Beneficios über Alles! – Las empresas americanas y Hitler

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Beneficios über Alles! – Las empresas americanas y Hitler

Mensaje por ignasi » Vie Feb 10, 2006 9:52 pm

Chafardeando por ahí, he encontrado un artículo bastante interesante sobre las beneficiosas relaciones entre el gran capital americano y Hitler.

http://www.historycooperative.org/journ ... uwels.html

Beneficios über Alles! – Las empresas americanas y Hitler
Jacques R. Pauwels

En los Estados Unidos, la II Guerra Mundial es conocida como “la buena guerra”. En contraste con las que son admitidas como las “guerras malas”, como las Guerras Indias bordeando el genocidio y el conflicto de Vietnam, la II Guerra Mundial es celebrada como una “cruzada” en la que los Estados Unidos lucharon sin reservas en el bando de la democracia, la libertad y la justicia y en contra las dictaduras. No sorprende ver al Presidente George W. Bush como le gusta comparar su “guerra contra el terrorismo” con la II Guerra Mundial, apuntando que los Estados Unidos está de nuevo en el bando de los buenos en un conflicto apocalíptico entre el bien y el mal.
No obstante, las guerras están lejos de ser tan blanco-negro como el sr. Bush nos quiere hacer creer, y esto es también aplicable a la II Guerra Mundial. Desde luego que América merece su reconocimiento por su importante contribución a la dura lucha que finalmente acabó con la victoria de los Aliados. Pero el papel de las corporaciones americanas en la guerra no se parece a lo que el presidente Roosevelt dijo que los Estados Unidos eran el “arsenal de la democracia”: cuando los americanos desembarcaron en Normandía en junio de 1944 y capturaron los primeros vehículos alemanes, descubrieron que estos vehículos llevaban motores fabricados por marcas americanas como Ford y General Motors. La empresa americana también había servido al arsenal del nazismo.

Fans del Führer
Mussolini gozó de una gran admiración entre los empresarios americanos desde el momento en que ascendió al poder en un golpe llamado “una revolución joven”. Hitler, por su lado, envió señales más difusas. Al igual que sus colegas alemanes, los empresarios alemanes se preocupaban por las intenciones y los métodos de este plebeyo ascendido, con un ideología llamada “Nacional Socialismo”, cuyo partido se identificaba a sí mismo como “un partido de trabajadores”, y que hablaba sobre un cambio revolucionario. Con todo, algunos líderes empresariales americanos mostraban su simpatía y admiración por el Führer en sus primeros pasos, como Henry Ford. También el magnate de la prensa, Randolph Hearst, y Irene Du Pont, cabeza del Banco Du Pont, estaban "siguiendo de cerca la carrera del futuro Führer en los 20" y le apoyaban financieramente. Poco a poco, los jerifaltes de la industria americana aprendieron a querer al Führer.
A menudo se ha insinuado que la fascinación hacia Hitler fue una cuestión de personalidad, de psicología. Se supone que las personalidades autoritarias no ayudan pero gusta y se admira al hombre que predica las virtudes del “principio del liderazgo” y practica aquello que ha predicado primero en su partido y luego en toda Alemania. Hay otros factores, como explica Edwin Black en su excelente libro “IBM y el Holocausto”, según el cual el Presidente de IBM, Thomas J. Watson, se encontró en diversas ocasiones con Hitler en la década de los 30 y quedó fascinado por el nuevo líder alemán. Pero es en el campo de la política económica, no la psicológica, el que puede entender más profundamente porqué el empresariado americano abrazó a Hitler.
En la década de los 20, diversas grandes corporaciones americanas tenían inversiones en Alemania. IBM estableció una subsidiaria alemana, Dehomag, antes de la I Guerra Mundial; en los 20, General Motors se hizo cargo del mayor fabricante de coches alemán, Adam Opel AG; y Ford fundó una nueva planta, luego conocida como Ford-Werke en Colonia. Otras firmas americanas también establecieron colaboraciones estratégicas con empresas alemanas. De Standard Oil Nueva Jersey, hoy Exxon, desarrolló grandes vínculos con la firma alemana IG Farben. A inicios de la década de los 30, una elite de aproximadamente 20 de las mayores empresas americanas tenían conexiones con Alemania, incluyendo Du Pont, Union Carbide, Westinghouse, General Electric, Gilette, Goodrich, Singer, Eastman Kodak, Coca-Cola, IBM e ITT. Finalmente, diversas compañías jurídicas, de inversiones y bancos estaban muy involucradas en la ofensiva inversora americana en Alemania, entre ellas la firma de abogados de Wall Street Sullivan & Cromwell y los bancos J. P. Morgan and Dillon, Read and Company, así como la Union Bank of New York, de Brown Brothers & Harriman. La Union Bank estaba íntimamente ligada con el imperio financiero e industrial del magnate del acero alemán Thyssen, cuyo soporte financiero permitió a Hitler llegar al poder. Este banco fue dirigido por Prescott Bush, abuelo de George Bush. Prescott Bush apoyaba a Hitler, enviándole dinero vía Thyssen, y a cambio obtuvo considerables beneficios haciendo negocios con la Alemania Nazi; con los beneficios propulsó a su hijo, el posteriormente Presidente George Bush padre, en el negocio del petróleo.
Las aventuras americanas cayeron a inicios de la década de los 30, mientras que la Gran Depresión golpeaba duramente a Alemania. La producción y los beneficios cayeron en picado, la situación política era altamente inestable, constantemente habían huelgas y batallas callejeras entre nazis y comunistas, y muchos temían que el país pudiera sufrir una revolución “roja” como la que había llevado a los comunistas al poder en Rusia en 1917. Con todo, apoyado por el poder y el dinero de industriales y banqueros alemanes como Thyssen, Krupp y Schacht, Hitler subió al poder en enero de 1933, y la situación, tanto política como socio-económica, cambió drásticamente. Pronto las subsidiarias alemanas de las empresas americanas volvieron a dar beneficios. ¿Por qué?
Después de que Hitler ascendiera al poder, los líderes de negocios americanos con inversiones en Alemania vieron con una gran satisfacción que su llamada “revolución” respetaba el status quo socio-económico. La versión teutónica del fascismo del Führer, como cualquier otra variedad de fascismo, era de naturaleza reaccionada, y extremadamente útil para los intereses capitalistas. Llevado al poder por los hombres de negocios y los banqueros, Hitler sirvió a los intereses de sus “aupadores”. Su primera gran iniciativa fue disolver los sindicatos y encerrar a los comunistas y a muchos militantes socialistas en cárceles y en los primeros campos de concentración, que fueron creados para albergar la sobreabundancia de los presos políticos de izquierda. Esta medida no solo eliminó la amenaza del cambio revolucionado, personificado por los comunistas alemanes, sino que castró la clase trabajadora alemana, transformándola en una “masa de seguidores” sin poder (Gefolgschaft, según la terminología nazi) que fue puesta incondicionalmente a disposición de sus patronos, los Thyssens y los Krupps.
Muchas, por no decir todas las empresas en Alemania, incluyendo las ramas americanas, no tardaron en tomar ventaja de esta situación y de recortar los costes laborales drásticamente. La Ford-Werke, por ejemplo, redució los costes laborales del volumen de negocio del 15% en 1933 a sólo un 11% en 1938. La planta embotelladota de Coca Cola en Essen incrementó sus beneficios considerablemente porqué, en el estado de Hitler, los trabajadores “eran poco más que siervos no solo con prohibición de hacer huelga, sino que además con prohibición de cambiar de empleo”, junto a un “trabajar más duro (y) más rápido”, mientras que sus salarios se mantuvieron deliberadamente bajos, y los beneficios se incrementaban considerablemente, al no haber problemas laborales ya que, cualquier intento de organizar una huelga tenía la respuesta armada de la GESTAPO, terminando en detenciones y despidos. Éste fue el caso de la fábrica de GM Opel de Rüsselsheim en junio de 1936. Como escribió tras la guerra el profesor de Turingia y miembro de la resistencia anti-fascista Otto Jenssen , los líderes empresariales alemanes estaban felices de que “el miedo al campo de concentración hizo a los trabajadores alemanes tan mansos como perros falderos”. Los propietarios y directores de las empresas americanas no estaban menos complacidos, y expresaban abiertamente su admiración hacia Hitler (como el presidente de General Motors, William Knudsen, o el de ITT, Sosthenes Behn), sin duda porqué había resuelto los problemas sociales alemanes de una manera en la que beneficiaba sus intereses.
Última edición por ignasi el Dom Abr 01, 2007 1:26 am, editado 1 vez en total.

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Mensaje por ignasi » Lun Feb 13, 2006 5:22 pm

¿Depresión? ¿Qué depresión?

Hitler se atrajo la América corporativa por otro importante motivo: se conjuró a hallar una solución al problema de la Gran Depresión. Su remedio fue una especie de estratagema keynesiana, en la que el estado estimulaba la demanda, hacía funcionar de nuevo la producción y posibilitaba a las empresas alemanas y extranjeras incrementar los niveles de producción y conseguir un nivel de beneficio sin precedentes. Lo que pidió el estado nazi a la industria, no obstante, fue equipamiento de guerra, y desde el inicio fue muy claro que la política de rearmamiento conduciría inexorablemente a la guerra, porqué solo los saqueos resultantes de una guerra victoriosa permitirían al régimen afrontar las facturas. El programa de rearmamento nazi se reveló como un maravilloso escaparate de oportunidades para las empresas subsidiarias americanas. Ford se quejaba de que Ford-Werke estaba siendo discriminada por los nazis por ser de propiedad extranjera, pero reconoció que en la segunda mitad de la década de 1930 su subsidiaria de Colonia fue formalmente certificada (por las autoridades nazis) como de origen alemán, y por ente, “elegible para recibir contratos del gobierno”. Ford tuvo ventaja de esta oportunidad, ya que los pedidos del gobierno eran exclusivamente para equipamiento militar.
La rama alemana de Ford tenía grandes pérdidas a inicios de los 30, no obstante, gracias a los lucrativos contratos gubernamentales del rearme de Hitler, los beneficios de la Ford-Werke se elevaron espectacularmente de los 63.000 Reichsmarks de 1935 a 1.287.800RM en 1939. A la fábrica de Opel de Rüsselsheim aún le fue mejor: su porcentaje en el mercado del automóvil alemán creció del 35% en 1933 a más del 50% en 1935, y la subsidiaria de GM, que había perdido dinero a inicios de los 30, se convirtió en extraordinariamente rentable gracias al boom económico causado por Hitler y su programa de rearme. Ganancias de 35 millones de RM (sobre unos 14 millones de dólares USA) se registraron en 1938. En 1939, en vísperas de la guerra, el presidente de GM, Alfred P. Sloan, justificó públicamente hacer negocios con la Alemania de Hitler, indicando la naturaleza sumamente beneficiosa de las operaciones de GM bajo el Tercer Reich. Otra empresa americana que gozó de bonanza durante el III Reich fue IBM. Su subsidiaria alemana, Dehomag, proveyó a los nazis con la máquina de tarjetas perforadas (precursora del ordenador). En 1933, el año en que Hitler ascendió al poder, Dehomag alcanzó un beneficio de un millón de dólares, y durante los primeros años de Hitler, la filial alemana pagó a IBM USA cerca de 4,5 millones de dólares en dividendos. En 1938, aún en plena Depresión, “los earnings anuales eran aproximadamente de 2,3 millones de RM, un 16% devuelto en beneficios netos, escribe Edwin Black. En 1939, los beneficios de Dehomag se incrementaron hasta aproximadamente 4 millones de RM.
Las empresas americanas con sucursales en Alemania no fueron las únicas en para ganar ganancias imprevistas del rearme alemán. Alemania estaba almacenando petróleo en preparación a la guerra, y mucho de este petróleo era suministrado por las empresas americanas. Texaco se aprovecho mucho de las ventas a la Alemania Nazi, y no sorprende que su presidente, Torkild Rieber, fuera otro de los poderosos empresarios americanos en admirar a Hitler. Un miembro del servicio secreto alemán informaba de que “era totalmente pro-alemán” y “un sincero admirador del Führer”. Rieber incluso llegó a ser un amigo personal de Göring, el amo de la economía alemana. Como Ford, cuya empresa no solo fabricó para los nazis en la propia Alemania, sino que exportó camiones parcialmente montados directamente desde los Estados Unidos a Alemania. Estos vehículos se ensamblaban en la fábrica Ford-Werke de Colonia y estuvieron disponibles para ser usados en la primavera de 1939, durante la ocupación de la parte de Checoslovaquia que no se le había cedido en los deshonrosos Acuerdos de Munich del año anterior. Además, a finales de los 30, Ford envió materiales raros estratégicos a Alemania, en ocasiones a través de subsidiarias en terceros países: solo a inicios de 1937, estos envíos incluían cerca de 2 millones de libras de caucho y 130.000 libras de cobre.
Las empresas americanas ganaron mucho dinero en la Alemania de Hitler: esto, y no el famoso carisma del Führer, fue el motivo por el que los propietarios y directores de estas empresas le adoraban. En cambio, Hitler y sus allegados estaban encantados con la actuación del capital americano en el estado nazi. Las subsidiarias americanas dedicadas a la producción de guerra alcanzaron e incluso superaron las expectativas del líder alemán. Berlín pagó las facturas a su vencimiento y Hitler personalmente mostró su aprecio otorgando prestigiosas condecoraciones a Henry Ford, Thomas Watson (IBM) y a James D. Mooney, director de exportaciones de General Motors.

Imagen
Henry Ford recibiendo la Orden del Águila Alemana

Las acciones de las inversiones americanas en Alemania se incrementaron después de que Hitler subiera al poder en 1933. El motivo principal fue que el régimen nazi no permitía que los beneficios hechos por firmas extranjeras fuesen repatriados (al menos, no en teoría). En realidad, las centrales de las empresas podían burlar este embargo por medio de estratagemas como facturar a la subsidiaria alemana por “royalties” y todo tipo de cargos. Aún, la restricción significaba que los beneficios eran en gran parte reinvertidos en la tierra de oportunidad que Alemania mostraba ser en aquel momento, por ejemplo, en la modernización de las fábricas existentes, en la construcción o adquisición de nuevas fábricas, y en la compra de Bonos del Reich y deuda pública. IBM incluso reinvirtió sus considerables beneficios en una nueva fábrica en Berlin-Lichterfelde, en la expansión de sus fábricas en Sindelfingen, en numerosas sucursales por todo el Reich, y en la compra de propiedades de alquiler en Berlín y en otros bienes raíces y ventajas palpables. Bajo estas circunstancias, el valor de la aventura germana de IBM se incrementó considerablemente, y a finales de 1938, el valor neto de Dehomag se había doblado de los 7,7 millones de RM en 1934 a aproximadamente 14 millones de RM. El valor de las propiedades totales de Ford-Werke creció igualmente en la década de los 30, de 25,8 millones de RM en 1933 a 60,4 millones de RM en 1939. La inversión americana en Alemania siguió expandiéndose bajo Hitler, y llegó a alcanzar 475 millones de dólares cuando Pearl Harbor (diciembre de 1941)

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Mensaje por ignasi » Mar Feb 14, 2006 6:51 pm

Mejor Hitler que “Rosenfeld”

A través de los “tristes treinta”, los beneficios corporativos de los Estados Unidos se mantuvieron deprimidos, y en sus sedes, las firmas como GM y Ford solo podían soñar en las ganancias que acumulaban sus sucursales en Alemania gracias a Hitler. Además, la empresa americana tenía problemas con los activistas sindicales, con los comunistas y otros radicales. ¿Qué pasaba con los rasgos de la personalidad del Führer y de su régimen? ¿Molestaban a los lideres empresariales americanos? Aparentemente, no demasiado. El programa racial hitleriano, por ejemplo, no ofendía su sensibilidad. Al fin y al cabo, el racismo hacia los no-blancos seguía existiendo de modo sistemático a través de los Estados Unidos, y el antisemitismo era plagado en la clase corporativa. En los exclusivos clubes y en los hoteles de los capitanes de la industria, los judíos raramente eran admitidos; y algunos líderes corporativos americanos eran portavoces antisemitas. A inicios de la década de los 20, Henry Ford produjo penosamente un libro antisemita, The International Jew, que fue traducido a muchos idiomas; Hitler leyó la traducción alemana y posteriormente reconoció que le inspiró y dio ánimos. Otro magnate americano notoriamente antisemita fue Irene Du Pont, pese al hecho de que la propia familia Du Pont tenia antepasados judíos.
El antisemitismo corporativo americano tenia muchas similitudes con el de Hitler, cuya visión del judaísmo estaba íntimamente ligada a su visión del marxismo, como Arno J. Mayer argumenta solidamente en su libro Why Did the Heavens not Darken?. Hitler afirmaba ser un socialista, pero el suyo era un “nacional” socialismo, un socialismo solo para los alemanes racialmente puros. Mientras que el socialismo genuino, que predicaba la solidaridad entre los miembros de la clase trabajadora internacional y se basaba en las obras de Karl Marx, fue despreciado por Hitler como una ideología judía que perseguía esclavizar o incluso destruir los alemanes y a los otros “arios”. Hitler aborrecía como “judías” todas las formas de marxismo, pero ninguno más que el comunismo (o “bolchevismo”) y denunciaba a la Unión Soviética como el hogar del socialismo internacional judío.
En la década de 1930, el antisemitismo del empresariado americano parecía ser el otro lado de la moneda del antisocialismo, del antimarxismo y de la tentación roja. Muchos empresarios americanos denunciaron el New Deal de Roosevelt como un apaño “socialista” en la economía. Los antisemitas de las empresas americanas consideraban que Roosevelt era un cripto-comunista y un agente de los intereses judíos, si no a él mismo como un judío: normalmente se referían a él con el apodo “Rosenfeld”, y su New Deal fue tildado de “Jew Deal”. En su libro The Flivver King, Upton Sinclair describe al notorio antisemita Henry Ford soñando con un movimiento fascista norteamericano que “prometiera eliminar a los rojos y preservar los intereses de la propiedad del país, expulsara al bolchevique (Roosevelt) de la Casa Blanca y a todos sus profesores rosas de los servicios del gobierno... (y) que convirtiera en una ofensa hablar sobre el comunismo o proclamar una huelga”. Otros magnates americanos también esperaban un salvador fascista que pudiera limpiar América de sus “rojos” y que incluso devolviera su prosperidad y su beneficio. Du Pont proveyó de un generoso soporte financiero a las organizaciones fascistas americanas, como la infame “Black Legion”, e incluso estuvo implicado en planes para ejecutar un golpe de estado fascista en Washington. (Hofer and Reginbogin, 585–6)

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Mensaje por ignasi » Mié Feb 15, 2006 10:15 pm

¿Para qué preocuparse por la próxima guerra?

Era obvio que Hitler, que estaba rearmando Alemania hasta los dientes, iba a provocar una gran guerra más pronto o más tarde. Cualquier aprensión que los capitostes de la industria americana podía haber tenido inicialmente en este punto se disiparon pronto, porqué los peritos de la diplomacia y los negocios internacionales de la década de los 30 esperaban que Hitler se reservaría ante los países occidentales, y atacara y destruyera en su lugar la Unión Soviética, como prometió en Mein Kampf. Animarle y asistirle en lo que consideraban era su gran misión en la vida, fue el objetivo oculto del infame apaciguamiento político seguido por Londres y París, y tácitamente aprobado por Washington. Los líderes empresariales de todos los países occidentales, incluyendo más enfáticamente los americanos, aborrecían la Unión Soviética porqué era la cuna del comunismo “contra sistema”, contrario al orden internacional de las cosas, y era una fuente de inspiración hacia los propios americanos “rojos”. Pese a ello, consideraban particularmente ofensivo que la patria del comunismo no hubiera caído durante la Gran Depresión, sino que experimentaron una revolución industrial que les había sido muy favorable, comparada por el historiador americano John H. Backer al muy celebrado “milagro económico” de la Alemania occidental tras la II Guerra Mundial.
La política de apaciguamiento fue un esquema sinuoso, cuyo objetivo real tenía que ser por los británicos y los franceses. Fue espectacularmente contraproducente porqué finalmente sus contorsiones hicieron sospechar a Hitler sobre las auténticas intenciones de Londres y París, que le llevó a cerrar un acuerdo con Stalin, e incluso llevó a Alemania a la guerra con Francia y la Gran Bretaña antes que con la Unión Soviética. Con todo, el sueño de una cruzada alemana contra el comunismo soviético en beneficio del occidente capitalista se resistía a morir. Londres y París lanzaron una “Guerra Falsa” contra Alemania, esperando que, al final, Hitler se lanzaría contra la Unión Soviética. Esta era la idea de unas misiones, prácticamente oficiales, que llevó a cabo James D. Mooney, de GM, entre Londres y Berlín; el cual trató (al igual que había hecho el embajador americano en Londres, Joseph Kennedy, padre de John F. Kennedy) de persuadir a los líderes británicos y alemanes de resolver su conflicto, tras lo cual Hitler podría dirigir totalmente su atención hacia su gran proyecto oriental. En una reunión con Hitler en marzo de 1940, Mooney hizo un plan de paz para la Europa occidental, sugiriendo que “los americanos comprendían las reclamaciones alemanas de su espacio vital”, en otras palabras, que no tenían nada en contra de sus demandas territoriales en el este. Estas iniciativas americanas, no obstante, no produjeron los resultados esperados. Los dueños y directores de las empresas americanas con subsidiarias en Alemania tuvieron que admitir que la guerra que Hitler había desatado en 1939 era también una guerra contra el oeste, pero en sus análisis finales no les importó en demasía. Lo que importaba era esto: ayudando a Hitler a preparar la guerra había producido buenos negocios y la guerra en sí misma les abría perspectivas aún más exageradas para realizar negocios y obtener beneficios.

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Mensaje por ignasi » Jue Feb 16, 2006 8:04 pm

Poniendo el Relámpago en la Blitzkrieg (Guerra Relámpago)

Los éxitos militares alemanes de 1939 y 1940 estuvieron basados en una nueva y extremadamente móvil forma de guerra, la Blitzkrieg, consistente en ataques extremadamente rápidos y altamente sincronizados por aire y tierra. Para llevarla a cabo, Hitler precisaba de motores, tanques, camiones, aviones, aceite de motor, gasolina, caucho y sofisticados sistemas de comunicación para asegurar que los Stukas golpeaban a la una con los Panzers.
Gran parte de este equipo fue subministrado por las marcas americanas, algunas por subsidiarias alemanas de las grandes empresas americanas, pero otras exportadas desde los Estados Unidos, a veces a través de terceros países. Sin este tipo de soporte americano, el Führer solo hubiera podido soñar con la Blitzkrieg.
Muchas de las alas y de los neumáticos hitlerianos fueron fabricados en las subsidiarias alemanas de GM y de Ford. A finales de la década de 1930 estas empresas habían abandonado toda la producción civil para centrarse exclusivamente en el desarrollo del utillaje militar para el Heer y la Luftwaffe. Este rápido pedido (si no ordenado) por las autoridades nazis, no solo fue aprobado, sino que fue apoyado por las centrales en Estados Unidos. La Ford-Werke de Colonia pasó a fabricar no solo incontables camiones y transportes de personal, sino que también pasó a fabricar motores y piezas. La nueva fábrica de Opel (propiedad de GM) en Brandenburgo produjo camiones para la Wehrmacht, mientras que la fábrica de Rüsselsheim produjo mayormente para la Luftwaffe, ensamblando aviones como el JU-88, el caballo de batalla de la flota alemana de bombarderos. Llegó el momento en que GM y Ford produjeron no menos de la mitad de la producción alemana de tanques. Mientras, ITT adquirió una cuarta parte de las acciones del fabricante aeronáutico Focke-Wulf, y así ayudó a construir cazas.
Quizás los alemanes podían haber ensamblado vehículos y aviones sin la asistencia americana. Pero Alemania necesitaba desesperadamente materiales raros, como caucho y petróleo, ambos muy necesarios para luchar en una guerra basada en la movilidad y la velocidad. Las empresas americanas vinieron al rescate. Como ya se ha mencionado anteriormente, Texaco ayudó a los nazis a almacenar combustible. Además, mientras que la guerra en Europa avanzaba, grandes cantidades de combustible diesel, aceite lubricante y otros productos petrolíferos eran embarcados hacia Alemania no solo por Texaco, sino también por Standard Oil, sobre todo a través de puertos españoles (la marina alemana, incidentalmente, era proveída de combustible por el magnate del petróleo tejano William Rhodes Davis. En la década de los 30, Standard Oil había ayudado a IG Farben a desarrollar combustible sintético como alternativa al petróleo convencional, el cual Alemania debía importar en su totalidad. Albert Speer, el arquitecto de Hitler y su ministro de armamento en tiempos de guerra, declaró después de la guerra que sin ciertos tipos de combustible sintético hecho posible por firmas americanas, Hitler “nunca hubiera considerado la invasión de Polonia”. Mientras que para los Focke-Wulf y otros cazas rápidos, no podrían haber conseguido la velocidad mortal sin un componente en su combustible llamado tetraetielo sintético; los alemanes admitieron posteriormente que sin el tetraetielo, el concepto entero de la Blitzkrieg hubiese sido impensable. Este mágico ingrediente era fabricado por una empresa llamada, una firma hija de un trío formado por Standard Oil, el socio alemán de IG Farben y GM.
La Blitzkrieg involucraba en perfecta sintonía los ataques por tierra y aire, y esto requería unos equipos de comunicación altamente sofisticados. La subsidiaria alemana de ITT suministraba la mayor parte de estos aparatos, mientras otras tecnologías útiles para los propósitos de la Blitzkrieg venían desde la sucursal alemana de IBM, Dehomag. De acuerdo con Edwin Black, IBM sabía como hacer que la máquina de guerra nazi “obtuviera escala, velocidad, eficiencia”; IBM, concluye, “puso el ‘blitz’ en el ‘krieg’ para la Alemania nazi.
Desde la perspectiva empresarial americana, no era ninguna catástrofe que Alemania se hubiese convertido en dueña del continente europeo en 1940. Algunas subsidiarias alemanas de las compañías americanas (como, por ejemplo, Ford-Werke y la planta embotelladora de Coca Cola en Essen) se estaban expandiendo en los países ocupados, avanzando tras los faldones de la victoriosa Wehrmacht. El presidente de IBM, Thomas Watson, confiaba en que su planta alemana ganaría ventaja tras los triunfos hitlerianos. Black escribe que “mientras que Alemania siguiera siendo dueña de Europa, y que IBM se beneficiase por esto por dirigir el dominio de los datos”, es decir, proveyendo a Alemania con herramientas tecnológicas para el control total.
El 26 de junio de 1940 una delegación comercial alemana organizó una cena en el hotel Waldorf-Astoria de Nueva Cork para festejar las victorias de la Wehrmacht en la Europa Occidental, a la que asistieron diversos dirigentes industriales (como James D. Mooney, el ejecutivo a cargo de las operaciones alemanas de GM). Cinco días más tarde, las victorias alemanas se volvieron a celebrar en Nueva Cork, esta vez en una fiesta ofrecida por el filo-fascista Rieber, dueño de Texaco. Entre los líderes presentes estaban James D. Mooney y el hijo de Henry Ford, Edsel.

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Mensaje por ignasi » Vie Feb 17, 2006 6:50 pm

¡Que maravillosa guerra!

1939 probó ser un año excepcionalmente bueno para las empresas norteamericanas. No solo hizo que las subsidiarias en Alemania tuvieran su parte en el botín de los triunfos de Hitler, sino que el conflicto europeo estaba generando nuevas oportunidades. Los propios Estados Unidos se estaban preparando para una posible guerra, y los pedidos de camiones, tanques, aviones y buques empezaron a llegar desde Washington; primero en un estricto “pagar y cargar” y luego en un “Préstamo-Arriendo”, el Presidente Roosevelt permitió a la industria americana proveer a Gran Bretaña con material bélico y otro equipo, que permitió a la valiente pequeña Albión a proseguir la guerra contra Hitler indefinidamente. A finales de 1940, todos los países beligerantes, así como otros países neutrales como los mismos Estados Unidos, estaban siendo con armamento salido de las fábricas americanas, bien de las fábricas británicas (donde Ford también tenía plantas de construcción) o en Alemania. Desde el punto de vista empresarial, era una guerra maravillosa, y lo mejor era su larga duración. A la empresa americana no le importaba que Hitler ganase o perdiese su guerra, sino que querían que esta guerra se alargase tanto como fuese posible. Henry Ford se había negado en un principio a producir armas para Gran Bretaña, pero ahora ya había cambiado su tono. De acuerdo con su biógrafo, David Lanier Lewis, “expresó la esperanza que ni los países aliados ni los del eje podrían ganar” y sugería que los Estados Unidos deberían proveer a ambos con los medios para “que mantengan la lucha hasta que ambos se colapsen”
El 22 de junio de 1941 la Wehrmacht avanzó a través de la frontera soviética, propulsada por motores de Ford y GM y equipadas con material fabricado en Alemania con capital y tecnología americana. Mientras muchos líderes empresariales americanos esperaban que los nazis y los soviéticos se involucrarían en una larga guerra que los debilitaría a ambos, incluso prolongando la guerra europea que se había demostrado tan provechosa, los expertos de Londres y Washington preveían que la Unión Soviética sería aplastada “como un huevo” por la Wehrmacht. La URSS, no obstante, fue el primer país que consiguió transformar la Blitzkrieg en una guerra de posiciones, y el 5 de diciembre de 1941, el Ejército Rojo incluso consiguió lanzar una contra-ofensiva. Pronto fue evidente que los alemanes estarían preocupados con el Frente Oriental durante algún tiempo, lo cual permitiría a los británicos a continuar la guerra, y el provechoso “Préstamo-Arriendo” seguiría indefinidamente. La situación se transformó aún en más provechosa para el empresariado americano cuando advirtieron que dicho negocio podía hacerse también con los soviéticos. En noviembre de 1941, cuando era claro que la Unión Soviética estaba lejos del colapso, Washington acordó extender crédito a Moscú, concluyendo en un acuerdo de “Préstamo-Arriendo” con la URSS, y abriendo un nuevo mercado para los productos de la industria americana.

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Mensaje por ignasi » Mar Feb 21, 2006 5:06 pm

América ayuda a los soviéticos... y a los nazis.

Tras la guerra, fue habitual afirmar en occidente que el inesperado éxito soviético contra la Alemania nazi había sido posible gracias a la ayuda masiva americana, en base a los términos del acuerdo de Préstamo-Arriendo alcanzado entre Washington y Moscú, y que sin este apoyo la Unión Soviética no hubiese sobrevivido al ataque nazi. Esta afirmación es dudable. Primero, porqué la ayuda material no llegó de manera significativa hasta 1942, es decir, mucho después de que los soviéticos hubiesen puesto final al progreso hecho por la Wehrmacht y lanzado su primera contraofensiva solo con sus medios. Segundo, la ayuda americana nunca representó más de un 4 ó 5% del total de la producción de guerra soviética, si bien hay que admitir que ese pequeño porcentaje puede ser crucial en una situación de crisis. Tercero. Los soviéticos por si mismos produjeron armas ligeras y pesadas de alta calidad (entre ellas, el tanque T-34, posiblemente el mejor tanque de la II Guerra Mundial), que hizo posible su éxito contra la Wehrmacht. Y, finalmente, la muy cacareada ayuda del Préstamo-Arriendo a la URSS fue extensivamente neutralizada (y ocultada) por la no-oficial, discreta pero muy importante asistencia proveída por el empresariado americano a Alemania, enemigos de los soviéticos. En 1940 y 1941, las empresas americanas incrementaron las lucrativas exportaciones de petróleo a Alemania; enviándose a través de estados neutrales. las importaciones alemanas de productos americanos de vital importancia se incrementó rápidamente, entre ellos el aceite lubricante para motores, que pasó de un 44% en julio de 1941 a un 94% en septiembre. Si el combustible americano, el ataque alemán a la Unión Soviética no hubiese sido posible, de acuerdo con el historiador alemán Tobias Jersak, una autoridad en el campo del “fuel americano para el Führer”.
Hitler aún estaba analizando las catastróficas noticias de la contra-ofensiva soviética y del fracaso de la Blitzkrieg en el este, cuando se enteró de que los japoneses habían lanzado un ataque sorpresa en Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. Los Estados Unidos ahora estaban en guerra contra Japón, pero desde Washington no se había hecho ningún movimiento hacia declarar la guerra contra Alemania. Hitler no tenía ninguna obligación hacia sus amigos japoneses, pero el 11 de diciembre de 1941 declaró la guerra a los Estados Unidos, probablemente esperando (en vano como se vio) que Japón declararía a su vez la guerra contra la Unión Soviética. La innecesaria declaración de guerra de Hitler, acompañada por una frívola declaración de guerra por parte de Italia, hizo de los Estados Unidos un participante activo de la guerra en Europa. ¿Cómo afectó todo ello a los intereses alemanes de las grandes empresas americanas?

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Mensaje por ignasi » Mié Feb 22, 2006 10:49 pm

Negocios como siempre

Las subsidiarias alemanas de las empresas americanas no fueron confiscadas por los nazis y suprimidas del control de la empresa matriz hasta la derrota alemana en 1945. Observando las ventajas de Ford y GM, por ejemplo, el experto alemán Hans Helms cita “ni una vez durante su régimen de terror los nazis hicieron el mínimo intento de cambiar la propiedad de Ford o de Opel”. Incluso después de Pearl Harbor, Ford mantuvo su 52% de acciones de Ford-Werke en Colonia, y GM se mantuvo como único propietario de Opel (Billstein et al., 74, and 141).
Con todo, los propietarios y directivos americanos mantuvieron unas considerables medidas de control sobre sus plantas en Alemania tras la declaración de guerra contra los Estados Unidos. Hay pruebas de que las centrales de las empresas en los Estados Unidos y sus plantas en Alemania mantuvieron el contacto, bien indirectamente, a través de subsidiarias en Suiza, o bien directamente a través de modernos sistemas de comunicación. El último fue suministrado por ITT en colaboración con Transradio, una unión entre ITT, RCA y las alemanas Siemens y Telefunken. En su informe reciente de sus actividades sobre la Alemania nazi, Ford señala que su central en Dearborn no mantuvo contacto directo con su subsidiaria alemana tras Pearl Harbor. Sobre la posibilidad de comunicaciones a través de plantas situadas en países neutrales, el informe afirma que “no hay indicios de comunicaciones entre ellas” (Research Findings, 88). No obstante, la falta de “indicios” simplemente puede significar que cualquier prueba de dichos contactos se puede haber perdido o destruido antes que los autores del informe fuesen autorizados a acceder a los archivos; al fin y al cabo, este acceso solo se permitió después de que transcurrieran más de 50 años de los hechos. Más aún, el informe señala algo contradictorio, ya que un ejecutivo de Ford-Werke viajó a Lisboa en 1943 para visitar la subsidiaria portuguesa de Ford, y es extremamente improbable de que Dearborn no estuviese al tanto de ello.
Por lo que respecta a IBM, Edwin Black escribe que durante la guerra su director general para Europa, Dutchman Jurriaan W. Schotte, fue destinado en la central de la empresa en Nueva York, dónde “siguió manteniendo regularmente la comunicación con los subsidiarios de IBM en el territorio nazi, así como en Holanda y Bélgica”. IBM también podía “controlar los acontecimientos y ejercer autoridad a través de subsidiarias en países neutrales”, y especialmente a través de su rama suiza en Génova, cuyo director, de nacionalidad suiza, “viajaba libremente a Alemania, a los territorios ocupados y a países neutrales” Finalmente, como otras grandes empresas americanas, IBM también podía confiar en diplomáticos americanos destinados en países ocupados y neutrales, a través de mensajes a través de valijas diplomáticas.
Los nazis no solo permitían a los propietarios americanos a mantener sus posesiones y un cierto nivel del control administrativo en sus inversiones en Alemania, pero su propia intervención en la dirección de Opel y Ford-Werke, por ejemplo, siguió mínima. Tras la declaración de guerra contra los Estados Unidos, los miembros de los consejos desaparecieron de escena, pero los directores alemanes generalmente retuvieron sus posiciones de autoridad y siguieron dirigiendo las empresas, manteniendo presentes los intereses de las centrales y de sus accionistas en América. Para Opel, la dirección de GM en Estados Unidos seguía manteniendo virtualmente un control total sobre los directores de Rüsselsheim; así lo escribe el historiador americano Bradford Snell, que dedicó su atención al tema en los 70, pero cuyos hallazgos fueron contested por GM. Un estudio reciente hecho por la investigadora alemana Anita Kugler confirma las cuentas de Snell, proporcionando un cuadro más detallado. Tras la declaración de guerra a los Estados Unidos, los nazis inicialmente no molestaron la dirección de Opel. Solo el 25 de noviembre de 1942 Berlín la señaló como un custodio enemigo, pero fue un hecho meramente simbólico. Los nazis simplemente querían crear una imagen alemana para una empresa que fue propiedad al 100% de GM durante toda la guerra.
En Ford-Werke, Robert Schmidt, aparentemente un ardiente nazi, sirvió como gerente durante la guerra, y su actuación fue muy satisfactoria para tanto las autoridades en Berlín como para los directores de Ford en América. Los mensajes de aprobación y felicitación (firmados por Edsel Ford) eran recibidos regularmente desde la central de Ford en Dearborn. Los nazis también estaban encantados con la labor de Schmidt, por lo que recibió el título de “líder en el campo de la economía militar”. Incluso cuando, meses después de Pearl Harbor, un custodio fue nombrado para supervisar la planta de Ford en Colonia, Schmidt mantuvo sus prerrogativas y su libertad de acción. La experiencia de IBM en tiempos de guerra con los custodios del Eje en Alemania, Francia, Bélgica y demás estuvo lejos de ser traumática. De acuerdo con Black, “protegían celosamente las inversiones, la productividad, e incrementaban beneficios”, más aún, “existían directores de IBM mantenidos en su puesto como directores de diario y, a veces, incluso nombrados por custodios enemigos”
Los nazis estaban menos interesados en la nacionalidad de los propietarios que en la producción, porqué tras la caída de la estrategia del Blitzkrieg en la Unión Soviética vieron que necesitaban más aviones y camiones. Desde que Henry Ford iniciase el uso de la línea de producción y otras técnicas, las firmas americanas habían sido las líderes en el campo de la producción industrial masiva, y las plantas de producción americanas en Alemania, incluyendo Opel (subsidiaria de GM) no habían excepciones para esta norma general. Los ideólogos de la producción nazi, como Göring o Speer entendieron que cambios radicales en la dirección de Opel podía interferir en la producción de Brandenburg y Rüsselsheim. Para mantener los niveles de Opel, los directores a cargo pudieron seguir en sus puestos porqué estaban familiarizados con estos eficiente métodos americanos de producción. Anita Kugler concluye que Opel “puso su entera producción e investigación a disposición de los nazis e incluso, objetivamente hablando, contribuyó a mantenerles en la guerra durante mucho tiempo”
Los expertos cree que las mejores innovaciones técnicas de GM y Ford beneficiaron en primer lugar sus plantas en la Alemania nazi. Como ejemplos cita los camiones con tracción en todas las ruedas de Opel, que demostraron ser tremendamente útiles en el Frente Oriental y en el desierto del Norte de África, así como los motores del nuevo ME-262, el primer caza a reacción, fabricado por Opel en Rüsselsheim. Ford-Werke desarrolló en 1939 el Maultier. Además, creó la Arendt GmbH para fabricar equipo de guerra, especialmente piezas para aviones. Pero pese a que afirman que se realizó sin su conocimiento, esta fábrica estuvo involucrada en el desarrollo de alto secreto de turbinas para las bombas volantes V-2 que devastaron Londres y Amberes.
ITT siguió proporcionando a los alemanes avanzados sistemas de comunicación después de Pearl Harbor, en detrimento de los propios americanos, cuyo código diplomático fue roto por los nazis con la ayuda de éste equipo. Hasta el final de la guerra, la producción de ITT en Alemania, así como en países neutrales como Suecia, Suiza y España proveyó a la Werhmacht con este instrumental. Charles Higham especifica:

Después de Pearl Harbor, el Heer, la Kriegsmarine y la Luftwaffe contactaron con ITT para la fabricación de centrales telefónicas, teléfonos, equipos de alarma, boyas, dispositivos de alerta de ataque aéreo, , equipo de radar y 13.000 fusibles al mes para artillería... Esto se elevó a 15.000 al mes en 1944. Además, ITT suministró ingredientes para las bombas cohete que caían sobre Londres, las células del selenio para rectificadores secos, equipos de radio de alta frecuencia y equipos de fortificación y de campo. Sin este suministro de material crucial hubiera sido imposible para la Luftwaffe matar tropas americanas y británicas, para el ejército alemán luchar contra los aliados, para Inglaterra haber sido bombardeada, o para los barcos aliados haber sido atacados en el mar.

No sorprende que los subsidiarias alemanas de las empresas americanas fueran observadas como “pioneras del desarrollo tecnológico” por los estrategas del Ministerio de Economía del Reich y por otras autoridades nazis involucradas en el esfuerzo de guerra.
Edwin Black también asegura que la tecnología de la tarjeta perforada de IMB, precursor de los ordenadores, permitió a los nazis automatizar la persecución. IBM supuestamente puso los números fantásticos en el Holocausto, porqué suministró al régimen de Hitler con las máquinas de calcular Hollerith y otras herramientas que fueron usadas para “generar listas de judíos y otras víctimas, a las que se fichaba para la deportación” y para “registrar presos (de los campos de concentración) y vestigios de trabajo esclavo”. No obstante, críticos al estudio de Black mantienen que los nazis podían y habrían conseguido su eficiencia mortal sin el beneficio de la tecnología de IBM. En cualquier caso, el caso de IBM da aún otro ejemplo de cómo las empresas americanas suministraron tecnología a los nazis y obviamente no les preocupó demasiado con que perversos propósitos fuesen utilizados.

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Mensaje por ignasi » Jue Feb 23, 2006 7:57 pm

Profits über Alles!

Los dueños y directores de las centrales en los Estados Unidos se preocupaban poco de que productos eran desarrollados y fabricados en las plantas de montaje alemanas. Lo que contaba para ellos y para los accionistas eran solo los beneficios. Las plantas de ensamblaje de las empresas americanas consiguieron considerables beneficios durante la guerra, y este dinero no fue a parar a los bolsillos de los nazis. Los beneficios de Dearborn pasan de 1,2 millones de RM en 1939 a 1,7 millones en 1940, 1,8 millones en 1941, 2 millones en 1942 y 2,1 millones en 1943. Las subsidiarias de Ford en los territorios ocupados de Francia, Holanda y Bélgica, donde el gigante corporativo americano también hizo una contribución industrial gigante al esfuerzo de guerra nazi fueron igualmente extraordinariamente provechosas. Ford-France, por ejemplo, que no era una marca floreciente antes de la guerra, fue muy provechosa después de 1940 gracias a su colaboración incondicional con los alemanes; en 1941 registró beneficios de 58 millones de francos, un hito por el que recibió calurosas felicitaciones de Edsel Ford. Y Opel, los beneficios de la firma se propulsaron hasta el punto que el ministerio de economía nazi prohibió publicarlos para evitar el descontento de la población, a la que se pedían cada vez más mayores sacrificios.
IBM no solo tuvo grandes beneficios en su planta de ensamblaje alemana, pero, como Ford, también vio sus beneficios en la Francia ocupada porqué sus negocios normalmente se generaban a través de una mayor colaboración con las autoridades alemanas de ocupación. Pronto se necesitaron nuevas fábricas. Por encima de todo, IBM prosperó en Alemania y en los territorios ocupados porqué se vendió a los nazis las herramientas requeridas para identificar, deportar, meter en ghettos, esclavizar y, finalmente, exterminar millones de judíos europeos, en otras palabras, por organizar el Holocausto.
Queda lejos de aclararse qué pasó con los beneficios hechos en Alemania durante la guerra por las subsidiarias americanas, pero algunos detalles de información no han emergido. En la década de los 30 las empresas americanas habían desarrollado diversas estratagemas para circunvalar el embargo de los nazis en su beneficiosa repatriación. La oficina principal de IBM en Nueva Cork, por ejemplo, facturaba regularmente a Dehomag los royalties debidos a su patente, para la devolución de préstamos inventados, y para otros honorarios y gastos; esta práctica y otras transacciones bizantinas inter-empresariales restaban beneficios en Alemania e incluso simultáneamente funcionaba efectivamente para evitar impuestos. Además habían otras formas de evitar el embargo en la repatriación de beneficios, como la reinversión en Alemania, pero después de 1939 esta opción ya no estaba permitida (al menos en teoría). A la práctica, las subsidiarias americanas incrementaron sus inversiones considerablemente de esta manera. Opel , por ejemplo, adquirió una fundición en Leipzig en 1942. También era posible usar los beneficios para mejorar y modernizar la propia infraestructura, como hizo Opel. También existían oportunidades de expandirse en los territorios ocupados de Europa: la subsidiaria de Ford en Francia usó sus beneficios para construir una fábrica de tanques en Oran; fábrica que suministraría al Africa Corps con el material necesario para avanzar hasta El Alamein en Egipto. En 1943 Ford-Werke también estableció una fundición no lejos de Colonia, junto a la frontera belga cerca de Lieja, para fabricar recambios.
Además, una porción del beneficio amasado en el Tercer Reich fue enviado a los Estados Unidos de alguna forma, como por ejemplo, a través de la neutral Suiza. Muchas empresas americanas mantenían oficinas que servían como intermediarias entre las centrales y sus subsidiarias en los países enemigos u ocupados y eso también se implicó en "el beneficio encauzado," como Edwin Black escribe en conexión con la rama suiza de IBM. Para el propósito de la repatriación de beneficios, las empresas también podían contar con los experimentados servicios de las ramas parisinas de algunos bancos americanos, como el Chase Manhattan y el J.P. Morgan, así como los bancos suizos. El Chase Manhattan era parte del imperio Rockefeller, al igual que Standard Oil, el socio Americano de IG Farben; su filial en el París ocupado por los alemanes se mantuvo abierta durante la guerra y obtuvo beneficios de la colaboración con las autoridades americanas.
Por el lado suizo también pasó que algunas instituciones financieras se involucraron (sin hacer preguntas difíciles) en custodiar el oro robado por los nazis a sus víctimas judías. Un papel importante en este aspecto lo hizo el Bank for International Settlements (BIS) de Basel, un banco presuntamente internacional fundado en 1930 con el propósito de facilitar los pagos de reparación de guerra de Alemania tras la I Guerra Mundial. Los banqueros americanos y alemanes (como Schacht) dominaron el BIS desde el inicio y colaboraron estrechamente en esta aventura financiera. Durante la guerra, un alemán y miembro del Partido Nazi, Paul Hechler, ejerció como director del BIS, mientras que un americano, Thomas H. McKittrick, ejerció como presidente. McKittrick era un buen amigo del embajador americano en Berna y agente del servicio secreto americano (OSS, precursor de la CIA) destinado en Suiza, Allen Dulles y su hermano John Foster Dulles, ya que habían sido compañeros en el bufete neoyorquino Sullivan & Cromwell, y se habían especializado en los muy beneficiosos negocios de arreglar inversiones americanas en Alemania. Tenían excelentes conexiones con los propietarios y altos ejecutivos de las empresas americanas, así como con banqueros, hombres de negocios y oficiales del gobierno (incluyendo peces gordos nazis) en Alemania. Tras el estallido de la guerra, John Foster fue el abogado corporativo de BIS en Nueva Cork, mientras que Allen se alistó en el OSS y ocupó un puesto en Suiza, donde ofreció amistad a McKittrick. Es de todos sabido que durante la guerra el BIS manejó enormes sumas de dinero y oro originarios de la Alemania Nazi. ¿No es lógico sospechar que estas transferencias podían haber implicado los beneficios de las plantas americanas, en otras palabras, el dinero acumulado por los clientes y asociados de los ubicuos hermanos Dulles?

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Mensaje por ignasi » Lun Feb 27, 2006 9:57 pm

¡Creando trabajo esclavo!

Antes de la guerra, las empresas alemanas habían adquirido ventajas del gran favor hecho por los nazis al eliminar los sindicatos y la transformación resultante de que la clase trabajadora militante alemana pasó a ser una “masa de seguidores”. Sin sorpresas, en la Alemania nazi los sueldos verdaderos cayeron rápidamente mientras que los beneficios se incrementaban en correspondencia. Durante la guerra los precios siguieron subiendo, mientras que los sueldos eran gradualmente erosionados y se incrementaban las horas de trabajo. Esta también era la experiencia de la fuerza laboral de la subsidiarias americanas.
Con tal de combatir las bajas laborales en las fábricas, los nazis reclutaron cada vez más trabajadores extranjeros para trabajar en Alemania frecuentemente bajo condiciones inhumanas. Junto a los cientos de miles de prisioneros de guerra soviéticos y a los presos de los campos de concentración, estos Fremdarbeiter (trabajadores forzados) formaban una inmensa fuente de trabajadores que podían ser explotados por quien los reclutase, a cambio de una modesta remuneración abonada a las SS. Las SS, por su lado, también mantenían la disciplina requerida con puño de hierro. Los costos salariales bajaron a niveles que aún hoy son increíbles, y los beneficios corporativos aumentaron en correspondencia.
Las plantas alemanas de empresas americanas también podían usar mano de obra esclava suministrada por los nazis, no solo Fremdarbeiter, sino también prisioneros de guerra y los presos de los campos de concentración. Por ejemplo, la Yale & Towne Manufacturing Company con base en Velbert informaba que “con la ayuda de trabajadores de la Europa Oriental” les hacía ganar “considerables beneficios”, Coca-Cola también se benefició del uso de trabajadores extranjeros, así como de prisioneros de guerra en sus fábricas de Fanta. Los ejemplos más espectaculares del uso de trabajadores forzados por las subsidiarias americanas, con todo, provienen de Ford y GM, dos casos que recientemente han sido objeto de una investigación. De Ford-Werke se pretendido que empezó en 1942 "entusiastamente, agresivamente, y exitosamente" siguió el uso de utilizar trabajadores extranjeros y prisioneros de guerra desde la Unión Soviética, Francia, Bélgica y otros países ocupados (aparentemente con el beneplácito de las centrales en Estados Unidos). Karola Fings, una investigadora alemana que ha estudiado las actividades en tiempos de guerra de Ford-Werke, escribe:

[Ford] hizo negocios maravillosos con los nazis. Debido a la aceleración de la producción durante abrió nuevas oportunidades para mantener el nivel de los costes salariales bajos. Una congelación general de salarios incrementó el efecto de Ford-Werke a partir de 1941. Con todo, el mayor margen de beneficio pudo ser logrado mediante el uso de los llamados Ostarbeiter (trabajadores forzados de la Europa Oriental)

Los miles de trabajadores forzados extranjeros puestos a trabajar en Ford-Werke era forzados a trabajar todos los días excepto Domingo durante 12 horas, y por ello no recibían sueldo. Presumiblemente fue peor el trato reservado para los relativamente pocos presos del campo de concentración de Buchenwald que fueron puestos a disposición de Ford-Werke en verano de 1944.
En contraste con Ford-Werke, Opel nunca usó presos de campo de concentración, al menos no en las plantas de Rüsselsheim y de Brandenburgo. La subsidiaria alemana de GM, no obstante, mostró una necesidad insaciable de otros tipos de trabajadores forzados, como los prisioneros de guerra. En las fábricas de Opel, el trato hacia los esclavos, especialmente cuando se trataba de rusos, era normal “la explotación máxima, el peor trato posible y... la pena capital incluso en los casos de las menores ofensas”. La GESTAPO estaba a cargo de supervisar estos trabajadores extranjeros.

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Mensaje por ignasi » Mié Mar 01, 2006 10:36 pm

Una licencia para trabajar para el enemigo

En los Estados Unidos, las corporaciones madres de las subsidiarias alemanas trabajaron muy duro para convencer al público americano de su patriotismo, ya que para que ningún americano ordinario hubiese pensado que GM, por ejemplo, que financiaba pósteres anti-alemanes en el frente casero, estuviese implicado en bancos lejanos del Rin en actividades que rozaban la traición.
Washington estaba mucho mejor informado que John Doe, pero el gobierno americano observó la ley no escrita que estipula que “lo que es bueno para General Motors es bueno para América” e hicieron la vista gorda hacia las empresas americanas que acumulaban riquezas gracias a sus inversiones o a sus tratos con un país que estaba en guerra con los Estados Unidos. Esto tenía mucho a ver con el hecho de que la América corporativa tuviese más influencia en Washington durante la guerra de lo que había tenido jamás; de hecho, grandes nombres de la industria fueron hacia Washington después de Pearl Harbor con tal de ocupar importantes puestos gubernativos.
Se supone que estaban motivados por el patriotismo y ofrecieron sus servicios por nada (por lo que se les conoció como los “hombres de dólar al año”). Además, muchos de ellos fueron con tal de proteger sus inversiones alemanas. El ex presidente de GM, William S. Knudsen, un declarado admirador de Hitler desde 1933 y amigo de Göring, fue director de la Oficina de Producción. Otro ejecutivo de GM, Edward Stettinius Jr., fue Secretario de Estado, y Charles E. Wilson, presidente de General Electric, fue “el poderoso número 2 de la Producción de Guerra”. Bajo estas circunstancias, ¿sorprende que el gobierno americano prefiriera mirar a otro lado mientras que las grandes corporaciones americanas se enriquecían con el enemigo alemán? De hecho, Washington legitimizó estas actividades. Apenas una semana antes del ataque japonés a Pearl Harbor, el 13 de diciembre de 1941, el Presidente Roosevelt emitió discretamente un edicto permitiendo a las empresas americanas hacer negocios con países enemigos (o con países neutrales que tuviesen buenas relaciones con el enemigo) a través de una autorización especial. Esta orden claramente contravenía las supuestamente leyes estrictas que prohibían cualquier forma de “tratos con el enemigo”.
Presumiblemente, Washington no podía afrontar ofender las grandes empresas del país, cuyos expertos eran necesarios para llevar la guerra a buen término. Tal y como Charles Higham escribió, la administración de Roosevelt “tenía que acostarse con las petroleras [y con las otras grandes empresas] con tal de ganar la guerra”. Consecuentemente, los oficiales gubernamentales sistemáticamente miraban a otro lado respecto a la antipatriótica conducta del capital americano, pese que habían algunas excepciones. “Con tal de satisfacer la opinión pública” escribe Highman, es establecieron acciones legales en 1942 contra el violador mejor conocido de la legislación del “trato con el enemigo”, Standard Oil. Pero Standard señaló que “estaba suministrando un alto porcentaje de combustible al Ejército, a la Navy y a la Fuerza Aérea, haciendo posible que América ganase la guerra”. La empresa de Rockefeller eventualmente acordó pagar una multa menor “por haber traicionado América”, pero se le permitió continuar con su beneficioso comercio con los enemigos de los Estados Unidos. Se hizo una tentativa de investigación hacia IBM argumentando actividades traicioneras con el enemigo nazi, pero fue abortada porqué los Estados Unidos necesitaban la tecnología de IBM tanto como los nazis. Edwin Black escribe: “IBM fue en algún sentido mayor que la guerra”. Ambos bandos no podrían haber afrontado la guerra sin la alta tecnología de la empresa. “Hitler necesitaba a IBM. Igual que los aliados”. El Tío Sam movió ligeramente un dedo hacia Standard Oil y IBM, pero los propietarios y directivos de las empresas que hacían negocios con Hitler nunca se preocuparon por ello. Las conexiones de ITT con Alemania, por ejemplo, eran un secreto público en Washington, pero nunca tuvo problemas por ello.
De acuerdo con el experto alemán Hans G. Helms, Bernard Baruch, un consejero de alto nivel del Presidente Roosevelt, dio la orden de no bombardear ciertas fábricas en Alemania, o en todo caso bombardearlas levemente; no es sorprendente que las plantas de las empresas americanas estuvieran en esta categoría. Así pues, mientras que el centro histórico de la ciudad de Colonia era arrasado en diversos ataques de bombarderos, la gran fábrica de Ford a las afueras de la ciudad disfrutó de la reputación de ser el lugar más seguro en la ciudad durante los ataques aéreos, si bien algunas bombas cayeron de vez en cuando.
Después de la guerra, GM y otras empresas americanas que habían hecho negocios en Alemania no solo no fueron sancionadas, sino que además fueron compensados por los daños que sufrieron sus subsidiarias alemanas como consecuencia de los ataques de los bombarderos anglo-americanos. GM recibió 33 millones de dólares e ITT 27 millones del gobierno americano como indemnización. Ford-Werke relativamente había sufrido pocos daños durante la guerra, y recibió más de 100.000 USD en compensación del propio régimen nazi; la planta de Ford en Francia, mientras, tuvo una indemnización de 38 millones de francos del Régimen de Vichy. Ford, no obstante, pidió a Washington 7 millones de dólares por daños, recibiendo una suma de 785.321 dólares por “sus pérdidas admisibles sostenidas por Ford-Werke y Ford Austria durante la guerra”, que la compañía ha reconocido en un informe recientemente publicado.

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Mensaje por ignasi » Lun Mar 06, 2006 6:06 pm

La América Corporativa y la Alemania de Post-Guerra

Cuando la guerra en Europa termino, la América corporativa estaba bien posicionada para ayudar a determinar que pasaría con la derrotada Alemania en general, y con sus intereses en Alemania en particular. Mucho antes de que callaran los cañones, Allan Dulles, desde su puesto de observación en Berna, estableció contacto con los asociados alemanes de las empresas americanas para las que había trabajado como abogado en Sullivan & Cromwell, y mientras que los tanques de Patton penetraban en el Reich en la primavera de 1945, el jefe de ITT Sosthenes Behn se ponía el uniforme de oficial americano y transitaba por la Alemania conquistada para inspeccionar personalmente sus subsidiarias. Más importante, la administración en los Estados Unidos de la zona de ocupación en Alemania abundaban los representantes de firmas como GM e ITT. Estaban allí, desde luego, para asegurar que la gran empresa americana continuaría disfrutando del pleno usufructo de sus beneficiosas inversiones en la Alemania derrotada y ocupada.
Uno de sus primeros asuntos fue prevenir la implantación del Plan Morgenthau. Herny Morgenthau era el Secretario del Tesoro de Roosevelt, cuya proposición consistía en desmantelar la industria alemana, transformando Alemania en un pobre estado agrario. Los propietarios y directivos de las empresas con intereses en Alemania estaban enterados ante la implantación del Plan Morgenthau significara la muerte financiera de sus subsidiarias, por lo que lucharon con uñas y dientes. Un oponente fue Alfred P. Sloan, el influyente presidente de GM. Sloan, junto a otros capitostes de la industria y sus representantes y contactos en Washington y entre las autoridades americanas de ocupación el Alemania, favorecerían una opción alternativa: la reconstrucción económica de Alemania, la cual permitiría crear negocios y hacer dinero en Alemania, y así tenían lo que querían. Tras la muerte de Roosevelt, el Plan Morgenthau fue abandonado y el propio Morgenthau fue relevado de su alto cargo el 5 de julio de 1945 por el Presidente Harry Truman. Alemania (o al menos la parte occidental de Alemania) sería reconstruida económicamente, y las subsidiarias americanas serían las mayores beneficiarias de este desarrollo.
Las autoridades de ocupación americanas en Alemania en general, y los agentes de las subsidiarias de las empresas americanas sin administración encaraban otro problema. Tras la derrota del nazismo y del fascismo europeo en general, el sentir general en Europa fue (y siguió siendo durante unos años) decididamente anti-fascista y, simultáneamente, más o menos anti capitalista, debido a que en aquel momento se entendió que el fascismo había sido una manifestación del capitalismo. En casi toda Europa, y particularmente en Alemania, asociaciones radicales, como los Grupos Anti-Fascistas Alemanes o Antifas, surgieron espontáneamente y tuvieron influencia. Los sindicatos y los partidos de izquierdas también experimentaron retornos de éxito; disfrutaban del soporte popular cuando denunciaban que los banqueros e industriales alemanes habían llevado a Hitler al poder y habían colaborado estrechamente con su régimen, y cuando proponían reformas anti-capitalistas más o menos radicales como la socialización de ciertas firmas y sectores industriales. Dichos planes de reforma, no obstante, violaban los dogmas americanos sobre la inviolabilidad de la propiedad privada y la libre empresa, y eran obviamente un gran motivo de preocupación para los industriales americanos con intereses en Europa.
Al final también asustaba la emersión en Alemania de “consejos de trabajadores” elegidos democráticamente que querían entrar en los asuntos de las empresas. Para empeorar las cosas, los trabajadores frecuentemente elegían Comunistas para esos consejos. Eso pasó en las plantas de las empresas más importantes, Ford-Werke y Opel. Los comunistas ejercieron un rol muy importante en el consejo de trabajadores hasta 1948, en que GM oficialmente reasumió la administración de Opel e inmediatamente y puso fin al experimento.
Las autoridades americanas se opusieron sistemáticamente a los anti-fascistas y sabotearon sus proyectos para las reformas sociales y económicas a niveles tanto de administración pública como de negocios privados. En la planta de Opel de Rüsselsheim, por ejemplo, las autoridades americanas colaboraron solo de manera reacia con los anti-fascistas, mientras hacían todo lo que podían para prevenir el establecimiento de nuevos sindicatos y prohibiese los consejos de trabajadores en la empresa. En lugar de permitir los planes democráticos de reformas “de abajo a arriba”, los americanos procedieron a restaurar unas estructuras autoritarias “de arriba abajo” siempre que les fue posible. En lugar de los anti-fascistas pusieron personalidades conservadoras, autoritarias, de derechas, incluyendo antiguos nazis. En la Ford-Werke de Colonia, la presión de los antifascistas forzó a los americanos a despedir al director general nazi Robert Schmidt, pero gracias a Dearborn y a las autoridades de ocupación americanas, él y otros directivos nazis estaban en sus puestos poco después.

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Mensaje por ignasi » Mié Mar 08, 2006 4:51 pm

Capitalismo, Democracia, Fascismo y Guerra

“Sobre las cosas de las que uno no puede hablar, uno debe mantener silencio” declaró el famoso filósofo Wittgenstein, y un colega, Max Horkheimer, parafraseó sobre el fenómeno del fascismo y de su variante alemana, el nazismo, enfatizando que si se quiere hablar sobre el fascismo, no se puede estar callado sobre el capitalismo. El Tercer Reich hitleriano fue un sistema monstruoso hecho posible por los líderes económicos alemanes, y mientras que era catastrófico para millones de persona, funcionó como el Nirvana para la empresa alemana. Las empresas de capital extranjero también pudieron disfrutar de los maravillosos servicios que el régimen de Hitler rindió a das Kapital, como la supresión de los partidos de trabajadores y sindicatos, un programa de rearmamento que conllevó inmensos beneficios, y una guerra de conquista que eliminó la competencia extranjera y trajo nuevos mercados, materiales raros baratos y un ilimitado suministro de trabajadores baratos entre los prisioneros de guerra, los trabajadores esclavos extranjeros y los internos de los campos de concentración.
Los propietarios y directivos de las principales empresas americanas admiraban a Hitler debido a que en su Tercer Reich podían ganar dinero como en ningún otro lugar, y por ello pisotearon a los trabajadores alemanes y juraron destruir la Unión Soviética, hogar del comunismo internacional. Edwin Black cree erróneamente que IBM fue un caso atípico de empresa americana que floreció gracias al gran festín fascista de los bancos del Rin. Muchos, sino todas dichas empresas, tuvieron ventajas de la eliminación de los sindicatos y de los partidos de izquierda, así como de la orgía de órdenes y pedidos que hicieron posible el rearmamento y la guerra. Traicionaron su país fabricando todo tipo de equipo para la máquina de guerra de Hitler incluso después de Pearl Harbor, y ayudaron a los nazis de una forma objetiva a cometer crímenes horribles. Estos aspectos técnicos, no obstante, pareció no perturbar a los propietarios o a los directivos de estas empresas ni en Alemania ni en los Estados Unidos, que estaban alerta de los acontecimientos de ultramar. Todo cuanto importaba, claramente, era la colaboración incondicional con Hitler que les permitía tener beneficios como nunca habían tenido antes; pudiendo haber sido su lema “Beneficios ubre Alles!”
Después de la guerra, los amos capitalistas y asociados del monstruo fascistas se separaron à la Dr. Frankenstein de su criatura, y proclamaron sin equívocos su preferencia por las formas democráticas de gobierno. Hoy, muchos de nuestros líderes políticos y medios de comunicación quieren hacernos creer que el “libre mercado” (un eufemismo para llamar al capitalismo) y la democracia son hermanos siameses. Incluso después de la II Guerra Mundial, el capitalismo, y especialmente el capitalismo americano, continua colaborando cómodamente con regimenes fascistas en países como España, Portugal, Grecia y Chile, mientras subvencionaban movimientos de extrema-derecha, incluyendo terroristas y escuadrones de la muerte en Latinoamérica, África y en cualquier lugar. Uno puede decir que en las centrales de las empresas, cuyos intereses colectivos están claramente reflejados en las políticas gubernamentales americanas, la nostalgia se ha desatado hacia los buenos tiempos en el III Reich, cuando era un paraíso para las firmas alemanas, americanas y de terceros países: sin partidos de izquierda, sin sindicatos, cantidades ilimitadas de trabajadores esclavos, y un estado autoritario que proveía de la disciplina necesaria y se preparaba para un “boom” armamentístico y para una guerra que trajo unos “beneficios sin límite” como escribe Black, aludiendo al caso de IBM. Estos beneficios más prontamente esperados de un dictador fascista que de una democracia genuina, de ahí el apoyo a Francos, Suhartos, Pinochets y otros dictadores del mundo de post-guerra. Pero aún en sociedades democráticas, el capitalismo busca activamente la mano de obra barata y mansa que Hitler les sirvió en bandeja de plata, y recientemente se ha llevado a cabo mediante instrumentos como la globalización y la reducción, mejor que el medio del fascismo, que el capital americano e internacional han procurado para lograr un Nirvana corporativo como el que les proporcionó Hitler.

Bibliografía:
Edwin Black, IBM and the Holocaust: The Strategic Alliance between Nazi Germany and America's Most Powerful Corporation (London: Crown Publishers, 2001)
Walter Hofer and Herbert R. Reginbogin, Hitler, der Westen und die Schweiz 1936–1945 (Zürich: NZZ Publishing House, 2002)
Reinhold Billstein, Karola Fings, Anita Kugler, and Nicholas Levis, Working for the Enemy: Ford, General Motors, and Forced Labor during the Second World War (New York: Berghahn, 2000)
Research Findings About Ford-Werke Under the Nazi Regime (Dearborn, MI: Ford Motor Company, 2001)


Saludos,

Ignasi

soykurtz
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Re: Beneficios über Alles! – Las empresas americanas y Hitler

Mensaje por soykurtz » Jue Jun 25, 2015 3:19 am

Estimado Forista Ignasi:
Observó con estupor que muy pocos participantes han demostrado interés o realizado preguntas y/o aportes sobre este tema que Usted expone y que en mi humilde entender tiene importantes implicancias en el desarrollo y en la Historia de la Segunda Guerra Mundial.
A que cree Usted se deba esta apatia?
Saludos Cordiales

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Antonio Machado
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Re: Beneficios über Alles! – Las empresas americanas y Hitler

Mensaje por Antonio Machado » Jue Jun 25, 2015 5:42 pm

Hola amigos !


En primer lugar agradecer a al estimado forista Ignasi el haber iniciado este Hilo y haber aportado tan interesantes materiales de análisis y estudio.


Al igual que el estimado forista Sloykurtz, me parece que es un tema mega-interesante y poco tratado tanto en la prensa y las editoriales como en este magnífico Foro; el tema da pie para muchos aportes y reflexiones, diversidad de fuentes y comentarios.


A mí también me ha extrañado la falta de participación de los compañeros foristas en este Hilo, especialmente de quienes -estoy seguro- poseen sobrada capacidad y conocimientos para hacer aportes valiosos.


Saludos cordiales desde Nueva York,


Antonio Machado
:sgm65:
"Tú no vengas a rezar a mi casa, yo no iré a pensar a tu iglesia..."
Con el Holocausto Nazi en contra de la Raza Judía la inhumanidad sobrepasó a la humanidad.

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