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La Iglesia Católica y el Holocausto.

Partidos políticos, actuaciones gubernamentales

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maxtor
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La Iglesia Católica y el Holocausto.

Mensajepor maxtor » Mié Feb 20, 2013 1:43 pm

Saludos cordiales a todos.

Para abordar el tema voy a realizar una exposición basada en el libro de Michael Burleigh, “Causas Sagradas”, que recoge una visión amplia de la Iglesia Católica respecto al Tercer Reich con abundante bibliografía y haciéndose eco de los últimas investigaciones al respecto.

Para una visión crítica de la política de Pío XII respecto al asunto judío se puede ver los libros del historiador Saul Friedländer que trata el asunto tanto en su segundo volúmen del Tercer Reich y los judíos. Años de destrucción, como en su libro Pio XII y el Tercer Reich.

El historiador Saul Friedländer en ambos libros mencionados hace una valoración global del silencio de Pío XII ante el exterminio del pueblo judíos basándose en que dicho silencio parece plausible desde un punto de vista político, esto es, los perjuicios de una intervención superarían con creces los beneficios, tal vez el Papa pensara que al intervenir perjudicaría tremendamente su gran proyecto político: la inversión de las alianzas que llevaría a crear un frente de potencias anglosajonas unidas a Alemania (a poder ser una Alemania sin Hitler) contra la URSS. Además, cualquier tipo de queja habría supuesto una represalia feroz contra la Iglesia y sus intereses, en primer lugar y sobre todo en Alemania y habría puesto en peligro a los judíos conversos de procedencia mixta a quienes todavía no habían deportado. Desde su punto de vista unos resultados tan calimitosos o el riesgo a sufrir no eran asumibles.

Asimismo es posible que el Papa pensara que nada cambiaría el curso de la política nazi en relación con los judíos. La úncia línea de acción que quedaba era proprocionar ayuda a los judíos de forma individual e intervenir hasta cierto punto en los países satélites con predominio católico (Eslovaquia, Croacia y Francia).

En líneas generales si consideramos la Iglesia Católica como una institución política que debe calcular las consecuencias de sus decisiones en términos de racionalidad política e instrumental debemos reconocer que la opción de Pío XII era sensata debido a los riesgos que corría. Si, por el contrario, la Iglesia Católica debe defender una postura moral – como ella misma asegura – en especial en momentos de crisis aguda, y por lo tanto debe desplazarse en esas ocasiones del ámbito de los intereses institucionales al del testimonio moral, entonces las opciones de Pío XII, deben mirarse con otros ojos.
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maxtor
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Re: La Iglesia Católica y el Holocausto.

Mensajepor maxtor » Mié Feb 20, 2013 1:49 pm

Saludos cordiales.

Sigo con la exposición del libro del historiador Michael Burleigh.

Eugenio Pacelli, cuando era nuncio en Baviera, enviaba a Roma informes regulares de las actividades de los nacionalistas, informes que han recibido menos publicidad que lo que se considera que dijo sobre los bolcheviques en 1919. Los participantes en el Putsch de Munich cargaron sus tintas contra el obispo de Múnich, Michael Faulhaber porque había denunciado la persecución contra los judíos, Faulhaber había hecho eso en cartas a Gustav Stresemann y a Henrich Held de Baviera, además de hacerlo en sermones públicos, y los nazis se las arreglaron para atribuir a maquinaciones de Faulhaber el fracaso de su tentativa de golpe de Estado. En un informe posterior Pacelli informó al secretario de Estado Gasparri sobre una campaña que los partidarios de Hitler estaban desencadenando en la prensa contra católicos y judíos, del nacionalismo escribió: “Puede que sea la herejía más peligrosa de nuestra época”.

En 1928, seis años después de que Ratti se hubo convertido en Pío XI, el Santo Oficio emitió una condena vinculante de “ese odio que ahora se denomina en general antisemitismo”. Tanto los obispos católicos austriacos como los alemanes condenaron más el nazismo de lo que puede en general pensarse, en 1929 el obispo Johannes Gföllner de Linz previno a los fieles contra los “falsos profetas” del nazismo. El periódico austriaco Vokswohl parodió incluso la vida en un futuro Estado nazi de un modo que resultó más que visionario, el arzobispo de Maguncia fue más lejo y proclamó que el nazismo y el catolicismo eran sencillamente incompatibles. Las provincias de Colonia, Alto Rin y Paderborn advirtieron que al clero de que no debía mantener ninguna relación con los nazis y amenazaron a los dirigentes de los partidos hostiles al cristianismo con negarles los sacramentos. Los obispos bávaros prohibieron a las formaciones nazis asistir a los funerales y servicios religiosos con banderas y uniformes, condenando al mismo tiempo el racismo nazi y su desprecio eugenético por los nonatos.

Las declaraciones de estos obispos sorprendieron tanto a los nazis que se envió a Goring a Roma para suavizar el ambiente. Como Pío XI dio instrucciones a Pacelli de no recibirle, Goering tuvo que desahogarse con el subsecretario Pacelli. Aunque los protestantes votaran por los nazis en mayor número que los católicos, estos últimos tampoco eran inmunes a la decepción con la República de Weimar, que se manifestó en la moda de las soluciones autoritarias que entrañaban una actuación decisiva del estado para restaurar la comunidad, era la opinión dominante el pensamiento político de la época. El Partido del Centro católico tenía como jefe de la organización al sacerdote conservador Ludwig Kass en 1928, y fueron dos políticos católicos, Heinrich Brüning y Papen quienes participaron en la gradual democilión de la democracia de Weimar y en la introducción de Hitler en las inmediaciones de la respetabilidad polítical. Después del nombramiento de Hitler para la cancillería, los votos del Partido del Centro en el Reichstag fueron decisivios para que se pudiese aprobar el 23 de marzo su Ley de Autorización, que le permitió gobernar sin el Parlamento durante cuatro años. Temeroso de lo que pudiesen hacer los nazis y atraído por vagas garantías respecto a la religión, Kaas garantizó que 72 representantes de su partido votasen a favor de la ley. Los obispos católicos rescindieron su “no” anterior al nacionalsocialismo, con lo que podría denominarse un “sí pero”.

Muchos historiadores (la mayoría de ellos protestantes) han proclamado que el Vaticano llegó a un sórdido acuerdo con los nazis, persuadiendo primero al Partido del Centro de que votase a favor de la Ley de Autorización, a cambio de la posibilidad de un concordato, sólo para arrojar a los lobos al Partido del Centro en cuanto el concordato garantizó los intereses institucionales de la propia Iglesia. Gracias a las investigaciones de Rudolf Morsey y Konrad Repgen, sabesmo que ninguna de esas especulaciones es cierta. La perspectiva de un concordato no jugó un papel en las negociaciones entre la dirección del Partido de Centro y Hitler que condujo a que se aprobase la Ley de Autorización. Ni cuando el Vaticano respondió a primeros de abril de 1933 a la propuesta del vicecanciller Von Papen de negociaciones para un concordato tenía la intención de abandonar al Partido del Centro ni de apoyar el deseo de los nazis de que cesase por completo la participación del clero en la política. El Vaticano aprovechó la oportunidad además para condenar la persecución de los judíos.

Von Pape buscaba ciertamente una prohibición total de participación del clero en la política y por tal motivo se llevó una copia del art. 43 del Tratado de Letrán de 1929 a Roma, pero sus interlocutores se pasaron tres meses intentando hallar medios para que los obispos permitiesen participar en la política a algunos eclesiásticos. Parece raro que un diplomático experto como Pacelli instara abolir un partido cuya existencia continuada era una pieza de negociación vital en sus conversaciones con el gobierno alemán, creo que los augurios para todos los partidos políticos no eran buenas, interveniera o no el Vaticano en dicho aspecto. Todos los partidos, de izquierda, centro o derechas habían contribuido a la defunción de la democracia en Alemania. Los comunistas habían ayudao e instigado a veces a los nazis a hacer que el Parlamento fuese inmanejable, se habían visto obligados a pasar a la clandestinidad en febrero de 1933. Los socialdemócratas fueron proscritos el 22 de junio y lo mismo al partido conservador DNVP pocos días después, le siguieron el Partido Católico Bávaro y el DVP, liberal de derechas en la primera semana de julio. La disolución del Partido del Centro era en tales circunstancias algo lógico.

Hitler tenía la esperanza de que un concordato debilitara al Partido del Centro al apartar al clero de su dirección, algo similar a lo que había conseguido su homólog Mussolini. La autodestrucción del Partido del Centro permitió a Hitler lograr su objetivo primordial antes de que se ratificase el concordato, y ése fue el motivo de que a primeros de julio echase el freno en las negociaciones. La utilidad del Concordato para los nazis, era en primer lugar, debilitar lo que se había demostrado ser una relativa inmunidad católica al movimiento nazi, al menos antes de que subieran al poder; y en segundo lugar, fortaleces el reconocimiento internacional que estaban ya recibiendo de otros gobiernos europeos. Había habido acuerdos comerciales con la URSS en mayo de 1933, e Inglaterra, Francia, e Italia estaban a punto de firmar el Pacto de las Cuatro Potencias.

Gracias a las investigaciones de Konrad Repgen sabemos que en el Vaticano había opiniones encontradas respecto a cuál debería ser la reacción a la iniciativa alemana. El influyente jesuita Robert Leiber esbozó las diferentes posiciones en un informe para el embajador austriaco en el Vaticano; un grupo era contrario a cualquier negociación que pudiese aportar prestigio a un régimen tan enemigo del catolicismo; un segundo grupo alegaba que si bien el partido Nazi se basaba en principios totalmente ajenos al Vaticano, este estaba obligado a proteger la existencia del catolicismo con todas las garantías legales que pudiese obtener. Un tercer grupo pensaba que si bien la Iglesia no debería respaldar de ningún modo al nazismo, podría utilizar las negociaciones para conseguir el máximo posible para el catolicismo. Los recientes acontecimientos de Alemania habían convertido en la práctica nulos y vacíos los tres concordatos existentes, de manera que era una necesidad práctica establecer nuevos acuerdos con el Reich.

Los obispos católicos alemanes estaban divididos de una forma parecida, sobre todo después de que Hitler lanzase una “ofensiva de seducción” concediendo entrevistas personales a finales de abril de 1933 a Berning de Osnabrück y a Bertram de Breslau. Algunos pensaron que un concordato era la “última esperanza” para proteger los intereses católicos en una situación que amenazaba convertirse en una versión nazi de la Kulturkampf del s. XIX. Con el paso del tiempo es fácil criticar ahora a los hombres de Iglesia pero esas personas no se hacían ilusiones sobre los acuerdos con los nazis. El cardenal Faulhaber comentó: “Con el concordato estamos ahorcados, sin el concordato ahorcados, arrastrados y descuartizados”. El arzobispo Groeber previno a Pacelli de que abandonar las negociaciones supondría perder todo lo que hasta la fecha se había logrado. Un tercer grupo opuesto pensaba que el concordato reduciría a la Iglesia no sólo a ser el lacayo del nacionalsocialismo, sino que la haría además corresponsable de las fechorías que puediesen cometer los nazis en el futuro.

El principal logro del concordato para la Iglesia fue que el gobierno de Hitler reconoció oficialmente una esfera que quedaba en teoría fuera de las aspiraciones totalitarias del Estado nazi. La concesión era única, aunque los nazis procediesen a quebrantar el acuerdo cada poco, Hitler estaba convencido de que el concordato había garantizado el reconocimiento sin reservas de su régimen y así fue recogido en la prensa alemana, Pacelli reaccionó de inmediato con un comunicado en el Osservatore Romano oficial, indicando que el concordato no significaba “aprobación ni reconocimiento de una orientación política determinada ni de una doctrina política concreta”. El gobierno alemán ofreció unas condiciones y la Iglesia eligió entre coger lo que le daban o nada y nada era la desaparición de la Iglesia Católica en el Reich.

El nuncio Orsenigo sometió a la aprobación de Pacelli un borrador del discurso de Año nuevo que iba a pronunciar ante Hindenburg y Hitler como decano del cuerpo diplomático, Pacelli tachó entero el párrafo sobre Hitler y recomendó que “las alabanzas contenidas en la alocución deberían ser sin duda alguna moderadas, teniendo en cuenta las graves dificultades a las que está expuesta ahora la Iglesia en Alemania”. Allí, el cardenal Faulhaber acompañó al discurso una petición de amnistía a los in ternados en campos de concentración, petición que los historiadores suelen pasar por alto.

Pronto la Iglesia se vió enfrentada a mayores desafíos, desde enero de 1933 la Iglesia católica se vio enfrentada enseguida con la política eugenésica nazi y con la antisemita. Los obispos alemanes se equivocaron en cuanto a cuál debería haber sido su reacción al boicoteo de los negocios judíos del 1 de abril de 1933, al considerar que se trataba de cuestiones políticas y que dado que el boicot duraría sólo tres días los judíos parecían capaces de arreglarselas a solas. Una semana después los nazis aprobaron la Ley para la Restauración del Funcionariado Profesional, destinada a excluir del servicio público a los adversarios políticos, incluidos católicos políticos así como no arios. En este caso tomó la iniciativa en el Vaticano el secretario de Estado. El 4 de abril Pacelli dio instrucciones al nuncio Orsenigo, a raíz de que varios dignatarios judíos recurrieron al Pap para que “vea si es posible encauzar el asunto del modo deseado y cómo”. Pacelli le recordó a Orsenigo que es “tradición de la Santa Sede ejercer su misión universal de amor y de paz entre todos los pueblos, independientemente de sus circunstancias sociales o su religión, y donde sea necesario que intervengan sus instituciones benéficas”. Orsenigo informó diligentemente de la tibia reacción de la jerarquía alemana. El 12 de abril de 1933 el abad general de Beuron escribió a Pacelli incluyendo una carta apasionada de la conversa Edith Stein sobre “el silencio” de la Iglesia respecto a la persecución de los judíos, que ella quería someter al Papa. El abad general respaldaba sus puntos de vista en cuanto a la gravedad de la situación en Alemania, Pacelli en su contestación informó al abad general de que el Papa había leído la petición de Stein y había rezado con Pacelli para que Dios protegiese a la Iglesia como “condición previa para la victoria final”. Stein se hizo monja carmelita en octubre, y fue asesinada en Auschwitz, en 1998 fue proclamada santa. De los hechos creo que nada indica que Pacelli no se tomara en serio sus inquietudes y no actuase en consecuencia.

En la misma sesión del gabinete que aprobó el concordato, el gobierno de Hitler aprobó medidas de esterilización eugenésica que contradecían la doctrina católica básica según su exposición más reciente, la encíclica de 1930 Casti connubi, motivada por el alarmante número de esterilizaciones eugenésicas en varios estados federales de los EEUU. El 14 de julio de 1933, los nazis introdujeron la Ley para la Prevención de la Progenie con Enfermedades Hereditarias. Como consecuencia de ella, serían esterilizadas aplicando la eugenesia, 350.000 personas antes de la Segunda Guerra Mundial, por afecciones cuyo carácter hereditario era a veces una cuestión de fe científica. El Osservatore Romano advirtió en noviembre de 1933 que los gobiernos no deberían degenerar en laboratorios de cría de ganado. Cuando dos profesores católicos de la Staatliche Akademie de Braunsberg, el teólogo Karl Eschweiler y el especialista en derecho canónico Hans Barion, apoyaron públicamente la ley de esterilización, el cardenal Pacelli inició un proceso canónico contra ellos y se les prohibió ejercer como docentes en seminarios. Esta cuestión también ha sido omitida por muchos críticos de Pacelli.

Entre septiembre de 1933 y marzo de 1937, el secretario de Estado Pacelli firmó unas setentas notas y memorandos de protesta por violaciones nazis del concordato, los nazis empezaron cas inmediatamente a recortar la autonomía de las organizaciones católicas laicas que habían quedado protegidas por el concordato. Los miembros de los grupos juveniles católicos eran objeto de agresiones por parte de los nazis, que intetaban intimidarlos para que no siguiesen exhibiendo sus emblemas y banderines. Los periódicos y publicaciones católicos acabaron cerrándose uno tras oro. Aunque no se destaque muy a menudo, las publicaciones nazis solían hacer uso de la identificación de los jesuitas y judíos, o afirmaban que el secretario de Estado Pacelli estaba coligado con los bolcheviques. Entre mayo de 1936 y julio de 1937 hubo 270 procesos contra eclesiásticos, en los que fueron condenados 170 frailes y 64 sacerdotes. La celebración de los juegos Olímpicos en el país hizo que Hitler parase los juicios, que se reanudaron con mayor intensidad después de la encíclica de Pío XI Mit brennender Sorge, a primeros de 1937. Hitler dio inmediatamente órdenes al ministro de Justicia para que diera prioridad a estos “juicios de moralidad”.

Las publicaciones nazis atacaban continuamente a Pacelli acusándole de utilizar una visita a Francia, concretamente a Lisieuz para organizar el “cerco moral” de Alemania con ayuda de “amigos” del Partido Comunista francés, Pacelli respondió a esto durante un encuentro de tres horas en Berlín con el antiguo cónsul de Estados Unidos Alfred W. Klieforth, cuyos documentos están en Harvard. Klieforth reseñó: “(Pacelli) se opuso unilaterlamente a cualquier compromiso con el nacionalsocialismo. Consideraba a Hitler no sólo un bribón indigno de confianza, sino una persona fundamentalmente malvada. No le creía capaz de moderación, a pesar de las apariencias, y apoyaba plenamente a los obispos alemanes en su posición antinazi”.

Las constantes infracciones por parte de los nazis del concordato exigieron una respuesta concertada de la Iglesia. En el otoño de 1936, la conferencia de obispos de fulda solicitó una audiencia colectiva con Hitler para tratar cuestiones de interés común. Tras un mes de silencio, les comunicaron que su petición no tenía sentido y que la carta se había remitido al ministro de Asuntos Eclesiásticos. Los obispos alemanes pensaron que era hora de que Roma emitiese una declaración autorizada sobre los acontecimientos de Alemania. El 4 de noviembre de 1936, Hitler decidió sin embargo conceder una larga audiencia privada al cardenal Faulhaber en el Obersalzbert para ver si se podía llegar a un entendimiento. La conversación se desarrolló como habitualmente tenían los diálogos con Hitler, con monólogos largos por su parte, Faulhaber intentó llevar la conversación al presente y Hitler siempre señalaba la hostilidad de la Iglesia ante los nazis antes de 1933, la conversación terminó en nada. Los obispos alemanes analizaron este encuentro como decepcionante en una conferencia celebrada en Fulda los días 12 y 13 de enero de 1937, emitiendo una declaración que condenaba las infracciones nazis del concordato. Inmediatamente después una delegación de prelados católicos alemanes salió para Roma donde celebraron reuniones con el secretario de Estado. Pacelli analizó los problemas de la Iglesia alemana con estos emisarios que le informaron de que en aquel momento la cuestión era de vida o de muerte para la Iglesia; cuando los cincos prelados alemanes y Pacelli se reunieron con el Papa el 17 de enero, fue Pacelli quien recomendó una encíclica que abordara los asuntos alemanes.

La reciente difusión de los documentos preparatorios nos permite ver cómo extrapoló el Santo Oficio una serie de proposiciones de la ideología nazi y comunista, muchas de ellas basadas en pasajes del Mein Kampf de Hitler, que fueron condenadas sistemáticamente luego como “herejías sociales”. (Hubert Wolf, “Pius XI und “die Zeitirrtümer”, 2005, pp. 12 – ss). Entre las proposiciones condenadas figuraban:

“Las razas humanas son tan diferentes entre sí por su carácter innato e inalterable que la más inferior difiere más de la raza suprema de los hombres que de la especie más elevada de los animales.

La batalla de la selección y el poder del más fuerte dan al vencedor, si triunfa, por ese solo derecho, el derecho de dominio.

Se debe a la nación un culto religioso, en el sentido estricto del término.

El Estado tiene derechos absolutos, directos e inmediatos sobre todos y sobre todo lo que se relaciones en cualquier sentido con la sociedad civil. “.

Aunque este documento nunca se emitió como decreto oficial se abrió camino hasta la importante encíclica papl que Pacelli estaba redactando. Primero, dio instrucciones a Faulhaber de que convirtiese algunas notas que había tomado sobre los acontecimientos de Alemania en un borrador que fuese la base de una encíclica en alemán; Pacelli reescribió el texto preparatorio de Faulhaber, probablemente en colaboración con el Papa. Se transformó así el borrador de Faulhaber en la condena sutil pero sumamente incisiva del nacionalsocialismo, al que la encíclica se las arregló para no mencionar por el nombre, pero que estaba omnipresente en espíritu.

Mit brennender Sorge alababa las encíclicas sobre México y Rusia, la última era un rechazo enérgico al comunismo que se describía como “malo en su núcleo más íntimo”. Pío XI subrayaba como en su encíclica a los católicos alemanes, la primacía del derecho natural, la importancia de la personalidad humana individual y el carácter sacrosanto de la familia en lo relativo a cuestiones como la educación de los hijos. En la encíclica mexicana se deja claro que el Papa creía apasionadamente en la justicia socioeconómica, y afirmaba que las encíclicas sociales de su predecesor León XIII eran la mejor guía para “salvar al mundo de hoy del triste colapso consecuencia de un liberalismo desbocado” evitando al mismo tiempo los escollos gemelos del conflicto de clase basado en el terror marxista-leninista y el mal uso arrogante del poder del Estado, una alusión clara a los régimenes fascistas.

La encíclica alemana era una crítica sumamente astuta de cuanto representaba el nazismo, rechazaba la concepción nazi de una inmortalidad racial colectiva y sus intentos de engalanar sus horrendas doctrinas con el lenguaje de la fe religiosa. Pacelli seló la tendencia del culto al Führer a elevar a un hombre a la condición de Dios. Se rechazaba enérigicamente el desprecio de los nazis al énfasis del cristianismo en el sufrimiento humano, condenaba claramente Pacelli las obsesiones nazis de grandeza, heroísmo, la fuerza, por no hablar de su culto atlético al cuerpo, cultivado a menudo a expensas no sólo de la mente sino de aquellos desdichados a los que los nazis esterilizaban obligatoriamente. Pacelli utiliza la doctrina del derecho natural para desbaratar la filosofía nazi de “justo es lo que es ventajoso para el pueblo”.

La encíclica se introdujo en Alemania de contrabando mediante copias por correo, lo que permitió a los impresores locales hacer hasta 300.000 copias en forma de folleto antes de que se leyese en los púlpitos. Y no sentó nada bien, y fue tomada como un ataque directo al régimen nazi; el embajador alemán en el Vaticano hizo entrega de una protesta el 12 de abril, en la que se acusaba a la Iglesia de infracciones del Concordato y al Papa de “intentar poner al mundo en contra de la nueva Alemania”. El secretario de Estado Pacelli subrayaba en su respuesta que la protesta alemana no abordaba ninguno de los temas tratados por la encíclica. En Alemania la encíclica proporcionó una oportunidad de intensificar el acoso del clero y el laicado católico en el desarrollo de sus actividades legales. Las residencias eclesiásticas se cubrieron de pintadas como “Judíos a la horca, negros al paredón” – negros era el término peyorativo para designar al clero y al Partido del Centro Católico -

La Iglesia Católica como institución mundial al verse acosada por el régimen nazi, ese acoso tuvo repercusión mundial y así fue denunciado por el cardenal Mundelein de los EEUU: “Tal vez se pregunten ustedes cómo es que una nación de sesenta millones de habitantes, de personas inteligentes, puede someterse atemorizada y servil a un extranjero, un empapelador austriaco, y pobre además, según me han dicho, y a unos cuantos que se han asociado con él como Goebbels y Goering, que dictan todos los movimientos de la vida de la gente y que pueden en esta época de precios crecientes y de coste de la vida necesariamente alto, decir a toda una nación: “No se pueden aumenar los salarios”. Tal vez sea porque se trata de un país en el que cada una de cada dos personas es un espía del gobierno, en el que las fuerzas armadas van y requisan documentos y libros privados sin procedimientos judiciales, en el que el padre ya no puede disciplinar a su hijo por miedo a que éste le denuncia y acabe en la cárcel”.

Comentarios tan críticos contra el régimen nazi merecen incluirse en cualquier debate que trate la reacción de la Iglesia Católca ante el nazismo.

Pío XI tenía más de ochenta años cuando murió, a pesar de repetidas paradas cardiacas, Pío XI siguió condenando la persecución nazi de la Iglesia y el racismo nazi y fascista literalmente hasta el final, porque justo antes de morir comparó a Hitler con Juliano el Apóstata. Cualquier autor que afirme que este racismo era simplemente un retoño del antijudaísmo cristiano tiene que enfrentarse al hecho de que este argumento era muy del gusto de los nazis y fascistas y que fue enérgicamente rechazado por la Iglesia. Cuando Hitler visitó Roma en mayo de 1938 con su corte fascista, el mismo evitó ostentosamente una visita de cortesía al Vaticano, lo que hizo que el Papa siguiese adelante con su escapada estival a Castel Gandolfo, su último comentario antes de marcharse y publicado en el periódico del Vaticano, fue: “El aire de aquí me hace sentirme enfermo”. Pío XI condenó la exhibición pública de otra cruz que no fuera la de Cristo, mientras el periódico del Vaticano publicaba extractos de textos racistas alemanes en los que se trataba de forma despectiva a la raza latina. El Papa era firmemente contrario a cualquier teoría racista, incluido el antisemitismo, salvo que supongamos que el único racismo que había en el mundo en los años treinta era el antisemitismo, lo que difícilmente incluiría la gama de racismos que existían, por ejemplo en los imperios coloniales europeos o en los EEUU con sus ciudadanos de raza negra, y no hay razón para que el Papa hubiera mostrado su desaprobación únicamente del fenómeno racista en vez del racismo en general.

Con la introducción de las leyes raciales en Italia por Mussolini en 1938, la reacción de la Iglesia fue clara. Pío XI condenó un informe sobre “El fascismo y los problemas raciales”, emitido en julio de 1938 por un grupo de académicos fascistas, considerándolo contrario a la doctrina católica fundamental. Pio XI, en el verano de 1938, parece ser que leyó un libro titulado Inter-Racial Justice, de un jesuita estadounidense John La Farge, que describía el triste estado de las relaciones raciales en los EEUU. Pío XI encargó a La Farge y a otros dos jesuitas, Gustave Desbuquois y Gustav Gundlach que preparasen borradores para una encíclica que se titularía Humani generis unitas. Trabajaron en ello desde julio hasta septiembre de 1938.

El Papa mantuvo sus ataques al racismo fascista y nazi hasta que dejó de respirar, y el Papa pretendía hacer una declaración fundamental durante el discruso que iba a pronunciar en febrero de 1939 en el décimo aniversario de los acuerdos de Letrán, y máxime cuando en Italia por ley en noviembre de 1938 se prohibieron los matrimonios interraciales. Pero durante el invierno de 1938 – 1939 su salud se deterioró rápidamente, falleciendo el 10 de febrero de 1939. El rabino jefe británico Hertz escribió en un mensaje de condolencia al cardenal Hinsley: “Los judíos de todo el mundo reverenciarán el noble recuerdo del Papa como un temido paladín de la justicia contra los poderes de la irreligiosidad, el racismo y la inhumanidad”. El Jewish Chronicle londinense lamentó “la pérdida de uno de los más firmes defensores de la tolerancia racial de los tiempos modernos”.

Existe casi una voluntad de creer que tras la Iglesia hay siempre algo siniestro o conspirativo. De hecho las relaciones entre las Iglesias y los régimenes totalitarios fueron de una infinita complejidad y hace falta un esfuerzo histórico considerable para reconstruirlas. Algunas de las inteligencias más preclaras de la época tuvieron que revisar sus puntos de vista. En vísperas de la guerra dos hombres escribieron sobre una Iglesia católica a la que no habían admirado demasiado ninguno de ellos precisamente. Sgimund Freud había escrito un resuelto ataque contra la religión como tal, al mismo tiempo que creaba una disciplina que se ha convertido en un culto moderno. Pero en febrero de 1938 escribió que era la Iglesia Católica “la que alza una poderosa defensa contra la expansión de este peligro (totalitario) para la civilización”. En una segunda carta a su hijo, añadía la esperanza de que “la Iglesia Católica es muy fuerte y ofrecerá una resistencia firme”. Dos años más tarde las el físico exiliado Albert Einstein haría una notable confesión a la revista Time: “Sólo la Iglesia se mantuvo firm frente a la campaña de Hitler por ocultar la verdad. Yo nunca había sentido antes ningún interés especial por la Iglesia, pero ahora siento una gran admiración por ella, porque ha sido la única que ha tenido valor y tenacidad para defender la libertad moral y la verdad intelectual. Me veo obligado a confesar que lo que en otros tiempos desprecié lo alabo ahora sin reservas”.
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maxtor
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Re: La Iglesia Católica y el Holocausto.

Mensajepor maxtor » Mié Feb 20, 2013 1:52 pm

Saludos cordiales. En esta parte final se abordará el papel de Pio XII en cuanto a su papel con respecto al exterminio judío.

La Segunda Guerra Mundial planteó retos sin precedentes a una Europa que seguía siendo nominalmente cristiana, la experiencia de una hegemonia nazi y fascista casi total curó a la mayoría abrumadora de los cristianos de la Europa continental de su predilección instintiva por una política indiferente u hostil a la democracia liberal. El proceso gradual y lento de distanciamiento de las Iglesias del antisemitismo iniciado en el periodo de entreuerras se completó definitivamente al descubrirse los horrores nazis. En Polonia, por ejemplo, muchos intelectuales europeos prescindieron de su anticlericalismo reflexivo. La experiencia de resistencia al nazismo, en la que los cristianos habían detenido una participación destacada les llevó a apreciar las virtudes del liberalismo y del socialismo democrático y a querer trabajar en el futuro con ellos en un marco democrático. Ese eclecticismo político se cumplió en el caso de algunos grupos de resistencia más importantes de la propia Alemania, la guerra convirtió también en una ventaja los contactos ecuménicos, que asumirían la forma política como variedades de la democracia cristiana en gran parte de la Europa posbélica. Dio también un gran impulso a la expansión del Estado, un proceso que perpetuó después de la guerra la introducción de los programas de seguridad social pública. Los cristianos desempeñaron un papel importante apoyando este proceso. El pontificado pese a deplorar la guerra, emergió de ella con mayor influencia y prestigio de los que había gozado hasta entonces en la época moderna. Las intermimables “guerras de Pío” entre historiadores y cronistas sobre la conducta de Pío XII durante la guerra parecen no haber alterado seriamente esa conclusión.

Debido a su condición de institución internacional, la Iglesia Católica tuvo que negociar cada marco político protegiendo los derechos de los católicos de todos los países beligerantes por medio de concordatos, y sopesar sus objetivos diplomático y espirituales con el papel del vaticinio moral. Tal vez nadie podría haber desempeñado los múltiples papeles del Papa a satisfacción de todos, y todavía sigue discutiéndose el legado de Pío XII que tuvo que afrontar esos retos, lo mismo sucedió con el de Benedicto XV durante la Primera Guerra Mundial y después de ella.

El exterminio nazi se ha convertido en factor tan dominante en la historiografía de las últimas décadas que ha eclipsado otros aspectos de la guerra, incluidos los intentos de evitarla o mitigarla. Eso resta valor a casi todas las actividades de importancia primordial para todas las Iglesias de Europa durante los dos años que precedieron a la puesta en marcha de la “solución final” bajo la cobertura de una guerra que llevaba desarrollándose desde septiembre de 1939. Una de las principales actividades del papado fue la de intentar la guerra, en la que contó a veces con el apoyo de Mussolini, de las democracias europas y de los EEUU.

Los esfuerzos del Papa y sus indudables dotes de negociador tal vez le hicieron confiar demasiado en la diplomacia vaticana, y eso le animó a adoptar una posición diplomática en la que era adecuada la neutralidad. Pio XII estaba excepcionalmente capacitado, por formación y por temperamento, para el papel de mediador. Poseía una experiencia inmensa como diplomático y había sido secretario de Estado del Vaticano nueve años cuando estalló la guerra. Fue el primer papa que había visitado los EEUU y el presidente Rosevelt le daba en su cartas el tratamiento de “querido amigo”. Pero ni siquiera sus admiradores presenten que este personaje austero y culto fuese lo bastante enérgico para el papel profético, aunque uno se pregunta si unas declaraciones en que la indignación no hubiese quedado tan amortiguada por unas frases tan cuidadosamente elegidas habrían causado alguna impresión en un periodo tan infestado por odios extremos y pasiones nacionalistas. Llamar a Hitler “Atila motorizado” como hizo un destacado eclesiástivo vaticano, queda bien, pero lo más probable es que Hitler lo tomara por un cumplido.

En mayo de 1939 el Papa intentó convocar una conferencia a Francia, Alemania, GB, Italia y Polonia para resolver las disputas que enfrentaban a esos países; Italia fue la que más entusiasmo puso, mientras que las potencias occidentales temieron otro Munich, y Hitler ni lo consideró. El pacto Molotov – Ribbentrop de 1939 convenció todavía más a Hitler de que podría atacar Polonia sin una guerra con Europa, como el pacto parecía minar las garantías de británicos y franceses a Polonia parecía el momento oportuno de persuadir a los polacos de que era mejor hacer concesiones que adoptar una actitud desafiante. Plenamente consicente de que podría haber sido acusado de estar bajo el control de Mussolini, o de haber patrocinado un segundo Munich, el Vaticano propuso que los polacos abandonansen Danzing, mientras el Papa emitía por radio un último llamamiento por la paz.

Los documentos vaticanos son discretamente elocuentes sobre las diversas intervenciones del papado a favor de numerosas víctimas de la 2GM, ya fuese el envío de alimentos a los griegos que se morían de hambre porque los italianos se habían apoderado de todos los alimentos disponibles y los británicos bloqueaban los puertos que transportaban grano; o los intercambios de prisioneros británicos enferos o heridos, cautivos de los italianos en el norte de África; o cuando la guerra llegó al escenario del Pacífico, hacer que el nuncio Morella organizara en Tokio los suministros médicos de Hong Kong para los británicos prisioneros de los japoneses. La Santa Sede se había esforzado, antes de la guerra por ayudar a emigrar de Alemania a los católicos “no arios”, un grupo especialmente aislado ya que las organizaciones judías no prestaban ninguna ayuda a a aquellos “renegados”; se fomentó la creación de comités nacionales de ayuda para socorrer a judíos bautizados que conseguían salir, aunque presionó a los EEUU no consiguió que relajase su política de visados, pero sì consiguió del gobierno brasileño un vaisado a tres mil personas. No fue culpa del Vaticano el que todos los gobiernos implicados en un complejo tránsito de refugiados a través de Europa hacia América del Sur pareciesen poner obstáculos burocráticos en su camino.

Pio XII se esforzó por im pedir que se extendiese la guerra mientras las potencias beligerantes más importantes no estaban implicadas del todo durante el periodo de “falsa guerra”, antes de que Hitler atacase hacia el Oeste. La estrategia parecía satisfactoria en la medida de que Italia se declaró no beligerante, y el papa se atuvo a ella en colaboración con el presidente Roosevelt que envió al Vaticano al magnate del acero Myron Taylor como su representante personal. Según informaba el New York Times la primera encíclica de Pío XII (Summi pontificatus, octubre de 1939) era un “enérgico ataque al totalitarismo y a los males que el Papa considera que ha causadl ao mundo”, el periódico seguía diciendo “es Alemania la que resulta condenada por encima de cualquier país o movimiento en esta encíclica, la Alemania de Hitler y del nacionalsocialismo”. En otras palabras, el Papa pretendía ser imparcial, pero no era en modo moralmente indiferente. La encíclica mostraba claramente su simpatía por la suerte de la Polonia católica y aludía a la unidad esencial del género humano, sobre todo en el art. 48, que citaba a Gálatas 3, 28: “Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús”. El Jefe de la Gestapo comentó: “La encíclica está dirigida exclusivamente contra Alemania, tanto en la ideología como en lo que se refiere a la disputa germano – polaca. No cabe la menor duda de que esto es muy peligroso para nuestras relaciones exteriores y para nuestros asuntos internos”.

La gente hoy en día suele criticar el lenguaje políticamente correcto o enigmático del Papa, pero quienes eran objeto de la censura papal sabían una y otra vez a quiénes iba dirigida la misma.

En su alocución de la Navidad de 1939, cuando los servicios de seguridad alemanes ya habían matado a 50.000 polacos – incluídos 7000 judíos – Pio XII denunció como crimen: “ese acto de agresión deliberado contra una nación pequeña, laboriosa y pacífica, con el pretexto de una amenaza que no era real ni deseada, ni posible siquiera; las atrocidades (cometidas por el bando que sea) y el uso ilegal de armas destructivas contra refugiados y no combatientes, contra ancianos, mujeres y niños; un menosprecio de la dignidad, la libertad y la vida del hombre, que se manifiesta en acciones que claman venganza al cielo”. (The Pope´s Five Peace Points. Address of Pope Pius XII to the Sacred College of Cardinals on Christmas Eve 1939, Londres, 1940, p. 256).

Los nazis proclamaron que el Papa había abandonado toda pretensión de neutralidad (José M. Sánchez, Pius XII and the Holocaust. Understanding the controversy, Washington, 2002, p. 51). Las atrocidades nazis en Polonia plantearon una complicación más al Vaticano, los obispos polacos avisaron al Vaticano de los horrores nazis, pero también avisaron de que la Gestapo estaba actuando contra maestros, y sacerdotes polacos católicos al entender que las críticas de diversos obispos, como las emisiones radiofónicas del cardenal Hlond, estaban incitando a la resistencia. Su sucesor polaco ordenó a los jesuitas que dirigían Radio Vaticano que se abstuvieran de emitir cualquier revelación de los crímenes, fue una actitud que exasperaba al gobierno polaco en el exilio en Londres, y a Casimir Papée, su valeroso embajador en el Vaticano, que instaba continuamente al Papa a hablar más francamente contra las atrocidades cada vez mayores, sin saber que las fuentes eclesiásticas del interior de Polonia estaban dando el consejo contrario, dado las enormes represalias que cualquier comentario o crítica hacia los nazis conducía contra la población de Polonia.

Una serie de acontecimientos permite ver más claramente el pensamiento estratégico que había tras la diplomacia vaticana. A finales de 1939, el abogado bávaro Josef Müller, que trabajaba para la inteligencia militar alemana en asuntos italianos, estableció contacto con el exiliado Ludwig Kass, que estaba al cargo de la basílica de San Pedro en Roma. Era un católico devoto, conocía a Pacelli y se había incorporado a la resistencia conservadora alemana a Hitler. Sus frecuentes viajes a Roma eran una buena tapadera para establecer contactos con los representantes de las potencias occidentales. Kass informó de sus tratos con Müller al jesuita Robert Leiber secretario del Papa, que pidió a Pío XII que informase al gobierno británico de la fuerza de la oposición militar y que confirmase en su nombre si los británicos ofrecerían condiciones honorables de paz a Alemania en caso de que tuviese éxito un golpe. El pontífice, en general sumamente cauto, tardó sólo un día en decidirse a aceptar esta misión clandestina, que, hay que destacarlo, le implicaba directamente en una conspiración bastante avanzada para derrocar al jefe del gobierno alemán. Leiber se entrevistó con Müller en el recinto de la Universidad Gregoriana donde trabajaba; con los británicos trató el propio Papa. (Klemens von Klemperer, German Resistance against Hitler. The Search for Allies Abroad 1938-1945, Oxford, 1992, pp. 171 y ss.).

El 12 de enero de 1940, Pío XII comunicó al embajador británico en el Vaticano D`Arcy Osborne que se había reunido con un representante alemán y con varios generales alemanes (olvidando añadir que el principal conspirador, el general Ludwig Beck, era un amigo de sus tiempos de nuncio), que estaban dispuestos a derrocar a Hitler. Pío XII sabía muy bien que cualquier indiscreción sobre las conversaciones supondría la muerte de los generales implicados y sanciones extremas contra los jesuitas de Leiber. Los conspiradores querían garantías de que contarían con un acuerdo de paz honorable, basado en la restauración de Checoslovaquia y Polonia y la retención por Alemania de Austria. En una reunión posterior con Osborne, Pío XII recibió un informe detallado sobre el desarrollo de los acontecimientos tal como lo veían los conspiradores alemanes. Podría haber una guerra civil, seguida de una dictadura militar, que entregaría gradualmente el poder de un gobierno federal democrático y conservador. Los británicos deberían reaccionar generosamente ante ese nuevo régimen, reconociendo el status quo ante tal como había quedado definido en Múnich. Osborne comunicó esta información secreta a Halifax, que se la transmitió al primer ministro Chamberlain y al rey. La reacción de Chamberlain fue decisiva. Mostó la cautela, la superficialidad y falta de imaginación que le caracterizaban. El gobierno británico no estaba dispuesto a actuar sin informar a los franceses, y tendría que determinarse más claramente la seriedad de la conspiración antes de dar una respuesta. Halifax, sin embargo, dio instrucciones a Osborne para que informase al Papa de que los británicos estaban dispuestos a discutir la propuesta, siempre que interviniesen los franceses.

A partir de entonces, disminuyó el interés británico por lo que se tramaba, recelaron de las integridad de Ludwig Kass en el Vaticano por la posibilidad de doble espía, cuanto más presionaron los británicos pidiendo detalles de la conspiración, más evasivos se mostraban los conspiradores hasta que la oportunidad pasó.

El “papa de Hitler” no se limitó a ser un intermediario reacio de los generales alemanes disidentes que querían establecer contacto con los británicos. Cuando Müller informó en marzo de 1940 a sus contactos en el Vaticano de la fecha de la ofensiva de mayo en el Oeste, Pío XII pasó de inmediato la información en clave a los nuncios de Bruselas y la Haya que la transmitieron a Londres y París, además de a los gobiernos directamente amenazados. El Papa estuvo por tanto directamente involucrado en la revelación de los planes militares de una potencia en guerra a dos de sus enemigos, además de conspirar con los enemigos internos de Hitler. (David Álvarez y Robert Graham, Nothing Sacred. Nazi Espionage Against the Vatican, 1939 – 1945, Londres, 1997, pp. 24-33).

Mientras el pontífice intervenía en la operación, Orsenigo protestaba en Berlín de forma regular y persistente contra los sistemáticos atentados de los nazis para acabar con las élites polacas, incluido el clero católico, mientras ponían en práctica simultáneamente un programa devastador de lo que ahora se llama “limpieza étnica”.

Las protestas, elevar la voz, y dar puñetazos en la mesa por parte del Vaticano u otras personas no pararon nunca las acciones criminales de los nazis, y en muchos casos las incrementaron o solamente las escondieron mejor. Por muy loable que fuese la intervención de Galen, no detuvo los asesinatos eutanásicos. Los responsables de ellos habían superado ya ligeramente el número previsto que habián decidido antes de iniciar las gasificaciones masivas. Tenían una capacidad asesina excedente y estaban buscando más gente a la que matar, búsqueda que les llevó en primer término a la órbita de los campos de concentración de las SS y luego a poner en marcha planes para asesinar a los judíos de Europa a escala industrial. Los asesinatos en manicomios de Alemania continuaron de forma descentralizada, mediante el hambre, el abandono y la medicación letal. Ninguna protesta, por enérgica que fuese, y por mucho que se difundiese, desvió a los nazis de la misión que se habián asignado de redimir a la humanidad “aria” mediante la eliminación de patógenos raciales. Demostraron una férrea tenacidad en la persecución de sus objetivos incluso mientras se desmoronaba a su alrededor su propio mundo.

En Holanda, por ejemplo en 1942 la lectura de una encíclica protestante contra la deportación de los judíos causó un incremento a la misma y la deportación de católicos conversos como respuesta a la lectura de algunos obispos católicos en sus iglesias de la encíclica que protestaba contra la deportación no sólo de judíos bautizados sino de los judíos en general, en opinión del historiador Michael Burleigh, experiencias como esa y otras similares por toda Europa hicieron que el papa Pío XII no efectuase una condena rotunda de la persecución nazi no sólo de los judíos sino también de los católicos polacos. Mientras no se supo que la intención era matar a todos los hombres, mujeres y niños judíos de Europa (intención que no olvidemos no estaba clara al principio), el deseo de no empeorar las cosas debió de ser una consideración crucial. Es fácil objetar retrospectivamente que las cosas no podrían haber sido mucho peores, pero éste es un enfoque completamente ahistórico de acontecimientos que para el Papa estaban o en el presente o en el futuro, pero no sesenta años en el pasado. La suerte concreta de los judíos en la Europa bajo dominio nazi afloró de forma irregular en una pauta más amplia de atrocidades, sobre todo el fusilamiento por parte de los alemanes de rehenes en represalias por actos de resistencia. Se tardaba tiempo en verificar hechos de rumores inverosímiles, en verificar los trozos de información y agruparlos como síntomas de una patología. La política de deportaciones se llevó a cabo de un modo oportunista además de implacable, con complejas exenciones que enmudecían las conciencias.

“Deploran el hecho de que el Papa no hable”, dijo Pío XII al rector jesuita de la Universidad Gregoriana en diciembre de 1942. “Pero el Papa no puede hablar. Si lo hiciera, empeoraría las cosas”. En junio de 1943 dio otro de los escasos atisbos de sus terribles dilemas al Colegio de Cardenales: “Hemos tenido que ponderar y sopesar con profunda gravedad cada palabra de nuestras declaraciones dirigidas a las autoridades competentes y de cada una de nuestras declaraciones públicas, precisamente en interés de quienes están padeciendo, para no hacer aun más difícil e insoportable su situación sin voluntad ni intención de hacerlo”.

Todos los gobiernos aliados se enfrentaron a un desesperado bombardeo de peticiones y solicitudes de auxilio por parte de los judíos, y hay que decir que en muchos casos esos gobiernos se sentían irritados por lo que consideraban argucias judías. Stalin eliminó los informes de lo que les había ocurrido a los judíos en la Polonia ocupada por los nazis, dejando con ello a los judíos soviéticos en total ignorancia del probable destino que les tocaría en suerte, y rebajó deliberadamente la amplitud y especificidad de la atrocidad racial nazi una vez que se extendió a sus propios territorios de la URSS.

La reacción del Departamento de Estado de los EEUU al telegrama Riegner en agosto de 1942 que comunicaba información de alto nivel secreto de un industrial alemán sobre una conspiración para asesinar a los judíos de Europa fue prevaricar durante cuatro meses, hasta que la confirmación independiente de la información secreta inicial hizo inevitable una condena conjunta de los Aliados el 17 de diciembre, de esa “política brutal de exterminio a sangre fría”.

También el Vaticano recibía información fragmantaria de sus diplomáticos de la Europa neutral y ocupada, así como de los italianos que regresaban del frente oriental, pero en la primavera de 1942 se hizo evidente la verdadera dimensión de las políticas que los alemanes no habían adoptado definitivamente hasta el mes de enero. Los contactos e informes de las organizaciones judías dejaban claro que los nazis iban a por todos los judíos de Europa, iba quedando poco a poco la realidad de una política coherente de exterminio físico de todos los judíos de Europa. Llevó un tiempo salvar el abismo entre saber y creer y separar hechos de la rumorología. El Daily Telegraph fue el primer periódico británico que dio la noticia a finales del mes de junio de que habían sido asesinados 700.000 judíos polacos y mencionó un centro específico de matanza y uso de gas tóxico. D`Arcy Osborne transcribía todos los días al Papa las noticias de la BBC.

En el Vaticano diplomáticos extranjeros, a instancias del embajador brasileño Accioly presentaron una petición conjunta para que el Papa hablase claramente, casi a la vez los alemanes exigieron que los italianos entregasen los judíos del sector que ocupaban de Croacia, provocando la consternación del gobierno italiano como de los círculos militares, una consternación que el Vaticano tuvo noticia. Un miembro de la delegación alemana en Roma al leer la petición de los diplomáticos extranjeros al Papa señaló: “Esto significaría en la prácitca su dispersión y completa eliminación”. Osborne escribió en su informe: “Cabe objetar que su Santidad ha condenado ya públicamente crímines morales que se han producido en la guerra. Pero esas declaraciones esporádicas en términos generales no tiene la validez ni la fuerza perdurable que podría esperarse que conservasen en la atmósfera intemporal del Vaticano (…) Una política de silencio respecto a tales ultrajes a la conciencia del mundo debe entrañar necesariamente una renuncia a la jefatura moral y la consiguiente atrofia de la influencia y la autoridad del Vaticano; y es en el mantenimiento y la afirmación de esa autoridad en lo que debe basarse cualquier posibilidad de una contribución papal al restablecimiento de la paz en el mundo”.

El Vaticano recibió más presión de Myron Taylor que estuvo varios días de visita en el Vaticano en septiembre de 1942 y entre los temas a tratar con Magiloni dejó claro la disposición de los EEUU de ganar la guerra de la mano de la URSS y que sería conveniente una condena del Papa. El Vaticano no sólo recibía presión de los Aliados sino también de Alemania y sus aliados para que condenase las atrocidades del otro bando. El Vaticano debía investigar cada alegación, lo que no tardaría en convertirse en un trabajo a jornada completa, dado que los informes no paraban de llegar y eran escandalosos. Es claro que muchos informes eran propaganda de cada uno de los bandos, y ¿si el Papa condenaba algo que resultaba ser falso?. Ya había condenado las atrocidades de la guerra en términos generales que se correspondían a la visión muy a largo plazo de la Iglesia sobre los asuntos terrenales, siendo evidente a quién iban dirigidas esas condenas. Las jerarquías locales también habían hablado claramente. Era muy natural que los gobiernos exiliados quisiesen que el papa hablase claramente, pero ¿se daban cuenta de que la venganza de los nazis en los países afectados se abatiría sobre los católicos y se recrudecería las matanzas contra los judíos?.

El 8 de diciembre de 1942 el cardenal Hinsley dijo desde su púlpito de la catedral: “Polonia ha presenciado actos de tal odio racial salvaje que parecen diabólicamente planeados para convertirla en un vasto cementerio de la población judía de Europa”. Aunque hay informes de que cuando Pío XII se enteró de las matanzas masivas “lloró como un niño” cuando habló el contenido emotivo quedaba enmudecido. En la alocución de Navidad apeló a la humanidad para que volviese la ley de Dios, con una evocación solemne a los muertos en los campos de batalla, las madres, viudas, huérfanos, exiliados y “los cientos de miles de inocentes muertos o condenados a la lenta extinción, a veces sólo debido a su raza o ascendencia”, y los civiles que habían perecido en los bombadeos. Muchos consideraron esa parte de la alución demasiado general, aunque los alemanes dijeron que “fue un largo ataque a todo lo que nosotros defendemos(…) todos los pueblos y todas las razas, dice, gozan ante Dios de la misma consideración. Es evidente que eso lo dice en favor de los judíos (…) Está acusando prácticamente al pueblo alemán de ser injusto con los judíos y se convierte en portavoz de los criminales de guerra judíos”.

Creo que el mensaje pudo ser más contundente pero encaja perfectamente con la mentalidad cauta y diplomática que tenía el Vaticano con Pío XII, y todo el mundo sabía que iba dirigida principalmente a favor de los judíos.

Pueden hacerse muchas críticas a la Iglesia Católica pero entre ellas no figura la responsabilidad del Holocausto. Ésta fue la obra diabólica del Gobieno nazi alemán y de quienes aprovecharon la oportunidad que brindó su evanescente imperio continental. Tampoco existe la menor prueba que apoye la idea de que Pío XII fuese el “Papa de Hitler”, siendo más adecuado el título de “muftí de Hitler” si se busca un dirigente espiritual que respaldase las ideas fascistas de Hitler. Pío XII partició en una conspiración contra Hitler que los Aliados no respaldaron. Emplear el Holocausto como máximo garrote moral contra la Iglesia me parece un uso repugnante de la muerte de 6 millones de judíos con fines políticos.

Donde la Iglesia pudo intervenir, lo hizo, muchos eclesiásticos se jugaron la vida por apoyar a los judíos y lo atribuyeron siempre a instrucciones que habían recibido de Pío XII, ésa es la razón por la que algunas personas afirmen ahora que Israel debería reconocerle como “justo entre las naciones”, me parece mezquino señalar que los judíos que agradecieron a posteriori los hechos de ayuda a Pío XII lo hicieron buscando un supuesto apoyo Vaticano a la creación del Estado de Israel. Sus intentos de mantener la paz fueron loables, pero ineficaces. Por razones de carácter personal o de formación profesional como diplomático, sus declaraciones fueron excesivamente cautas y estaban demasiado envueltas en un lenguaje intrincado que a muchos les resutó difícil de entender sobre todo en nuestra época de brillantes titulares, otro Papa con un carácter más fuerte posiblemente hubiera dicho palabras más fuertes, pero dudo que eso hubiera tenido mayor efecto, creo que la magnitud de los dilemas a los que se enfrentó el Papa Pío XII no hubieran dejado sin crítica a ninguna persona.
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Antonio Machado
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Re: La Iglesia Católica y el Holocausto.

Mensajepor Antonio Machado » Mié Feb 20, 2013 6:06 pm

Hola Maxtor, estimado !

Un tema apasionante y extenso, gracias por traerlo a colación.

Por supuesto que me estoy suscribiendo al Hilo, gracias por compartir !

Saludos cordiales desde Nueva York,

Antonio Machado. :sgm65:
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Con el Holocausto Nazi en contra de la Raza Judía la inhumanidad sobrepasó a la humanidad.

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José Luis
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Re: La Iglesia Católica y el Holocausto.

Mensajepor José Luis » Mié Feb 20, 2013 8:38 pm

¡Hola a todos!

Estimado maxtor,

Has expuesto un tema que tiene poca relación con el título que has dado al hilo. Como no especificas la nacionalidad de la “Iglesia Católica” (“y el Holocausto”, que completa el título), uno puede pensar que aludes a la Iglesia Católica Alemana, quizás a las iglesias católicas europeas en general, al Vaticano en particular o acaso específicamente a Pío XII, que fue el único de los dos papas que lidiaron con el régimen nazi y bajo cuyo pontificado (contexto temporal) tuvo lugar el Holocausto.

La primera parte de tu exposición (tu segundo mensaje) está fuera del tiempo del Holocausto, y es bastante difusa. Por una parte tocas la actitud de Pacelli, Faulhaber, etc., y el Vaticano con respecto al antisemitismo en una época en la que el partido nazi era un partido marginal en la esfera política nacional de la Alemania de Weimar. Si pretendes exponer los antecedentes de la Iglesia Católica Alemana (y no del Vaticano o Pío XI) respecto de los nazis y su cuestión judía, creo que hay una divisoria bien distinta: antes y después de la llegada de Hitler al poder. Por tanto habría que diferenciar el periodo que va de 1919 a 1933 (especialmente desde 1930, cuando el NSDAP comienza realmente a ser parte importante de la política nacional, a 1932), y el que comienza con el régimen nazi y sus primeras medidas legislativas raciales. El propio concordato nazi con el Vaticano ya merece un tema específico, así como la trayectoria de Pacelli durante Weimar, el Tercer Reich y la guerra (si quieres hablar de este papa y su papel ante el Holocausto).

En el resto de tu mensaje, expones principalmente diversas actitudes-respuestas de Pacelli y Pío XI ante el antisemitismo durante el régimen nazi, pero poco dices con respecto a la Iglesia Católica Alemana (sus obispos y cardenales). Luego tratas de pasada el comportamiento vaticano ante el racismo del régimen fascista de Mussolini. Luego ya, en tu segundo mensaje, te centras en la figura de Pío XII frente al Holocausto, aunque ciertamente es un discurso parcial o incompleto, y, en general, bastante generoso hacia Pío XII.

En mi opinión, sería más fructífero este tema si estuviera bien definido y acotado. Es decir, ¿de quién quieres hablar? ¿De la IC alemana? ¿Del Vaticano? ¿Del papa? Luego, ¿con respecto a qué? ¿Al antisemitismo en la República de Weimar? ¿Al antisemitismo del Tercer Reich? ¿Al Holocausto durante la guerra? Si no se acotan estos términos, cualquier posible debate se perderá en derivas conceptuales y espacio-temporales.

En el foro hemos discutido ciertos temas que guardan relación con el tema que has propuesto. Algunos ejemplos:


El Tercer Reich y la Iglesia (21-1-2006):
viewtopic.php?f=3&t=1561

Hitler y la Iglesia (29-1-2009):
viewtopic.php?f=3&t=9548

El mito del Papa de Hitler (4-2-2007):
viewtopic.php?f=14&t=3821

El mayor enemigo nazi: Pío XI (23-11-2011):
viewtopic.php?f=59&t=15516

Los nazis y la religión (6-5-2010):
viewtopic.php?f=3&t=12712

Y sé que hay otros más.

Espero equivocarme y ya veremos cómo discurre este hilo.

Hecha la crítica, también quiero darte las gracias por el esfuerzo que te has tomado y la exposición que has hecho (aunque discrepe de algunas de sus valoraciones). Mi reconocimiento por todas tus aportaciones al foro, aportaciones que yo valoro en gran medida.

Saludos cordiales
JL
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maxtor
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Re: La Iglesia Católica y el Holocausto.

Mensajepor maxtor » Jue Feb 21, 2013 11:05 am

Saludos cordiales a todos.

En un principio mi intención fue tratar el tema de las relaciones generales del Vaticano respecto al Holocausto, y en concreto de Pío XII y su política de “silencio”, pero cuando me metí en lecturas me dí cuenta de que hacía falta algo de introducción (segundo post) y creo que el tema es tan amplio que realmente leyendo de nuevo lo que expuse el tema queda difuso, agradezco los comentarios de Jose Luis porque tiene razón. :-D

Es un tema que me ha apasionado desde que empecé a recopilar libros sobre las relaciones de las iglesias cristianas con el nazismo y posteriormente con sus políticas genocidas y creo que lo más correcto es distribuirlo en posts como se ha señalado en el anterior comentario de Jose Luis. Y creo que la amplitud y difusión del tema que he escrito es propicio a derivas y debates interminables. Por lo tanto me ceñiré al tema originario, que no está bien dibujado en el título del asunto a debatir, que sería la Iglesia Católica y el Holocausto, pero ceñido a las relaciones del Vaticano con el Tercer Reich en ese periodo.
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maxtor
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Re: La Iglesia Católica y el Holocausto.

Mensajepor maxtor » Jue Feb 21, 2013 2:51 pm

Saludos a todos.

Para acotar el tema debatido haré un resúmen del capítulo 5 (Solución Final) del libro de Saul Friedländer, “Pío XII y el Tercer Reich”, al objeto de poder determinar qué actitud tuvo el pontífice que en definitiva marcaba la política del Vaticano con las noticias que llegaban sobre el exterminio de los judíos.

Según dicho historiador en enero de 1942 los alemanes decidieron la “solución final” del problema judío, o sea el exterminio de todos los judíos residentes en las regiones sometidas a su dominio. “La solución final del problema judío – precisa el protocolo de la conferencia de Wannsee – deberá aplicarse a unos 11 millones de personas”.

¿Qué sabía exactamente la Santa Sede sobre la cuestión del exterminio de los judíos a partir del año 1942?. Es una cuestión clave para poder debatir sobre la actitud del Vaticano respecto al destino trágio de los judíos, pero reiteraremos que no hay acceso actualmente a los documentos secretos del Vaticano y para el análisis del asunto el historiador Friedländer tuvo que ceñirse a los archivos sinonistas y documentos americanos, pero también de documentos alemanes.

Hans Gamelin miembro de la legación alemana en Bratislava, declaró bajo juramento en junio de 1948 que, en dos notas remitidas a monseñor Tuka – presidente del consejo eslovaco – el nuncio apostólico le decía (febrero de 1942) que era inexacto creer que los judíos eran enviados a Polonia para trabajar; en realidad, era para exterminarlos.

El 9 de febrero Weizsäcker anota la siguiente entrevista con el nuncio Orsenigo: “El nuncio me pidió que viera si se podían trasladar a Dachau los sacerdotes internados en el campo de concentración de Auschwitz. Por tratarse de él, un representante de la Curia, era sin duda una petición harto modesta”. En opinión de Friedländer es posible que el nuncio supiera la diferencia entre Dachau y Auschwitz.

Por otro lado las organizaciones judías informaron puntualmente de lo que ocurría al Vaticano, el 17 de marzo de 1942 después de una entrevista con monseñor Bernardini, nuncio apostólico en Berna, varios representantes de la Agencia judía, del Consejo Judío Mundialy de la Comunidad suiz – israelí, le remitieron una carta – informe donde se precisaba con detalle el proceso de exterminio nazi (Carta de Lichteim y de Riegner a Bernardini, 18-3-1942, Archivos Sionistas de Jerusalén), dicho informe fue a petición vaticana sobre la situación de los judíos en los países de la Europa central y oriental.

El informe es muy extenso y se hace un relato de la situación de los judíos especialmente en Eslovaquia, Croacia, Hungría y de la Francia no ocupada donde se consideraba que una intervención de la Santa Sede podría suavizar cuanto menos dichas medidas. Ese documento donde se precisaba con precisión y país por país lo que estaba ocurriendo con los judíos fue remitido sin duda al Vaticano por monseñor Bernardini, y no hace más que confirmar las informaciones procedentes de otras fuentes que los alemanes iban a por todos los judíos de Europa. En 1942 los documentos alemanes sólo revelan una intervención del nuncio apostólico en Francia ante el gobierno del mariscal Pétain y una intervenciones de Orsenigo.

En agosto de 1942, el coronel Kurt Gerstein, alistado en las SS y que acababa de asistir a una operaciones de exterminio con gases, trató de ser recibido por el nuncio Orsenigo; su petición no fue atendida. Entonces comunicó su informe al consejero jurídico de monseñor Preysinz, arzobispo de Berlín, rogando que fuera remitido a la Santa Sede, hoy en día no existe razón para pensar que dicho documento no fue enviado a la Santa Sede (el eterno problema del no acceso a los archivos del Vaticano). El informe Gerstein de 1942 fue probablemente casi idéntico al que redactó el 4 de mayo de 1945, puesto que describe en ambos el mismo suceso; no obstante, en 1942 el coronel podía recordar los detalles con mayor precisión que tres años más tarde. En cuanto a su veracidad la mayoría de los historiadores apuesta por ella.

La Santa Sede no ha desmentido hasta hoy haber recibido dicho informe durante la guerra, y Freidländer manifiesta que no hay porqué suponer que un texto sensiblemente diferente al que se va a citar no fue remitido al Pap a finales de 1942 por monseñor Preysing.

Gerstein se hallaba en el campo de Belzec:

… Llegó un tren procedente de Lvov: 45 vagones con 6.700 personas de las cuales 1450 habían muerto ya. Detrás de las ventanillas enrejadas podían verse niños terriblemente pálidos y asustados, con los ojos llenos de angustia, hombres y mujeres. El tren entró en la estación: 200 ucranianos arrancaron las portezuelas y, con látigos de cuero, hicieron salir a la gente del interior de los vagones. Un altavoz daba instrucciones: despojarse de todas las ropas así como de las prótesis y gafas, etcétera. Entregar todos los objetos de valor en la taquilla, sin bonos ni recibos. Atar cuidadosamente los zapatos (para facilitar la recogida de las prendas), pues en aquel montón de más de 25 metros de alto nadie hubiera podido encontrar los pares. Las mujeres y las muchachas pasaron a la “peluquería” donde, de dos o tres tijeretazos, se les cortaban los cabellos que luego se metían en sacos de patatas.

Un Unterscharführer – SS de servicio me dijo:

- Son para hacer algo especial destinado a los submarinos.

Entonces empezó el desfile. Encabezados por una joven muy hermosa, hombres, mujeres y niños recorierron la calle, completamente desnudos, sin prótesis. Yo me quedé junto al capitán Wirth en la rampa, entre las cámaras. Las madres oprimían a sus bebés contra el pecho mientras subían titubeando: al fin, entraron en las cámaras de la muerte. Desde una esquina, un corpulento SS gritó a los desdichados con voz clara y pastoral:

¡ No os ocurrirá nada malo ! Únicamente es necesario respirar con gran fuerza dentro de las cámaras. Es para reforzar los pulmones, un medio para evitar las enfermedades y las epidemias. “.


En su informe de 1945, Gerstein escribió: “traté de poner al corriente al nuncio apostólico de Berlín. Me preguntaron si era militar. Después de la entrevista me fue denegada y fui obligado a abandonar la Embajada de su Santidad… Lo he explicado a centenares de personas, entre ellas el doctor Winter, síndico del obispo católico de Berlín , rogándole que lo comunicara al Papa… “ (texto íntegro en la obra de L. Poliakov y J. Wulf, Le III Reich et les juifs, Gallimard, París, 1959, p. 113 y ss.).

Puede alegarse que incluso confirmándose de que el informe Gertein llegase a la Santa Sede era difícil que convenciese debido a la extraña personalidad de su autor, ¿cómo crer a un SS que se declaraba hostil al régimen hasta el punto de divulgar tales secretos?. No obstante el informe Gerstein no hacía más que confirmar los informes de las organizaciones judías, los de los aliados y por último, de varios oficiales alemanes, uno de los cuales, por lo menos, había venido expresamente del frente ruso para comunicar al cardenal Faulhaber los hechos que él había presenciado.

Continuaré con el Mensaje de Navidad de Pío XII en la navidad de 1942.
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maxtor
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Re: La Iglesia Católica y el Holocausto.

Mensajepor maxtor » Vie Feb 22, 2013 11:10 am

Saludos a todos.

Para finalizar expondré las diferentes valoraciones al discurso de Navidad del Papa de 1942.

Harold Tittmann había descrito en diciembre de 1942 que según ciertos rumores, el Papa adoptaría una actitud enérgica en su mensaje de Navidad, pero el propio Tittmann dudaba en un cambio sustancial en la expresión de generalidades contenidas en los últimos mensajes de Pío XII. En realidad, Pío XII dijo algo y como ciertos documentos sí que pensó que había sido bastante explícito. No es posible reproducir aquí el texto entero, pero en la páginas 24 de las 26 que contiene el discurso aparece el fragmento en cuestión:

“¿Desean, pues, los pueblos permanecer como testigos inactivos de un progreso (de la guerra) tan desastroso?. ¿No convendría, más bien, que sobre las ruidas de un orden público que ha dado pruebas tan trágicas de su incapacidad para asegurar el bien del pueblo, se unieran todos los corazones rectos y magmánimos en el voto solemne de no concederse ningún descanso hasta que, en todos los pueblos y todas las naciones de la tierra, se convierta en legión el número de aquellos que, decididos a devolver a la sociedad al inquebrantable centro de gravitación de la ley divina, aspiran a dedicarse al servicio de la persona humana y de la comunidad ennoblecida en Dios?.

Este voto la humanidad lo debe a los innumerables muertos sepultados en el campo de batalla; el sacrificio de sus vidas en cumplimiento de su deber es el holocausto ofrecido por un orden social nuevo y mejor. Este voto la humanidad lo debe a esta multitud infinita, dolorosa, de madres, de viudas, de huérfanos, que han visto como les era arrebatada la luz, la fuerza, el apoyo de sus vidas. Este voto la humanidad lo debe a los innumerables exiliados que el huracán de la guerra ha arrancado de sus patrias y ha dispersado en tierra extranjera, y que podrían hacer suya la lamentación del profeta.

Este voto la humanidad lo debe a centenerales de millares de personas que, sin ninguna culpa por su parte, por el único hecho de su nacionalidad o de su raza, se han visto abocadas a la muerte o a una progresiva extinción.

Este voto la humanidad lo debe a estos miles y miles de no combatientes – mujeres, niños, enfermos, ancianos – a los que la guerra aérea, cuyos horrores hemos denunciado repetidas veces desde el principio, ha arrebatgado sin distinción la vida, los bienes, la saluda, las casas, los refugios de la caridad y la plegaria. “.

En el libro de Friedländer, el propio autor subraya el párrafo que he puesto en negrita, donde la alusión a “.. por el solo hecho de su raza, se hallan abocados a la muerte o a una progresiva extinción”, no le merece suficiente entidad para identificar a los judíos en la intención del Papa, señala el historiador que la mayor parte de la gente de la época le pasó inadvertida la mención de la “raza”, y que ninguno de los documentos de la Wilhelmstrasse dedicados al análisis del mensaje pontificio señala este punto.

En este punto me gustaría añadir la valoración que hace del mismo asunto el historiador Michael Burleigh, donde dicho autor trata el mensaje de navidad en la página 305 del libro Causas Sagradas, Cap (Apocalipsis 1939 – 1945); para dicho historiador se hace evidente que la referencia a la raza lo hace a favor de los judíos, pero sí que menciona que los alemanes dijeron que “fue un largo ataque a todo lo que nosotros defendemos (…) todos los pueblos y todas las razas, dice, gozan ante Dios de la misma consideración. Es evidente que eso lo dice a favor de los judíos (…). Está acusando prácticamente al pueblo alemán de ser injusto con los judíos y se convierte en portavoz de los criminales de guerra judíos”. (ADSS8, 496, pp. 669-670; y Carlo Falconi, The Silence of Pius XII, Boston, 1970, p. 170. Para un estudio razonado de Pío XII en Meir Michaelis, Mussolini and the Jews. German – Italian Relations and the Jewish Question in Italy, 1922 – 1945, Oxford, 1978, pp. 372 – 377).

No casa muy bien la afirmación de que la alusión a la raza pasó para todo el mundo inadvertidamente cuando el New York Times dedicó un largo editorial al mensaje navideño calificándola de “esa voz solitaria que clama en el silencio de un continente”. La alocución era “como un veredicto en un tribunal supremo de justicia”.

Poco después de Navidad, Harold Tittmann y el Papa se reunieron y el pontífice se quedó bastante sorprendido cuando Tittmann le dijo que no todo el mundo opinaba que se había expresado con claridad. En palabras de Tittmann el Papa le dijo que resultaba evidente ante los ojos de todo el mundo que al hablar de centeneres de miles de personas muertas o torturadas sin que se les pudiera imputar falta alguna, y a veces tan sólo a causa de sus orígenes raciales o de su nacionalidad, había aludido a los polacos, a los judíos y a los rehenes. Y que al hablar de dichas atrocidades no ha mencionado expresamente a los nazis porque si no debería haber hecho lo mismo con los bolcheviques y creía que no habría sido bien visto por los Aliados. ( telegrama de Tittmann a Hull, 5-1-19.3, FRUS, 1943 (II) ).

Friedländer se pregunta de qué atrocidades bolcheviques se refería el Papa, ya que las conocidas masacres de Katyn, sus primeras noticias surgen en abril de 1943 y publicadas interesadamente por los alemanes, o sea, varios meses después de la entrevista entre Tittmann y el Papa, por consiguiente, según dicho historiador es probable que el Papa se refiriera a una condena general de los bolcheviques. La explicación para dicho silencio por parte del Papa viene atribuida por Friedländer a que a partir de 1943 la amenaza bolchevique se convirtió en la principal amenaza para el Papa y que invocar el pontífice como excusa para su propio silencio contra los nazis los supuestos crímenes soviéticos puede dar la impresión de que efectivamente existe un nexo entre este silncio y el temor a la amenaza bolchevique. Condenar a los alemanes significaría debilitar el baluarte que el Reich constituía contra el bolchevismo; evidentemente es una hipótesis que ningún texto prueba de forma explícita, en opinión del propio S. Friedländer.

Así en este punto habían dos explicaciones oficiales Vaticanas que explicaban el silencio explícito sobre los nazis; la dada por el cardenal Maglione, según la cual el Papa no podía denunciar las atrocidades específicas y la de Pío XII quien dijo que denunciaría las atrocidades alemanas si pudiese hacer lo mismo con los bolcheviques, aunque recordemos que el propio Papa creía haber hablado claramente en su alocución de Navidad de 1942.

El propio Papa dirigió a monseñor Preysing, arzobispo de Berlín, una carta que explicaba su silencio: “En lo referente a las declaraciones episcopales, dejamos a los pastores que trabajan directamente sobre el terreno el cuidado de apreciar si, y en qué medida, el peligro de represalias y de coacciones, así como tal vez otras circunstancias debidas a la duración y a la psicología dela guerra, aconsejan la reserva – a pesar de las razones que pudiera haber para intervenir – con el fin de evitar males mayores. Este es uno de los motivos por los cuales Nos mismos nos hemos impuesto límites en nuestras declaraciones. La expriencia que Nos tuvimos en 1942, dejando reproducir libremente documentos pontificios para uso de los fieles, justifica Nuestra actitud, en la medida que Nos podemos observar. (….) “

La acción de la Santa Sede a favor de los judíos: Para los católicos no arios, así como para los de confesión judía, la Santa Sede ha ejercido, en la medida de sus responsabilidades, una acción caritativa en el plano material y moral. Por parte de los organismos de ejecución de Nuestras obras de socorro, esta acción ha requerido mucha paciencia y desinterés para responder a la expectación – podría decirse también a las exigencias – de aquellos que solicitaban ayuda, y también para solucionar las dificultades diplomáticas que se presentaban. No hablemos de las ingentes sumas que hemos tenido que desembolsar en moneda americana para el transporte marítimo de los emigrantes. Unas sumas que hemos dado de buena gana, pues esta gente era desdichada. Han sido dadas por el amor de Dios, y hemos obrado acertadamente al no esperar un reconocimiento aquí en la tierra. Sin embargo, ha habido organizaciones judías que han agradecido calurosamente a la Santa Sede sus operaciones de salvamento.

En Nuestro mensaje de Navidad, hemos dicho una palabra de lo que se está haciendo actualmente contra los no arios en los territorios sometidos a la autoridad alemana. Fue corto lo que dijimos, pero ha sido bien comprendido. Es superfluo decir que Nuestro amor y Nuestra solicitud paternales son hoy mayores con respecto a los católcos no arios o semiarios, criaturas de la iglesia como los demás, en la hora del naugrafio de su existencia exterior y cuando conocen la desdicha moral. Por desgracia, en el actual estado de cosas, no podemos aportarles más auxilio eficaz que el de Nuestra plegaria. Estamos decididos, sin embargo, según lo que las circunstancias indiquen o permitan, a elevar de nuevo Nuestra voz a su favor.

Por último, el 2 de junio de 1943 Pío XII evocó el problema del exterminio de los judíos en un mensaje secreto al Sacro Colegio y, una vez más explicó su gran reserva.

“Evocando, las súplicas ansiosas de todos aquellos que, por razón de su nacionalidad o de su raza, se hallan abrumados por las más duras pruebas y a veces incluso destinados, sin culpa personal, a medidas de exterminio”, añadió: “todas Nuestras palabras dirigidas a la autoridad competente sobre este asunto, así como todas Nuestras declaraciones públicas, deben ser seriamente sopesadas y medidas por Nos en el propio interés de las víctimas, para no hacer, contrariamente a Nuestras intenciones, más dura e insoportable su situación. Por lo menos, las mejoras aparentemente obtenidas no responden a la amplitud de la solicitud maternal de la Iglesia a favor de estos grupos particulares sometidos a la más atroz aventura. El Vicario de Cristo, que sólo reclamaba piedad y un retorno sincero a las normas elementales del derecho y la humanidad, se ha encontrado ante una puerta que ninguna llave puede abrir” ( el texto de esta alocución ha sido publicado en la obra de Alexis Curvers Pie XII, le Pape outragé, Laffont, París, 1964, pp. 139).

En la carta del Papa a monseñor Preysing se exponen claramente los argumentos papales para su reserva y el de dejar de autonomía local a las iglesias católicas en la forma en que ellas entiendan que sea más eficaz la ayuda. En este punto Saul Friedländer pone sobre el tapete la diferencia con la Iglesia cristiana ortodoxa donde el patriarca ortodoxo de Constantinopla mandó a todos sus obispos, en los Balcanes y en Europa central, una nota donde les apremiaba para que ayudasen a los judíos por todos los medios y proclamasen en las iglesias que ocultar judíos era un deber sagrado. (Zalman Shragai, Le voyage de sauvetage du Grand – Rabbin Herzog, Jerusalén, 1947, pp. 6 – hebreo - ). Este hecho podría explicar que en un país esencialmente católico como Eslovaquia pudieran escapar de momento a la deportación más judíos gracias a una “conversión” a la religión ortodoxa que a una católica. Parece como si en ese punto la actitud de cada obispo hubiese tenido una importancia considerable.

Asimismo parece que la última parte del texto de su alocución al Sacro Colegio, da la impresión de que previamente se había dirigido a los alemanes… “El Vicario de Cristo, que sólo reclamaba piedad y un retorno sincero a las normas elementales del derecho y la humanidad, se ha encontrado ante una puerta que ninguna llave puede abrir”, si bien, los archivos de ls Wilhelmstrasse no contienen ningún documento que hable de una entrevista entre el Papa y uno de los embajadores del Reich o entre el secretario de Estado y los diplomáticos alemanes acerca del problema judío. Es posible que Orsenigo se hubiera dirigido a Hitler sin intermediarios y que el protocolo de la entrevista haya desaparecido junto con la mayor parte de los expedientes de la cancillería del Reich ( El padre Riquet alude a una entrevista de este género en el Osservatore della Domenica del 28 de junio de 1964, pero sin citar su exacta procedencia). De nuevo la sombra de los archivos del Vaticano aparece, ya que si realmente hubo esa entrevista deberá estar consignada documentalmente en dichos archivos.

El estudio de Saul Friedländer finaliza con una advertencia sobre la imposibilidad de poder dar una respuesta definitiva a las dudas o preguntas que suscitan la política del Vaticano ante el III Reich debido a que el autor únicamente ha podido estudiar documentos parciales. Los textos alemanes indican que por una parte parece como si el pontífice hubiese sentido por Alemania una predilección que no da la impresión de haber sido atenuada por la naturaleza del régimen nazi y que no se desmintió hasta el año 1944; por otra parte, Pío XII temía una bolchevización de Europa más que cualquier cosa y esperaba, al parecer que la Alemania hitleriana, eventualmente reconciliada con los anglosajones, constituiría el baluarte fundamental contra todo avance de la URSS hacia el oeste. Partiendo de dicha hipótesis, apoyada fuertemente por textos alemanes, cabe plantearse cierto número de preguntas sobre el silencio del Papa ante el exterminio de los judíos. No obstante, el autor reconoce que ante la falta de documentación que abarque a todos los aspectos, las respuestas se quedan en meras hipótesis.

Según los documentos disponibles por el autor, disponemos de cuatro explicaciones ofrecidas por el propio Papa o por su secretario en lo que al silencio concierne. Según el cardenal Maglione el Papa no podía condenar atrocidades específicas, en tanto que Pío XII hacía observar que no podría condenar las atrocidades alemanas sin condenar las soviéticas. En su carta a monseñor Preysing, el soberano pontífice escribió que si no abandonaba su reserva era para evitar males aún más graves. Por último en su alocución al Sacro Colegio de junio de 1943 y reanudando el mismo argumento, Pío XII añadió una nueva razón para su silencio: la inutilidad de todas las gestiones efectuadas ya ante los alemanes.

Los archivos de la Wilhelmnstrasse únicamente registran tres gestiones de Orsenigo respecto al estado de los judíos, pero no se descarta que los documentos alemanes hayan desaparecido.

Cuando se valoran en conjunto los argumentos que podrían explicar el silencio de Pío XII parece posible que según la opinión del Papa, los inconvenientes de una posible intervención sobrepasaran con creces cualquier resultado beneficioso. El Papa debió pensar que si intervenía no haría más que poner en grave peligro a más personas, a la Iglesia y a sus intereses, sobre todo en Alemania y podría poner en peligro a los mestizos conversos que no habían sido aún deportados. ¿Habría cambiado algo o alguien en esos años la política nazi respecto a los judíos?. Según esa forma de pensar, el único camino posible habría sido la asistencia encubierta a judíos individuales y una cierta intervención en los Estados satélites predominantemente católicos: Eslovaquia, Croacia, y la Francia de Vichy.

Si la Iglesia Católica se considera una institución política que debe calcular el resultado de sus decisiones en cuanto a su racionalidad política, entonces la elección del Papa se podría considerar lógica, a la vista de los riesgos. Sin embargo, si la Iglesia Católica representa también una postura moral, sobre todo en momento de crisis debe pasar al plano del testimonio moral por encima de los institucionales, y entonces creo que aquí es donde es criticable la actitud de Pío XII.

Saludos cordiales a todos desde Benidorm.
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Re: La Iglesia Católica y el Holocausto.

Mensajepor José Luis » Sab Feb 23, 2013 11:12 pm

¡Hola a todos!

Creo recordar que los discursos de Pío XII, algunos al menos, los hemos tratado un poco en algunos de los enlaces que he facilitado más arriba. De todas formas, no vamos a encontrar en ningún discurso o encíclica de Pío XII ni una sola vez la palabra “judíos”. No es, por tanto, en las manifestaciones públicas de este Papa donde se vaya a encontrar alguna denuncia o condena explícita del régimen nazi por el Holocausto, o alguna defensa explícita de los judíos. En esta ausencia estriba el famoso “silencio de Pío XII”, sobre el que han girado mayormente los debates y polémicas que se han producido a partir de la década de 1960, especialmente tras el estreno en Alemania en 1963 de la obra del dramaturgo alemán Rolf Hochhuth, titulada Der Stellvertreter, y las representaciones posteriores en Inglaterra y Estados Unidos. La obra fue traducida a un montón de idiomas y en 2002 se estrenó en el cine la película del director Costa Gavras, basada en la obra de Hochhuth, con el título original de Amen. El debate acalorado cobró nuevos bríos cuando la editorial Penguin Books de Nueva York publicó en 1999 el libro del periodista John Cornwell, titulado Hitler's Pope: The Secret History of Pius XII.

En estas dos obras citadas, sus autores se mostraron sumamente críticos con el papel que Pío XII jugó ante el Holocausto. Las respuestas que tuvieron, cada uno en su momento, fueron críticas aceradas (muchas de ellas contra sus personas, sus tesis y sus metodologías) procedentes en su inmensa mayoría de autores católicos y/o relacionados con las instituciones católicas, e incluso procedentes del propio Vaticano y el Papa Juan Pablo II. El debate iniciado entonces en la literatura popular se extendió a la literatura académica cuando un buen número de historiadores acometió la investigación del material de archivo existente (en cada momento) y comenzó a publicar sus resultados. De los autores cuyas obras he leído en todo o en parte, puedo concluir que hay tres posiciones bien diferenciadas: dos radicalmente opuestas y enfrentadas, a favor y en contra de Pío XII; y una tercera “neutral” que ha señalado las virtudes y los defectos de Pío XII en este tema. Para quien no conozca de inicio los posicionamientos de los historiadores, existe una pista que es una buena referencia para anticiparlos: los críticos de Pío XII suelen tener sus obras publicadas por editoriales universitarias y por editoriales neoyorkinas como Knopf y Doubleday, mientras que los pro-Pío XII y los “neutrales” suelen publicar en editoriales católicas, ya universitarias, ya de pequeñas editoriales religiosas.

¿Por qué este debate tan acalorado y radical no tiene fin? ¿Por qué parece imposible acercar posiciones tan aparentemente alejadas? En mi opinión, hay dos grandes obstáculos que mantienen vivo este debate: uno es de naturaleza documental, pues el material de archivo del pontificado relacionado con los años de la guerra (1939-1945) no está accesible al escrutinio indiscriminado de los historiadores, por lo que esta laguna de las fuentes primarias impide la investigación necesaria para brindar un discurso histórico cabal de todos los aspectos relacionados con el tema de Pío XII y el Holocausto. Hasta la fecha y con respecto a Pío XII, sólo se ha puesto a disposición de los historiadores el material de archivo del Vaticano de los años de entreguerras (hasta 1939), lo que ha permitido profundizar en el estudio de la figura de Eugenio Pacelli antes de ser nombrado Papa el 2 de marzo de 1939. Pero falta el material de archivo fundamental, el relacionado con los años de la guerra. Mientras que este material no se haga accesible, cualquier estudio del tema estará mermado por esta laguna documental.

El otro gran obstáculo afecta generalmente a los radicales y defensores a ultranza de Pío XII. Es el enroque basado en el dogmatismo y los prejuicios católicos, desde el cual resulta vano todo intento de llegar a establecer un discurso basado en la evidencia histórica. De esta corriente histórica viciada en su origen se libran, a mi juicio, los historiadores que, aun siendo católicos, anteponen el rigor metodológico y el peso de la evidencia histórica, los dos pilares de la disciplina histórica, a sus prejuicios o subjetividades religiosas. Frank Coppa y Paul O'Shea son dos buenos ejemplos de historiadores católicos completamente alejados del radicalismo dogmático católico. Al final haré un breve resumen bibliográfico de las obras que considero más importantes, pero antes expondré a continuación mis reflexiones sobre Pío XII y su posición ante el Holocausto.

Para mí, y a tenor de la evidencia histórica que conozco, Pío XII fue ante el Holocausto (y ante otras cuestiones, como los regímenes políticos de Hitler, Mussolini y Stalin) más Eugenio Pacelli que Papa. Quiero significar con esto que pudieron más en su pontificado los prejuicios ideológicos y culturales de Eugenio Pacelli que los imperativos morales de su misión como Vicario de Cristo. La educación de Pacelli, tanto familiar como académica, vino gobernada por el prefijo “anti”. Su familia y los centros de educación en los que se formó (a excepción de su estancia en el Liceo Ennio Quirini Visconti) eran profundamente conservadores y ultramontanos. Y rabiosamente antimodernistas, antidemocráticos, antiliberales y antijudíos. Otra característica de la juventud de Eugenio Pacelli, que habría de marcar su futuro, fue su carácter solitario, un aislamiento que probablemente tuvo su origen cuando, por problemas de salud, se le concedió una dispensa excepcional en 1895 cuando cursaba sus estudios eclesiásticos en el Collegio Capranica, el seminario diocesiano de Roma. Esta inusual dispensa consistió en permitirle seguir sus estudios del seminario en la casa de sus padres, perdiendo así el contacto y la relación con sus compañeros de seminario. Pacelli se convirtió así en un solitario que nunca buscó la compañía de otros y se contentó, como explica Paul O'Shea, con la relación de su familia, la lectura de sus libros y la dedicación a sus oraciones. “Se 'casó' con la Iglesia y parece no haber sentido necesidad alguna de otra compañía humana, y esto se extendió más tarde a su manera de trabajar con otros en las oficinas del Vaticano. Se contentó con trabajas bajo o por encima de otros, pero no como un colega o igual. La responsabilidad compartida no era parte de su aproximación a su vida personal o profesional” (*).

Un astuto diplomático, Pacelli fue uno de los pocos “supervivientes” (que lograron mantener y escalar posiciones) de la crisis “modernista” del Vaticano en el primer tercio del siglo XX. Sirvió sucesivamente a los papas León XIII, Pío X, Benedicto XV y Pío XI, siempre escalando en la jerarquía vaticana, destacando sus nombramientos como Nuncio Apostólico en Alemania (1917-1929) (por parte de Benedicto XV) y Secretario de Estado del Vaticano (1930-1939) (por parte de Pío XI). Durante la mayor parte de esos años, el prefijo “anti” que gobernó los temores de Pacelli (y sus superiores) precedió al bolchevismo o comunismo. El antibolchevismo o anticomunismo, por encima del nazismo y el fascismo, fue la gran preocupación (sentida como amenaza) que predominó la política papal en general y la de Pacelli en particular. Pío XI acuñó la expresión il terribile triangolo para referirse a los tres países que representaban esa gran preocupación y ocupación papal que cristalizó en Eugenio Pacelli: Rusia, México y España.

Como Nuncio Apostólico y Secretario de Estado, Pacelli fue el artífice de dos grandes “éxitos” en la política del Vaticano: primero, el Concordato con Baviera (que Pacelli consideró el mayor logro de su carrera pre-papal); después, el Concordato con la Alemania nazi. Y tres rasgos fundamentales definieron la estancia de Pacelli en Alemania durante el tiepo de su nunciatura: su gran amor por los alemanes y Alemania, su odio visceral al bolchevismo soviético, y sus marcados recelos, y odio en realidad, ante la República de Weimar, que consideraba dirigida por masones, judíos, comunistas y demócratas.

Estos son, en mi opinión, los antecedentes personales fundamentales de Eugenio Pacelli que influyeron decisivamente en la política vaticana que adoptó como Papa Pío XII y en las decisiones que tomó y no tomó ante el terrible episodio del Holocausto. Ante el Holocausto, Pío XII actuó más como el diplomático que había sido como nuncio y secretario de estado que como el Vicario de Cristo. Esto es, supeditó el mandato moral de Jesucristo, que debe gobernar la misión de un Papa, a los intereses políticos del Vaticano. En otras palabras, antepuso los intereses del poder temporal (Estado del Vaticano y privilegios de la Iglesia Católica) a los mandatos irrenunciables del poder espiritual de la Iglesia Católica. Fue esta desviación lo que explica, a mi juicio, el “silencio de Pío XII”.

Con lo expuesto, breve por fuerza, no quiero significar que me posicione junto a los radicales que afirman que Pío XII abandonó y se desentendió por completo de los judíos europeos y su terrible destino. Ni mucho menos. Pío XII se preocupó y ocupó de los judíos europeos e intentó prestarles su ayuda de alguna forma, de esto no cabe duda. Pero hizo todo esto en la esfera privada, y aun dentro de esta esfera privada no hizo todo lo que podía y debía haber hecho. Sin embargo, fue en la esfera pública, el auténtico terreno donde el Vicario de Cristo debe guiar a su rebaño, donde Pío XII fue incapaz de trasladar a todos los católicos del mundo -fieles, hermanos y hermanas, sacerdotes, obispos y cardenales- un mensaje claro y rotundo denunciando y condenando los crímenes del régimen nazi contra los judíos europeos (y demás víctimas de los genocidios nazis). Pío XII fracasó en el terreno moral y espiritual, donde descansan los auténticos dominios de la Iglesia Católica. Su silencio ante el Holocausto no tiene excusa moral.

A continuación dejo un resumen bibliográfico de las obras que considero más destacables sobre el tema de Pío XII (y/o la Iglesia Católica) y el Holocausto.

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Re: La Iglesia Católica y el Holocausto.

Mensajepor José Luis » Sab Feb 23, 2013 11:42 pm

Michael Phayer es un historiador de mi preferencia en este tema. Doctorado por la Universidad de Munich, profesor emérito de la Universidad Marquette de Milwaukee e Ida E. King Distinguished Visiting Scholar in Holocaust and Genocide Studies en el Richard Stockton College de New Jersey, Phayer ha escrito varios libros y artículos sobre la Iglesia Católica, Pío XII y el Holocausto. Aquí solo voy a citar sus dos libros más representativos del tema: The Catholic Church and the Holocaust, 1930–1965 (Bloomington, Indiana: Indiana University Press, 2000), y Pius XII, the Holocaust, and the Cold War, publicado por la misma editorial en 2007. Este segundo libro, que dedica más espacio a Pío XII, está construido sobre el primero, y en él Phayer modifica su previa interpretación sobre el discurso de la Navidad de 1942 de Pío XII. Sin embargo, mantiene la tesis central de su primer libro, interpretando el silencio del Papa y su decisión de no pronunciarse públicamente y de forma inequívoca contra el asesinato de los judíos como la consecuencia de su predominante anticomunismo y su prioridad en preservar la seguridad y privilegios del Vaticano.

También la historiadora Susan Zuccotti se mostró crítica con el papel de Pío XII ante el Holocausto. Doctorada en historia europea moderna por la Universidad de Columbia, Zuccotti dio clases de la historia del Holocausto en el Barnard College de Nueva York y el Trinity College de Hartford, Connecticut. Entre sus obras destacan los libros The Italians and the Holocaust: Persecution, Rescue and Survival (1987); The Holocaust, the French and the Jews (1993); y el que nos interesa en este caso, Under His Very Windows: The Vatican and the Holocaust in Italy (Yale University Press, 2000). En este libro, Zuccotti limita su investigación sobre el Holocausto y la respuesta papal a Italia desde 1943. Su conclusión final es contundente: Pío XII no se involucró en la defensa, ayuda, ocultamiento y rescate de los judíos italianos, que fueron obra exclusiva de obispos, sacerdotes, hermanos y hermanas de monasterios. Zuccotti fue incapaz de encontrar ni siquiera el rastro de una directiva escrita de Pío XII en tal sentido; tampoco encontró rastro alguno de una directiva oral, refutando una tras otra las alegaciones en contra de los defensores de Pío XII. Quizás la frase que mejor resume las conclusiones de Zuccotti sea aquella que considera que Pío XII nunca estuvo en condiciones de reclamar como suyo el mérito por las valientes acciones de ocultamiento y rescate de judíos italianos emprendidas por hombres y mujeres de la Iglesia Católica en Italia y otos lugares de Europa. Pío XII nunca se mostró dispuesto a tomar la iniciativa o involucrarse directamente en el rescate de judíos que se encontraban en peligro mortal de deportación o asesinato.

El padre jesuita Pierre Blet, S. J., fue uno de los cuatro historiadores jesuitas (uno francés, Blet, uno italiano, uno alemán y finalmente, en 1967, uno americano) a quienes se les encomendó el trabajo de analizar los archivos vaticanos con el objetivo de publicar todos los documentos que recogían la actividad del Vaticano durante la IIGM. Fruto de este trabajo fue la publicación en doce volúmenes, editados por los cuatro jesuitas (el francés Pierre Blet, el italiano Angelo Martini, el alemán Burkhart Schneider y el americano Robert A. Graham) bajo el título Actes et Documents du Saint-Siège relatifs à la Seconde Guerre Mondiale (Vatican City: Libreria Editrice Vaticana, 1965-1981).

Blet decidió hacer un resumen de las Actes et Documents...en un único libro que publicó originalmente en francés en 1997 bajo el título Pie XII et la Seconde Guerre Mondiale D'après les Archives du Vatican (Académique Perrin, 1997), después en inglés como Pius XII and the Second World War: According to the Archives of the Vatican (New York: Paulist Press, 1999), y también, afortunadamente, en español como Pío XII y la Segunda Guerra Mundial (Madrid: Ediciones Cristiandad, S. A., 2004). Blet hace una enérgica defensa de Pío XII y su papel ante los crímenes nazis contra los judíos (en el libro no se nombra ni una sola vez la palabra Holocausto, y sólo aparece dos veces en el prólogo, que no es de Blet, de la edición inglesa), subrayando que si el Papa no se involucró más directamente o no fue más explícito en su denuncia y defensa de los judíos fue por no empeorar su sufrimiento y provocar una respuesta más dura del régimen nazi. Es una justificación clásica al silencio de Pío XII, pero un argumento débil a mi juicio.

Otro autor pro-Pío XII es Ronald J. Rychlak, no un historiador de formación, sino jurista. Profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Mississippi, católico romano, asesor de la Permanent Observer Mission de la Santa Sede en las Naciones Unidas, y condecorado varias veces por la Santa Sede por sus servicios diplomáticos, Rychlak ha publicado dos libros relacionados con nuestro tema: Hitler, the War, and the Pope (Columbus, Mississippi: Genesis Press, Inc., 2000) y, con el filósofo católico Michael Novak, Righteous Gentiles: How Pius XII and the Catholic Church Saved Half a Million Jews From the Nazis (Spence Publishing Company, 2005).

En su primer libro, el único que he leído en parte, Rychlak diferencia el antijudaísmo católico y cristiano derivado de la oposición de la religión judía a reconocer que la aceptación de Jesús es el camino de la salvación, y el antisemitismo racial que la Iglesia Católica rechazó. Refuta toda acusación de antisemitismo en Pío XII y afirma que nunca hizo distinción entre razas, ni siquiera entre católicos y judíos, a la hora de manejar la cuestión de los crímenes nazis. Considera que Pío XII hizo todo lo que estuvo en su poder para ayudar a los judíos sin romper la neutralidad del Vaticano, que Rychlak define como obligatoria. También rechaza la opinión de que el odio al comunismo de Pío XII lo cegara haciendo que se posicionara a favor de los alemanes. Finalmente, considera que un discurso explícito del Papa en favor de los judíos no les habría ayudado porque no tendría efecto práctico en los nazis, sino quizás el contrapuesto. En su epílogo hace una crítica devastadora del libro de Cornwell.

Frank Coppa es uno de los historiadores católicos que yo considero “neutrales”, y un gran especialista en el papado. Doctorado por la Catholic University of America y profesor de historia en la St. John's University de Nueva York, ya retirado, fue distinguido en 2011 con el primer Lifetime Distinguished Scholarship Award por la American Catholic Historical Association. Su vasto conocimiento sobre la historia del papado le permite, casi como a ningún otro historiador envuelto en nuestro tema, evaluar y juzgar el papel desempeñado por Pío XII ante el Holocausto bajo el contexto histórico de la política papal adoptada por Benedicto XV durante la IGM. De su rica obra sólo voy a citar The Papacy, the Jews, and the Holocaust (The Catholic University of America Press, 2006), The Policies and Politics of Pope Pius XII: Between Diplomacy and Morality (New York: Peter Lang Publishing Inc., 2011), y su recién acabada de publicar The Life and Pontificate of Pope Pius XII: Between History and Controversy (The Catholic University of America Press, 2013), que parece ser es la primera biografía de Pacelli que aparece en inglés desde que se han hecho accesibles los documentos del pontificado de Pío XI (1922-1939).

A mi juicio, la contribución más importante de Coppa al debate sobre Pío XII y el Holocausto se encuentra en el capítulo VIII (The “Silence” between History and Polemic) de su segundo libro arriba citado, donde explica las raíces de la “imparcialidad”, la “neutralidad” y el “silencio” de Pío XII durante la IIGM en general y el Holocausto en particular. Coppa señala los dos objetivos políticos prioritarios del inicio del pontificado de Pío XII: conciliación con el estado nazi y preservación de la paz. Añade otros, como la preservación de la Iglesia Católica y los fieles en Alemania, y la preservación de la soberanía y seguridad del Vaticano. Pío XII creyó que esos objetivos requerían un grado de “silencio” e “imparcialidad” por parte del papado para evitar las represalias de los regímenes fascistas. Pero observa Coppa atinadamente que esa política de silencio e imparcialidad no se había originado con Pío XII, sino con Benedicto XV y su secretario de estado, el cardenal Gasparri, en la IGM.

Así, en opinión del autor, ha persistido durante mucho tiempo una confusión sobre los temas de la neutralidad, la imparcialidad y el silencio papal a la hora de evaluar el papel de Pío XII. La dicotomía entre imparcialidad y neutralidad, explica Coppa, venía del hecho de la insistencia del papado en el derecho -en realidad la responsabilidad- del Vicario de Cristo a realizar juicios morales. Más allá de la tradicional definición de neutralidad, Benedicto XV y su secretario de estado razonaron que el papado estaba obligado a tomar decisiones morales y, por tanto, no podía ser neutral en asuntos morales. Pero no necesitaba entrar en la arena pública para hacer pronunciamientos públicos o favorecer a un bando contra el otro en una disputa; por eso el papado tenía la responsabilidad de permanecer políticamente imparcial. La imparcialidad, sigue Coppa, significaba para Pío XII un mandato virtual de los Acuerdos Lateranos, una interpretación de la que discrepaba Pío XI, más dispuesto por temperamento a una confrontación con el régimen nazi. Aquí se encuentra la raíz del subtítulo del libro de Coppa: Between Diplomacy and Morality; diplomacia y moral son, a mi entender, los dos ejes sobre los que debe girar fundamentalmente la valoración, ya sea de crítica o defensa, del papel de Pío XII ante el Holocausto.

Para quienes no tengan oportunidad de leer estos libros de Coppa, recomiendo la lectura de su contribución a la Conferencia de la Universidad de Brown (Providence, Rhode Island), celebrada en octubre de 2010 y cuyo tema tuvo por título Pius XI and America. La charla de Coppa tuvo por título The “Crusade” of Pius XI against Anti-Semitism and the “Silence” of Pius XII, que más tarde fue recogido como un capítulo del libro editado por Charles R. Gallagher, David E. Kertzer y Alberto Melloni, Pius XI and America: Proceedings of the Brown University Conference (Providence, October 2010) (Lit Verlag, 2012). El artículo de Coppa está disponible en http://www.watsoninstitute.org/conferen ... 0Brown.pdf

El segundo autor que he escogido como “neutral” es el historiador australiano Paul O'Shea, que ya referencio aprovechando la llamada que he hecho más arriba:

*Paul O'Shea, A Cross too Heavy. Pope Pius XII and the Jews of Europe (New York: Palgrave MacMillan, 2011), p. 82: He was “wedded” to the Church and appears to have felt no need for any other human company, and this later extended to his manner of working with others in Vatican offices. He was content to work under or above others, but not as a colleague or equal. Shared responsibility was not part of his approach to his personal or professional life..

El católico O'Shea es la razón para el “casi” con que limité la referencia a Coppa en el sentido de que (casi) ningún otro historiador que haya escrito sobre nuestro tema ha dedicado tanto espacio al contexto histórico y los antecentes del papado. O'Shea dedica los tres primeros capítulos de su libro a exponer los problemas existentes a la hora de llevar a cabo una investigación histórica sobre Pío XII y a ofrecer una perspectiva sobre el antijudaísmo y antisemitismo cristianos para comprender los antecedentes inmediatos del Holocausto (capítulo uno), tema que profundiza en el capítulo dos y remata en el capítulo tres al examinar la eclesiología católica tridentina tardía del siglo XIX, especialmente en Italia. El capítulo cuatro lo dedica a un bosquejo biográfico de Eugenio Pacelli, los tres capítulos siguientes a la carrera de ascensos de Pacelli en la burocracia vaticana, mientras que el capítulo ocho, que constituye el corazón del libro, en palabras de su autor, se centra en el pontificado de Pío XII entre los años 1939 y 1943, y examina las cuestiones éticas y morales alrededor de la respuesta de Pío XII al Holocausto. El capítulo nueve cierra el libro examinando algunas cuestiones sobre los mitos acerca de Pío XII y la propuesta para su beatificación.

O'Shea ha conseguido escribir un discurso equilibrado y riguroso sobre la figura de Eugenio Pacelli y Pío XII, si bien el alcance de su investigación sólo llega realmente hasta 1943. Hay una buena razón para esta limitación temporal, y está implícita en la conclusión final de O'Shea sobre la actuación de Pío XII ante el Holocausto. Traduciré los sustancial de su conclusión:

[Pío XII] Estaba completamente convencido (hasta donde yo puedo establecer en base a la limitada evidencia documental accesible) de que su papel le impedía cualquier forma directa de condena del exterminio de los judíos europeos de la misma forma que creía que su papel le impedía una condena de las atrocidades soviéticas. Admito que hay lógica en su pensamiento -neutralidad en la acción y estricta adherencia pública a la imparcialidad- pero no puedo aceptar el argumento moral que lo sustenta.

[...] Pero permanece la cuestión moral. ¿Por qué, cuando supo sin duda lo que estaba sucediendo a los judíos de Europa, y más preocupante, cuando los judíos de Roma fueron redados, no se expresó con palabras claras que no pudieran ser malentendidas? ¿Por qué recurrió a un lenguaje arcano y a procedimientos diplomáticos que pertenecían a la Edad Media, mientras los judíos languidecían, en prisión, a las orillas del Tíber "bajo sus propias ventanas"? ["under his very windows", hace referencia al título del libro de Susan Zuccotti]. ¿Por qué el Vicario de Cristo, que afirmó después de la guerra que sus palabras tuvieron efecto, no usó esas mismas palabras para hablar en defensa de los judíos? Este hombre "místico", sin expresarlo o reconocerlo jamás, permitió que la larga historia de la judeofobia cristiana lo mantuviera en silencio. El destino de los judíos quedaría en las manos de Dios, porque en la serie de opciones que afrontó el Papa, los abandonados judíos serían siempre "víctima de menos valía" ["lesser victims"] que todas las demás. Es alcanzar una terrible conclusión.

[...] Una y otra vez, ya fuera en las salas del departamento de estado en Washington, D. C., en Whitehall o en los corredores del Vaticano, los judíos fueron colocados siempre por detrás de cualquier otro grupo que clamara ayuda. La intención en Roma pudo no haber estado motivada política o religiosamente, pero allí estaba no obstante. Pío XII no habló claramente porque no quiso hacerlo. Sus acciones y palabras hasta la aktion de Roma en octubre de 1943 son defendibles. Después de octubre de 1943, no lo son. (pp. 220-222).

Son palabras valientes y honestas de un historiador católico.

Este intento de breve ensayo bibliográfico se ha hecho largo, y lo peor es que sólo es la mitad de lo que pretendía escribir. Dejaré, pues, para una segunda entrega el remate del mismo.

Saludos cordiales
JL
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Re: La Iglesia Católica y el Holocausto.

Mensajepor José Luis » Lun Feb 25, 2013 9:58 am

¡Hola a todos!

Un ejemplo de lo que, a mi juicio, traspasa los límites razonables del debate histórico sobre el tema que aquí examinamos, viene dado por la recopilación de artículos y ensayos que conforman el libro que paso a referenciar.

Joseph Bottum y David Dalin han reunido, como editores, en The Pius Wars: Responses to the Critics of Pius XII (Lexington Books, 2004) artículos y ensayos de una serie de autores cuyo objetivo principal es refutar lo que ellos, en su conjunto, consideraron un ataque contra la Iglesia Católica y Pío XII; es decir, la serie de obras populares y académicas (Hochhuth, Cornwell, Zuccotti, Goldhagen...) que previamente criticaron el papel de la jerarquía de la Iglesia Católica, en general, y Pío XII, en particular, ante, fundamentalmente, el Holocausto. Lamentablemente, también ellos mismos se convierten en atacantes y, además, censores.

El libro, del cual sigo la primera edición de bolsillo de Lexington de 2010, está estructurado en una introducción, once capítulos y una bibliografía anotada de obras sobre Pío XII, la IIGM y el Holocausto. Bottum, editor del Weekly Standard y editor de poesía de First Things, presenta la introducción; el rabino Dalin, profesor de historia y ciencias políticas en la católica Ave Maria University de Florida, escribe el capítulo 1 titulado “Pius XII and the Jews”; Robert Louis Wilken, profesor de Historia del Cristianismo en la Universidad de Virginia, el capítulo 2 “Dismantling the Cross”; el ya tratado Ronald Rychlak titula el capítulo 3 “A Dangerous Thing to Do”; Justus George Lawler, editor del Continuum International Publishing Group, escribe el capítulo 4 “A New Syllabus of Errors”; Russell Hittinger, jefe del departamento de filosofía y religión de la Universidad de Tulsa, el 5 “Desesperately Seeking Culprits”, Kevin M. Doyle, abogado de los pobres acusados de delitos capitales, el 6 “The Land of What If”; el padre John Jay Hughes de la archidiócesis católica de St. Louis, el 7 “Something Deeply Shameful”; John S. Conway, profesor emérito de historia de la universidad pública canadiense University of British Columbia, el 8 “How Not To Deal with History”; Rainer Decker, jefe del departamento de historia de la Studienseminar Sekundarstufe II de Paderborn, Alemania, el 9 “To Avoid Worse Evils”; el teólogo Michael Novak el 10 “Bigotry's New Low”; Bottum el 11 “Pius XII and the Nazis”; y finalmente William Doino Jr., comentarista y escritor católico, escribe un ensayo bibliográfico que constituye el grueso del libro, con casi 200 páginas de uno total de casi 300 que tiene el libro.

¿Qué alberga este libro, en esencia y en general? En mi opinión, cierta atmósfera dogmática y no poca autocomplacencia que vician, de alguna forma, su argumentación y refutación generales de las tesis y críticas de los críticos de Pío XII. A la crítica historiográfica sobre el papel de Pío XII ante el Holocausto se la considera, en general, un ataque al papado y a la Iglesia Católica. Para estos autores nadie podía haber hecho más de lo que hizo Pío XII en favor de los judíos europeos. Quizás lo que digo está bien ilustrado en la frase con la cual Bottum cierra el último capítulo del libro (itálicas mías):

What we will arrive at from such a systematic history is, I believe, an ability to recognize both the sanctity of Pius XII and the failure of all he longed for. An ability to recognize that he did more than anyone else to prevent war, and nonetheless war came. An ability to recognize that the Catholic Church saved more than 700,000 Jews from the Nazis, buth nonetheless six million others died. An ability to recognize that no one could have done better than this good, brilliant, powerful man, and nonetheles it was not enough. (Bottum, 97)

En el fondo, lo que subyace en esta frase es el fracaso de lo que se defiende. Lo he marcado con cursiva. Bottum pone a Pío XII como la figura que más se esforzó para evitar la guerra, algo cuestionable como mínimo, pero cambia de sujeto cuando lo que se trata es de nombrar a quien más hizo, en su opinión, por salvar judíos. Ya no usa el pronombre “él” (Pío XII), sino esa abstracción que esconde “the Catholich Church”, “la Iglesia Católica”. Y al afirmar que nadia lo podía haber hecho mejor que Pío XII, “este hombre bueno, brillante y poderoso” (sin especificar qué, aunque se supone que se refiere a salvar judíos), y acto seguido reconocer que, sin embargo, no fue suficiente, está contradiciéndose en los términos. Y para demostrarlo no hay más que recordar que hubo muchos más hombres y mujeres, dentro y fuera de la Iglesia Católica, que por propia iniciativa, cuenta y riesgo, hicieron mucho más y arriesgaron mucho más que el santísimo Vicario de Cristo por ocultar, ayudar y rescatar a los judíos.

Este argumento que afirma que Pío XII hizo todo cuanto pudo para salvar a los judíos es un recurso muy utilizado en este libro y común a casi todos los defensores de Pío XII que recuerdo. Sin embargo, al no demostrarlo con hechos, pareciera que sus autores, todos ellos católicos, pretendan que sus lectores lo reciban como un acto de fe. Normalmente, los defensores de Pío XII en este asunto, radicales y moderados, y también muchos de sus críticos, se detienen a mostrar las repercusiones mundiales que tuvieron algunos de los discursos y encíclicas de Pío XII, mayormente en la prensa y en los gobiernos nazi y fascista. Pero a excepción de algunos de los críticos de Pío XII, pocos son los que se detienen a examinar qué repercusiones tuvieron esos mensajes papales en quienes realmente estaban sufriendo los crímenes nazis y/o luchando contra ellos, judíos y no-judíos. Es al examinar lo que pensaron y expresaron las víctimas de los crímenes nazis, ya desde la invasión alemana de Polonia en septiembre de 1939, acerca de los mensajes papales, cuando surge la mayor refutación contra ese supuesto máximo esfuerzo de Pío XII de ayuda a esas víctimas. Las víctimas católicas sufridoras del nazismo esperaban una frase de apoyo de Pío XII, una frase sin circunloquios, directa y rotunda; las judías se contentaban con que el Papa se refiriera explícitamente a ellas, aunque sólo fuese con una única palabra: “judíos”. Pero nunca llegaron a escucharla porque Pío XII jamás la introdujo en sus mensajes públicos. Este hecho es incontestable, y debiera reconocerse por todos los que, más allá del dogmatismo, defienden legítimamente a Pío XII.

Sin embargo, lo que más me interesa de este libro es la imagen que se proyecta, casi común en sus autores, de la crítica legítima y, salvo excepciones muy contadas, sólida al papel desempeñado por Pío XII ante el Holocausto y su perpetrador, el régimen nazi; digo que esa imagen la proyectan como un ataque directo, una campaña antipapal (una especie de conspiración) y anticatólica. Esta posición esconde, a mi juicio, la debilidad de su defensa, pues en vez de destacar por intentar refutar los argumentos de los críticos con otros argumentos y evidencia histórica exclusivamente, se pierde no pocas veces, en cambio, en descalificar a los críticos y realizar juicios de intenciones sobre los mismos. Esto es lo que han hecho varios autores de este libro con, por ejemplo, Daniel J. Goldhagen y su A Moral Reckoning: The Role of the Church in the Holocaust and Its Unfulfilled Duty of Repair (New York: Knopf, 2002).

Goldhagen se adelantó a sus feroces críticos cuando escribió en este libro (utilizo la edición de Vintage Books, 2003) que:

La gente que dice simples verdades sobre la participación de los alemanes comunes en el Holocausto, sobre el uso de judíos y no-judíos como mano de obra forzada por los alemanes, sobre la existencia de un antisemitismo extendido en Alemania durante el periodo nazi, sobre los bancos suizos que han robado dinero a las víctimas del Holocausto o sus herederos, sobre algunos destacados historiadores alemanes que han sido nazis devotos sirviendo al régimen en sus criminales políticas racistas...,sobre la Iglesia Católica o Pío XII no estando libres de culpa, es atacada personalmente con acusaciones de prejuicios y de perseguir al inocente. Es censurada con motivos inventados que se les atribuye, por ser supuestamente antialemanes, antisuizos o anticatólicos. Es censurada por atreverse a emitir juicios sobre otros, por atribuida arrogancia. No importa que la alternativa a emitir juicios sea equivalente a que dejemos pasar sin censura a los asesinos de masas y a quienes los ayudaron de varias maneras, y a aquellos que se beneficiaron criminalmente del asesinato en masa. Estas acusaciones son claramente insinceras, ataques hipócritas para esquivar el escrutinio de lo indenfendible objetiva y moralmente, escrutinio que es visto como amenazante para la posición moral y política contemporánea, para los intereses económicos, y para las carreras académicas. (Goldhagen, 13).

El libro de Goldhagen, sin aportar ninguna información nueva, es interesante, más allá de su enfoque moral (que parece haber enfurecido a sus detractores), porque plantea alternativas a la política de Pío XII hacia los judíos europeos con ejemplos concretos. Así, cita el caso de la Iglesia Luterana danesa, muy activa en la defensa de los judíos, y a la cual los nazis no hicieron nada, pese a su llamada a una “lucha” nacional contra los alemanes en nombre de los judíos. Pío XII conoció esa protesta de la iglesia danesa, la cual tuvo lugar dos semanas antes de que los alemanes comenzaran a deportar a los judíos de Roma y meses antes de las deportaciones de judíos de otras partes de Italia, como Trieste (7 de diciembre de 1943 a 24 de febrero de 1945), y de otras partes de Europa, como Hungría (comenzando aquí en mayo de 1944). Goldhagen escribe que aquí tuvo Pío XII un modelo de acción exitosa contra la aniquilación de los judíos, pero se negó a seguirlo. Y es un modelo, sigue Goldhagen, que los defensores de Pío XII no mencionan, pese al hecho de que el 100 por ciento de los más de 7.000 judíos rescatados de Dinamarca sobrevivió a la guerra. Lo que no se puede decir de los 1.900 judíos a quienes los alemanes deportaron de Roma a Auschwitz en octubre de 1943 y en los meses siguientes. Si los católicos que en Italia tomaron la iniciativa de ayudar a los judíos, algunas veces para disgusto del Vaticano, hubieran seguido el ejemplo de Pío XII y no hubieran hecho nada, especula Goldhagen, entonces los alemanes habría matado a muchos miles más. También es importante, para valorar la actitud de Pío XII, concluye Goldhagen, el destino de los cerca de 500 judíos daneses a quienes los alemanes consiguieron deportar. En parte porque los funcionarios daneses demostraron apasionadamente su preocupación por los judíos de su país, los alemanes no los enviaron a Auschwitz, sino a Theresienstadt, donde se permitió que los funcionarios daneses y los de la Cruz Roja visitaran a los judíos daneses y supervisasen su bienestar. El 90 por ciento de los judíos deportados de Dinamarca sobrevivió a la guerra. Sin embargo, finaliza Goldhagen, el Papa y sus representantes no hicieron ningún esfuerzo genuino para atender a los judíos deportados de Roma y de otras partes de Italia y Europa, salvo indagaciones “ocasionales y superficiales”. (Goldhagen, 51-52).

Aunque, en mi opinión, estas (y otras) afirmaciones de Goldhagen necesitan del matiz y aun la corrección, su esencia es válida porque representa acertadamente el fondo del problema, más allá de los detalles. Naturalmente, Goldhagen fue contestado, a veces de forma injustificadamente acerada, y ello se comprueba en el libro arriba citado, The Pius Wars . Bottum lo critica por llamar a Pío XII “colaborador nazi”, y Michael Novak acusa a la New Republic de sancionar el fanatismo y de hundirse en la “ciénaga del fanatismo” por conceder a Goldhagen veinte páginas de su revista (antes de publicar su libro citado, Goldhagen escribió un ensayo en dicha revista titulado “What Would Jesus Have Done?”, New Republic, 21 de enero de 2002, pp. 21-45). En la misma línea, Doino considera que la New Republic “publicó un ataque de 25.000 palabras contra la Iglesia Católica Romana”, al tiempo que afirma que Goldhagen repite casi toda acusación que se haya lanzado desde siempre contra la Iglesia Católica y el Nuevo Testamento.

El libro de Bottum et al (y especialmente el ensayo bibliográfico de Doino) es en principio una respuesta razonablemente fundada y relativamente sólida, pero en ambos casos cuestionable, a las obras de varios críticos acerca del papel de Pío XII y la jerarquía de la Iglesia Católica ante el Holocausto; pero queda, a mi juicio, muy debilitada, ensombreciendo así mucha de su fuerza argumental, al rebasar la frontera propia del debate histórico y caer en la descalificación personal, cuando no en la intolerancia y el fanatismo que ellos mismos denuncian previamente en los críticos de Pío XII.

Continuaré otro día; pero, si hace, cualquiera puede intervenir para lo que estime oportuno.

Saludos cordiales
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Re: La Iglesia Católica y el Holocausto.

Mensajepor José Luis » Mar Feb 26, 2013 8:48 am

¡Hola a todos!

Como contrapunto al libro arriba citado de Bottum et al, he escogido un libro cuyos autores se limitan exclusivamente al terreno académico. Está editado por Carol Ritter y John K. Roth y lleva por título Pope Pius XII and the Holocaust (New York: Leicester University Press, 2002).

Ritter es, entre otras distinciones, una Sister of Mercy (Hermana de la Caridad) y Profesora Distinguida de Estudios del Holocausto en el Richard Stockton College de New Jersey. Roth es profesor Russell K. Pitzer de Filosofía en el Claremont McKenna College y ha formado parte del United States Holocaust Memorial Council y de la junta editorial del Holocaust and Genocide Studies. Escriben conjuntamente la introducción, la cronología de Pío XII y el Holocausto, y el epílogo, e individualmente los capítulos de la Parte III del libro (“Evaluating Pius XII and his Legacy”) que llevan por títulos “'High Ideals' and 'Innocuous Reaction': An American Protestant's Reflections on Pope Pius XII and the Holocaust” (Roth), y “What Kind of Witness?” (Ritter).

Este libro fue el resultado de una reunión a la que asistieron 13 especialistas en la materia convocados por los dos editores, y a la que se hará referencia más adelante. Paso a proporcionar sus datos y contribuciones.

La Parte I del libro se titula “Exploring the Controversies Surrounding Pope Pius XII and the Holocaust”, y está dividida en los siguientes capítulos:

-”Pius XII and the Holocaust: Ten Essential Themes”, por Michael M. Marrus, profesor de historia, decano de la Graduate School de la Universidad de Toronto y miembro de la Royal Society de Canadá. Fue uno de los tres académicos judíos de la ICJHC y es autor de varias obras entre las que destaco The Holocaust in History (Brandeis, 1987) y Some Measure of Justice: The Holocaust Era Restitution Campaign of the 1990s (University of Wisconsin Press, 2009).

-”The Papacy of Pius XII: The Known and the Unknown”, por John T. Pawlikowski, de la Orden de los Servitas, y profesor de Ética Social en la Catholic Theological Union (CTU) de Chicago, donde también trabaja como co-director de Estudios Católico-Judíos en el Cardinal Bernadin Center de la CTU. Ha coeditado numerosos libros, como Good and Evil after Auschwitz: Ethical Implications for Today (Ktav Pub Inc., 2001) y Ethics in the Shadow of the Holocaust: Christian and Jewish Perspectives (Sheed & War, 2001).

-”What Is Known Today: A Brief Review of the Literature”, por Eugene J. Fisher, director adjunto del Secretariat for Ecumenical and Interreligious Affairs de la National Conference of Catholic Bishops de Washington, D.C. Ha publicado numerosos libros y artículos de temática religiosa, y en 1981 fue nombrado por Juan Pablo II Consultor de la Comisión (de la Santa Sede) para las Relaciones Religiosas con los Judíos. En 1999 fue nombrado Coordinador para la International Catholic-Jewish Historical Commission (ICJHC) que examinó el papel de la Santa Sede durante la IIGM y el Holocausto.

-”Pius XII: A Reappraisal”, por Sergio I. Minerbi, historiador israelí que ha trabajado en la Universidad Hebrea de Jerusalén y en el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Haifa de Israel, y en varios puestos diplomáticos como embajador de su país.

-”An Easy Target? The Controversy about Pius XII and the Holocaust”, por Doris L. Bergen, profesora de Historia en la Universidad de Notre-Dame, Indiana, donde imparte clases sobre la Europa del siglo XX, la Alemania moderna, la IIGM y el Holocausto. Entre sus publicaciones destacan Twisted Cross: The German Christian Movement in the Third Reich (The University of North Carolina Press, 1996); Sword of the Lord: Military Chaplains from the First to the Twenty-First Century (University of Notre-Dame Press, 2004); y War and Genocide: A Concise History of the Holocaust (Lanham, Maryland: Rowman & Littlefield Publishers, Inc., 2009). También ha escrito un artículo titulado “German Military Chaplains in World War II and the Dilemmas of Legitimacy”, que para quien tenga interés en leerlo está disponible en
http://www.thefreelibrary.com/German+Mi ... a076751697

La Parte II lleva por título “Understanding the Man and His Policies”, y consta de los siguientes capítulos:

-”The Spirituality of Pius XII”, por Eva Fleischner, profesora emérita de religión en la Montclair State University de New Jersey y autora de numerosos ensayos sobre el Holocausto. Fue una de los tres miembros católico romanos, y la única mujer, quje sirvió en la citada ICJHC, siendo su tarea examinar críticamente los 11 volúmenes* del material de archivo vaticano sobre el papel de la Sante Sede durante el Holocausto.

-”Crucifixion and Holocaust: The Views of Pius XII and the Jews”, por Gershon Greenberg, profesor de religión en la American University de Washington, D.C., y ha colaborado en varias obras sobre el Holocausto, como por ejemplo Wrestling with God: Jewish Theological Responses during and after the Holocaust (Oxford University Press, 2007).

-”Pope Pius XII, Roman Catholic Policy, and the Holocaust in Hungary: An Analysis of Le Saint Siège et les victimes de la guerre, janvier 1944-juillet 1945”, por John F. Morley, sacerdote católico romano, profesor adjunto en el departamento de estudios religiosos de la Seton Hall University de South Orange, New Jersey. Entre su trabajo destaca Vatican Diplomacy and the Jews during the Holocaust, 1939-1943 (Ktav Pub Inc., 1980).

-”Pope Pius XII and the Shoah”, por Richard L. Rubenstein, presidente emérito y profesor distinguido de religión y director del Center for Holocaust and Genocide Studies de la Universidad de Bridgeport de Connecticut, así como profesor emérito de religión en la Universidad Estatal de Florida. Su primer libro, After Auschwitz (1966), abrió el debate contemporáneo sobre el significado del Holocausto en el pensamiento religioso judío y cristiano. Es coautor, con Roth, de Approaches to Auschwitz: The Holocaust and Its Legacy (Louisville, Kentucky: Westminster John Knox Press, 2003).

La Parte III, “Evaluating Pius XII and His Legacy” completa el libro con:

-”Pope Pius XII and the Rescue of Jews during the Holocaust: Examining Commonly Accepted Assertions”, por Susan Zuccotti, de quien ya he hablado en una anterior reseña.

-”Ethical Questions about Papal Policy”, por Michael Phayer, del que también he hablado ya.

-”The Catholic-Jewish Dialogue: A View from the Grass Roots”, por James J. Doyle, sacerdote de la Santa Cruz, Ethicist-in-Residence en el ya citado King's College de Pennsylvanya, y editor de los cuatro volúmenes de la Encyclopedia of Bioethics (1978).

-”Interfaith Anguish”, por Albert Friedlander, rabino emérito de la Sinagoga de Westminster, decano del Leo Baeck College de Londres y autor de varios libros relacionados con el Holocausto.

¿Cuál fue la razón de ser de este libro? Carol Ritter y John K. Roth la explican en su introducción (titulada “Calls for Help”), luego de exponer brevemente las declaraciones de Rudolf Reder, uno de los dos únicos supervivientes conocidos del campo de exterminio de Belzec, según las tradujo la académica Margaret M. Rudel **. Cuando Ritter y Roth comentan un artículo escrito por el rabino David G. Dalin en el semanario conservador Weekly Standard, “Pius XII and the Jews”, el 26 de febrero de 2001, donde Dalin observa un “torrente actual” de libros sobre Pío XII que incluye nueve estudios publicados en los 18 meses previos a la aparición de su artículo, Ritter y Roth señalan que Dalin opina que, de esos nueve estudios, “los libros que vilipendian al papa...han recibido la mayor parte de la atención”, circunstancia que le causa una profunda inquietud. Y resumen en tres las grandes razones por las que Dalin se siente profundamente atribulado ante este hecho. Ritter y Roth las exponen y comentan a continuación.

La primera viene dada por su afirmación de que los críticos de Pío XII tienden a distorsionar y abusar de la evidencia histórica. Dalin acusa a esos críticos de utlizar una técnica atacante que “requiere solamente que la evidencia favorable sea lea con la peor luz y se atenga al estricto texto, mientras que la evidencia desfavorable sea lea con la mejor luz y no se atenga a ningún texto”.

La segunda la expresa Dalin al afirmar que los críticos de Pío XII tienden a “usurpar el Holocausto y usarlo con propósitos partidistas”, identificando estos propósitos con los de los “católicos liberales” que combaten a los “tradicionalistas” sobre “el futuro del papado”, y que encuentran en el Holocausto “el club más grande” que tienen disponible.

La tercera gran preocupación de Dalin considera que la crítica de Pío XII pasa por alto y descarta el testimonio judío, parte del cual procede de supervivientes del Holocausto que, en su opinión, contemplaron a Pío XII en la época como “el oponente mundial más destacado de la ideología nazi”.

A cada una de estas tres grandes razones de Dalin responde Ritter y Roth con los siguientes comentarios.

Sobre la primera razón de Dalin, dicen que una generalización tan inexacta como la suya no resiste el análisis. Coinciden en que Dalin tiene razón en cuanto a que la evidencia sobre Pío XII y el Holocausto es refutada y refutable. Y que fue por esta razón que el grupo de especialistas que colaboran en el libro de Ritter y Roth decidieron reunirse en el King's College de Wilkes-Barre, Pennsylvania, en abril de 2000, convocados por los dos editores para valorar el estado académico y el debate sobre Pío XII y el Holocausto. Fruto de este diálogo cara a cara por parte de los 15 participantes es el libro que publicaron y que aquí comento. Ritter y Roth explican que con la diversidad de identidades judías y cristianas del grupo y sus diferentes aproximaciones metodológicas, más su considerable experiencia individual y colectiva en los estudios del Holocausto y los estudios religiosos, el grupo consideró cuestiones como la manera de comprender las políticas del Vaticano durante la guerra, si Pío XII podría haber frenado el Holocausto condenando vigorosamente las matanzas nazis de judíos, si Pío XII fue realmente el “papa de Hitler” como sostiene Cornwell, o si se ha convertido en un chivo expiatorio en vez de recibir la canonización como un santo católico romano. Finalmente, para judíos y cristianos, ¿qué implicaciones afloran del legado de Pío XII y las interpretaciones actuales de su verdadera identidad?

Sobre la segunda razón de Dalin, comentan que la descripción simplistamente polémica de Dalin difícilmente hace reconocibles a los críticos que tiene en mente (James Carroll, Garry Wills, Cornwell y Zuccotti, entre otros), pero es correcta en un sentido: los temas que rodean a Pío XII y el Holocausto tienen implicaciones sobre cómo debe ser entendido el cristianismo y por tanto quiénes deberían ser los líderes de la fe y cómo deberían hablar y actuar. Sin embargo, reducir esta discusión a una lucha política polarizada entre conservadores y liberales brinda poca ayuda porque semejante estrategia limita un debate que merece incluir en él voces ajenas a la comunidad católica romana -como por ejemplo protestantes y judíos- y porque limita también la investigación abierta que debe seguir si se pretende incrementar una sólida comprensión del tema. En cuanto a la afirmación de que los críticos de Pío XII han usurpado el Holocausto, los editores dicen que Dalin usa una técnica ahora predecible, que Roth llama “política del Holocausto”. Esta estrategia surge frecuentemente en disputas sobre cómo debería ser interpretado, recordado y conmemorado el Holocausto. Su acusación consiste en que aquellos con quienes uno discrepa, no respetan el Holocausto o hacen un mal uso de él, una acusación que reclama para el acusador una gran base moral, y que presume en el acusador un conocimiento mejor que el de cualquier otro sobre lo que realmente entraña interpretar, recordar y conmemorar el Holocausto.

También relacionada con la estrategia anterior, hay otra acusación sobre quienes son acusados de deshonrar el Holocausto, en el sentido de que lo hacen así a menudo por lo que Dalin apoda una “monstruosa equivalencia moral” de un tipo u otro. Por ejemplo, en la interpretación de Dalin, Cornwell, Wills y Carroll (los tres supuestamente vilipendiando a Pío XII), son culpables de extraer odiosos paralelismos entre el tradicionalismo de Juan Pablo II y el supuesto antisemitismo de Pío XII y entre la “posición actual del Vaticano sobre la autoridad papal” y acusaciones sobre la supuesta “complicidad en el exterminio nazi de los judíos” del Vaticano. Una vez más, las afirmaciones de Dalin son tan cuestionables como histriónicas. Los argumentos que apelan a “no respetar o hacer mal uso del Holocausto” o a “monstruosas equivalencias morales” se hacen normalmente cuando los “hechos inconvenientes” (tal como los llamó el sociólogo Max Weber) van contra las opiniones que uno está intentando defender. Estos procederes no son estrategias académicas, sino estrategias políticas y periodísticas, dirigidas a silenciar a la oposición porque no pueden refutarla de forma empírica.

Sobre la tercera razón de Dalin, donde el rabino cita como ejemplos a Albert Einstein, Chaim Weizmann, Golda Meir, Moshe Sharett, los rabinos Isaac Herzog y Elio Toaff y otros, Ritter y Roth comentan que lo hace a pesar de que puede ser el caso de que sea Dalin quien está extrayendo equivalencias morales problemáticas al afirmar que Pío XII era “genuina y profundamente, un justo gentil”, honor judío que se reserva normalmente a los no-judíos que arriesgan sus vidas, desinteresadamente, para rescatar personalmente judíos que fueron objetivos nazis durante el Holocausto.

Como podemos observar, Ritter y Roth hacen, en su introducción, una crítica a los comentarios de Dalin que se ciñe al terreno puramente académico, sin necesidad de recurrir a las descalificaciones personales que tanto abundan en el libro editado por Bottum y, precisamente, Dalin, y que he comentado en mi anterior intervención.

Y lo mismo sucede con los autores que contribuyen en el libro. Por ejemplo, al comentar la obra de Hochhuth (Der Stellvertreter), Richard Rubenstein se refiere al autor como un alemán protestante, resume cómo pinta el dramaturgo a Pío XII y subraya cómo encendió la controversia, y cómo, dado su éxito entre el público, provocó al año de sus representaciones que Pablo VI hiciera una excepción a la regla con los archivos vaticanos (que debían permanecer secretos durante 75 años), ordenando que un grupo de académicos jesuitas examinara una parte de los mismos para su publicación (y fruto de ello fueron las Actes et documents...ya citadas). Rubenstein no necesita recurrir, como sucede en el libro de Bottum y Dalin, a la teoría de la supuesta conspiración comunista o de la campaña antipapal soviética, y decir que Hochhuth era un marxista.

Finalmente, y también a diferencia del libro editado por Bottum y Dali, el libro de Ritter et al no es una multi-contribución dominada por una única visión, la de la defensa, sobre el papel de Pío XII. Cada autor expone respetuosamente su propio punto de vista y lo argumenta, ya sea de crítica, de defensa, de ambas posturas o de distanciamiento sobre la política de Pío XII ante el Holocausto. Esta es la manera ideal en que, a mi juicio, debe enfocarse y tratarse la controversia sobre el tema.

*Las Actes et documents..., como aclaran Ritter y Roth, están publicadas, en realidad, en 11 volúmenes. Lo que sucede es que el tercer volumen contiene dos libros de documentos, y por ello algunos autores hablan de 12 en lugar de 11 volúmenes (Ritter, Roth, p. 6).

**Según nota de los editores (nota 1, p. 11), las declaraciones sobre su experiencia en Belzec fueron escritas originalmente por Reder con la ayuda de Nella Rost y publicadas por la Comisión Histórica Regional Judía de Cracovia, Polonia, en 1946. Aparecieron en inglés en 2000, traducidas por Margaret Rudel, en Antony Polonsky (ed.), Polin: Studies in Polish Jewry, Vol. 13, Focusing on the Holocaust and Its Aftermath (London: Littman Library of Jewish Civilization, 2000), 268-89.

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Re: La Iglesia Católica y el Holocausto.

Mensajepor maxtor » Mar Feb 26, 2013 6:25 pm

Saludos cordiales.

El bueno de Godhagen no suele andarse por las ramas por los libros que he leído de él. Es cierto que el tema del Holocausto y la Iglesia Católica enciende los debates y coincido en que hay mucho dogmatismo y agresividad “verbal”, toda crítica se suele entender como ataque contra los cimientos del cristianismo católico y no debería ser así.

Criticar, analizar o entender el comportamiento del Papa Pío XII durante la 2GM y en concreto durante el periodo donde ya se hizo evidente que había un Holocausto judío no es un ataque contra la Iglesia Católica como religión o ideología personal, por lo menos, mi intención en los anteriores escritos fue exponer dos autores que desde diferentes puntos de vistan analizan hechos similares y ver qué explicación otorgan al “silencio” de Pío XII.

El Papa Pío XII dio bastante autonomía de acción a sus eclesiásticos en cada país en concreto al objeto de valorar qué ayuda o línea de acción era la más adecuada para ayudar a todas las víctimas que pudieran socorrer y entre ellos a los judíos, no dudo que la historiadora Zuccotti no haya encontrado documento alguno que indique expresamente una línea de acción de ayuda ordenada por el Papa Pío XII, pero se me hace difícil poder pensar que sin su aprobación tácita esa ayuda no hubiera sido posible.

El hecho de incidir en las repercusiones mediáticas que ciertos discursos del Papa tuvieron en esos años indica el que los alemanes y no alemanes en su época pudiero percibirlos como un ataque a su sistema e ideología nazi, por lo menos esa valoración la encontré en Michel Burleigh que parece contradecir claramente la opinión de Freidländer en cuanto a que el discurso de Navidad del Papa en 1942 apenas tuvo eco internacional y ni siquiera fue mencionado en la documentación alemana al respecto, y si bien en el caso dané (lo desconocía por completo) una protesta pública protestante no conllevó una represalia inmediata sobre los judíos, sí podemos señalar otros casos donde protestar conllevó el incremento de atrocidades sobre judíos y católicos.

Yo tengo una opinión personal crítica contra la actitud del Papa Pío XII y creo sinceramente que debió pegar un puñetazo en la mesa y haberse posicionado en contra de todos los crímenes nazis, bolcheviques y de quien hubiera sido ( y cuando tuvo que criticar a los Aliados con los bombardeos lo hizo), y cuando hubieron noticias del exterminio judío, ¿en qué iba a perjudicar hablar claro sobre esas matanzas?, ¿las incrementaría?, no dudo que pudo ser ese su pensamiento, pero la realidad fue que al final con o sin palabras casi 6 millones de judíos fueron exterminados. El no hablar pronto quedó claro que no llevaba a nada y la neutralidad política no fue vista como un bálsamo paralizante por los nazis, todo lo contrario, en muchos casos hay testimonios donde los nazis analizaban que el silencio papal esta asegurado ante sus desmanes, y eso les preocupaba.

Pero creo que las críticas deben ser fundadas y sosegadas en cuanto a imputaciones, Goldhagen habla de “sobre la Iglesia Católca o Pío XII no estando libres de culpa… “, asumiendo que no he leído el libro mencionado por Jose Luis, creo que al hablar de culpa puede hacer inducir al lector que la Iglesia Católica tuvo responsabilidad directa o indirecta en el Holocausto, y si es así su versión de dicho historiador discrepo por completo, pero incluso así lo respetaría y yo personalmente no lo entendería como un ataque al catolicismo sino a la jerarquía de esos años, ya que sí es evidente que muchos católicos, laicos y no laicos ayudaron a miles de judíos.

Respecto a Dinamarca, desde inicio Alemania permitió que en dicho país se mantuviese un gobierno semiautónomo, y parece ser que fue como consecuencia de la importancia geoestratégica de dicho país, de paso hacia Noruega y Suecia y cerca de la costa inglesa al objeto de evitar complicaciones innecesarias, y considerarlo racialmente relacionado con los arios, pero sobre todo por el vital suministro de productos agrícolas (más del 15 % delas necesidades alemanas en 1941). Creo que esos factores pudieron incidir más que la protesta luterana por la situación de los judíos, en que los nazis no incrementaran sus deportaciones, incluso Hitler irritado por la lacónica respuesta del rey Cristian X a la felicitación de su cumpleaños que le había enviado, ordenó que retirasen a Renthe – Fink y exigió que se aplicase una política más dura con los daneses y por ende contra los judíos, ¿puede ser que las anteriores consideraciones estratégicas tuvieran más peso en la decisión de no ir a por todos los judíos danesas?.

Incluso el 22 de septiembre de 1943 Ribbentrop preguntó a Hitler si sería aconsejable deportar judíos daneses en vista de los disturbios que podrían producirse; posteriormente a finales de septiembre Georg F. Duckwitz, consejero de la embajada en materia de transporte marítimo reveló a uno de sus amigos daneses la fecha de la redada. A partir de ahí el gobierno sueco informado de la operación inminente por su embajador en Copenhague, hizo una oferta a Berlín para llevarse a todos los judíos daneses. E incluso Estocolmo informó por radio de dicha oferta, por lo tanto la alerta llegó a los judíos. Finalmente unos siete mil judíos sobrevivieron porque huyeron a Suecia en operaciones coordinadas apoyadas por la mayoría de la población danesa. Detuvieron a unos 485 judíos y fueron ciertamente deportados a Theresienstad donde la mayoría sobrevivió a la guerra.

Creo que en este último punto tuvo mucha importancia la propia intervención de Best ante Eichmann que la protesta luterana para el trato hacia esos judíos deportados a Theresienstad en vez de a Auschwitz (donde seguramente hubieran muerto todos). (sobre la actitud de Best ver el libro de Ulrich Herbert, Werner Best y Hans Kirchhoff, “Denmark: A light in the Darkness of the Holocaust?. A Reply to Gunnar S. Paulsson”, y Herbert, “Best”, pp. 362 y ss).

Creo que el pueblo danés puede sentirse orgulloso como sociedad por lo que hicieron y tuvo mucha parte de culpa en que siete mil judíos sobrevivieran.
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Re: La Iglesia Católica y el Holocausto.

Mensajepor José Luis » Mié Feb 27, 2013 10:14 am

¡Hola a todos!

maxtor escribió:
Pero creo que las críticas deben ser fundadas y sosegadas en cuanto a imputaciones, Goldhagen habla de “sobre la Iglesia Católca o Pío XII no estando libres de culpa… “, asumiendo que no he leído el libro mencionado por Jose Luis, creo que al hablar de culpa puede hacer inducir al lector que la Iglesia Católica tuvo responsabilidad directa o indirecta en el Holocausto, y si es así su versión de dicho historiador discrepo por completo, pero incluso así lo respetaría y yo personalmente no lo entendería como un ataque al catolicismo sino a la jerarquía de esos años, ya que sí es evidente que muchos católicos, laicos y no laicos ayudaron a miles de judíos.


Esa cita no la has copiado adecuadamente. Debías anteponer su comienzo y rematar su predicado: “La gente que dice simples verdades sobre...sobre la Iglesia Católica o Pío XII no estando libres de culpa...es atacada personalmente con acusaciones de prejuicios y de perseguir al inocente”.

Aunque Goldhagen recurre al genérico “gente” (people) para no personalizar su ejemplo, es obvio que él comparte esas críticas. Pero tales críticas, en este caso a la Iglesia Católica y Pío XII, no se deben traducir o interpretar como una acusación de ser partícipes, activa o pasivamente, en la comisión de un genocidio como el Holocausto. Una interpretación así no tiene relación alguna con esas críticas. Goldhagen utiliza muchas veces la palabra “culpable” en su libro citado, pero no para referirse a la Iglesia Católica o Pío XII y el Holocausto, sino para ilustrar cómo se refería la Iglesia Católica a los judíos, a quienes acusó siempre (en plural) de ser culpables de haber matado a Jesucristo.

Llegados a este punto, quizás conviene aclarar cuáles son las principales críticas y acusaciones que se han argumentado contra Pío XII y su respuesta al Holocausto. Sin pretender ser exhaustivo, intentaré exponerlas a continuación.

”Silencio” ante el Holocausto. Bajo este término se quiere significar que los discursos públicos de Pío XII relacionados, de alguna forma, con los genocidios nazis en general, y el cometido contra los judíos en particular, fueron débiles y ambiguos porque nunca se nombró en ellos a los perpetradores de esos crímenes ni a sus víctimas. Dicho de forma más clara, con el “silencio de Pío XII” se alude a la negativa del Papa a denunciar y condenar públicamente, de forma rotunda y clara, al régimen nazi por sus crímenes contra los judíos; y a su negativa, consustancial con la anterior, a nombrar por su nombre (“judíos”) a las víctimas de esos crímenes nazis. Esta es la crítica más común y sólida, y sobre ella principalmente ha girado y gira el largo y agrio debate sobre Pío XII y el Holocausto. También de su explicación han derivado las otras críticas más importantes. Defensores y críticos de Pío XII ha intentado explicar ese “silencio”, y una de las explicaciones más frecuentes entre los críticos entronca con el supuesto antisemitismo de Pío XII, de tal forma que esta explicación o causa del “silencio” se convierte en otra crítica a Pío XII. Otra de las explicaciones, más común entre sus críticos, a su “silencio” sostiene que Pío XII estaba más interesado y preocupado por preservar los derechos, privilegios y seguridad de la Iglesia Católica y los católicos alemanes, así como por preservar los derechos, privilegios, soberanía y seguridad del Vaticano, que en defender y ayudar realmente a los judíos. Finalmente, por rematar estos ejemplos, está la explicación, también más propia de los críticos, que busca en el anticomunismo de Pío XII y su simpatía por Alemania y los alemanes una de las causas de su “silencio”.

A mi juicio, el “silencio de Pío XII” ante el Holocausto, en los términos que he significado, es un hecho irrefutable sobre el que no cabe discusión racional alguna. El problema y el debate surgen cuando se intenta explicar y/o justificar. Los argumentos principales de los defensores de Pío XII para explicar su “silencio” son dos: uno sostiene que el motivo (y objetivo) fundamental de su “silencio” fue evitar el empeoramiento de la situación de los judíos (y de los católicos). En otras palabras, esta línea de argumentación razona que si Pío XII hubiera condenado pública y expresamente al régimen nazi por los crímenes que estaba cometiendo contra los judíos, el resultado práctico de tal condena se habría materializado en un agravamiento de la situación de los judíos, y muy probablemente de los católicos sometidos al imperio nazi. El segundo argumento principal para explicar el “silencio”, remite a la “obligada” neutralidad e imparcialidad del Vaticano. Razona este argumento que Pío XII, como jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano, estaba formalmente sujeto a los Pactos de Letrán de 1929, según los cuales, en su primera sección o Tratado de Conciliación, Italia reconoció a la Santa Sede su soberanía en la esfera internacional, sancionando que la Ciudad del Vaticano se convirtiera de iure en un estado soberano e independiente. Pero asimismo, la Santa Sede se comprometió, como nuevo estado, a mantenerse neutral en las disputas que pudiera haber entre los demás estados (Artículo 24).

Los críticos de Pío XII, en general y fundamentalmente, consideran esta última argumentación una mera excusa que, de aceptarla como buena, equivaldría a supeditar el poder divino al poder temporal. Es decir, al aceptar esta explicación se estaría significando que Pío XII, en este caso, supeditó su auténtica misión como Papa (la guía moral y espiritual de los católicos) a su responsabilidad como jefe del Estado del Vaticano.

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Re: La Iglesia Católica y el Holocausto.

Mensajepor José Luis » Mié Feb 27, 2013 6:18 pm

¡Hola a todos!

Uno de los autores que, en su momento, resumió con cierto rigor y razonable objetividad el estado del debate sobre Pío XII y el Holocausto fue el historiador mexicano José M. Sánchez, profesor emérito de la Saint Louis University, en su Pius XII and the Holocaust: Understanding the Controversy (The Catholic University of America Press, 2003). Se trata de un libro muy bien estructurado en 15 capítulos cuyos títulos adelantan muy bien los temas que analizan. Es un libro de breve extensión (apenas 170 páginas, descontando agradecimientos, bibliografía e índice) y notas a pie de página. Sánchez examina brevemente la vida papal política, lo que sabía Pío XII del Holocausto y lo que dijo sobre la guerra, para pasar luego al grueso de su libro, que es su exposición de las razones que han intentado explicar el comportamiento del Papa, para finalizar valorándolas.

En la conclusión de su libro, capítulo 15 que lleva por título “A Pathetic and Tremendous Figure”, una frase que Harold MacMillan utilizó para definir cómo encontró a Pío XII en una visita que le cursó en el otoño de 1944, Sánchez retoma la frase del entonces Alto Comisionado Británico del Consejo Asesor Aliado para Italia, porque considera que, cualquiera que fuera su verdadero significado, encaja muy bien con Pío XII. “Patético” porque, explica Sánchez, nada pudo hacer por atenuar el horror de la guerra. Como Vicario de Cristo, tenía la misión de actuar como Cristo para la humanidad, y a juicio del Papa esa responsabilidad no incluía la respuesta que sus críticos dicen que debería haber dado. La carga de su deber de cuidar a la Iglesia, junto con su creencia de que una protesta pública empeoraría las cosas, sigue Sánchez, le impidió realizar una rotunda condena de la Alemania nazi. Y “tremendo” porque tenía, para todos los católicos del mundo, el poder espiritual de conducirlos a la salvación. Sánchez concluye esta breve explicación diciendo que Pío XII halló esos dos deberes, Vicario de Cristo y líder de la Iglesia, “imposibles de reconciliar para satisfacer a los críticos que vendrían a juzgar su papel en la guerra”.

A continuación, Sánchez resume su opinión sobre las críticas y defensas que se han realizado sobre Pío XII. La afirmación que considera antisemita a Pío XII y que, por tanto, no estaba interesado en el destino de los judíos, procede fundamentalmente, según el autor mexicano, de ser el líder de una iglesia que ha fomentado el antisemitismo durante siglos. Pero Sánchez matiza que por lo que respecta al individuo (Eugenio Pacelli), esa afirmación tiene poca base objetiva. Y pone algunos ejemplos en los que Pío XII intentó proteger y ayudar a los judíos.

Quienes sostienen que Pío XII temía que Roma fuese destruida y puesta en peligro la seguridad del Vaticano en el caso de que lanzase una enérgica protesta contra el régimen nazi, no tienen mucho fundamento en opinión de Sánchez. La persecución de los judíos había comenzado mucho tiempo antes de que Italia entrase en la guerra, y los campos de exterminio nazis llevaban operando más de un año antes de que los alemanes ocuparan Roma y antes de que la capital italiana fuese el objetivo de las bombas aliadas. Y el hecho, según Sánchez, es que Pío XII no hizo una protesta rotunda antes de que temiera por la destrucción de Roma o estuviera preocupado por la seguridad del Vaticano. Así que eso no parece haber sido una razón importante para explicar su comportamiento.

En cuanto al argumento que sostiene que Pío XII temía (caso de haber protestado enérgicamente) una denuncia unilateral nazi del concordato de 1933 y la exposición de los católicos alemanes a la persecución nazi, aquí Sánchez ve cierto fundamento. Explica que el propio Pío XII afirmó después de la guerra que el concordato le proporcionó una base para la defensa de los católicos alemanes.

La crítica que presenta a Pío XII como un temeroso del comunismo soviético (mucho más que del nazismo) que veía en la Alemania nazi un baluarte contra su expansión, carece de fundamento, según Sánchez, si se tiene en cuenta el rechazo declarado del Papa a condenar los crímenes nazis porque entonces tendría que condenar también los soviéticos, y, por tanto, perjudicar el esfuerzo de guerra aliado. Y también recoge Sánchez la respuesta de Pío XII a los obispos americanos que temían que las críticas del Papa contra el comunismo impidieran a los católicos americanos apoyar el programa de Préstamo y Arriendo de Roosevelt a los soviéticos. Pío XII les dijo que era posible distinguir la ayuda al pueblo soviético, que era legítima, de la ayuda al régimen comunista, que no lo era, y el Préstamo y Arriendo caía bajo esta última categoría. Además, concluye Sánchez, Pío XII no cedió a las peticiones alemanas para llamar a la invasión de la Unión Soviética una cruzada cristiana.

En cuanto al amor que Pío XII sentía por Alemania y los alemanes, Sánchez no admite dudas sobre su veracidad, pero matiza que una cosa era su amor hacia Alemania y otra muy diferente que sintiera algo parecido por el régimen nazi. Efectivamente, veía a Alemania como un bastión de la cultura occidental contra la expansión atea soviética, pero, remata Sánchez, no consideraba el nazismo como parte de esa tradición cultural.

Sánchez también concede fundamento a quienes afirman que Pío XII no quería crear una crisis de conciencia entre los católicos alemanes si los obligaba a escoger entre su estado y su fe, pues el Papa estimaba que la mayoría de ellos escogerían su estado, que tenía mucho más poder que su Iglesia para presionarlos. Sin embargo, Sánchez se pregunta si Hitler estaría dispuesto a arriesgar el apoyo de un tercio de la población alemana si la obligaba a enfrentarse con el Papa. Y responde que ni Hitler ni el Papa tenían intención de asumir ese riesgo.

También le otorga fundamento a quienes argumentan que el Papa quería mantenerse neutral para poder mediar un fin a la guerra. Pero en este punto considero que Sánchez entra en la pura especulación cuando pasa a proponer un auténtico “¿Y sí?” con el supuesto de que el atentado del 20 de julio de 1944 contra Hitler hubiese acabado con el dictador alemán. Se pregunta entonces Sánchez si los aliados segurían inflexibles con su política de rendición incondicional, y si el Papa no estaría, ahora, en una posición ideal para actuar como mediador.

En suma, Sánchez hace una síntesis muy lograda de lo que se ha venido debatiendo sobre este tema, exponiendo finalmente sus conclusiones sin caer en el terreno del fanatismo y el sensacionalismo.

Ahora daré un descanso a este resumen bibliográfico hasta el fin de semana, en principio.

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