El valor de un líder.

Cuestiones generales relativas a la Segunda Guerra Mundial

Moderador: Francis Currey

maxtor
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El valor de un líder.

Mensajepor maxtor » Jue Oct 18, 2012 1:24 pm

Saludos cordiales.

El presente post va destinado a la figura histórica de sir Winston Churchill y a su capacidad de liderazgo, no es una correlación de hechos o de datos biográficos más o menos decisivos sino voy a intentar incidir en la capacidad de liderazgo y la influencia que tuvo el primer ministro británico durante la segunda guerra mundial para que mucha gente sintiera que al final podrían vencer a los nazis.

El post es una síntesis del libro de Andrew Roberts, “Hitler y Churchill. Los secretos del liderazgo” – ed. Taurus, 2003.

¿Qué es un líder, cómo una persona puede liderar a un grupo humano y enviarlos a la muerte?, ¿y cómo puede una persona perder parte de su juicio crítico y racional y seguir a alguien u obedecer dictados que en ocasiones le sitúan en peligro de muerte o le conminen a efectuar actos inmorales?. Son preguntas que están en el mismo corazón de la historia de las civilizaciones, si una persona no pudiera mandar sobre otras mil no habría guerras pero tampoco catedrales, orquestas filarmónicas, presas, proyectos de investigación, etc, la capacidad de un solo individuo sobre otros para que hagan lo que a él se le antoje es la base sobre el que se rige para bien o para mal todo empeño humano colectivo.

En las democracias las decisiones se asientan en instituciones representativas y es preciso la influencia de distintos imperativos y la apelación a causas muy diversas para que nos veamos impelidos a la acción, pero incluso hoy en día cuando arrecia el peligro el liderazgo se inspira todavía en gran medida en la suspensión de nuestras facultades críticas.

El liderazgo espolea algo interno de todos nosotros que está profundamente arraigado en nuestra psique, el liderazgo como valor o sinceridad puede estar completamente divorciado de la ideal del bien y del mal, Adolf Hitler fue valiente y sincero en la difusión de sus creencias, aunque fueran aborrecibles. Tanto Hitler como Churchill fueron auténticos líderes, y los hechos que tuvieron lugar entre 1939 – 1945 conforman todavía nuestro mundo tanto por las lecciones que tuvimos que extraer de ellos como por lo que nos legaron. La relevancia de Churchill en nuestras vidas es incontestable, Occidente disfruta ahora de “esas extensas y soleadas tierras” que Churchill prometió y que Hitler tanto se esforzó por arrasar.

Que Winston Churchill es el paradigma del liderazgo valeroso se pudo comprobar con su utilización por algunos líderes occidentales cuando quieren enardecer a sus poblaciones, son innumerables el uso que sus palabras y discursos tienen en la prensa escrita y por poner un ejemplo las palabras de Churchill fueron utilizadas con profusión tras los atentados en Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001.

Durante los peores días de la Batalla de Inglaterra, Churchill jamás salió de Downing Street para decir: “No sé qué hacer”, o “Estoy perdido”, salía con una dirección y una determinación clara aunque tuviera que fingirla, posibilidad no desedeñable ya que desde la evacuación completa de Dunkerque el 3 de junio de 1940 y la invasión de Rusia por parte de Hitler el 22 de junio de 1941, es más que posible que Churchill fingiera en numerosas ocasiones. Pese a su soberbia oratoria el primer ministro no veía cómo vencer a los nazis, pero el fingimiento forma a veces parte esencial del liderazgo, porque como San Pablo escribió en su Primera epístola a los Corintios: “Si la trompeta emite un sonido incierto, ¿quién se aprestará a la batalla?. Churchill transmitió su firmeza al pueblo británico aunque en 1940 todo pareciera abocar a la derrota y en sus discursos la trompeta sonaba de maravilla.

Si bien la política y trayectoria de Churchill antes y después de la 2GM es criticable en muchos aspectos y falló en aspectos importantes de asuntos de Estado, en los vitales meses de 1940 y 1941 y durante el resto del conflicto hasta 1945 consiguió hazañas asombrosas en materia de liderazgo. La historia demuestra que a los líderes les resulta sencillo encontrar gente deseosa de matar por ellos, lo que es más difícil es encontrar gente dispuesta a morir por su causa.

¿Por qué buscamos esos líderes, atribuyendo cualidades sobrehumanas a individuos que sabemos que son como nosotros de carne y hueso?. Una democracia madura debería reflexionar acerca de esos periódicos arrebatos de culto al héroe, especialmente en épocas de crisis y de convulsiones sociales dramáticas como las que vivió Europa en la primera mitad del s. XX. El pensador político norteamericano James MacGregor Burns señala que uno de los anhelos más universales de nuestra época es el hambre de un liderazgo convincente y creativo, si bien, ese hambre ha llevado a muchas sociedades a confiar en un liderazgo maligno por muy creativo que fuera en su momento, dígase la Francia de Napoleón de 1799, la Rusia de Lenin en 1917, o la Alemania nazi de 1933, parece mentira cómo una y otra vez nos engañan.

Como señala Ian Kershaw en su libro “El mito de Hitler”, “Por supuesto, la inclinación a poner todas nuestras esperanzas en el liderazgo y autoridad de un hombre fuerte”, no es en sí misma particular de Alemania. Alentada por elites amenazadas y por la aceptación de unas masas deseosas de un liderazgo autoritario y firme, personificado con frecuencia en una figura “carismática” esta inclinación la han experimentado (y aún pasa) muchas sociedades en las que un sistema pluralista débil se muestra incapaz de resolver las profundadas fisuras políticas e ideológicas existentes y da la impresión de encontrarse en una crisis terminal”.

Adolf Hitler dio pie a que gente inteligente suspendiera sus capacidades racionales, existen innumerables ejemplos de personas inteligentes que manifestaron haber quedado fascinados por Hitler, por el contrario Churchill nunca ejerció esa clase de fascinación mística sobre los demás; Hitler tenía carismo, Churchill no, ¿Cómo es posible que Hitler inspirase mayor admiración que el premier británico, y por qué a pesar de ello, Churchill resultó ser el líder de más éxito?. Mientras Churchill vencía a sus oponentes con argumentos y los derrotaba con los votos del Parlamento, Hitler los asesinaba en la Noche de los Cuchillos largos, reservando Dachau y otros campos de concentración al resto de sus oponentes. A Churchill jamás se le habría pasado por la cabeza recurrir a tales tácticas, ni siquiera en el caso de las tensiones internas que sufrió la Alemania de los años veinte se hubieran repetido en GB.

Aunque es imposible imaginar a dos hombres más distintos que Hitler y Churchill, como líderes tenían mucho más en común de lo que en principio cabe imaginar. El atributo clave que ambos compartían era su tenacidad casi sobrehumana que mantuvieron durante sus largos años de adversidad y fracaso.

Exceptuado unos pocos meses durante toda la década de los treinta Churchill fue un hombre acabado, como pasado de moda, el escrito Christopher Sykes le llamó “desastrosa reliquia del pasado”, cuando lady Astor, parlamentaria del partido tory, visitó a Stalin en 1937, el líder soviético preguntó por su viejo enemigo político; “Oh, está acabado”, replicó lady Astor, opinión que no era ajena a sus contemporáneos en esa época. No obstante, al igual que Hitler, Churchill se aferraba sin pestañear a sus convicciones. La principal de ellas era la de creerse un elegido de la Providencia que tenía la misión de salvar a su país. Pese a ser objeto de manera generalizada de una actitud hostil y paródica, no dejó de señalar la grave amenaza que suponían los nazis. Sus advertencias comenzaron muy pronto. En marzo de 1933 llamó la atención sobre la “tumultuosa sublevación, llena de ferocidad y aliento belicista”, que se gestaba en Alemania. Cuando no hacía ni dos meses que Hitler había sido nombrado Canciller, Churchillo denunció “el despiadado trato” que sufrían las minorías en Alemania y el modo en que este país había “abandonado sus libertades para incrementar su poder”. En particular hizo hincapié en el rápido desarrollo de la Luftwaffe que opinía a la debilidad de la RAF. Cuando habló de la “incalculable conflagración” que podría desatar un ataque con bombas incendiarias sobre Londres, el primer ministro Stanley Baldwin le tachó de alarmista.

Uno de los problemas de W. Churchill es que no estaba hecho para cargos subordinados, puede ser que el único cargo para el que nació fuese precisamente el de Primer Ministro de GB y en concreto en una crisis sin precedentes como la que tuvo que lidiar; su energía y dinamismo y su mente enciclopédica utilizada en los diferentes puestos subalternos que desempeñó en su vida desquiciaron a sus compañeros y superiores. Siempre que tenía ocasión advertía de la amenaza nazi, en 1944 al ejercer su turno de réplica, dijo a Willie Gallagher, único parlamentario comunista de la Cámara de los Comunes: “Por espacio de once años ejercí en esta Cámara un papel bastante solitario y sin embargo, y con mucha paciencia, no cejé en mi camino; por eso creo que su señoría no debe perder la esperanza”.

Hoy en día tanto Hitler como Churchill nos parecen dos líderes poderosos, pero solemos olvidar hasta qué punto su ascenso al poder parecía improbable a sus coetáneos. Ambos habían fracasado, Hitler en los años veinte, Churchill en los treinta. ¿Cómo consiguieron convertirse en líderes de sus respectivos países?. Buena parte de la respuesta puede venir con la creación de un mito nacional. Si Karl Marx concibió la historia como una lucha de clases, Hitler la interpretaba como una lucha de razas en la que los males del mundo se imputan a una conspiración internacional judeo-bolchevique. El sometimiento de los pueblos supuestamente inferiores como los eslavos, es la receta para la salvación de Alemania.

La creación de una leyenda nacional integradora y global es básica en la formación de los movimientos políticos modernos, especialmente en los de tinte nacionalista; Hitler recurrió a la Dolchstosslegende – el mito de la puñalada en la espalda – De acuerdon con ese mito la derrota de Alemania en la Gran Guerra no fue consecuencia de unas pérdidas insostenibles en el campo de batalla y menos aún de una deficiente dirección en las operaciones militares por parte de hombres como Hindenburg y Lundendorff, al contrario, la rendición de noviembre de 1918 vino motivada por una siniestra conspiración encabezada por socialistas y judíos, que habrían traicionado desde el interior de la nación al honesto y valiente volk alemán. Incluso los alemanes que no eran nazis llegaron a creer en la Dolchstosslegende como un perfecto bálsamo psicológico para una nación neófita en la derrota.

La crisis de 1929 supuso una bendición para los nazis, millones de ciudadanos comenzaron a ir al paro mientras la inestabilidad social se extendía por doquier. En las elecciones generales alemanas de mayo de 1928, los nazis obtuvieron el 2.6 % de los votos y tan sólo una docena de escaños. Pero en septiembre de 1930 – con cinco millones de parados en Alemania – el Partido obtuvo el 18.3 % de los votos y más de 100 escaños en el Reichstag. Un més después dela Conferencia de Lausana en junio de 1932 que puso fín al pago de las compensaciones de guerra a que Alemania estaba obligada en virtud del Tratado de Versalles, el Partido nazi consiguió el 37.4% de los votos. En aquellas elecciones los partidos antidemocráticos obtuvieron el apoyo de la mayoría del electorado: por primera vez en la historia, un gran Estado moderno votó voluntariamente contra la democracia. En ese momento, con Alemania rota, Hitler encontró lo que más necesitaba: partidarios, y seis meses después fue nombrado canciller y comenzó el principio del fín para Alemania.

Churchill también tenía una visión sólida e inamovible: la de un imperio británico poderoso y basado en valores civilizados. Durante la década de los años treinta, en su estudio de la casa de campo que poseía en Chartwell, en el condado de Kent, redactó muchos discursos advirtiendo de los peligros que la Alemania nazi suponía para GB y el resto del mundo. Churchill pidió una y otra vez el rearme de GB, pocos le escucharon, al contrario fue denigrado como “incendiario y militarista” y de “elefante solitario”; en 1938, el Daily Express dijo de él que era un hombre con la mente “embebida por las conquistas de Marlborough”. Ese mismo mes el gobierno de Chamberlain decidió no emprender la guerra con Alemania por el plan de Hitler de desmembrar Checoslovaquia, una postura que la mayoría de los británicos recibión con enorme alegría. Evidentemente la visión de Churchill no era acorde con los tiempos.

Sólo el 15 de marzo de 1939, cuando los nazis ocuparon lo que quedaba de Checoslovaquia el pueblo británico cayó en la cuenta de que Churchill podría tener razón con respecto a las verdaderas intenciones de Hitler. Los británicos comprendieron que, aprovechando la indecisión de Francia y GB, Alemania se disponía a dominar Europa continental. Finalmente tras media década de advertencias, un número de ciudadanos cada vez mayor optaba por compartir la visión de Churchill acerca de una poderosa alianz destinada a defender la libertad.

Así tanto Hitler como Churchill ganaron partidarios gracias a una visión a la que ambos se habían aferrado sin vacilar.

(Continuaré más adelante amigos).
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Óscar8096
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Re: El valor de un líder.

Mensajepor Óscar8096 » Jue Oct 18, 2012 1:52 pm

Un post muy interesante,es increíble ver como estos dos hombres se convirtieron en algunos de los personajes más importantes de la historia de la humanidad,y refleja que a lo largo de la historia los pueblos siempre han necesitado la figura de un salvador o un líder que lleve a su nación a lo más alto.
Interesante post,espero que continúe.

maxtor
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Re: El valor de un líder.

Mensajepor maxtor » Jue Oct 18, 2012 6:13 pm

Saludos cordiales.

Poder de oratoria.-

El poder de la oratorio tanto en Churchill como Hitler fue importante, ambos no dejaban nunca que les escribieran sus discursos, a diferencia de lo que actualmente ocurre con nuestros políticos y la multitud de asesores y redactores oficiales de discursos. Tanto Hitler como Churchill han pasado a la historia como grandes oradores pero ninguno de los dos tenía facilidades naturales para hablar en público, ambos se esforzaron mucho en lograr dicha habilidad; en los mítines y concentraciones del Partido Nazi se usaron por primera vez métodos modernos de movilización de masas, como mares de banderas, efectos teatrales luminosos con antorchas, música militar, masas uniformadas de guardias de asalto, eran técnicas al objeto de lograr una mayor receptividad de los auditorios. La diferencia con Churchill no podía ser más marcada.

Churchill asistió a pocas concentraciones y no se valió de efectos especiales ni de adláteres que precediéndole en el estrado aumentaran la expectación de sus oyentes, prefería hablar en la Cámara de los Comúnes o en la radio y ante auditorios relativamente pequeños. Confiaba en el poder de la palabra y en el triunfo de una buena argumentación. No fueron trucos demagógicos los que le convirtieron en el mejor orador del s. XX, sino su excepcional dominio de la lengua inglesa. Sin embargo, Churchill no tenía un talento natural para la oratoria, tras sufrir una experiencia desastrosa cuando con treinta años intentó pronunciar ante la Cámara de los Comunes un discurso de memoria, desterró esta práctica. A partir de entonces, en ocasiones llegó a pasar de diez a catorce horas para preparar un solo discurso, a veces, mientras escuchaba música militar en un gramófono, escribiendo y rescribiendo hasta que consideraba que había obtenido un resultado perfecto.

La situación que tuvo que afrontar Churchill hicieron que creara unos discursos de una belleza sublime, los mejores que pronunció durante toda la guerra. La derrota en el frente occidental, la evacuación de Dunkerque, la caída de Francia, la Batalla de Inglaterra, el Blitz, la amenaza de invasión, todos estos acontecimientos dieron pie a frases y discursos que pervivirán mientras perviva la lengua inglesa. En el verano de 1940 el pueblo británico no tenía otra cosa en que apoyarse que los discursos de Churchill, con Hitler dominando todo el continente desde Brest hasta Varsovia, ni siquiera los jefes del Estado Mayor tenían un plan para vencer. Rusia y USA no habían entrado aún en guerra y todo cuando GB podía hacer era resistir, anhelando, que algo cambiara. Churchill no apelaba a la cabeza y la racionalidad cuando hablaba de victoria final sino que apeló al corazón de su pueblo, a los sentimientos.

Tres días después de convertirse en primer ministro dijo ante la Cámara de los Comunes: “Sólo puedo prometer sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas”. Intentó no eludir con evasivas la tarea que debía afrontar y sus palabras desterraron una década de política de apaciguamiento, dudas y derrotismo que en cierta ocasión él mismo calificó como de “prolongada y pesada marea de molicie y claudicación”. Sin vacilar ubicó el conflicto desde su inicio como una lucha entre el bien y el mal, la verdad y la mentira, lo correcto y decente contra lo indecente, y eso fue lo que los británicos deseaban oir.

Como buen historiador que era Churchill recurrió al pasado para elevar la moral de su pueblo, para recordar que GB ya había salido indemne de otros peligros pasado, el mensaje subliminal de Churchill fue claro: volvería a hacerlo. Churchill no dudó nunca en usar expresiones de otras personas que se adaptaran bien a su pensamiento. Por ejemplo, es posible que su famosa frase sobre la RAF tras la Batalla de Inglaterra (“Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”), se inspirase en la declaración de sir John Moore tras la captura de Córcega en 1793: Never was so much done by so few men – (Nunca tan pocos hombres hicieron tanto).

Churchill vió claro que GB combatía sobre todo por su identidad y la continuación de su existencia y sólo secundariamente por una idea utópica de dignidad y democracia, apelando hazañas pasadas y el orgullo de sus logros imperiales, es un lenguaje que hoy en día sería imposible de escuchar a cualquier político inglés pero ayudó en esos años.

Saludos desde Benidorm - (seguiremos poco a poco).
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Antonio Machado
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Re: El valor de un líder.

Mensajepor Antonio Machado » Jue Oct 18, 2012 6:55 pm

Hola Maxtor, estimado amigo:

Excelente hilo has iniciado, felicitaciones !

Esperamos con expectación los aportes de los compañeros foristas.

Saludos cordiales desde Nueva York,

Antonio Machado.
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Con el Holocausto Nazi en contra de la Raza Judía la inhumanidad sobrepasó a la humanidad.

maxtor
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Re: El valor de un líder.

Mensajepor maxtor » Jue Oct 18, 2012 9:49 pm

Saludos cordiales.

En este punto tocaré un matiz o aspecto del liderazgo que es el definir qué tipo de liderazgo puede tener una persona o más bien el que se le atribuye por sus seguidores o fieles; Churchill no llegó a proyectar jamás una atracción o carisma como el de Hitler, es cierto que Churchill tenía una personalidad arrolladora que muchos podrían considerar por carisma, pero el carisma es otra cosa. El liderazgo carismático se basa en las cualidades cuasi mágicas o místicas que los partidarios de un líder le confieren. Esta forma de poder no está arraigada en ninguna tradición ni se basa en una autoridad institucional: no reconoce constitución alguna y se aparta por completo de lo que puede ser el poder de un presidente elegido en el marco de una democracia.

Churchill es el arquetipo de un líder inspirador, pero nadie le creía sobrehumano o le situaba en un plano diferente al resto de la humanidad, pero en el caso de Hitler mucha gente se quedó literalmente fascinado por su “hechizo”, esa fascinación fue colectiva, fue la percepción que los demás tenían de él lo que le confirió de carisma a Hitler, ninguno de los que conoció a Hitler cuando era un cabo en las trincheras de la 1ª GM o artista venido a menos en Viena le recordaba como una persona carismática, ni siquiera como un líder. Sólo adquirió carisma gracias a sus éxitos políticos y a sus tremendos esfuerzos por crear un culto hacia su propia personalidad. Hitler dio pábulo de manera deliberada a su condición de superhombre infalible hasta conseguir que millones de personas compartieran su extravagante e inflada autoestima. Ian Kershaw lo define perfectamente en 1936 como una persona con un estado de ánimo “narcisista y autoglorificador”.

Algunas líderes religiosos han alcanzado ese tipo de carisma porque su autoridad se funda en la fe, carisma deriva de la palabra griega empleada para referirse al espíritu. El historiador Michael Burleigh ha analizado a fondo cuánto tenía en común la ideología nazi con un culto religioso, sobre todo en la deificación de su figura mesiánica ( “El Tercer Reich”, y “Causas Sagradas”). La autoridad del Führer estaba contra toda duda, y Hitler subrayó deliberadamente este carisma que se le atribuía alimentando su presunta condición de superhombre.

Un ardid propagandístico que utilizaba Hitler era presentarse como un hombre sencillo, el líder del pueblo, distanciándose de los jerarcas nazis, que para muchos alemanes eran fantoches y gerifaltes, auténticos faisanes dorados, Hitler fomentaba esa visión y muchas veces en actos públicos se presentaba vestido de forma sobria en contraste con los brillantes y estrambóticos uniformes de los jerarcas nazis. Hitler nunca se ponía gafas pese ser corto de vista, y evitaba las fotografías, y tenía verdadero pánico a parecer en bañador o desnudo; la diferencia con Churchill no puede ser más evidente ya que puede ser uno de los políticos de la historia contemporánea que menos importancia han dado a su vestimenta o su aspecto físico. En cierta ocasión recibió a un perplejo presidente Roosvelt según salía del baño, desnudo, y al observar la cara del presidente norteamericano le dijo en tono jocoso: “El primer ministro de GB no tiene nada que ocultar al presidente de los Estados Unidos”.

En el trato personal con sus colaboradores Churchill era un jefe duro y no resultaba nada fácil trabajar con él, en el ámbito profesional podía ser muy duro y sarcástico con la gente que le rodeaba, sus secretarios tenían dificultades para interpretar lo que describían como “palabras aisladas o gruñidos incomprensibles emitidos sin más explicaciones; hoy en día, en cualquier gobierno democrático del mundo es más que probable que le hubieran llenado de demandas y juicios por acoso, aunque se puede decir en su descargo que era tan desagradable con sus superiores como con los subordinados.

En el verano de 1940, sometido a una terrible presión de liderar el país, Churchill recibió una carta de su esposa en la que le decía claramente que su conducta era mejorable y que notaba cierto deterioro de su carácter, intentó cambiar pero como decía el primer ministro australiano Paul Keating: “Ser líder no es cuestión de amabilidad. Para ser un líder hay que tener razón y ser fuerte”.

Una cuestión donde Hitler y Churchill se diferenciaban claramente era en cuanto aceptar consejos de sus subordinados. Hitler rara vez aceptaba la mínima discusión contra su visión, pero Churchill sabía escuchar y aunque le costaba dar su brazo a torcer finalmente actuó muchas veces siguiendo las indicaciones de sus militares profesionales. Churchill era famoso por su tendencia a inmiscuirse hasta en los más mínimos detalles del trabajo de los demás, tenía un afán tremendo por conocer detalles casi ridículos, como el saber cuánto costaba mandar un telegrama desde Persia. Estas injerencias le crearon muchas tensiones y consiguieron que Churchill fuera muy impopular en su ministerio. Hitler gestionaba los asuntos de manera completamente distinta, aborrecía las reuniones y la lectura de informes y se mostraba reacio a poner sus disposiciones por escrito. “Una sola idea genial”, decía, “tenía más valor que toda una vida de concienzudo trabajo de oficina”. Churchill por el contrario era una dinamo para el trabajo. Hitler solía fomentar la competencia entre departamentos del Estado, alentando una especia de lucha neodarwinista entre sus ministros y otros jerarcas, desde una posición absolutamente opuesta al trabajo de equipo, a Hitler nunca le preocupó que otros miembros de su gobierno se lanzaran al cuello de otros.

Cuando empezó la guerra, la mayoría de los subordinados de Churchill permitieron sus intromisiones únicamente porque el futuro primer ministro generaba una vitalidad y espíritu de lucha que aquellos hombres necesitaban y que no veían en otros miembros del gobierno, Churchill estaba en guerra permanente y animaba a otras personas de su entorno a cerrar los dientes y apretar los puños. Es curioso como su energía y espíritu combativo anuló errores graves que en otros tiempos le hubieran costado su carrera política, como sucedió con la operación que en 1940 el Ejército Británico emprendió en Noruega. La idea original de dicha operación fallida fue de Churchill, ya en septiembre de 1939 propuso interrumpir los suministros alemanes de mineral de hierro minando las aguas de Noruega, a la sazón un país neutral, y precisamente fue dicha misión la que propició que cayera Chamberlain y convirtiera a Churchill en primer ministro cuando el primer lord del Almirantazgo tenía mayores responsabilidades directas en la operación.

Ambos líderes supieron capaces de despertar un tremendo espíritu nacionalista durante la guerra, la única cosa que Churchill nunca pidió a su pueblo fue que sacrificara o perdiera la esperanza. Antes de la entrada de Rusia y los EEUU en la guerra, hasta 1942, resultó imposible predecir la derrota de Hitler y ni siquiera el propio Churchill podía estar seguro de ella, pero sus discursos radiados no dejaban la menor duda de que acabaría por llegar. La potencia que impulsaba el carismático liderazgo de Hitler era la ambición de poder. Churchill sin embargo, sabía que los líderes no necesitaban carisma o poderes dictatoriales para inspirar a otros. Tras conocer a Hitler, la gente se quedaba con la sensación de que él, el Führer, podía lograr cualquier cosa. Cuando alguien conocía a Churchill sentía que era uno mismo quien era capaz de todo. La inspiración genuina es más poderosa que el carisma creado artificialmente.

En los primeros nueve meses de guerra, GB había sufrido unas pérdidas en el mar por valor de ochocientas mil toneladas a causa de las minas magnéticas y los ataques submarinos alemanes, el comportamiento de Churchill es una muestra de verdadero liderazgo, y aceptar el cargo de primer ministro fue su prueba suprema.

Saludos desde Benidorm.

PD: Mañana más....
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Re: El valor de un líder.

Mensajepor maxtor » Vie Oct 19, 2012 1:14 am

Saludos cordiales.

Hablando claro…

Aunque Churchill estuviera obligado a decir al pueblo británico que la guerra se podía ganar, no tenía la menor idea sobre la forma de conseguir esta victoria. En una serie de discursos destinados a elevar el espíritu combativo de sus ciudadanos aludió a las diversas formas en que podría obtenerse el triunfo, aunque cada una de ellas más improbable que la anterior. El 13 de mayo de 1940 en el primer discurso en calidad de primer ministro que pronunció en la Cámara de los Comunes, Churchill hizo gala de una sinceridad que desarmó al auditorio al admitir que no tenía “nada que ofrecer excepto sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas”. Aunque en realidad llegó a ofrecer mucho más cuando dijo: “Si me preguntáis, ¿cuál es nuestro objetivo?. Puedo responder con una sola palabra: la victoria; la victoria a cualquier precio, la victoria a pesar del terror, la victoria por largo y duro que sea el camino; porque sin la victoria no hay superviviencia”. Tan solo diez días después de Dunkerque, Churchill consiguió avergonzar a sus ciudadanos y apeló a su sentido más heroico, en sus discursos el primer ministro asumió que los ataques sobre la población civil estaban cerca: “Habrá muchos hombres y muchas mujeres en esta isla que cuando llegue la hora de la verdad sentirán consuelo e incluso orgullo al compartir los peligros de aquellos de nuestros chicos que combaten en el frente – los soldados del Ejército de tierra, mar y aire, que Dios les bendiga – y de desviar hacia sí al menos una pequeña parte de los ataques que ellos tienen que sufrir. ¿No es ahora el momento de que todos hagamos cuanto esté en nuestras manos?”.

Tratando así a su población, convirtió en héroes a sus ciudadanos y los preparó para lo que vendría. Antes de pronunciar el discurso en el que dio explicaciones sobre la evacuación de Dunkerque ante la Cámara de los Comunes, Churchill sabía que tenía que ofrecer una leve esperanza a los británicos para animarles a seguir luchando, y con este fin optó por subrayar la posibilidad de que los EEUU pudieran entrar pronto en la guerra; en su alocución alentó la perspectiva de combatir “hasta que Dios lo quiera, el Nuevo Mundo, con todo su poder, dé un paso adelante para rescatar y liberar al Viejo”.

Pero no todo eran palabras. Durante la guerra Churchill puso en juego su notable capacidad organizativa sobre todo a la hora de reducir el solapamiento de competencias entre Gobierno y administración, redujo el Gabinete de guerra a sólo cinco miembros, los días de la coordinación pasaron a mejor vida y entró de lleno un liderazgo, una dirección y una acción a golpe de látigo. Churchill empezó a dictar disposiciones con el que aumentar su poder, para Churchill dirigir una guerra mediante comités ya era malo, pero peor era la falta de una distinción clara entre los órganos de decisión políticos y militares. Crear la nueva oficina del Ministerio de Defensa, asumir su dirección y designar a un hombre de confianza como el general Ismay, como enlace personal con los jefes del Estado Mayor fue un golpe maestro administrativo y político. La nueva organización le dio más autoridad de la que había disfrutado cualquier primer ministro anterior a él.

Sin embargo, y pese a los detractores y actuales revisionistas, Churchill sus poderes no eran antidemocráticos, Churchill no gobernaba un sistema autocrático, sino que continuaba actuando por medio del Gabinete. Sabía que en última instancia debía su poder a la Cámara de los Comunes, que ya en diciembre de 1916 en plena guerra mundial depuso al primer ministro Herber Asquith y en mayo de 1940 hizo lo mismo con Chamberlain. “Soy hijo de la Cámara de los Comunes”, dijo Churchill ante el Congreso de los EEUU en diciembre de 1941.

En la práctica la racionalización del sistema emprendida por Chuchill le permitió sacar adelante iniciativas políticas controvertidas. Una de ellas le permitió usar bombarderos pesados como el Lancaster contra las ciudades alemanas. Con Chamberlain los bombardeos se habían limitado a objetivos navales y a lanzar panfletos. Sir Kingsley Wood, entonces primer ministro del Aire, rechazó un plan de la RAF para atacar objetivos militares en la Selva Negra con las siguientes palabras: “¿Son ustedes conscientes de que se trata de una propiedad privada? ¡Dentro de poco me pedirán que bombardeemos Essen! “. ( Spears, Assignment to Catastrophe, p. 216). Churchill demostró no tener tantas inhibiciones y pocos días después de ser nombrado primer ministro autorizó los ataques sobre objetivos militares e industriales de Alemania. Cuando tres meses más tarde, en el punto culminante de la Batalla de Inglaterra, cayeron sobre el centro de Londres las primeras bombas alemanas, Churchill pasó por alto a los jefes de Estado mayor y al ministro del Aire y ordenó directamente al Mando de Bombarderos que lanzaran un ataque de represalia contra Berlín. Una decisión tan rápida había sido impensable con la estructura de gobierno anterior. Durante los 4 años siguientes, GB no tuvo otro modo de llevar la guerra a suelo alemán que los bombardeos estratégicos.

... continuará)
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Re: El valor de un líder.

Mensajepor maxtor » Vie Oct 19, 2012 1:48 am

Saludos amigos.

En este punto de la exposición del libro de Andrew Roberts, me detendré en un aspecto que diferencia claramente qué estilos de liderazgo presentaban Hitler y Churchill, esto es, la capacidad para aceptar otros alter egos próximos y aceptar sus consejos y aptitudes profesionales.

Al hablar de Churchill tenemos que hablar necesariamente del mariscal Alanbrooke, creo que es imposible sobrestimar su influencia en la estrategia global aliada. Fue él, incluso más que Churchill o el Gabinete de guerra, quién decidió los pasos y el calendario de las operaciones militares que acabarían con la derrota final de la Alemania nazi. Fue él quien estableció la secuencia Norte de África, Italia y Normandía, como camino previo para llegar a Berlín. El meticuloso proceder de Alanbrooke chocó a menudo con el ímpetu de Churchill, sin embargo, Churchill jamás pasó por alto a sus jefes de Estado Mayor, por mucho que discrepara. La sombra del desastre de Gallipoli durante la 1ª GM pendía de él, y no era tan imprudente como para imponer su impulsivo genio a los argumentos llenos de lógica de Alanbrooke. A su vez Alanbrooke consideraba su deber evitar que Churchill metiera a GB en otro Gallipoli y a juzgar por los hechos, hizo bien su trabajo porque el primer ministro desechó finalmente sus planes de atacar a los Balcanes en 1943 y Sumatra en 1944. La tensión personal entre ambos acabó beneficiando a GB, porque finalmente las grandes decisiones estratégicas de la guerra combinaron el genio de Churchill con la profesionalidad de Alanbrooke. Fue una colaboración difícil y a menudo exasperante que sin embargo ayudó a ganar la segunda guerra mundial, pese a que luego la relación entre ambos se rompiera por completo.

Lo que salvó a Churchill de errores militares potencialmente desastrosos fue el hecho de no menospreciar nunca los argumentos de las personas que se le oponían y de sentir un gran respeto por ellas. En realidad que designara como jefe de Estado Mayor a Alanbrooke precisamente porque sabía que dicho militar se mantendría firme en sus convicciones sólo puede hablar en su favor. Como dijo el general Patton si todos se muestran de acuerdo, es que alguien no está pensando. Parte de la grandeza de Churchill reside en el hecho de que nombrara a Alanbrooke para el cargo de mayor responsabilidad militar de GB y luego que aceptara sus consejos, aunque a regañadientes

Hitler era leal a sus colaboradores mientras pudiera confiar en que ellos le fueran legales a él, y que eligiera a personas como Ribbentrop para un puesto tan importante como el de Asuntos Exteriores es otro ejemplo de que se sentía a gusto con personas incapaces para el cargo, pero Hitler valoraba por encima de todo la lealtad y las últimas palabras de Ribbentrop antes de ser ahorcado fueron: Heil Hitler. Hitler sustituía a sus generales más capaces dado que no confiaba en el estamento militar, durante la guerra destituyó por lo menos a treinta y cinco mariscales y generales, con más frecuencia por su falta de lealtad que por su real o presunta incompetencia. Mientras hubo guerra Hitler fue muy generoso con sus generales, gran número de ellos fueron premiados con cheques firmados por el propio Hitler por valor de doscientos cincuenta mil marcos del Reich, el equivalente a medio millón de libras de hoy en día. A otros se les gratificó con enormes fincas y grandes mansiones. La hacienda de Glebokie, en la zona occidental de Polonia, fue un regalo que el general Guderain recibió de Hitler. En realidad esta actitud de Hitler marcaba un intento claro de comprar voluntades y lealtades.

En el ejército británico las cosas se llevaron al extremo opuesto, ya que después de la guerra, lord Alanbrooke estaba tan arruinado que tuvo que poner su casa a la venta y trasladarse a la vivienda del jardinero, su país no le correspondió con una gran fortuna, y tampoco lo esperaba, vivió conforme a un código de honor y de conducta que no tenía nada que ver con la gratificación económica.

La batalla de El Alamein supuso un punto de inflexión en la forma de conducir la guerra que tenía Churchill, ya que aprendió a confiar en sus generales y a dejarles hacer su trabajo sin inmiscuirse tan a menudo. Resulta fascinante ver la evolución que a lo largo de la guerra experimentaron los estilos de liderazgo de Churchill y Hitler: mientras Churchill interfería cada vez menos en el curso diario de las operaciones militares. Hitler se inmiscuía cada vez más en los pequeños detalles operativos, desde el momento que el ejército alemán fue detenido en las puertas de Moscú, Hitler comenzó a entrometerse cada vez más en los pormenores de las operaciones y en cuestiones tácticas que los mandos operativos podían decidir con mucho más acierto. Fue la negación del principio de la autonomía del mando que había dado lugar al rotundo éxito de las primeras campañas de la guerra relámpago. Conforme avanzó la guerra Hitler se olvidó que a menudo había sido la iniciativa de sus mandos las que habían ganado sus primeras victorias. La propia configuración del régimen nazi y la personalidad de Hitler hacían imposible que apareciera una personalidad como Alanbrooke.

Saludos cordiales. ( me voy a descansar y mañana acabaré la exposición).
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maxtor
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Re: El valor de un líder.

Mensajepor maxtor » Vie Oct 19, 2012 12:05 pm

Saludos cordiales.

Para terminar la serie de escritos sobre la figura de Winston Churchill terminar con algunas referencias al lugar de la historia que ocupa dicho personaje. En el libro de Andrew Roberts en el capítulo de conclusión se hace una serie de reflexiones que me parecen interesantes y es el qué pensará la gente dentro de 200 años de la figura de Hitler y de Churchill; una gran mayoría de personas espera y desea que Hitler nunca deje de ser comparado con un Atila, Vlad el Empalador o Iván el Terrible, esto es, un tirano lleno de odio y sediento de sangre, como dice el historiador John Keegan pertenece Hitler al grupo de los megalómanos inhumanos.

Sin embargo, ya incluso hoy se detectan ciertos esfuerzos historiográficos por rehabilitar o cuanto menos suavizar la imagen de Hitler, y por ende, menospreciar la de Churchill y poco menos que acusarle de todos los males de la 2GM, el historiador norteamericano John Lukacs ha identificado algunos esfuerzos revisionistas de la época hitleriana, en definitiva, hoy en día Napoleón es una persona que suscita mucho interés histórico (nada que objetar), pero no así la admiración casi personal de un dictador que dejó más de seis millones de muertos en toda Europa tras dos décadas de guerras de conquista, ¿ocurrirá lo mismo con Hitler?.

En los actuales tiempos de crisis financiera y económica, con muchas sociedades golpeadas por el paro, y por una crisis de valores e ideológica – me atrevería a calificarla así – el sentimiento populista y nacionalista puede surgir como bálsamo de las penurias de la gente, ha ocurrido en el pasado y no creo que debamos bajar la guardia a personas que prometen todo, el ensalzamiento nacionalista fue un peligro y supone un auténtico peligro en el futuro.

La obra de Roberts diferencia entre los líderes carismáticos como Adolf Hitler y los líderes inspiradores como Churchill, los escépticos por naturaleza seguirán a un líder inspirador y sospecharán, con toda razón, de cualquier líder carismático, en política el escepticismo debería ser una virtud a cultivar por todos nosotros.

Hitler ató a su discurso dos de las emociones humanas más catalizadoras: la envidia y el resentimiento; y ambas le permitieron recorrer un camino muy largo. Tras la derrota de Alemania y Austria en la Gran Guerra y la presunta humillación a que las sometía el Tratado de Versalles, resultó sencillo hasta un extremo patético alimentar la autocompasión del pueblo alemán. De hecho Hitler en sus inicio era uno más de aquellos políticos de extrema derecha que competían por agitar ese sentimiento.

Un líder debe asumir responsabilidades. Cuando los acontecimientos se volvieron contra él, Churchill no vaciló en asumir su parte de culpa, en muchos discursos que pronunció en las sesiones secretas del Parlamento no tenía reparo en admitir que había cometido errores. Hitler por el contrario, culpaba constantemente a los demás cuando la guerra comenzó a tornarse en su contra; primero culpó a sus generales y luego a todo el pueblo alemán, a quién terminó por juzgar indigno de su genio. Que Churchill recorriera las zonas bombardeadas en cualquier parte de GB a fin de elevar la moral de la población, mientras Hitler se negó hacer lo mismo expresa con claridad la enorme diferencia que había entre los dos. De hecho Hitler hizó instalar cortinas en su coche, al objeto de distanciarse de los sufrimientos de sus ciudadanos y fue un error grave pues es posible que le hubieran recibido con veneración incluso en 1944, pero a Churchill sus ciudadanos le importaban de verdad, no los veía como meros peones de un plan magistral, por desgracia para Hitler no contaba con asesores que pudieran hacerle cambiar de opinión. Los líderes que triunfan se rodean de críticos constructivos: Churchill tenía a Alanbrooke, Stalin al mariscal Antonov, Roosevelt al general George Marshall. Hitler no recibió consejos objetivos de nadie.

En los últimos años la figura de Churchill ha sufrido ataques tremendos, algunos rayando el insulto personal, por alguna parte de la historiografía. “La historia avanza con su antorcha tilitantes por las sendas del pasado, tratando de reconstruir sus sucesos, de escuchar sus ecos, de iluminar con pálidos rayos la pasión de los días antiguos” – decía Churchill – es probable que actualmente a Churchill le hubiera divertido el circo que se ha montado en torno a su reputación y su persona, hubieramos disfrutado todos de su defensa contra el círculo de los revisionistas.

Lógicamente muchos autores e historiadores tras su muerte en 1965 han intentado recuperar un cierto equilibrio histórico en cuanto a la valoración de su figura y eso es un sano juicio y ejercicio histórico, pero los ataques que está sufriendo su figura desde la extrema derecha y extrema izquierda son inaceptables, pero bueno, a bien visto si alguien es denostado por ambos extremos políticos algo has debido hacer bien en tu vida.

En un primer grupo de revisionistas podemos situar desde Clive Ponting, en la extrema izquierda como a David Irving en la extrema derecha, son un grupo que los suelen tildar de ideólogos, se retrata a Churchill de una personalidad depravada e incluso maligna, valiéndose de citas sacadas de contexto y atribuirle motivos maquiavélicos a todo lo que hacía. David Irving en su libro “La guerra de Churchill: triunfo de la adversidad”, vuelve a demostrar que no ha sido capaz de aceptar su humillación en el juicio por negación del Holocausto que perdió contra Deborah Lipstad y Penguin Books en el año 2000, y en dicho libro simplemente ha mentido. Por ejemplo en su libro Irving declaró haber tenido acceso a documentos guardados en la Caja Número 23 de los papeles y archivos personales de lord Monckton que se encuentran en la Biblioteca Bodleiana de Oxford, pues bien, el autor Roberts debido a que conocía la existencia de dichos papeles y a sus propias investigaciones sobre lord Monckton se puso en contacto con la biblioteca y le confirmaron que nunca esa caja ha sido abierta a ningún historiador.

Hay una segunda fuente de revisionistas de la figura de Churchill que integran a los críticos que parecen surgir en los círculos libertarios y aislacionistas de los EEUU, como el libro publicado en 1999 por Patrick Buchanan, A Republic, Not an Empire, donde se niega a Churchill su sitio en la historia y recientemente en una conferencia el historiador Robert Raico de la New York State University, esgrimió no menos de treinta y dos acusaciones contra él, en dicha conferencia el señor Raico llegó a decir que Hitler nunca tuvo intención de bombardear Londres, y por eso sostiene el historiador que Churchill se equivocó en los años treinta al apostar por la ampliación de la RAF, según Raico Churchill era un criptosocialista, un títeres de Stalin, un defensor de la limpieza étnica, “un hombre sanguinario y un político sin principios”, decía Raico en un artículo que escribió en apoyo de sus tesis, “cuya apoteosis sirve para corromper cualquier patrón de honradez y moralidad que pudiera existir en la política y la historia”.

Churchill solía decir bromeando que el juicio de la historia sobre él sería amable porque él se encargaría de escribirla, tristemente vemos personas incapacitadas y con mala fe que han escrito innumerables páginas intentando manchar su reputación e incluso poniendo en duda su patriotismo. Muchas de las citas a las que el sr. Raico recurre provienen de las obras de Irving y Ponting; a su vez, Raico es citado con admiración por Buchanan. Es casi imposible creer que esta gente se haya propuesto una sincera investigación de la verdad histórica y no un ataque personal contra Churchill por el valor supuesto de las futuras ventas que les pude reportar ese ataque.

Por supuesto que Churchill no está por encima de la crítica, es evidente que es legítimo y hasta necesario cuestionar su reacción ante diversos asuntos y más teniendo en cuenta que su carrera política fue larga y accidentada y tuvo que tomar decisiones muy importantes para su patria en situaciones de enorme tensión y apremio. El asedio de Sydney Street en 1910, el desastre de Gallipoli, la división de Irlanda, la vuelta al patrón oro, el manejo de la huelga general de 1926, el nacionalismo indio, la crisis de la abdicación, la política de objetivos del Mando de Bombarderos, la estrategia del “viente blando de Europa” de 1943, la insistencia en la rendición incondicional de Alemania, su negativa ayudar a los conspiradores del 20 de julio, el reconocimiento oficial del Gobierno británico sobre la reponsabilidad de los soviéticos en la masacre de oficiales polacos en el bosque de Katyn y la propuesta de bombardear Auschwitz son cuestiones por las que Churchill ha sido objeto, tanto en vida como en su muerte de la críticas de distinguidos historiadores, pero ahora, somos testigos de un debate ajeno a una mínima investigación histórica de calidad.

Con gran diferencia las críticas más contundentes de la carrera de Churchill provienen de la crítica nacionalista tory, de John Charmley, de Maurice Cowling y del difunto Alan Clark. En enero de 1993, John Charmley publicó: Churchill: The End of Glory, siguiéndole en 1995, el libro Churchill`s Grand Alliance: The Anglo-American Special Relationship, 1940 – 1957. Son ambos análisis bien fundamentados y documentados que tratan de atribuir personalmente en Churchill la pérdida de poder que GB tuvo en el s. XX. Charmley acusa a Churchill de evitar que Neville Chamberlain consiguiera llevar a buen puerto los objetivos de la política de apaciguamiento, a saber, una guerra de desgaste entre Alemania y Rusia en la que ambas potencias combatieran entre sí hasta llegar a un punto muerto en el que dejarían de ser una amenaza para Occidente.

También acusa a Churchill de traicionar al imperio británico a favor de los EEUU, a causa de su posterior política en la posguerra, y además fue el responsable en opinión de dicho historiador de ser responsable de que el socialismo se colara en GB; según su punto de vista GB debió firmar la paz con Alemania en 1940 – 1941 (el profesor Cowling opina que GB ni siquiera debió entrar en guerra en 1939). Lejos de salvarse el imperio británico, no continuar en la guerra hasta el final habría sido desastroso para GB como para el resto de Europa. Una política histórica de GB ha sido impedir que cualquier oponente logre el dominio de los puertos holandeses y belgas del Canal de la Mancha, permitir a Hitler el control absoluto de esos puertos en 1940 – como fruto del hipotético acuerdo de paz – hubiera supuesto para GB años de peligro y el mantener un enorme gasto en Defensa y la necesidad de vigilar permanentemente el Canla durante el resto de una década. El éxito de una paz negociada con Hitler era nulo, y los peligros de dejarle como amo de Europa jugándose la carta de su descarte contra Rusia era además de vil, utópico.

¿Qué argumento hubiera tenido GB para “arrastrar” a su aliado natural a luchar contra Alemania, si veían que a la mínima se rendían?, la política de Estados Unidos de Alemania primero podría perfectamente haber cambiado al ver la actitud entreguista de GB. Fueron necesarios la feroz resistencia durante el Blitz y la Batalla de Inglaterra para que los EEUU se convencieran del valor de GB como aliado, y en esos años fue fundamental Churchill. Aunque GB acabara la guerra desbordada de deudas con los EEUU, el estado de sus finanzas no hubiera sido mejor si hubieran tenido que mantener un Ejército bien armado a la espera del previsible momento en que el bueno de Hitler quisiera revocar el tratado de paz y atacarles de nuevo.

¿Qué explicación se le daría a una desmoralizada población, ante los ya miles de muertos que la guerra les había ocasionado durante los primeros nueve meses de guerra en el mar?. Los factores estratégicos y económicos pueden ser importantes para historiadores que tras varias décadas analizan de forma cómoda de su sofá las decisiones que tuvo que tomar Churchill, pero quien respiraba el ambiente y estaba allí era Churchill y sus contemporáneos, y el tremendo golpe al orgullo nacional británico y la autoestima del Imperio hubieran tenido efectos demoledores, revueltas y descontento, y sólo hubieran habido dos beneficiados de dicha deshonrosa paz: el partido comunista y la Unión de Fascistas Británicos.

Churchill hizo lo que tenía que hacer, que fue resistir, y luchar y movilizar a su pueblo y prepararlo para enormes sacrificios, sacrificios que luego se prolongaron en cuanto al nivel de vida de la posguerra, pero no tenía otra alternativa, además si Hitler hubiera conseguido el dominio de Europa y no se le hubiera plantado cara entre Rusia y la invasión aliada en 1944 – 1945, muy pocos judíos hubieran sobrevivido a la exterminación. Hoy en día vivimos uno de los periodos de paz entre potencias más largo desde el auge del Estado – nación en el s. XVI, ¿hubiera sido esto posible si a Hitler se le hubiera permitido conservar el botín de su victoria en 1940?.

El libro de Andrew Roberts finaliza con una pregunta de Churchill a Chamberlain: “¿Qué valor tiene todo esto?. La única guía de un hombre es su conciencia; el único escudo de su recuerdo está en la rectitud y honradez de sus acciones. Es una gran imprudencia avanzar por la vida sin ese escudo, porque a veces el fracaso de nuestras esperanzas y el desacierto de nuestros cálculos se burlan de nosotros; con ese escudo, sin embargo, sea cual sea el juego del destino, siempre marcharemos con las tropas del honor”.

Creo que pese a todo, sir Winston Churchill camina con esas tropas.

Saludos cordiales y espero que haya sido interesante el post. Perdón por la extensión.
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Re: El valor de un líder.

Mensajepor mark » Vie Oct 19, 2012 4:45 pm

Recibe mis felicitaciones por tus intervenciones en este hilo, amigo maxtor. Aunque citaría varias frases y párrafos para comentarlos, de momento, y al menos hasta que el tiempo me lo permita, me quedo con éste que ya tuvimos la oportunidad de comentar en otra ocasión:

maxtor escribió:El libro de Andrew Roberts finaliza con una pregunta de Churchill a Chamberlain: “¿Qué valor tiene todo esto?. La única guía de un hombre es su conciencia; el único escudo de su recuerdo está en la rectitud y honradez de sus acciones. Es una gran imprudencia avanzar por la vida sin ese escudo, porque a veces el fracaso de nuestras esperanzas y el desacierto de nuestros cálculos se burlan de nosotros; con ese escudo, sin embargo, sea cual sea el juego del destino, siempre marcharemos con las tropas del honor”.

Creo que pese a todo, sir Winston Churchill camina con esas tropas.


Yo también lo creo.

Saludos.
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Re: El valor de un líder.

Mensajepor fermat » Dom Nov 04, 2012 9:00 pm

Estimados mark y maxtor, creo que comparto con vosotros mi admiración por Winston Churchill; en mi opinión el personaje clave de la Segunda Guerra Mundial. Dicho esto me gustaría hacer algunos comentarios a lo que aquí se ha venido escribiendo.

Se ha dicho que una de las cosas que compartían Churchill y Hitler era su poder de oratoria. Yo diría que sí y no. Habría que definir, en primer lugar, que se entiende por poder de oratoria. Por que lo que si que está claro es que su estilo de oratoria era radicalmente distinto. Las diferencias entre ambos se perciben muy bien mediante un sencillo ejercicio. Se toma un discurso de Hitler y otro de Churchill, y en primer lugar se leen. Después, se escucha el mismo discurso tal como Hitler y Churchill lo pronunciaron en su día.
Al hacer esto lo que se suele percibir (al menos es lo que percibo yo) es lo sigiente. El discurso de Churchill da gusto leerlo; está bien construido, transmite perfectamente aquellas ideas que quiere transmitir; combina humor, ironía, pasión, responsabilidad, sentido del deber, etc. Se hace ameno de leer, no cansa. En resumen, es un texto propio de quién fue Premio Nobel de Literatura. El discurso de Hitler por contra suele ser engorroso de leer, grandilocuente y reiterativo; escrito en tono ampuloso y utilizando el mismo lenguaje árido y pretencioso que encontramos en Mein Kampf. En definitiva, un texto bastante aburrido que resulta difícil de terminar.
Si ahora vamos a la versión oral del discurso la cosa cambia. Yo diría que la oratoria de Chruchill es mucho más monótona y más plana que la de Hitler. Su estilo carece de las aptitudes "teatrales" del dictador alemán. En Hitler siempre hay crescendos y diminuendos, momentos de éxtasis cuasi-místico, estallidos de cólera, declaraciones apasionadas de amor a su pueblo, amenazas igualmente apasionadas contra sus enemigos. En consecuencia el discurso de Hitler es más "entretenido" de escuchar que el de Churchill; entendiendo el entretenimiento desde el punto de vista exclusivo del espectáculo y no desde la transmisión de ideas.
Por eso como se ha dicho la oratoria de Hitler es más adecuada para los grandes mítines de masas, en donde se habla a una audiencia que, en principio, ya está convencida. No se trata por tanto de trasmitir ideas de manera convincente (o solo unas pocas) sino más bien de movilizar sus pasiones y sus energías en una dirección determinada apelando más a su instinto que a su cerebro. En el caso de Churchill, por contra, su oratoria es la lógica para alguién que se dirige a un Parlamento democrático, en donde puede encontrar crítica y oposición; y a la cual necesita convencer ya que no la puede intimidar.

En cuanto al estilo de liderazgo, siempre se habla de un Hitler inmiscuyéndose hasta en los más nimios detalles de las operaciones militares, convirtiendo a sus generales en meros ejecutores de su voluntad; y echándoles la culpa de los fracasos que pudieran ocurrir: en contraposición con un Churchill que dejaba trabajar a los profesionales y les defendía cuando las cosas no iban bien.
Sin embargo esto no siempre fue así. En el caso de Hitler mientras las cosas le fueron bien )digamos que hasta diciembre de 1941) lo cierto es que dejaba trabajar de forma bastante autónoma a sus subordinados. En ese sentido ejercía el liderazgo de una forma bastante clásica: establecía unos objetivos generales a alcanzar, y dejaba que los distintos estamentos del Estado y del Partido generasen las políticas concretas para alcanzar tales objetivos. Esa es en cierto modo la esencia del concepto Trabajar en la dirección del Führer que popularizó Kershaw. Si tomamos por ejemplo la política antijudía, Hitler puso como objetivo excluir a los judíos de la vida económica y social alemana; pero dudo mucho que se preocupase de detalles tales como retirarles el permiso de conducir o los animales domésticos. Por ell motivo que fuese lo cierto es que esas tareas las delegaba.
Solo a partir de que la guerra se empezó a torcer para Alemania, su estilo cambió y pretendió ser él y solo él quien tomase todas las decisiones, negándose a escuchar a sus colaboradores y privándoles de cualquier autonomía. Sin duda porque pensaba que nadie como él podía decidir cuales eran las mejores medidas a tomar.

Se ha dicho que otra diferencia entre ambos era que Churchill tenía colaboradores con ideas propias, mientras que en el caso de Hitler solo tenía aduladores que aceptaban sin rechistar cualquier sugerencia del Führer. Sin entrar a cuestionar esta afirmación, yo diría que más importante aún, es el hecho de que Hitler no estaba dispuesto a escuchar ninguna opinión contraria a la suya. Era incapaz de aceptar que él pudiera estar equivocado y otra persona pudiera tener razón. Así por ejemplo Goebbels le idió en más de una ocasión que visitase las ciydades alemanas bombardeadas o que se dirigiese al pueblo alemán por la radio, y Hitler siempre se negó; aún cuando, como se ha escrito aquí, hubiese sido bien recibido hasta muy avanzada la guerra. También se negó en todo momento a seguir los consejos de sus generales, o de cualquiera que discrepase con su propia postura.

Churchill y Hitler son sin duda dos ejemplos de líder, muy pero que muy distintos.
Nunca se hace el mal tan plena y alegremente como cuando se hace por motivos de conciencia (B. Pascal)

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Juan M. Parada C.
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Re: El valor de un líder.

Mensajepor Juan M. Parada C. » Vie Sep 15, 2017 3:33 pm

Como bien dice un viejo proverbio galés,para resaltar este interesante hecho aqui tratado,el cual es: "El que quiere ser líder debe ser un puente".Constituyendo así estos dos personajes,que personificaban las mayores cimas de sus ideales en querer instaurar en estos aciagos momentos,las referencias centrales en las que transitarían más tarde sus millones de seguidores en aras del ideal prometido por dichos personajes.
No cabe duda que Churchill y Hitler son ejemplos de un liderazgo que de alguna forma se sigue copiando,ya sea en mayor o menor escala,que las generaciones posteriores han tenido en cuenta en sus acometidas emprendidas desde entonces.Sin embargo,como diferencia central,el legado de Churchill se circunscribe a lo que debe ser al apego a las normas y prácticas políticas son menester llevar a cabo en procura de un bien común colectivo en aras de la libertad; a diferencia,por supuesto, de lo que un Hitler llevaría a la larga a una cruel esclavitud de su propio pueblo con sus directrices que tendrían después un trágico descenlace.
Es innegable que un líder despierta toda clase de pasiones,que aunadas a las particularidades de su época,van a determinar su proyección y posterior ejecución de sus metas que desean materializar a toda costa, que las grandes masas deben tomar como suyas,según los medios que determinen estos conductores políticos.
Esa es la mayor lección que estos dos personajes,que constituyen ser los más emblemáticos de esa era tan turbulenta,que toda generación debe aprender para comprender su momento en su justa medida y evitar los errores,que tanto uno y otro pudieron cometer,para una mejor proyección del devenir del ser humano pueda ser digna y acorde para un mundo mejor.

Saludos y bendiciones a granel.
"¡Ay,señor! Tú sabes lo ocupado que tendré que estar hoy.Si acaso te olvido por un instante,tu no te olvides de mi". Sir Jacob Astley antes de la batalla de Edge Hill el 23 de octubre del año de nuestro señor de 1642


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