos nosotros, mis pilotos han
derribado mayor número de aparatos enemigos que los que se han anotado en conjunto las otras dos escuadrillas y la
comandancia.


Sé que Specht abriga realmente una muy relevante opinión de mi "Quinta", pero nada inducirá nunca a hombre tan reservado a que admita tal cosa.

Sin embargo, a pesar de su temperamento caprichoso, profeso un hondo respeto hacia él porque indiscutiblemente es un gran hombre.
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Mensajepor gerkamp » Jue Abr 28, 2011 6:50 pm

31 DE DICIEMBRE DE 1943

Para esperar el Año Nuevo habíamos planeado organizar una fiesta en el pueblo. Sin embargo a las 17 horas llegó la orden de Specht de que ningún oficial o miembro de las tripulaciones saliera del campo; por el contrario, se les dieron órdenes de asistir a una cena que se daría en el comedor de oficiales. Specht nunca había recibido tal cantidad de maldiciones como las que siguieron al anuncio de estas disposiciones. A las ocho de la noche, cuando entramos al comedor nos sentimos todos en el mejor de los humores, ya que previamente se habian vaciado buen número de botellas para ahogar las penas. Specht hace un llamado de atención y brevemente nos explica el motivo de su orden:

—Caballeros, he recibido una comunicación de la Jefatura Divisional en el sentido de que esta noche se tomará una
importante decisión, y a fin de mantener el máximo de eficiencia de las tripulaciones aéreas en caso de tener que entrar en acción, he decidido suspender las celebraciones acostumbradas el fin de año. Pasaremos aquí juntos el resto del tiempo que falta para que termine el año y nos retiraremos a nuestros alojamientos inmediatamente después de que den las doce.


Habló en el tono acostumbrado de su voz de mando. Lo que cada uno pensó en su interior se lo guardó para sus adentros.

Precisamente a medianoche llega la noticia tan esperada: ¡Una comunicación de la Comandancia de División en que Specht es ascendido a mayor!

Queda absolutamente desconcertado. Había esperado alguna orden especial de comisión asignada al escuadrón. En medio de estruendosos aplausos y gritos de felicitación, despide a los pilotos. Pocos minutos después ninguno queda en el comedor.
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Mensajepor gerkamp » Jue Abr 28, 2011 6:53 pm

1º DE ENERO DE 1944

Cuando se presentan en el punto de dispersión, mis hombres están soñolientos y sufren las consecuencias del licor que tomaron anoche. Los oí cuando regresaron cantando de la ciudad, eran ya las primeras horas del día. Siento que se me abre la cabeza. Tenemos esperanzas de que durante todo el día de hoy, los yanquis no se lleguen a presentar.

1944 se inicia con un chubasco.
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Mensajepor gerkamp » Jue Abr 28, 2011 7:09 pm

4 DE ENERO DE 1944

Durante casi una semana, las fortalezas nos han dejado en paz. Hoy vuelven a reportarse concentraciones en el sector Dora-Dora.

A las 10:02 horas, el escuadrón despega para su primera misión de 1944. Sobre la ciudad de Münster sufrimos el fuego de nuestras propias baterías antiaéreas, al ir atacando una gran formación de fortalezas.

Al entrar al ataque sobre uno de los varios grupos de bombarderos que vuelan por separado, mi avión es blanco directo de un disparo. Inmediatamente se siente que pesa mucho la cola; el zumbido del motor aumenta hasta convertirse en un chillido agudo y después queda en completo silencio. Uno de los proyectiles de las baterías antiaéreas me arrancó la hélice, el cofre y la parte delantera del motor. ¿Qué puedo hacer para controlar el avión?

Momentos después se acerca un Thunderbolt que blanco en una de las alas, que se incendia inmediatamente. No tiene más oportunidad de seguir atacándome porque Wenneckers pone fin a su carrera con una andanada de sus cañones.

Solamente con ayuda de todas mis fuerzas logro detener el bastón; tengo que arrojarme sin pérdida de tiempo, antes de quedar envuelto en llamas. ¡Boto el dosel y me desabrocho el cinturón de seguridad! Para estas fechas ya he adquirido práctica y conozco bien la rutina.

Sin embargo, antes de quedar listo, la corriente de la hélice me arranca del asiento y quedo colgando; el paracaídas ha quedado atorado en el compartimiento de equipaje, que inexplicablemente se ha abierto; quedo prendido con una pierna en el lado de afuera y con la otra todavía dentro de la cabina.

El avión vuela prácticamente boca arriba y se hunde con creciente velocidad hacia la tierra; no puedo moverme; la terrorífica fuerza de la corriente de la hélice me tiene pegado a la parte de atrás del fuselaje; chicotea sobre mi pierna
izquierda que cuelga al aire y poco falta para que torciéndomela me la arranque; doy gritos de dolor; el aire me golpea las mejillas y me tapa la nariz, la presión es tan fuerte que no me deja respirar; las llamas me bañan todo el cuerpo.

El avión comienza a revolotear y entra en otra barrena, casi en línea vertical. Me es imposible mover los brazos debido a la fuerte presión del viento. Si no logro zafarme, ¡este será el final!

¡Maldición! Tengo que zafarme ... zafarme ... zafarme.

Desciendo unos 10,000 ... 12.000 pies. Con un esfuerzo final y hercúleo, que me hace salir sangre por la nariz, logro enganchar mi pie derecho en el bastón y empujo con fuerza hacia un lado; el avión gira, se detiene, parece levantarse apoyándose en la cola, queda suspendido por momentos, al perder velocidad y entonces ¡logro zafarme! Durante medio segundo quedo volando a un lado del fuselaje; algo me pega con tremenda fuerza en la espalda; siento que me ha partido en dos; un segundo golpe sobre la cabeza me hace perder totalmente el sentido.

No tengo idea de lo que pasó después.

Cuando vuelvo en mí, estoy en las nubes bajo el paracaídas abierto; el cordón de tiro está todavía en el carretel de manera que supongo que se abrió solo. Lucho por respirar, pero no puedo tomar nada de aire; hago el intento de gritar pero termino lanzando un gemido agonizante.

De pronto surge la tierra. El cielo que forman las nubes es tan sólo de unos 600 pies de altura. El paracaídas está oscilando con violencia de un lado a otro y casi horizontalmente revoloteo por encima y muy cerca del techo de una casa; finalmente, aterrizo pesadamente sobre la sólida capa de nieve congelada que cubre el jardín.

Vuelvo a quedar totalmente inconsciente y cuando despierto estoy en una ambulancia.

En el hospital de Münster me examinan y aplican los rayos X. Diagnóstico: fractura del cráneo, fractura de las vértebras lumbares, severas contusiones en los hombros y en la pelvis derecha; herida localizada en la cadera derecha; fuerte conmoción cerebral; parálisis temporal del lado derecho debido al dislocamiento de la espina.

Vomito continuamente. Los ordenanzas me llevan hasta un cuarto del hospital que tiene una gran ventana y me colocan sobre una cama recientemente preparada junto a la pared. Tengo unos dolores horribles y lo que más deseo es poder dormir.

¡Y pensar que hoy era el último día de licencia que debí haber pasado con Lilo y la pequeña Ingrid...!

Llega la noche antes de que pueda volver a pensar coherentemente.

Un primer teniente del comando de bombardeo se halla en la cama de enfrente. Nos presentamos mutuamente; acaba de perder la pierna derecha y el pie izquierdo. Fue blanco directo de las baterías antiaéreas en Rusia.
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Mensajepor gerkamp » Jue Abr 28, 2011 8:05 pm

30 DE ENERO DE 1944

Han pasado veintiséis días desde que me hirieron. No pude soportar el encierro en el hospital ni el constante olor a desinfectantes, por eso pedí que me transfirieran al puesto de primeros auxilios en la guardería que hay en el campo aéreo de Wunsdorf. Por lo menos aquí puedo estar nuevamente con la escuadrilla.

Todas las mañanas me sacaban hasta el punto de dispersión, donde pasaba el día recostado en una silla y envuelto en gruesos cobertores.

Esos días deben haber sido los que encanecieron al oficial médico del escuadrón, porque en contra de sus órdenes estrictas, insistí en levantarme y tratar de andar. Al principio los músculos paralizados me dieron mucho quehacer, pero después la mejoría fue notable. Con el tiempo me acostumbré a los interminables dolores de cabeza.

Esta mañana llegaron órdenes del Alto Mando de trasladarnos a Holanda. Estaremos apostados en la base aérea de Arnhem para entrar en acción con los bombarderos pesados. Andando con muletas llego hasta mi Gustav y acompaño a los demás. Specht se sorprendió pero no llegó a disgustarse cuando me vio reportarme después de haber aterrizado.

A las 13:05 horas despegamos una vez más.

Al salir de entre las nubes, somos atacados inmediatamente por Spitfires; nos toman por completa sorpresa y no podemos presentar una resistencia efectiva a los Tommies que nos persiguen en forma terrible haciéndonos alejar. Es un caso de sálvese el que pueda; yo no llegué a tener una sola oportunidad de hacer fuego, y las bajas que sufrimos fueron serias.

Cerca de Hilversum, el motor de mi avión resulta averiado y deja de funcionar. Por suerte logro aterrizar con el fuselaje, a punto de estrellarme, más o menos a una milla de distancia del aeródromo de esa ciudad.

Specht es el único de todos que consigue derribar un Spitfire. La escuadrilla Núm. 4 pierde cinco de sus pilotos; la Núm. 6 pierde tres más y la comandancia uno. De la mía, pierdo al sargento Nowotny que hace apenas unas cuantas semanas entró a formar parte de mi "Quinta".

También el sargento de vuelo Raddatz desciende en Hilversum después de haber perdido parte de la cola de su avión y a ambos nos regresan a Wunsdorf en un KL 35.
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