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La economía europea 1918 - 1939

Historia económica

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Mensaje por Blue_Max » Vie Mar 20, 2009 1:56 am

LA SITUACIÓN GENERAL ECONÓMICA DE LA EUROPA DE ENTREGUERRAS

Una brevísima visión global de la situación económica de las principales potencias europeas entre 1.918 – 1.939

¡Hola a todos!

En tiempos como los actuales, en que los efectos de una crisis económica de proporciones casi desconocidas, ya están comenzando a sentirse en la práctica totalidad de los sectores productivos de las naciones occidentales vemos brotar como florecillas multitud de artículos publicados por los “astrólogos” de siempre, que tratan de explicarnos las causas de lo que hoy acontece, cargando la culpa sobre los hombros de quienes nos precedieron, y ofreciendo soluciones para un futuro maravilloso, pasando por alto lo más importante, el presente. Y lo cierto es que casi siempre debemos tratar de comprender qué está sucediendo hoy para poder encontrar el remedio a los errores de ayer.

No en pocas ocasiones hemos leído que una de las principales causas de la SGM y en particular, del ascenso de Hitler a la Cancillería del Reich en 1.933 fue la situación económica en que se encontraba Alemania tras las imposiciones del Tratado de Versalles, y el “puntillazo” que propinó a la maltrecha República de Weimar el colapso económico de 1.929, desarrollando desde estos dos puntos de partida teorías que a veces, si no la mayoría, quedan cojas, por lo que no llegan del todo a convencernos. Sin embargo, pocas veces nos hemos parado a reflexionar sobre el panorama económico europeo durante el período de gestación de la más terrible conflagración que hasta la fecha ha visto la humanidad, esto es, entre 1.918 y 1939; una reflexión previa y breve, pues mis conocimientos sobre la materia no dan para más, peros sí que global, a fin de poder entender qué estaba sucediendo en el intrincado mundo del mercado durante aquéllas fechas.

No se trata de buscar el culpable de todo ello en una u otra circunstancia, sino de contemplar panorama desde una perspectiva lo más global posible. Pienso, llegado este punto que en vez de tratar de culpar al mismísimo Oliver Cromwel del lento crecimiento económico británico durante el primer tercio del Siglo XX, como proponía Floud (1) , sería más sensato comenzar por analizar de cerca lo que, sucedió durante el período de entreguerras, que es lo que realmente nos interesa comprender, en lugar de volver a caer en los errores del pasado, cuando parece que toda la culpa de que la economía francesa no fuese bien en el siglo XX, la tenía la Revolución de 1.789. Porque esa clase de errores de enfoque, como achacar todos los males al Tratado de Versalles, nacidos de una visión miope y del prejuicio, que en los historiadores pueden ser solo risibles, adquieren perfiles dramáticos cuando comprobamos su influencia en los políticos, que acaban por creérselos sencillamente ( y aquí señalo con el dedo al mismísimo A. Hitler), porque lo que los historiadores académicos y otros que ni siquiera son historiadores, les han vendido son los propios prejuicios de estos políticos, pero legitimados por la historia.

Los políticos, lamentablemente, suelen ser gente mal formada y peor informada. Se ha hecho proverbial la ignorancia de los datos más elementales de geografía descriptiva por parte de los presidentes estadounidenses, y autores como Nicolson (2) nos han contado cómo vio a los “cuatro grandes” en Versalles en 1.919, “arrastrándose por el suelo, estudiando mapas y descubriendo lugares de los que nunca habían oído hablar” para tratar de trazar las nuevas fronteras de Europa. Pero no hay que ir tan lejos, Puedo recordar simplemente que el General Franco tenía unas concepciones personales y singularísimas acerca de la Historia. En una ocasión expresó que le gustaría borrar el siglo XIX, así de cuajo, de la historia de España. Como su capacidad de acción retroactiva era limitada, eso no resultaba peligroso; pero sí lo era que descubriese él solito, en 1.943, la teoría del “prototipo bienal teórico”, según la cual la evolución de la Segunda Guerra Mundial funcionaba en períodos alternados de dos años. De 1.939 a 1.941 habían ganado los alemanes; de 1.941 a 1.943 lo hicieron los aliados; ahora (y esto lo decía en 1.943) en consecuencia lógica, tocaba una tercera dase, de 1.943 a 1.945, en que volverían las victorias alemanas y , con ellas el triunfo final. Desde luego que, como base para orientar la política exterior española, lo del prototipo bienal era un tanto arriesgado. No obstante ya sabemos cómo se las gastaba el “chico” de El Ferrol quien, haciendo honor a su bella patria chica, bien daba una de cal mientras atizaba la de arena.

Y no cuento esto por hacer un chiste, sino para que podamos advertir cuán estrechamente asociados suelen presentarse los errores de enfoque de los economistas y los historiadores a la miopía de los políticos. Lo que quiere decir que, cuando se apoya su miopía, proporcionándoles argumentos para racionarla, quienes así lo hacen se convierten en responsables también de sus errores. Ya se que esto es lo que se pide a todos los que, bien en ejercicio de su profesión o, como es nuestro caso, por afición, y que quien pretende ejercer de crítico y nadar contra corriente suele ser mal acogido. Pero si nos dedicásemos a justificar todo lo que se hace como lo mejor que puede hacerse y, cuando cambia el viento, pegamos un bandazo y defendemos una línea de actuación contradictoria, el personal de a pie acabará por no hacer caso, ni a los profesionales ni, por supuesto, a nosotros mismos, los meros aficionados.

:arrow: Continúa

_________________________________________________________________________________________________________
(1) Floud, R. http://en.wikipedia.org/wiki/Roderick_Floud
(2) Nicolson, H http://en.wikipedia.org/wiki/Harold_Nicolson



Bibliografía recomendada

Amén de los clásicos citados, y en particulr la obra de J.M Keynes, recomiendo la lectura de los siguientes tratados sobre la economía europea del período de entreguerras y en particular en referencia a las consecuencias económicas de Versalles, por ser más actuales:

Arthur Turner, The Cost of War: British Policy on French War Debts, 1918–1932 Brighton: Sussex Academic Press, 1998, ISBN 1-898723-37-0.

Patricia Clavin, The Great Depression in Europe, 1929–1939 Basingstoke: Macmillan/Palgrave 2000 ISBN 0-333-60681-7.

Karl Mayer, Zwischen Krise und Krieg. Frankreich in der Außenpolitik der United States zwischen Wirtschaftskrise und Zweitem Weltkrieg Stuttgart: Steiner, 1999 ISBN 3-515-07373-6.

Christoph Buchheim and Redvers Garside, eds., After the Slump. Industry and Politics in 1930s Britain and Germany New York and Frankfurt am Main: Peter Lang, 2000 ISBN 3-631-34912-2.

Philipp Heyde, Das Ende der Reparationen. Deutschland, Frankreich und der Youngplan 1929–1932. Paderborn: Schöningh, 1998 ISBN 3-506-77507-3.

Monika Rosengarten, Die Internationale Handelskammer. Wirtschaftspolitische Empfehlungen in der Zeit der Weltwirtschaftskrise 1929–1939 Berlin: Duncker & Humblot, 2001 ISBN 3-428-10411-0.
Última edición por Blue_Max el Vie Mar 20, 2009 4:06 pm, editado 3 veces en total.
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Mensaje por Blue_Max » Vie Mar 20, 2009 2:09 am

(...)

Tras varios años recogiendo notas aquí y allá, apuntándolas en mis cuadernos, he llegado a las conclusiones que siguen, no como conclusiones, sino como punto de partida para quien, con mejores criterios en una Ciencia que no es la mía, pueda, si quiere tomar el testigo. Y cuando digo “recogiendo notas en el cuaderno” de veras digo la verdad pues, si bien lo poco que voy publicando a lo largo del tiempo en este foro, no es mucho en comparación con lo que sois capaces de publicar los demás, lo cierto es que aún escribo con mi pluma sobre un cuaderno para después pasar y reordenar mis garabatos en este chisme que los españoles llamamos “ordenador” mientras el resto del mundo denomina “computadora” (este pueblo que aún se llama España, es así)

Pero volveré al hilo y veamos lo que sucedió al término de la PGM en Europa. De entrada, los políticos pensaron que las cosas volverían por sí mismas a su cauce “natural” : a las reglas del juego vigentes antes de 1.914, en la edad feliz del patrón oro, tal como ellos y sus economistas creían que había sido. Como diría Keynes, el mundo que se acabó en 1.914 – un mundo sin pasaportes y sin restricción alguna para la circulación del dinero – parecía firme y permanente, y nadie sospechaba que se avecinase un cambio radical, una época de monopolios, controles y restricciones. De ahí que, al concluir la Gran Guerra, los políticos ni siquiera se preocupasen por la necesidad de reconstruir unas economías desarticuladas por el conflicto. “Es un hecho sorprendente – escribiría Keynes, refiriéndose a las conferencias de paz – que, teniendo ante sus ojos el problema económico fundamental de una Europa famélica y destrozada, fuese ésta la única cuestión de la cual fue imposible despertar el interés de los cuatro grandes” (1).

Lo peor vino todavía cuando vieron que la “normalidad” no regresaba espontáneamente y comenzaron a sentir preocupación por la economía. Winston Churchill – que, tras haber cometido solemnes disparates como Ministro de Marina, recibió ahora la cartera de Hacienda, para la que estaba todavía peor preparado – no quiso entender que la revaluación de la Libra Esterlina iba a provocar más paro, como en efecto sucedió, pese a que los argumentos de Keynes eran aptos hasta para un párvulo.

Yo diría, además, que lo realmente dramático era que estos hombres se estaban esforzando por reconstruir un mundo, el del patrón oro, que no había existido jamás: que era tan fabuloso como la tierra de Jauja o el unicornio (algo en que incluso puede que estemos inmersos hoy día). Volveré ahora a citar a Keynes, en un texto poco conocido entre la mayoría, que procede de su primera obra, “Indian Currency and Finance” (2), donde explica que lo que permitía a Gran Bretaña regular la paridad de su moneda y contener las posibles huidas de oro hacia el extranjero era un complejo sistema, no siempre bien percibido, que dependía, para empezar, de su posición privilegiada como acreedora en el mercado internacional de préstamos a corto plazo, pero también de la peculiar organización del mercado monetario de Londres. Eran estos factores los que hacían posible que el simple manejo de los tipos de descuento bastase para mover el flujo de capitales en una u otra dirección, de acuerdo con lo que conviniese a la economía británica.

Pero los observadores extranjeros copiaron los rasgos externos del sistema, sin advertir que no bastaban. Lo que contaba no era que los británicos pudiesen manejar monedas de oro, ni que las reuniones de los directores de los bancos lo jueves en la City, acordasen la modificación de los tipos bancarios, sino el hecho de que un país acreedor podía recobrar rápidamente sus créditos a corto plazo para reinvertir los recursos en el interior, el de que el medio de pago fundamental no era precisamente el oro sino el hoy olvidado cheque. Aplicado a un país deudor, el sistema no servía para nada. En vano Argentina modificaría su tipo de descuento en tiempos de crisis, cuando los inversores británicos recuperaban lo que habían prestado para invertirlo preferentemente en Gran Bretaña. ¿Qué dinero argentino iba a volver del extranjero?

El sistema estaba pensado para las necesidades de la economía británica, y por lo menos para las que estuvieron vigentes hasta 1.914, y funcionaba en los otros países, como ha demostrado el estudio del supuesto argentino, cuando éstos atravesaban una etapa de prosperidad económica, sostenida por un gran volumen de exportaciones. Pero ¿Qué sucedería en 1.920?. Para empezar, la propia Gran Bretaña no tenía ya su misma posición que antes de la PGM en la economía internacional. Su papel como gran acreedor mundial lo desempeñaban ahora los Estados Unidos, pero para ellos, que no compensaban los superávits de su balanza de capitales con los déficits de la comercial, como hacían los británicos en el pasado, el sistema no servía. Se estaba intentando, por consiguiente, reconstruir el mundo mítico del patrón oro basándose no en lo que realmente fue, sino en lo que equivocadamente se suponía haber sido, y, por otra parte, se trataba de restaurarlo en unos momentos en que las nuevas condiciones vigentes en la economía internacional no sólo no lo hacían deseable, sino que convertían su funcionamiento en imposible. Los resultados fueron desastrosos para la economía británica, y a la larga para la economía mundial.

¿Qué hacían entretanto los franceses? :arrow: Continúa...


_________________________________________________________________________________________________________
(1) J.M. Keynes, “Las Consecuencias económicas de la Paz”, Madrid, Ed. Calpe, 1.920.
(2) J.M. Keynes, “Indian Currency and Finance”, Londres, 1.913 (Cito por la reedición de los Collected writings de Keynes, donde ocupa el Volumen I; Londres, 1.971
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Mensaje por Blue_Max » Vie Mar 20, 2009 3:57 pm

¡Hola a todos!

Terminaba ayer preguntándome ¿Qué hacían entretanto los franceses?

Pues se “entretenían” en plantear las exigencias derivadas de un plan para la reconstrucción de su economía nacional sobre la base de indemnizaciones de guerra alemanas – lo que era perfectamente razonable desde su punto de vista – y a lo que sus aliados respondieron tomándolo como una muestra más de la frivolidad, ignorancia e incompetencia (a su juicio) de los franceses, que creían no entender que la economía se restablecería por sí misma, en lugar de replicar a sus propuestas con lo que hubiera sido más sensato, esto es, formular un plan alternativo de reconstrucción a escala europea. En su estudio sobre la crisis financiera de 1.918 – 1.923, Dan Silverman (1) demostró hasta que punto los franceses fueron víctimas de los tópicos sobre su manera de ser y su incapacidad económica y financiara, y de los errores de los demás acerca de las realidades económicas de su tiempo.


Pese a todo ello, lo cierto es que fueron los franceses los primeros en salir de la trampa y estabilizar la moneda – en lo que después hubieron de seguirles, cuando al cabo entendieron las cosas, los británicos - , aunque para conseguir que los Rothschild (2) , Wendel y compañía aceptasen la estabilización del franco, el gobernador del Banco de Francia hubiese de pagarles ayudando a la derogación de una ley de 1.918 que prohibía las exportaciones de capitales, para que así pudieran tener, si algún día volvía al poder un gobierno de izquierdas como el “cartel des gauches” que ya se habían cargado, un arma para controlarlo o liquidarlo. Y que conste que, como esto no suele aparecer en los manuales, sino que solemos escucharlo "de referncia", así dicen que lo cuenta en sus Memorias el señor Émile Moreau, gobernador del Banco de Francia en aquéllos momentos. Y digo que “dicen que lo cuentan” porque personalmente no he podido comprobarlo ya que no dispongo de tal obra, pero “tal y como me lo contaron lo cuento yo”.

De la experiencia de estos años de inestabilidad nacerá toda una concepción de la evolución económica como una sucesión de grandes fases cíclicas: una visión oscilatoria, pero no ya la de los viejos ciclos cortos de negocios, sino la de ondas de mayor duración, que pudieran hacerse coincidir con las fases de auge y depresión experimentadas desde fines del Siglo XIX. Es en estos años cuando surge, y resulta el artificio adecuado para esa visión de la Historia, la concepción de ondas largas de Kondrafieff (3), un economista neopopulista ruso que va a desaparecer en las cárceles estalinistas a los 32 años de edad, porque a quienes hacían depender todas sus esperanzas de la crisis final y definitiva del capitalismo, y 1.929 parecía darles la razón, no les gustaba que un economista supusiera que después de la crisis del capitalismo pudiera experimentar una nueva fase de expansión.

Pero el recurso a Kondratieff, que suele hacerse ignorando por completo el marco de teoría económica en que él insertaba lo de las ondas, me temo que no es más que un pretexto para ahorrarse la molestia de pensar. Me explico; se dice que estamos en la fase de descenso del enésimo Kondratieff y todos tan contentos. Es casi tan racional como reconstruir la historia económica de una época sobre la base de la astrología. Algo a lo que tal vez llegaremos, porque vuelve a ponerse de moda algo que surgió en la década de los 80 y desde entonces se viene usando en el marco de la economía de empresa. Un libro sobre la estrategia de la creación empresarial publicado en 1.983 en París por Robert Papin, profesor de la École des Hautes Études Commerciales y del Institut Supérieur des Affaires, recomienda como técnicas de decisión el estudio de los biorritmos, de las líneas de la mano y de los horóscopos (huelga más citas por cómica y descontextualizada pero lo pondré a disposición de quien quiera divertirse un rato).

Veamos, para continuar con el hilo conductor, ¿qué les sucedió a las economías francesa y británica en la década de 1.930? :arrow: Continúa...

_________________________________________________________________________________________________________
(1) D.P. Silverman, “Reconstructing Europe after de Great War” , Cambrigde, Mass., Harvard University Press. Ed. 1.982.

(2)¿quién era la familia Rothschild?. Una breve referencia en http://es.wikipedia.org/wiki/Casa_Rothschild
(3)¿quién era Kondratieff? http://www.eumed.net/cursecon/economist ... atieff.htm
http://faculty.washington.edu/krumme/20 ... waves.html
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Mensaje por Blue_Max » Vie Mar 20, 2009 6:07 pm

¡Hola a todos!

Entramos en la década de 1930 y tratamos de entender qué sucedió con las economías francesa y británica. Vaya por delante que es éste uno de los períodos en que los británicos, tras haber rectificado sus errores, parecen ir bien, mientras que los franceses se nos presentan habitualmente como precipitándose al abismo, en cuyo final estarían el Frente Popular y, finalmente su desastrosa y rápida derrota militar en 1.940. Todo ello encaja con la visión tópica acerca del fracaso francés, y contribuye a reforzarla. Pese a todo ello, lo cierto es que, nada está tan claro como parece.

Comenzamos por preguntarnos si funcionó bien la economía británica durante la década de 1930 ¿realmente fue así?. Durante mucho tiempo se ha contado la broma aquella de que nuevos sectores industriales habrían venido a reemplazar en su papel de dinamizadores de la economía a los viejos, como el carbón, la siderurgia o el algodón, los cuales estaban en crisis. Pero de eso casi nada queda. La investigación puntual de la evolución de los distintos sectores se ha cargado este tópico, al que Von Tunzelman (1) se ha encargado de dar el golpe de gracia. Tenemos, en contrapartida, unos términos de intercambio favorables a las exportaciones industriales británicas respecto de sus importaciones de materias primas y alimentos, que han contribuido a abaratar el coste de la vida de los ciudadanos británicos – a expensas de los ingresos de los países exportadores de productos primarios – y han permitido dirigir parte de los ingresos ahorrados por los asalariados hacia la adquisición de viviendas.

Bueno, ya tenemos algo que nos aclare la situación, pero no mucho; no lo suficiente, en todo caso, para explicar la totalidad del cuadro. Precisamente por ello es por lo que se ha recurrido con frecuencia al programa de rearme británico de 1.937 – 1.938, que ha creado un millón de puestos de trabajo y ha beneficiado a sectores en crisis, como precisamente la siderurgia y el carbón. Y así es como tenemos explicada la recuperación de la década de 1.930. Porque resulta que Gran Bretaña, a comienzos de 1.939, antes de comenzar la SGM estaba gastando más en armamento que la propia Alemania nazi, que invertía todavía en autopistas y viviendas, y tenía una producción destinada al consumo proporcionalmente mucho más elevada que la británica.

Por lo general se cita lo último dicho, como muestra de que los británicos estaban preparándose mejor para la guerra. Pero ¿por qué olvidar otro hecho fundamental?, y no es otro que el gobierno británico se había visto obligado a dedicar al rearme la mayor parte de sus inversiones por temor a sus propios empresarios. Como dice Thomas (2) “un programa semejante de obras civiles hubiera podido engendrar (…) el desacuerdo de algunos sectores que hubiera podido afectar adversamente su confianza y hubiera originado un aumento la preferencia por la liquidez o una fuga de capitales”.

Interesante y no alejada de la realidad, esta reflexión, que me lleva a preguntarme por qué los amantes de las proposiciones contrafactuales no han dedicado un poco más de esfuerzo a averiguar si había comportamientos económicos más razonables que la inversión en el rearme: a examinar, por ejemplo, la posible coherencia del programa económico del Frente Popular francés, que jamás pudo ponerse en práctica, abandonado por la política de “restauración del beneficio” de Paul Reynaud (3) , que el 12 de noviembre de 1.938 decía: “Vivimos en un sistema capitalista. Algunos pueden lamentarlo, pero hay un hecho en el que todos estaremos de acuerdo: lo mismo que no se cambian los caballos en medio del vado, Francia no puede permitirse el lujo de cambiar el régimenen la Europa de hoy” ¿a qué nos suena esto todavía hoy en día? Mejor dejo la respuesta para que cada cual piense lo que quiera, pero lo cierto es que, entonces y para los franceses, la cosa acabó bastante mal.

Y es que resulta verdaderamente sorprendente que se suela olvidar que los franceses también estaban rearmándose desde el añó 1.935, como prueba el estudio de Robert Frankenstein (4), y de nada les sirvió.

No les sirvió, para empezar, como elemento de reactivación de la economía, porque como ha mostrado Frankenstein, el gasto en rearme realizado durante la etapa del Frente Popular – que fue mucho más lejos en este terreno que los gobiernos de derechas que le habían precedido y hasta más lejos de lo que jamás habían soñado los propios generales – se apoyaba sobre todo en el endeudamiento público, con lo que contribuía a debilitar el franco y convertía en un buen negocio la fuga de capitales y la compra de dólares.

Con todo ello, además de beneficiarse personalmente, los especuladores debilitaban a ese odiado gobierno de izquierdas que había impuesto la semana de cuarenta horas (entiéndaseme la ironía). Pero es que tampoco sirvió para hacer un papel siquiera discreto en la guerra, puesto que los generales colocaron los tanques detrás de la Línea Maginot y los alemanes, con buen tino y mejor acierto, les dieron la vuelta. Lo cual, en última instancia, acabó siendo lo mejor que les podía pasar.

Pero no os escandalicéis aún por esto último que acabo de decir, en breve lo aclaro :arrow: Continúa...



_________________________________________________________________________________________________________
(1) G.N. von Tunzelman, “Structural Change and Leading Sectors in British manufacturing” , en C.P. Kindlerberger y G. di Tella, eds., Economics in the Long View; estudios en homenaje a W.W. Rostow, Londres; McMillan, 1.982, vol. III, parte II, págs. 1 – 49.

(2) Mark Thomas, “Rearmement and Economic Recovery in the Late 1930s”, en Economic History Review, XXXVI, núm. 4º, de noviembre de 1.983; pag. 552 – 579.

(3) ¿quién es Paul Reynaud? http://www.exordio.com/1939-1945/person ... ynaud.html

(4) R. Frankenstein, “Le Prix du réarmement français, 1935-1939"; París, Éditions de la Sorbonne, 1982.
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Mensaje por Blue_Max » Vie Mar 20, 2009 7:05 pm

¡Hola a todos!

Ya os dije que no os escandalizaseis por la frese con que concluía mi anterior “post” No quiero decir que la “vergonzosa” derrota del ejército francés en 1.940 fuera lo mejor que pudiera suceder a Francia, sino para la economía francesa, que es de lo que estamos hablando.

¿Aún os escandalizáis por ello? Dejadme entonces razonarlo, y veamos después que opináis al respecto (toda opinión es válida). Sea la mía la primera, pues para ello lancé los dados al aire. En la PGM los alemanes no llegaron a someter a Francia; pero si que ocuparon por largo tiempo buena parte de su territorio, desguazaron sus fábricas, destruyeron minas, puentes y ferrocarriles con poco acierto. En la SGM, en cambio, conquistaron Francia con rapidez, de modo que no les interesó destruir su aparato productivo, sino ponerlo a trabajar a su servicio, para las necesidades de la guerra.

El resultado final fue que, en 1.945, la industria francesa no sólo no estaba destruida como en 1.918, sino que hasta había conseguido racionalizar su estructura, concentrándose, lo que explica la relativa rapidez con que estuvo lista para la nueva etapa de crecimiento que se le iba a presentar.

Todo ello sin olvidar que el haberse ahorrado ahora matanzas tan terribles como la de Verdún (1.916) significaba que había muchos más brazos jóvenes dispuestos al trabajo. Toda esa generación de jóvenes que, literalmente, desaparece durante la Gran Guerra, estaba ahora, dispuesta a trabajar para la nación.

Hemos ido dando unas breves pinceladas por la economía europea durante el período de entreguerras y hemos llegado, a la SGM, en la que no solo se enfrentan los ejércitos, sino que también podemos hablar de un enfrentamiento de sistemas económicos, entre las denominadas “liberales” de Francia y Gran Bretaña, con las economías de las “potencias del eje”, que la mayoría de los autores simplifican como “economías fascistas”. Aunque creo que ya conocéis mi opinión sobre denominar fascista a todo aquello que se opone al Komintern o a las democracias occidentales.

Dejamos a un lado lo referente a la economía planificada soviética (que sería en todo caso objeto de un “post” independiente por su complejidad y tomarla en consideración requeriría ahora muchísimo tiempo y espacio); y porque incluso limitándonos a las economías “liberales” y “fascistas”, tenemos ya bastantes problemas. Para empezar, el más importante: ¿existe algo que podamos llamar una economía fascista?

Dejando a un lado, mi personal opinión acerca de la generalización de determinados sistemas o regímenes como “fascistas”, y aunque para muchos está claro que existen regímenes “fascistas”, entendidos en el sentido más vulgar, lo que no está tan claro es que haya algo que pueda caracterizarse como una economía fascista.

En el modelo italiano (el verdadero y único fascismo, doctrinalmente hablando), la cosa se me antoja bastante sencilla: el primer fascismo se limitaba a la liquidación de los sindicatos de clase, para poner el control de las condiciones de trabajo en manos de los empresarios, y a la aplicación rigurosa del principio de subsidiariedad: el Estado no debe ocuparse de cosa alguna que pueda hacer la empresa privada. Tened en cuenta que Mussolini quería “reprivatizar” incluso el servicio de correos. Este es el modelo con el que podemos caracterizar, sin ningún problema, la economía fascista italiana de la década de 1.920. Sin embargo se me parece mucho a la política económica de M. Thatcher en Gran Bretaña durante los años 80, y no me parece que a ninguno de nosotros se nos haya ocurrido jamás calificar a la ex Premier Británica de fascista. (Os estoy viendo, y me refiero a los compañeros del foro que escriben desde Argentina, no es el momento de levantar el dedo, que no estoy hablando de “eso”).

Claro que, la economía italiana tuvo que reorganizarse y modificarse con la crisis de la década de 1.930, lo que obligó al Estado a intervenir en la economía a través del IRI, aunque fuera con el único propósito de sanear y reflotar las empresas para devolverlas al sector privado. Bueno, esto también se hizo en España durante la década de los 80 con los Gobiernos de Felipe González, y Dios me guarde de llamar al sevillano de Dos Hermanas, “fascista”. Lo único que veo, hasta aquí, en la economía italiana, son formas diversas y acomodadas a la situación de “capitalismo asistido”.

Pero lo peor del caso es que la economía de la Alemania nazi no encaja en este ejemplo, me refiero al sistema italiano. Y ello echa por tierra cualquier posibilidad de hacer un modelo generalizable que abarcara, por lo menos los casos alemán e italiano (dejo al margen la economía española del régimen franquista).

La literatura teoricista que nos pintaba a Hitler como una simple marioneta de las grandes empresas industriales alemanas no acababa de acomodarse a la realidad que nos ha venido descubriendo paso a paso la investigación histórica. Las cosas son más complejas que todo eso. No se sostiene ya, como se ha dicho en muchas ocasiones en el foro, la vieja suposición de que los grandes industriales habían financiado el ascenso de Hitler a la Cancillería.

La muy documentada obra de Henry Ashby Turner, Jr. (1) ha venido a consolidar la tesis y demostrar en todo caso que los grandes empresarios alemanes – con la excepción de Thyssen – prefirieron jugar a otras cartas más conservadoras antes que a la de Hitler, quien debió muy poco a su apoyo. Otra cosa son los empresarios medios que, sintiéndose indefensos en medio de la tenaza de los sindicatos obreros de filiación marxista, por un lado, y de los grandes negocios, por otro – que tenían muchas más posibilidades que ellos de pactar con el gobierno, fuera del color que fuese – habían de sentirse identificados con el discurso antimarxista y más o menos antimonopolista de Hitler.

Y si bien, es verdad que el nazismo llegó al poder sin una línea de pensamiento propia, y tratando de tranquilizar a los empresarios, parece claro que sus mismas ambiciones políticas y la necesidad de asegurarse una producción para la guerra, le llevaron progresivamente a intervenir en la economía más allá del principio de subsidiariedad, hasta llegar al punto en que los grandes empresarios, y en especial los metalúrgicos, se sintieron alarmados con proyectos como las Reichswerke Göring.

El gran viraje de la política económica nacionalsocialista de 1.936 cuando se prescindió de un conservador como Schacht, plenamente identificado con el mundo de los negocios y un verdadero experto en asuntos monetarios, y la crisis de las Reichswerke han sido estudiados por Overy (2).

Merece la pena considerar la alarma de los grandes empresarios alemanes ante este viraje, aunque las especulaciones e Overy acerca de que el rumbo tomado iba a conducir en caso de victoria alemana en la SGM, a una economía con fuerte control estatal ( para decirlo con sus propias palabras –: “A la larga el nazismo se estaba moviendo hacia una posición en que el nuevo orden económico sería controlado por el partido a través de un aparato burocrático formado por expertos técnicos y regido por una intervención política arbitraria, no muy distinto del que se había construido ya en la Unión Soviética” ) resulten en cambio, más que discutibles.

Si algo ponen en claro estas direcciones de la investigación acerca de la economía nacionalsocialista es que el tema entero de las economías fascistas debe estudiarse con nuevos ojos y una mayor atención al detalle, como viene sucediendo acutalmente.

En fin, todo esto no ha sido más que un breve y emborronado esbozo de lo que pudiera haber sido el panoráma económico europeo durante el período que llevó a la SGM. Soy consciente de que son muchos los Estados de los que no se ha hablado, y muchos los detalles que se han pasado por alto. Es por ello que os dejo que toméis el testigo a todos los que sabéis sobre esto mucho mas que yo (y se que no sois pocos).

Gracias a todos y como siempre, un saludo.


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(1) H.A Turner Jr., “German Big Business and the Rise of Hitler”, Nueva York, Oxford University Press, Ed. 1.985.

(2) R.J. Overy, “Goering: The “Iron Man” , Londres, Routledge & Kegan Paul, 1985; y “Heavy Industry and the State in Nazi Germany: The Reichswerke Crisis”, en European History Quartely, 15, número 3 de julio de 1.985, págs. 313 – 340.
"Si vas a Esparta caminante, diles que cumpliendo la Ley, hemos caído"

"Austria es sin duda el pueblo más inteligente de toda Europa; nos hizo creer que Mozart era austríaco y Hitler alemán "(En algún sitio escuché esto)

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