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Tercer Reich: economía y administración de guerra 1939-41

Historia económica

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José Luis
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Tercer Reich: economía y administración de guerra 1939-41

Mensaje por José Luis » Jue Jun 16, 2005 10:48 pm

¡Hola a todos!

Germany and the Second World War”, una obra grandiosa en, al menos, siete tomos es seguramente la obra más autorizada que se ha escrito sobre el tema. Mi afirmación viene dada por las referencias, críticas y extractos que he leído de algunos de sus volúmenes, y que me han llevado a solicitar el pedido del volumen IV.

La única pega que le veo a esta monumental obra es su precio: cada volumen (promedio) cuesta la friolera de 150 libras esterlinas.

Sea como fuere, he querido abrir este topic para exponer las conclusiones de los autores del volumen 5, cuyos detalles bibliográficos siguen a continuación, sobre los recursos humanos, economía y administración de guerra de Alemania durante el período de 1939-1941.

Germany and the Second World War Volume 5: Organization and Mobilization of the German Sphere of Power. Part I: Wartime Administration, Economy, and Manpower Resources, 1939-1941

Edited by Bernhard R. Kroener, Rolf-Dieter Muller, and Hans Umbreit, all at Research Institute for Military History, Potsdam

Translated by Ewald Osers, John Brownjohn, Patricia Crampton, and Louise Willmott
Publication Date: 3 August 2000 £150.00 Hardback 0-19-822887-2

He realizado una traducción lo más fiel posible al original en inglés (que recordemos está traducido del alemán) y sólo me he permitido subrayar las frases que, a mi entender, forman conceptos notables, y poner en negrita los puntos fundamentales de esta historia.

Conclusiones.-

La inesperada contraofensiva del Ejército Rojo ante Moscú puso de manifiesto el fracaso de la Operación Barbarroja y causó un brusco final de la euforia en el liderazgo y la población del Tercer Reich. El juego que Hitler había comenzado en 1939 amenazó con acabar en desastre. Pero había otros factores, además del contratiempo militar de finales de 1941, que podrían haber conducido a una reevaluación del programa híbrido de conquista perseguido por el régimen. Entre ellos estaban principalmente la alarmante evolución de los territorios ocupados por Alemania y, sobre todo, los problemas de recursos humanos y económicos de la propia Alemania. A pesar de las advertencias lógicas, e incluso en la catastrófica atmósfera de finales de 1941, los líderes alemanes no querían ni eran capaces de cambiar sus ideas, planes o métodos. Se negaron a admitir el fracaso de los objetivos de su guerra y a extraer las conclusiones apropiadas. La reducción de un programa que había sido anunciado públicamente, o la introducción de cualquier cosa parecida a una política de moderación, era incompatible con la esencia del Nacionalsocialismo y la imagen de sus más altos representantes. El mundo de las ideas de Hitler estaba marcado profundamente por conceptos del darwinismo social; para él personalmente, y de esta forma para el pueblo alemán cuyo “líder” se había nombrado a sí mismo, sólo existían las alternativas de la victoria o la derrota.

Este quinto volumen, que cubre el período 1939-41, ha revelado cuán grandemente el Tercer Reich había sobreestimado su propia fuerza en el esfuerzo de lograr un estatus preeminente de gran potencia y de potencia mundial. Al menos en esos aspectos de la Segunda Guerra Mundial que han investigado, los autores han concluido que el final del tercer año de la guerra merece ser contemplado como un momento decisivo (“turning-point”) fundamental. Esto es verdad más allá de un sentido puramente militar. El fracaso cada vez más evidente del Reich alemán para establecer una hegemonía perdurable sobre el continente europeo, y especialmente las omisiones originales en la movilización de los recursos humanos y económicos del país, presentaron a los alemanes problemas insolubles. Ni siquiera una explotación más intensiva e implacable de los territorios ocupados, y alguna mejora en la dirección económica dentro de Alemania, les podía dar una oportunidad real de evitar la derrota. La fuerza alemana ya había sido sobre-extendida durante la conducción de la guerra hasta la fecha y en la subyugación de grandes partes de Europa. El espacio entre los planes ilimitados y el verdadero potencial del país ya no podía ser cerrado. Inevitablemente, la situación se volvió todavía más desesperada cuando los gobernantes del Nacionalsocialismo, a pesar de su fracaso en lograr la victoria en la “guerra europea”, se negaron a no involucrarse en una nueva guerra mundial. Para Hitler, y para todos aquellos que ya eran culpables de los crímenes más terribles cometidos bajo su mando o autoridad, no había salida. La guerra fue prolongada con los medios más inescrupulosos, y el número de víctimas multiplicado implacablemente.

La principal razón de esta evolución se encuentra en el carácter del sistema del Nacionalsocialismo y su dependencia de un dictador todopoderoso. Él y sus asesores más importantes eran incapaces de asumir la posición que habían usurpado y las responsabilidades con que se enfrentaban. La creciente obsesión de Hitler con la dirección de una guerra que discurría contraria a su programa absorbió sus energías hasta tal grado que sólo encontró tiempo para las cuestiones no-militares cuando ya no podían ser por más tiempo evitadas. La coordinación de las decisiones políticas con la dirección militar de la guerra se reducía a una forma de dirección de crisis e improvisaciones irregulares y a corto plazo. Decisiones que se necesitaban con urgencia se tomaron parcialmente o de una manera que no había sido considerada adecuadamente. Cuando se encontraron los problemas, raramente fueron solucionados de forma permanente. Hitler toleraba o incluso deseaba el caos de autoridad al más alto nivel, con sus múltiples rivalidades y excesiva fricción. Este caos, sin embargo, no hacía nada para ayudar al esfuerzo de guerra alemán.

Las notables y excesivas luchas de interés entre los diferentes gobernantes y autoridades del Nacionalsocialismo pueden recapitularse bajo el término “policracia”. Cualquier demanda realizada en esta lucha de poder sin fin, sin embargo, ha de remontarse a la voluntad expresa del dictador, incluso cuando era incierta o desconocida. La posición de Hitler como suprema autoridad en la toma de decisiones permaneció indiscutida. En este sentido, el “estado del Führer” continuó existiendo en toda crisis. Incluso el así llamado “principio de liderazgo”, que supuestamente era superior a todas las formas democráticas de toma de decisiones, demostró ser inadecuado para hacer una guerra que no iba como se había planeado, para la dirección del estado, y para la resolución de los crecientes problemas enfrentados por el régimen. No hay duda de que la razón primordial del fracaso del Tercer Reich fue la coalición abrumadoramente poderosa forjada contra él por sus adversarios. Al mismo tiempo, sin embargo, el régimen sufría de una multiplicidad de debilidad estructural y deficiencias evitables de organización que presentaba un increíble contraste con los planes híbridos de su “líder” y de la propaganda oficial. Las victorias aparentemente inspiradoras de los primeros años habían sido posibles sólo por una ventaja inicial tecnológica y organizacional relativa, además de una mayor preparación de guerra, fanatismo e incluso idealismo de los “camaradas del pueblo” alemán. Los errores y la desunión en parte de los enemigos de Alemania también contribuyeron a estos primeros éxitos. Esta situación no ocultó simplemente las áreas de debilidad de la propia Alemania; dejando a un lado las cuestiones de moral que fueron tan despiadadamente ignoradas, también animó al régimen a desatender medidas que eran tanto viables como necesarias. Los movimientos hacia la mejor organización posible en el esfuerzo de guerra alemán y la explotación de las ventajas temporales de Alemania quedaron en nada, y, realmente, no fueron intentados con cualquier asomo de consistencia. Al principio Hitler estaba ansioso de ahorrarle al pueblo alemán la austeridad y el sacrificio posteriores dondequiera que fuera posible. Fue aquí donde tuvieron su efecto las experiencias negativas de la Primera Guerra Mundial. Las medidas que eran consideradas necesarias, pero que podían ser inconfortables para la población, fueron a menudo pospuestas o suavizadas sin que las consecuencias inevitables fueran plenamente calculadas.

Tampoco permite un juicio más favorable el tratamiento alemán de los territorios ocupados. Las rivalidades que se habían vuelto endémicas en el Reich entre las oficinas más altas del Partido y del estado se transfirieron a los territorios conquistados. Aquí continuaron, algunas veces con intensidad creciente. Las organizaciones de las SS y el Partido, en particular, utilizaron los territorios ocupados para ampliar su base de poder en un intento de ganar más influencia dentro de la estructura del sistema Nacionalsocialista. En el sector económico las autoridades del Reich habían contemplado sus tareas, y la eficiencia de sus medidas, sólo para que pudieran explotar las ventajas temporales para proclamar su propio éxito. Todas las autoridades fracasaron en planear correctamente o coordinar sus medidas. El caos general del control alemán era el resultado inevitable. Estas tendencias permanecieron en burdo contraste con las afirmaciones del liderazgo realizadas por el régimen sobre la base de sus triunfos militares. Como resultado de su naturaleza inescrupulosa, desprecio de las consideraciones legales, y uso creciente de métodos criminales, la política alemana descansó casi exclusivamente en la “punta de la bayoneta”. La política alemana tuvo consecuencias desastrosas para la mayoría de los habitantes de las áreas ocupadas, que sufrieron daño material, duras condiciones de vida, humillaciones, inseguridad legal, y múltiples medidas de fuerza que incluían la amenaza de sus vidas. Semejante política era debida sólo en parte a planes contemplados; frecuentemente era el resultado de la improvisación. Las estructuras utilizadas por los alemanes para gobernar las diversas áreas bajo su control no eran uniformes y no eran aun capaces de cumplir las intenciones de sus ocupantes. Hitler sólo estaba interesado en las más básicas regulaciones esenciales. Todas las decisiones fundamentales fueron pospuestas hasta lo que él esperaba que sería el final victorioso de la guerra, que ofrecería las condiciones más favorables para la creación de un “nuevo orden”. Las inconsistencias y deficiencias de organización no fueron eliminadas. Estos errores afectaron a las actividades de los distintos regímenes de ocupación que se instalaron con el objetivo de representar a la autoridad del Reich en los países ocupados y explotar los recursos disponibles para beneficio de los alemanes. No se dieron directivas claras y coordinadas desde las autoridades más altas. Las principales autoridades militares, que tradicionalmente eran responsables del ejercicio de poder en los territorios ocupados, mostraron cada vez menos interés en esta tarea “impropia de un soldado”. Por tanto, aceptaron sin resistencia, e incluso voluntariamente, el objetivo del liderazgo político, que era entregar la administración de las áreas controladas por Alemania a autoridades ostensiblemente “más adecuadas”; v. g., civiles. Esta renuncia por parte de la Wehrmacht hizo más fácil para otras autoridades del Reich, más radicales, influenciar en las condiciones de los territorios ocupados por Alemania.

Continuará.

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Mensaje por José Luis » Vie Jun 17, 2005 2:02 am

Hasta el estallido de la guerra el Estado Mayor General del Ejército se había preparado para la operación CdZs, jefes de la administración civil, en tales áreas. Tenían que estar disponibles como estados mayores de trabajo para los comandantes del grupo de ejércitos o los comandantes del ejército a quienes se había confiado el ejercicio del poder ejecutivo. Sin embargo, cuando fue utilizada en los Sudetes, en Bohemia y Moravia, y en Polonia, esta organización demostró ser deplorablemente inadecuada. En consecuencia, el Estado Mayor General desarrolló una nueva forma para la campaña en el oeste, la “pura” administración militar. Nada fue cambiado por el intento de Hitler de eliminar a los militares del ejercicio del poder ejecutivo. Las administraciones militares permanecieron como “soluciones de emergencia” solamente en los territorios ocupados en los cuales, por razones militares, habría sido muy difícil reemplazarlas por agencias civiles.

El régimen Nacionalsocialista se demostró igualmente incapaz de desarrollar sistemas uniformes en la esfera de la administración civil. Se emplearon varios títulos de oficinas en las administraciones militares: el jefe podía ser calificado “comandante militar”, “comandante de la Wehrmacht”, o simplemente “comandante”. De forma similar, se introdujo una amplia variedad de títulos para describir a los más altos representantes de las autoridades civiles de ocupación: “protector del Reich”, “gobernador general”, “plenipotenciario del Reich”, “comisionado del Reich”, “ministro del Reich para los territorios orientales ocupados”, o, equipado con nuevos poderes, “jefe de la administración civil”. La muy evidente falta de uniformidad en los títulos reflejaba la caótica organización de los intentos alemanes para ejercer el poder.

Las diversas estructuras que se establecieron no siempre reflejaron las intenciones políticas del poder ocupante. Otros factores también podían ser decisivos para determinar su forma: una decisión del momento, una previsión temporal desfasada, consideraciones políticas, la “evaluación racial” de los habitantes, o las demandas del esfuerzo de la guerra. Esas estructuras fueron constantemente corregidas durante la guerra. Y aunque incluso Hitler no intentó definir su “nuevo orden” hasta más tarde, un análisis de las muchas formas de administración permite extraer ciertas conclusiones con respecto a la futura demarcación y estructura del proyectado “Gran Imperio Alemán”. Era obvio que a grupos específicos de países se les iba a dar formas similares de régimen de ocupación. De esta forma es posible detectar:

• La extensión de la administración del Reich a los territorios anexionados con un claro fortalecimiento del poder ejecutivo.

• La introducción de jefes de la administración civil para áreas fronterizas con el Reich que no estaban formalmente anexionadas pero que eran tratadas cada vez más como territorio del Reich.

• El nombramiento de comisionados del Reich para esos países en los cuales había un interés político especial.

• El mantenimiento de la administración militar por consideraciones de requerimientos militares o en ausencia de intenciones políticas específicas.

Sin embargo, estas definiciones sistemáticas no pueden darnos más que una comprensión parcial de la política de ocupación alemana. Básicamente, en esos territorios en los que los alemanes estaban más interesados, v. g., en algunas comisarías del Reich, su dirección era inicialmente menos despiadada y más designada a ganarse a la población. Esto estaba en severo contraste con los implacables métodos coloniales adoptados en el futuro “espacio vital” alemán sobre el territorio polaco y soviético. A medida que la guerra se alargaba y el régimen Nacionalsocialista se enfrentaba con crecientes problemas materiales y humanos, sin embargo, esas diferencias de aproximación se volvieron borrosas.

Cuando la posición militar se volvió más precaria, la inadecuada organización dentro de la esfera de poder alemana creció inconfundiblemente. De hecho, las organizaciones creadas por los alemanes para administrar y gobernar los territorios conquistados no cumplió ni las obligaciones del poder ocupante bajo la ley internacional ni las intenciones de los alemanes mismos. Casi todos los regímenes de ocupación estaban tan carentes de unidad que la mayor parte de su tiempo fue ocupada por problemas internos y el intento de conjurar la interferencia de las autoridades centrales de Berlín. Los altos representantes de la administración de ocupación gastaron una valiosa energía en conflictos constantes de autoridad con las agencias del Reich, que ejercían una influencia creciente sobre los territorios ocupados. Esos conflictos reflejaban claramente los cambios en la estructura de poder del régimen Nacionalsocialista: el auge del Partido y las SS y la pérdida de poder de las autoridades tradicionales como el ministerio de asuntos exteriores y el ministerio del interior. Los territorios ocupados se convirtieron en un virtual terreno de práctica del “policrático” régimen Nacionalsocialista. De esta forma las agencias individuales buscaban establecer una influencia más grande sobre las tierras sometidas con el objetivo de fortalecer su poder en la lucha de conflictos inmanentes al sistema. Las demandas de los territorios ocupados, y la presión ejercida sobre ellos, se incrementaron de esta forma. Por otra parte, la rivalidad entre las muchas agencias del poder ocupante también permitió la permanencia de gobiernos o administraciones nacionales con limitada libertad de maniobra y una oportunidad para que las autoridades alemanas participantes lucharan unas contra otras. Aunque los habitantes de los territorios conquistados apenas podían esperar comprenderlo, la política de ocupación no era tan monolítica como ellos suponían; el poder ocupante era normalmente incapaz de inclinar los territorios ocupados a su voluntad tanto como podía esperarse, dadas sus declaradas intenciones.

Los territorios que fueron anexionados, bien de hecho o de derecho, se dejaron virtualmente desprotegidos contra la interferencia alemana. Fueron tratados como nuevos o futuros territorios del Reich y sufrieron la deportación parcial de aquellos elementos de la población que fueron considerados bien como superfluos bien como amenazantes para el mantenimiento de la política alemana. Al mismo tiempo, se hizo un intento en el proyectado “espacio vital” alemán para establecer las primeras fundaciones de la dominación permanente alemana a través de la eliminación de todas las estructuras virtualmente existentes. Todas las minorías sociales, ideológicas y “raciales” cayeron víctimas de este objetivo. Los alemanes practicaron el asesinato masivo como un medio de eliminación de tales grupos, y de esta forma fueron capaces de perseguir sus planes sin obstáculos.

En los restantes territorios ocupados, semejantes medidas parecían menos urgentes y también menos necesarias porque la población era juzgada como “racialmente” más valiosa. Aquí el poder ocupante buscó mantener sus opciones abiertas de cara al futuro. Por tanto actuó para influenciar en la administración y la economía, para suprimir con gran brutalidad toda forma de resistencia, y para explotar los recursos de los países individuales para beneficio de Alemania. No se tomó ninguna decisión sobre la posición constitucional de esos estados en el proyectado “Gran Imperio Alemán” del futuro. Sin embargo, la dominación permanente de la hegemonía alemana estaba más allá de toda cuestión. Con esto en mente, todas las administraciones de ocupación crearon las condiciones necesarias para alcanzar las intenciones alemanas: la reorganización de las estructuras nativas de acuerdo con el “principio de liderazgo”, la introducción de formas de organización alemanas, la colocación de su propia gente en posiciones claves, y la integración económica. La propaganda alemana ejerció su influencia sobre los medios de comunicación y buscó la dominación cultural de los habitantes. Los ocupantes declararon la guerra a las influencias culturales indeseables, especialmente la de Francia. En un sentido más físico también se declaró la guerra a las secciones de la población que, se asumió, podían resistir las demandas alemanas de dominación por razones políticas e ideológicas. En la implementación de esos planes, los judíos fueron considerados como enemigos inevitables. La creación de territorios “libres de judíos” fue vista como una importante etapa en el camino hacia un “nuevo orden” y una condición previa necesaria para la realización de los planes de asentamiento y limpieza étnica. En todos los territorios ocupados, como en el Reich mismo, la población judía estuvo sujeta a la discriminación, registro, y –hasta el punto en que la situación política y las condiciones técnicas lo permitían- deportación y eventual exterminación.

Continuará.

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Última edición por José Luis el Vie Jun 17, 2005 9:55 pm, editado 1 vez en total.
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Mensaje por kalvera » Vie Jun 17, 2005 7:44 am

No sabia de la existencia de esostomos, pero visto su precio, seguiré sin verlos muchos años.
Un post muy interesante y del que comparto en esencia muchas cosas de las dichas.
Creo sinceramente que el colapso de la industria alemana se produjo ya en el 41 cuando la constante política de mantener un estado de prosperidad social impidió adoptar reformas en la industria y el consumo. Ello originó una espiral viciada ya que para manter el ritmo de vida de la sociedad alemana y la producción militar, se hizo cada vez más preciso expoliar las reservas de divisas de los estados que poco a poco se iban invadiendo, cuando se terminaron las conquistas el modelo empezó a fracasar pese a los esfurzos de Albert Speer.
Fracasos tales como la contratacion forzada de mano de obra frente al potencial de trabajo femenino. Fracaso frenbte a la absoluta falta de planificación en la industria y reparto de materias valiosisimas para la industria de armamento.
Fracaso en la elección de los prototipos fabricados con variedades ingentes de armas de distintos tipos que dificultaban en gran medida la producción.
Aunque en 1943 Goebels pronunció el famoso discurso del Palacio de Deportes sobre la Guerra Total, en el plano económico esta nunca se produjo.
El fracaso económico de la alemania Nazi es el fracaso mismo del sistema Nazi. Un absurdo mundo de contrapoderes y organismos solapados que más que cooperar, pugnaban por mantener sus parçcelas de poder.

Saludos.

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Mensaje por José Luis » Vie Jun 17, 2005 6:05 pm

En parte porque sus objetivos nunca fueron completamente comprendidos por los de fuera, los alemanes se encontraron inicialmente con un notable grado de conformidad de los grupos e individuos fascistas, nacionalistas y pro-alemanes en casi todos los territorios ocupados. Sin embargo, el poder ocupante sólo puso poco empeño en la colaboración nativa. Los alemanes se vieron obligados a confiar en el apoyo de colaboradores sólo cuando, y hasta el punto que, las elites económicas y administrativas comenzaron a evitar la cooperación. Fuera de la arrogancia y conveniencia, los ocupantes intentaron evitar una cooperación demasiado estrecha con las minorías pro-alemanas, que eran despreciadas y contrapuestas como traidoras por sus conciudadanos. En tales circunstancias, los colaboradores no podían crear el consentimiento que los alemanes habían esperado obtener de la masa de los habitantes.

Después de un tiempo muy breve, los alemanes, en mayor o menor grado, eran odiados en todos los países ocupados. Se vieron por tanto obligados a limitarse a dos objetivos principales: primero, mantener la seguridad de sus tropas, hasta donde fuese posible, mediante el uso de crecientes medidas draconianas; y segundo, obtener el nivel más alto posible de contribuciones económicas para el esfuerzo de guerra alemán. La seguridad de las entregas –materias primas, productos acabados, oro y divisas, trabajadores- se convirtió en el trabajo principal de los regímenes de ocupación. Mientras tanto, comenzó a tomar forma la resistencia local a la arrogante y criminal política alemana. En los Balcanes y en las partes ocupadas del territorio soviético semejante resistencia ya estaba representando una amenaza. Los alemanes fueron cada vez menos capaces de mantener la ley y el orden en los países que habían conquistado. Igualmente era obvio que no eran capaces de desarrollar un programa incluso remotamente aceptable para los pueblos sujetos a ellos, ni siquiera un programa que hubiera sido seguido por las diversas autoridades del Reich, que normalmente actuaron como creyeron conveniente.

Por encima de todo, la política de ocupación estaba designada para proporcionar ayuda a la economía de guerra alemana. Este objetivo también estaba en peligro. Por esa razón, el conflicto entre los diversos grupos de liderazgo y toma de decisiones dentro del liderazgo del Nacionalsocialismo se movió inevitablemente desde la periferia hasta el centro. Una conclusión parece ineludible: el destino del esfuerzo de la guerra dependía crucialmente en si, y hasta que punto, los alemanes tenían éxito en movilizar sus propios recursos y hacerlos disponibles.

Desde el estallido de la guerra, sin embargo, la difusa estructura de toma de decisiones del régimen Nacionalsocialista se había desintegrado todavía más. No había un comité de funciones que pudiera haber realizado una estimación sensata de la economía de guerra, que hubiera evaluado intereses y objetivos, producido un programa de guerra claro y a largo plazo, y ejecutado dentro del sistema de gobierno. Alentados por una posición inicial favorable, el liderazgo más alto –Hitler a su cabeza- había evitado una intervención mayor en la organización del gobierno. La oculta lucha de poder entre los aparatos burocráticos rivales, grupos de interés político y económico, potentados ambiciosos, “representantes especiales”, y favoritos del Führer, pudo de esta forma proceder sin obstáculos.

De hecho era la Wehrmacht la que tenía mejor posición de partida en la lucha por la economía de guerra. Construida sobre las experiencias de la Primera Guerra Mundial, había adquirido una posición dominante en la industria de armamentos y había preparado los medios de planificación y dirección para una economía de guerra. Como principal cliente de la economía nacional, y debido a la aceptación general del principio de que los requerimientos militares deben ser prioritarios en tiempo de guerra, podía reclamar la dirección general de la economía de guerra. Los planes sistemáticos para la movilización económica habían estado en preparación desde 1924. Sin embargo, esas ventajas dependían de la habilidad de poner la maquinaria en movimiento rápidamente en el caso de una guerra, y alcanzar una total reorganización de la vida económica bajo un control central racionalizado.

Desde el comienzo, el concepto de una “economía de mando militar” careció de fuerza. La razón más importante fue la fragmentación del liderazgo de la Wehrmacht y su falta de habilidad para acordar, y actuar sobre, sus intereses comunes. Las rivalidades tradicionales entre las armas de la Wehrmacht continuaron, y los planes para un esfuerzo de guerra conjunto fueron desarrollados inadecuadamente. Tales deficiencias fueron agravadas por ideas contradictorias e irreales sobre el futuro armamento y la modernización de las fuerzas de combate, y por valoraciones inadecuadas sobre las probables demandas de la guerra y la necesidad de reemplazos.

El Alto Mando de la Wehrmacht fracasó en imponer la coordinación y armonización de planes individuales esquemáticos para el rearme. Además, los planes mismos estaban basados en cálculos irreales de materias primas, que cada vez más evitaban una comprensión de las fuerzas dinámicas y complejas conexiones de la economía. Las condiciones de producción en una economía capitalista, incluso en tiempo de guerra, no se pueden definir o cambiar fácilmente de acuerdo con principios militares. La burocracia del armamento militar hubiera tenido más posibilidades de éxito si se hubiera limitado ella misma a asegurar la dirección general estableciendo el alcance de sus requerimientos y órdenes, y utilizar todos los medios disponibles, incluyendo incentivos financieros, para estimular la productividad en los trabajadores. En cambio, fue incapaz de resistir la tentación de interferir hasta en los más pequeños detalles de las fábricas. Si bien es verdad que sólo una pequeña parte de la industria estaba sujeta a la economía de mando militar, esta sección era vital para la producción de material de guerra. Además, el dirigismo de la economía de mando militar encontró gran resistencia en el sistema Nacionalsocialista y fue por tanto incapaz de desarrollarse en el centro de una economía de estado planificada. La suspensión parcial de los mecanismos del mercado condujo sin embargo al estancamiento de la producción porque no fueron reemplazados por otros estímulos de dirección efectiva.

Cuando se suspendió la movilización económica en el otoño de 1939, jugó parte un vago asunto por la condición interna del Reich y el ambiente de la población. Sin embargo, tuvo efecto solamente porque la Wehrmacht desatendió demandar la producción masiva de material de guerra, que sólo podía ser lograda mediante la movilización de todas las reservas disponibles y la reorganización de la economía de una manera que inevitablemente entrañaría sacrificios. El agitado rearme de los años recientes había creado la impresión de que la producción de la industria de armamento podía aumentarse posteriormente. Basando sus expectativas en un malentendido de las fuerzas dinámicas que podían ser movilizadas dentro de una economía nacional, los especialistas temían realmente que la guerra condujera a una caída de la producción industrial.

Inicialmente, el liderazgo de la Wehrmacht estaba preparado, al menos, para posponer los planes de expansión a largo plazo hechos por la marina y la Luftwaffe en 1938-39. Era el ejército quien debía llevar el grueso del combate en la guerra continental. Sin embargo, las autoridades relevantes del ejército encontraron difícil desarrollar un programa de armamento realista y con visión de futuro. Durante algún tiempo, los comandantes estaban contentos con el material de guerra que sus departamentos de armamento y material y sus oficinas de adquisición lograban obtener de la producción regular, y de lo que podían tomar unos de otros. Mientras esta situación continuaba, las demandas para la restricción de los requerimientos civiles y para la dirección central de la economía de guerra permanecieron sin convencer.

El compromiso del octubre de 1939, con su descentralización de la producción de armamentos, pronto se reflejó en las estructuras de las tomas de decisión y planificación. Su efecto fue posponer medidas que eran consideradas como necesarias hasta el comienzo de las esperadas batallas de material, y de esta forma, dado que la guerra al principio discurrió asombrosamente bien, hasta el final de 1941. El resultado fue una “economía de transición” de dos años de improvisaciones y planes a corto plazo. En última instancia, esta economía estaba relacionada con una “transición” no hacia la movilización total sino hacia una economía de posguerra. Mientras que los militares presionaron por posteriores movimientos hacia la movilización, el Partido exigía lanzar una “revolución social” y otros grupos del aparato del estado y de la economía actuaron como un freno al cambio. Esas fuerzas en conflicto produjeron una batalla subliminal por el orden económico que a menudo inmovilizó más fuerzas que las que se liberaron para concentrarse en las necesidades de la economía de guerra.

Continuará.
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Mensaje por José Luis » Sab Jun 18, 2005 6:28 pm

Parte de la razón del fracaso de la militarización de la economía reside en la persona de Hitler. El dictador prefirió restringir a la Wehrmacht al liderazgo de la “guerra de armas”; en la “guerra de las fábricas” tenía más confianza en la pericia de los ingenieros y empresarios. También fracasó por la oposición del Partido, el aparato del estado, y, no menos, por la propia empresa privada, que luchó implacablemente para mantener su status quo y para prevenir cambios en el poder político a favor de los elementos “socialistas del estado”.

Después de las experiencias de la IGM, los grandes conflictos dentro de la propia industria privada, y la relación entre el estado y la economía, eran casi inevitables. La reorganización de la economía nacional para afrontar las necesidades de la guerra significó la asunción de funciones empresariales a escala masiva por las autoridades del estado, incluyendo la extracción de dinero de las cajas mediante manipulaciones del sistema de impuestos y obligaciones. El clima de la disensión también fue proporcionado por otros factores: el cierre de fábricas y sectores de la industria que no eran vitales para el esfuerzo de la guerra; el proceso acelerado de concentración; la pérdida de mercados extranjeros y clientes civiles; y, finalmente, la creación de la capacidad de excedentes en el sector de armamentos.

De hecho, las consecuencias internas de la movilización total dentro de las fábricas también condujeron a una mayoría aplastante de empresarios y grupos de interés económico para oponerse a las presiones de la movilización tanto y hasta donde fuese posible. Una consecuencia semejante entrañaba el movimiento y retirada de trabajadores y equipo de producción en algunas fábricas, bien para beneficio de la Wehrmacht o incluso de la competencia. Otras incluían la respuesta impredecible de trabajadores para el aumento de cargas y medidas forzosas, y la escalada de todas esas dificultades cuando la guerra en el aire se volvió más intensa.

No había duda de que el liderazgo más alto deseaba lograr la máxima productividad para el esfuerzo de la guerra. Sin embargo, los conflictos internos y la naturaleza tortuosa del proceso de información y toma de decisiones habían creado la impresión de que los aumentos de productividad eran o imposibles o bien alcanzables solamente a un gran coste. El éxito temporal en el campo de batalla aseguró que las propias respuestas de Hitler fueran todo lo más esporádicas. El resultado estaba muy lejos de ser una “brillante” economía Blitzkrieg, a pesar de unos pocos indicios de tal desarrollo después de la campaña francesa. Lo que emergió fue un sistema provisional, inhibido por la debilidad de la toma de decisiones, la incompetencia, y la fricción a todos los niveles. La rápida burocratización del proceso de armamento se reflejó en la creciente ineficiencia y caos de las autoridades en conflicto.

El resultado fue la forma más costosa posible de producción creando las cargas más pesadas en el sistema de transportes y distribución y un enorme derroche de los medios de producción. Por supuesto, se realizaron intentos para contrarrestar esas consecuencias. En muchos sectores la autofinanciación por parte de los que estaban comprometidos y la determinación y habilidad de individuos aislados ayudaron a compensar la confusa planificación y estructura de mando de las autoridades superiores. Sin embargo, medido contra el objetivo del mantenimiento de la ventaja alemana en armamentos y su superioridad sobre cualquier coalición enemiga, el éxito de esas historias individuales no era suficiente para mantener un balance positivo general.

El inesperado éxito militar en las primeras etapas de la IIGM tendía a evitar una estimación realista de las condiciones. En cambio, los “estrategas” obligaron a los “economistas” a quedar en las sombras. Como resultado, la medida más importante que se tomó para mejorar la organización de la economía de guerra en los primeros nueve meses de la guerra –la creación de un ministerio civil de armamentos bajo el ingeniero Fritz Todt- estaba amenazada. Hitler había decidido establecer con reluctancia este ministerio durante la crisis de municiones y transporte de invierno de 1939-40. Semejante movimiento para acabar con la “economía de transición” sólo era posible si retrocedía la economía de mando militar. Todt no sólo poseía la plena confianza de Hitler, sino que también tenía el apoyo de los industriales. En muy corto tiempo había desarrollado los conceptos y condiciones de organización para aumentar la producción de la economía de guerra.

Posteriormente, el aplastante triunfo militar en el oeste posibilitó a los burócratas del armamento recuperar el dominio, al menos por el momento. El ministerio de armamentos perdió su posición como control central de la economía de guerra para verse involucrado en la lucha de poder entre agencias rivales y grupos de interés. Sin embargo, los militares revelaron rápidamente su incapacidad para mantener el proceso de armamento conduciéndose de una manera satisfactoria. Todt fue capaz de recuperar gradualmente el control de más tareas y funciones, particularmente en la dirección de empresas. Su sistema de “auto-administración” de la economía ganó peso mientras que las oficinas de armamentos militares veían el terreno cortado bajo ellos. Su pérdida de autoridad y reputación estaba en duro contraste con la euforia de la planificación militar, particularmente con respecto a las preparaciones de la más grande operación de todas. El ataque a la Unión Soviética también fue contemplado como el camino libre de dificultades económicas y cuellos de botella, así como la oportunidad de administrar abundancia más que carestía en el futuro.

En el segundo año de la guerra la demanda de armamentos se incrementó constantemente. Aunque este desarrollo intensificó el efecto de succión de armamentos dentro de la economía de guerra, las acciones selectivas para cerrar o desviar las empresas civiles decayeron a menudo y sólo tuvieron un efecto limitado.

[…] Esta política alcanzó el clímax en 1941 con el sometimiento del sudeste de Europa y la guerra de aniquilación contra la Unión Soviética. Aunque también aquí los resultados obtenidos fueron menos admirables de lo que se había esperado; no fueron suficientes para alcanzar o aproximarse al objetivo de proporcionar seguridad contra el bloqueo. En la guerra económica contra Inglaterra y Estados Unidos, Alemania ya estaba a la defensiva después del verano de 1941.

Continuará.
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Mensaje por José Luis » Lun Jun 20, 2005 5:57 pm

La Wehrmacht, al hacer la guerra en varios frentes, se vio ahora envuelta de un proceso de incesante desgaste y agotamiento. La producción regular de armamentos era en el mejor de los casos capaz de garantizar el reemplazo de las pérdidas crecientes. Sin embargo, no era suficiente para continuar el rearme y mantener el ritmo de las potencias enemigas. Además, Alemana se enfrentaba a la posibilidad de una tercera guerra de invierno, a la inminente entrada de los Estados Unidos en el conflicto, y al fracaso de la Blitzkrieg en el este. El intento de reorganizar la producción de armamentos durante las operaciones actuales siempre fue arriesgado. Acabó en el fiasco del armamento del ejército y de la planificación caótica. Paralelo a este proceso, se intensificaron las tensiones en la economía civil. Los informes del sentir público hacían reiteradas referencias al cuello de botella en el suministro de la población. La ruina de las finanzas del estado era tan dramática que las autoridades responsables dudaron si sería remotamente posible alcanzar una llevadera reorganización en la economía de posguerra tras la “victoria final”.

Estas fueron las consecuencias del freno a la movilización y la reluctancia a realizar cambios decisivos en la estructura de consumo y de la economía. El cuello de botella de las materias primas y los problemas en el suministro de víveres dificultaban la economía de guerra sin que se hallara solución alguna. Todo intento por ajustar la planificación y dirección de armamento y por movilizar recursos adicionales se diluyó ante la lucha de poder entre las diversas autoridades y los grupos de interés, pues el liderazgo del Nacionalsocialismo mantenía sus propias ilusiones de victoria y fue tardío en el manejo de los urgentes problemas económicos. Sólo el cambio de marea en la guerra en diciembre de 1941 liberó las energías necesarias para un cambio en el curso de la economía de guerra.

La renovada reorganización de armamento a través de las agencias militares provocó posteriores tensiones y rivalidades, reminiscencia de la crisis de munición del invierno de 1939-40. Con el objetivo, al menos, de lograr la transición a la racionalización y producción masiva era esencia el apoyo de los empresarios y la intelectualidad técnica. Estos, sin embargo, no estaban preparados para aceptar las demandas de liderazgo de los militares. Hermann Göring, segunda en mando tras Hitler, “dictador económico” y representante de la economía de mando militar, fue finalmente obligado a ceder el paso junto con los elementos radicales del NSDAP que deseaban solventar la crisis adoptando un cambio de curso anticapitalista.

El auge de Todt incrementó también la actividad de sus numerosos rivales y oponentes, y obligó así al dictador a tomar decisiones desagradables. La muerte de Todt en un misterioso accidente el 8 de febrero de 1942 resolvió la tensión entre Hitler y su ministro de armamentos, quien no había disimulado su pesimista estimación sobre el probable resultado de la guerra. Fue sucedido, sorprendentemente, por Albert Speer. El entusiasta apoyo de Hitler a su nuevo ministro aseguró que el proceso de reorganización pudiera continuar. Speer demostró rápidamente su determinación implacable de dominar los problemas de la economía de guerra. Su objetivo fue asegurar el aumento de la producción de armamentos que Hitler necesitaba como aliento para continuar la guerra, y que se había demostrado estar más allá de la capacidad de las autoridades militares (1).

Había llevado mucho más de dos años completar la movilización y provocar una aceleración sustancial en la reorientación de la economía hacia las necesidades de la guerra. Sólo ahora se le dio a la guerra y a sus demandas una prioridad incondicional más alta: solamente ahora se redujo la asunción de la “victoria final”, tan dominante en los planes y medidas previas. En la fase inicial, inesperadamente exitosa, de las primeras campañas la guerra total había sido con frecuencia poco más que un eslogan vacío; ahora comenzó a producir sus inexorables demandas. A pesar de las jactancias de las autoridades de armamento que habían aprendido de las experiencias de la IGM, el período entre 1939 y 1942 fue una repetición de los antiguos conflictos y deficiencias. El Reich alemán necesitó un “período de aprendizaje” de dos años antes de conceder el respecto debido a los factores y condiciones económicas de la guerra moderna.

Esas observaciones también son válidas para la dirección de los recursos de población, un área política a la que el régimen respondió con sensibilidad creciente a medida que la guerra transcurría. Las simples mejoras en la organización no podían resolver las duras batallas por la distribución del “escaso material humano” (Keitel). Primero, los recursos de personal del Tercer Reich eran limitados por naturaleza; y segundo, tales recursos tal como se daban no fueron utilizados hasta el punto que habría sido apropiado, dadas las demandas del esfuerzo de la guerra. Las medidas provisionales sólo eran posibles hasta un grado limitado. Podían ser aplicadas más fácilmente en el caso de los trabajadores que se necesitaban urgentemente para la industria y agricultura. Cada vez más los alemanes fueron liberados para la Wehrmacht por el creciente uso de prisioneros de guerra y trabajadores forzados de los territorios ocupados. Sin embargo, su número era escasamente suficiente para compensar las pérdidas crecientes del frente oriental después del otoño de 1941. A esta altura, el desgaste de recursos humanos del Tercer Reich se volvió inconfundible. Hasta 1939 el Partido y la Wehrmacht habían analizado las experiencias de la IGM en sus intentos de planear la movilización más efectiva del pueblo alemán en caso de un conflicto militar. El liderazgo militar estaba enterado de la precaria posición de la Wehrmacht en lo concerniente a los reemplazos: cuando estalló la guerra sólo había cuatro clases de reservistas que habían sido entrenados después de 1935, e incluso esos consistían en pequeñas cohortes nacidas durante la IGM. Ello favorecía, por tanto, una regulación exhaustiva del esfuerzo popular dirigida hacia las necesidades del ejército.

[…] En septiembre de 1941 el jefe del armamento del ejército y comandante del Ejército de Reemplazo, general Fromm, tuvo la previsión de comenzar a crear reservas de personal. Para Hitler se convirtió en un asesor indispensable durante las críticas semanas de final del año. Esta posición no se mantuvo. En el siguiente período, Fromm advirtió repetidamente que las reservas de material y recursos humanos del Reich se estaban agotando, y a finales de 1942 recomendó que debiera ponerse fin a la guerra. Al hacerlo, provocó simplemente la erosión de sus propios poderes.

Las posibilidades de la largamente prometida “victoria final” habían desaparecido totalmente cuando el tercer año de la guerra llegó a su fin. Los alemanes habían sido incapaces de hacer pleno uso de su superioridad militar inicial en el continente europeo mediante el desarrollo de una idea política que habría sido remotamente aceptable para las personas que caían bajo su mandato. Ideas tales como el “Gran Imperio Alemán” y el “área de gran escala económica” no encontraron respuesta. Realmente, pronto demostraron ser eslóganes de propaganda para beneficio exclusivo del poder ocupante. A finales de 1941 las grandes masas de gente en los territorios ocupados deseaban la derrota alemana en la guerra y el final de la política extranjera opresiva.

Durante varios años la debilidad y las deficiencias organizacionales de la economía de guerra del Reich habían sido enmascaradas por el éxito en el campo de batalla, y obscurecidas por una propaganda muy hábil. Pero el tiempo en que la Wehrmacht era capaz de enfrentarse a sus débiles oponentes y derrotarlos a través de un ataque sorpresa se había terminado. Las carestías en material y recursos humanos no podían ser superadas por una menguante superioridad en las artes del liderazgo operacional y experiencia de combate.

Se combinaron varios factores para convencer a los contemporáneos, e incluso a los que vinieron después, de que el régimen se había ajustado flexible y exitosamente a las cambiantes condiciones en la primera mitad de la guerra: la superioridad de armamento disfrutada por la Wehrmacht en el estallido de la guerra, la falta de unidad entre sus oponentes, el hecho de que los recursos humanos y materiales del enemigo sólo fueron parcialmente movilizados al principio, la abundancia del botín de guerra, y, finalmente, las pausas entre campañas que dieron a las tropas una oportunidad para reemplazar su equipo y mejorar su fuerza de combate.

Esta convicción no era correcta, como hemos visto en los análisis detallados (los autores se refieren, claro está, a las más de 800 páginas dedicadas a esos análisis) de las tres áreas que eran vitales para la conducción de la guerra. Fue solamente la coincidencia de factores externos favorables lo que dio al régimen Nacionalsocialista considerable libertad de maniobra, al menos hasta 1941. Esas condiciones lo posibilitaron para eludir las condiciones y consecuencias de la guerra moderna y para construir un escenario para la ilusión del “líder militar más grande de todos los tiempos”. Pero en el clímax de su poder, incluso antes de la proclamación oficial de guerra total, el régimen ya tenía los días contados.

Bernhard R. Kroener
Rolf-Dieter Müller
Hans Umbreit


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Mensaje por wilhelm heidkamp » Lun Jul 25, 2005 8:23 pm

Antes que nada me presento. Este es mi primer post y me encanta descubrir un foro de este nivel y para variar, en castellano.


Económicamente hablando, el milagro alemán existió. Recordemos que la Alemania de Weimar con gigantescas tasas de paro e inflación, desde 1928, es la situación que se encontró el régimen nazi en 1933. Que en sólo seis años Alemania se recuperara completamente y se colocara de nuevo entre las principales potencias industriales de Europa y del mundo fue algo espectacular y digno de estudio detallado.

Parte del hecho de que el pueblo confiara tan ciegamente en Hitler, deriva del hecho de que había ido cumpliendo paulatinamente con todas sus promesas electorales, incluido el ámbito económico. El modelo era totalmente intervencionista (en el sentido de que era la Administración del Estado la que decidía donde invertir, en qué cuantía etc.), pero no podía ser de otro modo porque al principio, el tirón de la economía no podía realizarlo el sector privado dada su situación tan lamentable.

El estado germano estaba arruinado, en parte por culpa de las Reparaciones de Guerra que suponían millones de marcos al año transferidos a los vencedores de la primera guerra mundial. Una de las primeras medidas de Hitler fue anunciar que Alemania no seguría pagando esas Reparaciones. El tirón de la economía por parte del estado se llevó a cabo creando infraestructuras, carreteras, autopistas, nuevos trazados de vía férrea, puentes... para lo cual se contrataban empresas privadas que por fin tenían licitaciones y obras en marcha tras la crisis mundial de 1929. Esas empresas, contrataron progresivamente más y más trabajadores que de esa manera dejaban las colas del paro. Con sus sueldos, sus familias volvían a tener dinero para comprar productos en el mercado, en las tiendas, beneficiándose finalmente los tenderos, comerciantes, importadores, exportadores, sus familias, etc. etc. Esta espiral fue haciéndose cada vez mayor, y por fin, la economía germana despegó con fuertes tirones en la demanda del sector público que arrastró al sector privado y a las familias.

Esta política intervencionista, llevó aparejada además algunas nacionalizaciones bancarias y de algunas empresas, pero a un nivel moderado.

¿Creéis que nada más empezar la guerra, las mentes que habían conseguido levantar Alemania en sólo 6 años habían desaparecido? -De eso nada. Afirmar que la dirección económica del Reich era improvisadora y que actuaba con cortas miras y a corto plazo, es demasiado simplista.

La economía no estaba preparada para la guerra. La Wermacht no estaba preparada para la guerra, la Kriegsmarine no estaba preparada para la guerra, la Luftwaffe tampoco. Quizá las cosas hubieran sido muy distintas si la guerra hubiera comenzado en 1945.

Hay tantas cosas que me gustaría escribir sobre la fagocitaria economía alemana, su canibalismo que le hacía necesitar nuevas conquistas y expoliaciones para mantenerse en funcionamiento, que no sé por dónde empezar...

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Mensaje por José Luis » Lun Jul 25, 2005 10:13 pm

¡Hola y bienvenido, Wilhelm!

Pues empieza por un tema concreto, y después ya se irá desarrollando sobre la marcha. Pero recuerda que este topic trata sobre la economía y administración de guerra en el período 1939-41. Si te apetece hablar sobre la economía alemana desde la llegada de Hitler al poder (1933), puedes perfectamente abrir otro topic.

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Francis Currey
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La industria alemana y la Segunda Guerra Mundial

Mensaje por Francis Currey » Mié Sep 21, 2005 8:45 pm

La industria alemana y la Segunda Guerra Mundial

Artículo sobre la industria alemana obra de Michael Marek y publicado en Deutsche Welle

La economía alemana floreció durante la época del nazismo gracias especialmente a los trabajadores forzados. La discusión política sobre su indemnización se extendió durante décadas.

Fue hasta hace cinco años que se creó la fundación “Recuerdo, Responsabilidad y Futuro” cuando se logró una regulación definitiva. La fundación es financiada a mitades por el gobierno alemán y la iniciativa de las empresas alemanas. Actualmente viven cerca de 1,7 millones de ex trabajadores forzados que cuentan con el derecho de demandar desde el verano de 2001 hasta 7.600 euros. Se espera terminar con los pagos a mitades de 2005.

A finales de la década de los noventa trabajadores forzados sobrevivientes de la dictadura nazi presentaron una demanda conjunta en Estados Unidos contra de diversas empresas alemanas entre las que se encontraban BMW, Daimler Benz, Deutsche Bank, Siemens y Volkswagen. Todas estas empresas jugaron un papel importante en el abuso organizado de la fuerza de trabajo de los judíos, según el representante de los demandantes Edward Fagan.

Las empresas alemanas se vieron confrontadas a demandas millonarias, además de a la pérdida de credibilidad e imagen. Durante décadas se habían opuesto exitosamente a pagar indemnizaciones a los sobrevivientes, aduciendo que habían sido obligados a usar la fuerza de trabajo de los judíos. En su opinión debía ser sólo el Estado alemán, quien debía hacerse cargo de las indemnizaciones.

Industria alemana beneficiada

En opinión del historiador alemán Dietrich Eichholz, fueron muchas las empresas las que se beneficiaron de los trabajos forzados. Finalizada la guerra, la fortuna de la industria alemana era 17 veces mayor a la que se tenía 1939. El régimen nacionalsocialista habrá perdido la guerra, la industria alemana se benefició de ella. Los trabajadores forzados judíos no recibían ningún pago por sus trabajos, los presos de guerra de Polonia y la Unión Soviética recibían pagos nimios y los presos de otras naciones occidentales el mismo pago que los trabajadores alemanes.

Olvidar, reprimir, aplacar; este fue el lema imperante en muchas empresas alemanas después del fin de la guerra cuando se trataba el tema de los trabajadores forzados. Muy pocas de las cientos de empresas que aprovecharon esa mano de obra estuvieron dispuestas a compensar los sueldos no pagados y los daños a la salud.

En total se trasladó durante la Segunda Guerra Mundial a doce millones de trabajadores forzados de los territorios ocupados a Alemania. A la industria alemana le hacía falta trabajadores pues los obreros alemanes se encontraban luchando en los frentes de guerra. Para poder equiparar este déficit la industria demandó al Estado la disposición de fuerza laboral para mantener en funcionamiento la producción.

Según el profesor de Historia de la Universidad de Friburgo, Ulrich Herbert, no fue la dictadura nacionalsocialista sino las empresas como, por ejemplo, Blohm und Voss, Scheering, Deutsche Reichsbahn, Thyssen y Mannesmann las que hicieron trabajar bajo condiciones inhumanas a los trabajadores forzados.

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Gaetano La Spina
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Mensaje por Gaetano La Spina » Mié May 16, 2007 3:24 am

Saludos!
He estado revisando los foros de esta sección económica, pude ver que Francis Currey ha escrito algo acerca del coste de producción de los tanques alemanes. Estoy interesado en información acerca del estado de la industria militar-economía durante los años previos al comienzo de la guerra. He estado leyendo poco a poco los Post enviados por todos ustedes. Pero existirá una información (link o foro) algo más específico, sobre la repercusión de como este estado "industrial económico" afecto el rendimiento bélico nazi.
Me interesa en particular la producción aeronáutica, y como el factor industrial pudo haber influído en el proyecto de construcción de bombarderos cuatrimotores, el coste de producción de un bimotor (comparado con el del cautrimotor), y como todos estos factores pudieron haber afectado en la toma de decisiones.

Iba hacer este planteamiento en la sección preguntas, pero preferí revisar primero, de esa manera llege hasta aqui.

saludos y gracias.
"Y él (Zeus), de su cabeza, dió a luz a Atenea de ojos glaucos, terrible, belicosa, conductora de ejércitos, invencible y augusta; a quién le encantan los tumultos, guerras y batallas" Hesíodo "Teogonía"

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