Los juicios de Nürnberg

Los juicios de Núremberg, las nuevas fronteras

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Erich Hartmann
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Mensaje por Erich Hartmann » Dom Dic 04, 2005 6:56 pm

El Tribunal Internacional motiva sus decisiones

La Gestapo, el SD y las SS son definidas "organizaciones criminales". Tal definición tiene no poca importancia en el sentido de que haber pertenecido a alguna de ellas constituirá una presunción de responsabilidad que tendrán que tener en cuenta los jueces en los innumerables procesos que se harán en el futuro a otros responsables. La objeción de la defensa según la cual uno de los principios legales mejor definidos es que "la culpabilidad es personal" y que, por tanto, ningún tribunal puede, bajo ningún concepto, infligir castigos en masa, es reconocida como exacta e inviolable por la sentencia. Era difícil a los juristas no reconocerlo, pero no lo hicieron en el sentido absoluto de hacer ilegal cualquier decisión en este sentido, sino en el de inducir "a hacer lo menos frecuente posible esta clase de declaraciones de criminalidad".

De aquí la distinción entre Gestapo, SD y SS, por una parte, y Reichskabinett, Estado Mayor y Mando Supremo, por otra.

Respecto a los últimos, con motivación no siempre acertada formalmente, dice: "En el proceso se ha pedido que el Mando Supremo y el Estado Mayor fueran declarados organizaciones criminales. Este Tribunal cree que no se debe declarar la criminalidad de los mismos. El número de personas acusadas, ciertamente más amplio que el del Reichskabinett, es, sin embargo, tan reducido que hace posible el proceso de los componentes individuales sin necesidad de una declaración previa de criminalidad. Pero hay que subrayar otro y mayor motivo, por el cual, al parecer de este Tribunal, tales Mandos no pueden ser considerados ni una organización ni un grupo según la definición del acta constitutiva (articulo 9). Cualquiera comprende que respecto a ellas se trata de normales organizaciones militares existentes en todos los países, y que, por tanto, no pueden ser consideradas organizaciones especiales.

"Y si es cierto que hasta ahora puede afirmarse que muchos de los pertenecientes a los mandos se han resistido afirmando que estaban ligados por juramento y obediencia a las órdenes, no es posible al Tribunal tener cuenta de ello, ya que es la terrible verdad que participaron silenciosos y aquiescentes en crímenes tan grandes e impresionantes que el mundo no había tenido la desgracia de ver hasta ahora. Sin embargo, parece equitativo que cuando estos hombres sean procesados, sólo entonces habrá de verse si han cometido personalmente iniquidades y crímenes. Y si resultan culpables, no escaparán entonces al castigo".

A las otras objeciones jurídicas que la defensa ha ido sucesivamente presentando y reforzando, el tribunal ha tratado de responder conciliando en un esfuerzo supremo los principios y la realidad.



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Mensaje por Erich Hartmann » Lun Dic 05, 2005 7:11 pm

La obediencia a las órdenes no priva de responsabilidad

La retroactividad de las leyes penales —uno de los puntos más delicados de las legislaciones políticas postbélicas según el abogado Seidl—, es decir, el castigo de un crimen sin que lo hubiera previsto una ley anterior, viene reconocida en la sentencia, contraria al derecho internacional y nacional, y que corrobora: "Se entiende que el castigo 'ex post tacto', después de cometido el hecho, es aborrecido por el derecho de las naciones civiles. Pero —observa— la máxima nullum crimen sine lege, ningún crimen sin ley (previa), no es una limitación de la soberanía, sino, más en general, un principio natural y jurídico de justicia. De modo que asegurar que es injusto el castigo de los que, desafiando tratados y seguridades, han entablado batalla contra los estados vecinos sin ritual declaración de guerra, rompiendo fraudulenta o violentamente las costumbres del vivir civil, obviamente resulta increíble e injusto, pues 'en tales circunstancias quien ataca debe saber que está haciendo algo injusto'. Y que se permitiera que su modo de actuar quedara sin castigo seria tan erróneo como hacer retroactiva la ley".

Así, pues, los acusados que, ocupando posiciones de gobierno en Alemania, conocían evidentemente los tratados firmados por Alemania y sabían cómo éstos proscribían la guerra como medio de solución de controversias internacionales, actuaron desafiando conscientemente todo el derecho internacional cada vez que ejecutaban diabólicamente sus planes de agresión e invasión. Como ejemplo y confirmación de cuanto se expone, se hace referencia al pacto Briand-Kellogg, que habían firmado 63 naciones, entre ellas Alemania, Italia y Japón, y se pregunta el efecto legal que tuvo tal pacto. La respuesta, según la sentencia, no puede dar lugar a dudas.


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Mensaje por Erich Hartmann » Mar Dic 06, 2005 6:44 pm

Desobedecer al dictador

"Las naciones que lo firmaron condenaron incondicionalmente el recurso a la guerra de agresión. Después que tal pacto fue firmado, cualquier nación que lo hubiese hecho y que ideara y desencadenara una guerra de agresión cometía evidentemente una violación del derecho internacional y se colocaba, al violar esta ley internacional, 'fuera de la ley', en un estado ilegal, en un plano de ilegalidad". Luego quienes hicieron esos planes y dirigieron esa guerra, causa inevitable de luto y miseria terriblemente ligadas a los progresos del arte de la destrucción del siglo XX, cometieron una ilegalidad y se mancharon con un delito.

"Pero —prosigue la sentencia— los acusados están acordes en protegerse con la afirmación de haber actuado siempre según las órdenes del jefe del estado, Hitler, y de no haber podido, por tanto, considerarse jurídicamente responsables en persona de los crímenes. ¿Es esto válido?". Para responder se acude al articulo 8 del Acta Constitutiva del Tribunal, donde se lee: "El hecho de que el acusado actuase bajo las órdenes de su gobierno o de un superior, no debe librarle de la responsabilidad, pero puede ser considerado como atenuante de su posición". Y sigue la glosa: "No parece que el contenido de este articulo no deba ser considerado plenamente conforme al derecho de todas las naciones. En realidad, al soldado al que se ordena matar o torturar en violación de las leyes internacionales de guerra, nunca se le reconoce la impunidad si ha cometido tales actos.

Por lo demás, en la mayor parte de las leyes penales de las naciones civiles se contempla como caso de impunidad no ya la existencia de una orden superior, sino la absoluta imposibilidad de evitar su cumplimiento".

A este propósito, la defensa había respondido describiendo extensamente el régimen dictatorial de Hitler. Esto lo rebatió la sentencia, examinando el problema de si en un régimen dictatorial es posible imaginar un plan común de conspiración contra la humanidad, o, por decirlo mejor, si el absoluto predominio de la voluntad —o acaso de la locura— de un jefe no sometido a ningún control ni ninguna inhibición, hace posible y verosímil el estudio y la ejecución de planes criminales por parte de un grupo de personas. Y la sentencia responde que el hecho de que a cada uno de los colaboradores se le asignara una misión por el dictador, no libera a esos colaboradores de la responsabilidad por sus hechos, cuando se puede probar —como en opinión del tribunal está ampliamente probado para la mayoría de los acusados— que a la voluntad aun despótica del jet: corresponde la adhesión voluntaria consciente, llena de celo y entusiasta de sus colaboradores.


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Mensaje por Erich Hartmann » Mié Dic 07, 2005 6:07 pm

Comportamiento bárbaro

Y como apoyo de todo esto, la sentencia evoca en síntesis los nueve meses de examen de testigos y recogida de pruebas —los nueve meses "densos de sombras"— donde los crímenes perpetrados por los nazis en territorios ocupados fueron expuestos en toda su terrible crueldad y horror. La guerra "total" fue la raíz de donde germinaron las violaciones de todas las reglas, de todas las seguridades, de los tratados y de las mismas leyes internacionales dirigidas a limitar cuanto fuera posible la ferocidad de la guerra. Pero ésta fue orientada por los acusados del modo más bárbaro. Todo delito, licito para quienes pensaban poder obtener una ventaja para los planes de guerra, fue siempre perpetrado con la frialdad y el cinismo de un matemático que tiene hombres en vez de cifras. Y la sentencia pone como ejemplo de la preparación del plan agresivo el caso de la Unión Soviética, la sangrienta "Operación Barbarroja", minuciosamente prevista antes de ejecutarla, con recopilación de todas las normas relativas al tratamiento de los enfermos y de la población civil. Prisioneros de guerra huidos, capturados y fusilados, la ejecución de "commandos", la captura y linchamiento de aviadores, la liquidación de los comisarios políticos rusos, los malos tratos, torturas y asesinatos de prisioneros de guerra a gran escala, los rehenes tomados con frecuencia y en gran número entre los civiles, la expoliación, los saqueos, su "sistema", las ciudades quemadas, las aldeas despobladas, las casas derribadas, la matanza de los que se rinden, las órdenes de exterminio "hasta el último hombre" dictadas por los comandantes militares incluso cuando se ofrecía la rendición, y los 50 de la Royal Air Force de marzo del 44 que estaban recluidos como prisioneros, la cremación de sus cuerpos y la devolución de las cenizas al campo. Las órdenes a la policía de no intervenir en el linchamiento de los aviadores derribados, el trato a los prisioneros, especialmente de origen eslavo, dirigido al debilitamiento de la raza mediante el exterminio, las torturas infligidas según las instrucciones incluidas hasta en órdenes oficiales como la del OKW del 20 de julio de 1942, los experimentos bacteriológicos en cuerpos vivos, el asesinato de las poblaciones civiles y de los judíos, y el testimonio de Frank.


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Mensaje por Erich Hartmann » Jue Dic 08, 2005 7:06 pm

GOERING SE ANTICIPA AL VERDUGO

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El Mariscal del Reich se suicida con veneno pocas horas antes de la ejecución.

Los lúgubres preparativos para la construcción de los patíbulos en el gimnasio se llevan con tal sigilo que la noticia no llega ni al personal del Palacio de Justicia.

El sector del edificio que comprende la cárcel está rodeado de patrullas armadas. Ante las entradas se encuentran permanentemente coches blindados y posiciones de ametralladoras bajo el control personal del subjefe de la prisión, el coronel americano Selby Little. En las explanadas adyacentes se doblan también las guardias, y el excepcional des pliegue de fuerzas parece justificado ante el temor de un posible asalto de los nazis al Palacio de Justicia para liberar a los condenados.

En la "galería de la muerte" nada ha cambiado. Jodl relee las cartas que le han llegado de casa y cepilla continuamente su uniforme. Kaltenbrunner tiene largas conversaciones con su abogado. Streicher ha pedido somníferos (el ex Gauleiter de Franconia no consigue dormir, y a! centinela que con su linterna inspecciona varias veces cada noche su celda, le grita: "¡Largúese! ¡Déjeme solo, por piedad!"). Von Ribbentrop escribe la última carta a su mujer: "... Orgulloso e impertérrito, y con firme fe en una vida eterna, recorreré el último trecho de mi camino. Una vez más tomo entre mis manos tu amada cabeza y por última vez te miro profundamente a 'los ojos con todo el amor infinito que une persona es capaz de tener a otra. Adiós te digo 'hasta la vista' en otro mundo. Que Dios te ayude".

"¿Tendré que quedarme siempre aquí, metido en esta celda?", pregunta a los médicos, a los carceleros, al capellán. El único que había intuido la verdad era Goering, aunque hasta el final no pondrá al corriente a los otros. Von Ribbentrop, Keitel, Jodl y Seyss-Inquart morirán sin saber que el ex Mariscal del Reich había logrado evitar la ignominia de la horca. A través de canales que nunca serán identificados, Goering se ha enterado del día y hora fijados para la ejecución, y por caminos misteriosos ha obtenido una ampolla de veneno. Es indudable que cuando fue detenido y llevado a Luxemburgo, el ex Mariscal del Reich no la tenía sobre si. El registro de su cuerpo y de su abundante equipaje fue minuciosísimo. Poco probable parece la hipótesis de que se hubiese escondido la cápsula tóxica dentro de la antigua herida del vientre sufrida cuando el Putsch de Munich, y que después de su muerte se encontró abierta.


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Hans Hube
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Mensaje por Hans Hube » Jue Dic 08, 2005 7:48 pm

Hola Erich!
hace bastante poco, un guardia de la PM de EE UU declaro que ,mientras estaba de permiso en la cuidad de Nuremberg, se enamoro de una muchacha que le dio un paquete para Goering. Segun el guardia ,se lo dio y al dia siguiente murio Goring , y la muchacha se fue de la cuidad.
Lamento no poder confirmarlo ,pero se que lo lei(incluso salio en el periodico)
un saludo.
"Der Mensch"

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Francis Currey
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Mensaje por Francis Currey » Jue Dic 08, 2005 7:53 pm

En efecto amigo Hans, la noticia fue publicada en el diario The Guardian, en España el Diario el Mundo se hizo eco de la mísma:

"El pasado lunes pareció resolverse uno de los misterios de los juicios de Nuremberg, el macroproceso contra los criminales de guerra nazis celebrado en 1946.Un antiguo guarda de prisión estadounidense afirmó que fue él quien, como cómplice involuntario, pasó a Hermann Goering la cápsula de cristal que copntenía cianuro, con la que el brazo derecho de Hitler se suicido y logró evitar la "humillación" de la horca.
Herbert Lee Stivers explicó al periódico Los Angeles Times que una joven alemana llamada Mona le engañó, haciéndole introducir en la celda de Goering una cápsula oculta en una pluma estilográfica.

A Stivers-según su testimonio- le explicaron que Goering estaba muy enfermo y que esa cápsula era su medicina. Stivers reconoce haber pasado notas en una estilográfica dos veces a Goering antes de pasarle la cápsula de cristal con lo que suponía que era su medicina. Cuando buscó a su nueva amiga para devolverle la estilográfica, había desaparecido. " Nunca más volví a ver a Mona" comentaba Stivers. " No se me ocurrió la idea del suicidio...no creí que Goering pudiera ser un suicida".

Stivers, que ahora tiene 78 años, asegura que fue su propia hija la que le instó a confesar, tras casi 60 años de silencio, y que le terminó de convencer el hecho de que la condena a la que se podría enfrentar por esta acción ya ha preescrito. Inmediatamente después de hacerse pública la "confesión" de Stivers, distintos historiadores y expertos recibieron con precaución la versión del militar, que en el año de la muerte de Goering tenía 17 años.

Para la mayoría de ellos, la versión es posible, aunque hoy en día no se puede verificar fehacientemente si se trata de ficción o realidad. Goering, jefe de la fuerza Aérea y sucesor del régimen nazi designado por Adolf Hitler, fue sentenciado a muerte por crímenes de guerra enoctubre de 1946, tras un proceso en el que es negó siempre la legitimidad del Tribunal de Nuremberg para juzgarle y defender al Tercer Reich.

El 15 de octubre de 1946, la tarde de su ejecución, un guardia le vio llevarse la mano a la boca y tragar algo a continuación. Al hacerse evidentes los primeros sintomas de su envenenamiento, los guardias pidieron asistencia médica pero, cuando ésta llegó, Hermann Goering había muerto. Dejó además una nota dirigida a las autoridades de la ocupación aliada, en la que declaraba lo siguienta: " No habría mostrado ninguna objección a morir de un disparo. Pero no pienso permitir la ejecución del reismarschall de Alemania en la horca. Por el bien de Alemania, no lo permitiré. Por otro lado, no siento ninguna obligación moral de rendirme ante el castigo de mis enemigos. Por esta razón, he elegido morir como el grandiso Aníbal".

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ignasi
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Mensaje por ignasi » Jue Dic 08, 2005 8:31 pm

A las ejecuciones de los jerifaltes nazis condenados solo pudieron asistir un puñado de periodistas escogidos a suertes, y a los cuales se enconmendó la misión de hacer llegar sus informaciones a los medios.
Solo algunos dirarios sensacionalistas y, curiosamente, la revista Life publicaron las fotografías de los cadáveres, una vez descolgados de la horca.

Dichas fotografias mostraban que la mayoría de ellos tenian el rostro ensangrentado. El verdugo no hizo bien su trabajo: la trampa era demasiado estrecha y los ajusticiados chocaban con ella antes de quedar colgados.

Si bien el personaje de verdugo no es demasiado agradable (salvo en la película de Berlanga), éste ya era lo peor de lo peor. El sargento John C. Woods, nativo de San Antonio, Texas (como no), voluntario en el ejército, que podría haberse licenciado unos meses antes, pero renunció para estar disponible para la fecha fatídica.

Después de su actuación, hizo unas declaraciones a Associated Press, que quizás el Pentagono no hubiera debido permitir. AP, como es lógico, al tratarse de una agencia de noticias, las difundió a muchos medios. En ellas, Woods se definía como un experto, ya que en 15 años de carrera he ejecutado a 347 personas. Sobre las ejecuciones, lamento que se me escapase Göring, pero ejecutar 10 hombres en 103 minutos (poco más de una hora y media) no se puede negar que fuese un trabajo rápido. Usé una cuerda y una capucha nueva para cada uno de ellos. Las quemamos con los cadáveres, ya que no queríamos dejar "souvenirs".

Y hablando de souvenirs, antes de las ejecuciones se recibió un telegrama desde La Habana, donde ofrecian $2.500 (entonces mucho dinero) por un trozo de cuerda.

Ironías del destino, el verdugo tejano murió electrocutado en 1950... mientras reparaba una silla eléctrica (ironías y crueldades del destino)

Un saludo,

Ignasi

Citado por Carlos Sentís en su libro de crónicas de los juicios.
Última edición por ignasi el Mié Dic 14, 2005 6:04 pm, editado 1 vez en total.

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Mensaje por Erich Hartmann » Dom Dic 11, 2005 10:35 pm

¿Quién llevó el cianuro?

Años después dos personas se jactarán se haber dado al ex Mariscal del Reich la ampolla de cianuro: el general de las SS Erich von dem Bach-Zelewski y el periodista austríaco Peter Martin Blaibtreu. Bach-Zelewski dirá que entregó el veneno a Goering estrechándole la mano en un pasillo del Palacio de Justicia de Nuremberg durante el proceso. Blaibtreu, nacido en Viena en 1921, ex paracaidista de la Luftwaffe y que siguió como periodista todo el proceso contra los jefes nazis, afirmará que penetró de noche en la sala de Nuremberg y que pegó la ampolla de cianuro con un trozo de chicle bajo el borde del banco donde se sentaba Goering. Estas versiones serán desmentidas pronto. Lo cierto es que Goering, cuando dejó por última vez la sala número 600 del Palacio de Justicia y entró en la "galería de la muerte", no llevaba todavía el veneno. Tres días antes de la ejecución su mujer tuvo una conversación con él y le preguntó si llevaba consigo la cápsula de cianuro que todos los jefes nazis llevaban en la boca o en el cuerpo, como Himmler, que la tenía escondida entre las muelas y la rompió en el momento de su captura. "¿ Tienes un...?", le dijo Emmy, añadiendo la palabra clave convenida. Goering sacudió la cabeza, y después hizo señas de que no. Pero el veneno llegó a su celda. Y con el veneno la confirmación de que la petición de gracia había sido rechazada y que las de ese día, martes 15 de octubre de 1946, eran las últimas horas de su vida. Pero con algún detalle, con alguna frase, Goering deja entender que lo sabe. Por ejemplo, ¿qué necesidad tenía de pedir inesperadamente los auxilios de la iglesia protestante luterana? Durante todo el tiempo de su detención el ex Mariscal del Reich no se había interesado nunca por cuestiones de fe. Sólo asistía a los servicios religiosos porque, como dijo al capellán, "como persona más importante del grupo, si voy a la capilla los otros me seguirán". Al psicólogo G. M. Gilbert le confió: "¿Rezar? ¡Tonterías! Al menos es un modo para salir media hora de esta maldita celda". Sin embargo, hace decir ahora al coronel Andrés que desea con urgencia la ayuda del reverendo Gerecke, pero el comandante de la cárcel le niega este consuelo, al menos por el momento, porque "no ha dado nunca muestras de estar arrepentido".

Más tarde, hacia el mediodía, Goering se hace afeitar y cortar el pelo, en su celda número 5, por el barbero de la prisión, un alemán que también es prisionero de guerra. Y Goering le dice al barbero:

"Mañana no tendré ya necesidad de usted. Le dejo en herencia mi navaja y mi brocha". Luego saca del bolsillo la pipa y la enciende. Satisfecho, da algunas chupadas, y de pronto añade: "Desgraciadamente para usted, que también podría venderla como recuerdo, no puedo hacer lo mismo con mi pipa. Cuando deje esta celda por última vez, la estrellaré contra la puerta".

La última y más clara referencia a su inminente fin la hace Goering a las 22 horas, cuando el doctor Mücke, como todas las noches, entra en su celda para darle un somnífero: un comprimido de Seconal. Goering, de pie, todavía completamente vestido con su uniforme ya desgastado y que le viene grande, mira fijamente al médico, engulle la pastilla rechazando el vaso de agua para acompañarla, y finalmente empieza a hablar: "Una noche de lobos, ¿verdad, doctor? Llueve ya desde hace una semana, y esta lluvia me irrita los nervios". El médico se alegra de poder hacer correr el tiempo. "Cierto, cierto —se apresura a decir—, pero parece que el barómetro va a mejor...". Goering tiene una sonrisa maliciosa: "A mejor, ¿eh? Y según usted, doctor, en una noche así, ¿vale la pena desnudarse?". La alusión es clara. El doctor Mücke ha comprendido ya, y trata de no responder directamente: "Bueno, en el invierno las noches son breves".

Un cuarto de hora más tarde, a eso de las 22.20 horas, la puerta de hierro de la "galería de la muerte" se abre con estrépito. Precedidos por el coronel Andrus y el subjefe de la prisión, coronel Little, entran los ocho periodistas que dentro de pocas horas asistirán a la ejecución en el gimnasio cubierto. Ante la puerta de cada celda hay un gigantesco MP, con casco y correaje blancos, que observa continuamente a los detenidos por la mirilla. A los periodistas se les permite echar una ojeada en las celdas. Como referirá más tarde uno de ellos, todos los jefes nazis, a excepción de uno, están despiertos y vuelven la mirada hacia la mirilla para tratar de ver quiénes son los visitantes. Es señal evidente que los detenidos han oído el estruendo de la puerta y las pisadas de la comitiva que les visita a hora tan insólita. El único que duerme, o finge dormir, es Goering. El ex Mariscal del Reich, en pijama y con la manta caqui subida hasta la barbilla, está tendido en el camastro en la posición reglamentaria, es decir, vuelto hacia la puerta, de modo que el guardián pueda iluminar su rostro en cualquier momento con la interna de bolsillo.


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Mensaje por Erich Hartmann » Lun Dic 12, 2005 8:22 pm

"Come on, chappy!", grita el centinela

La visita a la "galería de la muerte" es relativamente rápida. Un periodista pregunta al coronel Andrus, indicando con un gesto de cabeza las celdas de los condenados: "¿Saben ya...?".

Andrus: "No, ninguno. Poco antes de medianoche se les leerá a cada uno de ellos la sentencia de condena a muerte con el anuncio de que la petición de gracia ha sido rechazada".

Periodista: "Si en verdad no lo sabían todavía, con el ruido de nuestros pasos en el corredor ciertamente habrán comprendido...".

Andrus: "Lo sé. Por eso quiero que nos demos prisa".

Diez minutos más tarde, a las 22,30 horas, el grupo de periodistas deja la "galería de la muerte" y es llevado a visitar el resto del edificio: la enfermería, el comedor, la biblioteca. Casi en el mismo instante, la alarma. El joven centinela que vigila a Goering, el cabo Neckering, de Idaho, ve inesperadamente al condenado agitarse en el camastro y le oye lanzar un lamento sofocado acompañado de una imprecación. Un timbre suena en el cuerpo de guardia y acude el capitán de servicio, aunque nadie piensa todavía en un suicidio.

Oficial y soldado abren de par en par la puerta, encienden la luz y se inclinan sobre Goering. El ex Mariscal del Reich se agita con los tremendos espasmos de la agonía, su cuerpo, de bruces sobre el camastro, se yergue fatigosamente apoyándose en los codos. "Rápido, avise a alguien", ordena el capitán. El MP se precipita fuera de la celda, vuela al cuerpo de guardia y encuentra al capellán militar americano Gerecke, de la iglesia luterana. "Come on, chappy!" ("Venga, amigo!), grita el soldado al ministro. Luego corre a dar la alarma al coronel Andrus: "Goering tiene un ataque de convulsiones". El capellán es el primero en llegar a la celda. El condenado respira afanosamente, no habla, no se queja, suda en abundancia. El oficial trata de reanimarlo golpeándole el rostro. Nada. Llega el médico, el doctor Mücke: "Parece una crisis cardiaca", dice. "Vamos a quitarle el pijama...". En ese tiempo el rostro de Goering se ha puesto azul, y de pronto el cuerpo queda sin vida sobre el jergón. "¡Pero si está muerto!", exclama el médico aun antes de auscultarlo.

La agonía ha durado siete minutos. Son las 22,45. Se oyen pasos apresurados en el pasillo, y el coronel Andrus, con rostro sombrío, nervioso e irritado, entra rápido en la celda número 5. Tiene en la mano una cartera de cuero que contiene once hojas de papel con membrete de la Comisión Aliada de Control. Son las comunicaciones oficiales donde se anuncia que las peticiones de gracia de los once condenados han sido rechazadas. "Está muerto", repite el doctor Mücke mientras hace un primer y rápido examen del cadáver. El coronel Andrus escucha en silencio, luego saca de la cartera la hoja de papel dirigida a Goering, la arruga y se la mete en el bolsillo. "Esto —murmura— ya no le hace falta".

El médico ha terminado su examen del cadáver del mariscal. "A mi juicio —afirma— se ha matado con cianuro".

El soldado que ha dado la primera alarma lanza de pronto una exclamación y se inclina al suelo para recoger algo. Bajo el camastro hay una pequeña envoltura, la cubierta de la ampolla de veneno. Más tarde, durante la autopsia, los médicos descubrirán pequeños fragmentos de vidrio insertos en las encías de Goering.

Fuera de la "galería de la muerte", la alarma y la agitación se han extendido a casi todo el Palacio de Justicia. Llegan más oficiales, dos médicos y un enfermero. El brazo izquierdo del cadáver de Goering cuelga del lecho y casi toca el suelo. El capellán Gerecke se acerca, lo levanta delicadamente y lo dispone sobre el pecho, junto al otro.

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El coronel Andrus habla excitado con sus colaboradores. "Un registro inmediato en todas las celdas", ordena. "Despertad a los detenidos. No me importan nada sus protestas". Y murmura pesaroso: "Primero Ley, luego Goering. Y de todo esto respondo yo".



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Mensaje por Erich Hartmann » Mié Dic 14, 2005 5:53 am

TRES HORCAS PARA DIEZ CONDENADOS

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Minuto a minuto, las etapas de la ejecución de los criminales nazis.

El que vivirá más tiempo entre los jefes nazis destinados a subir al patíbulo será Seyss-Inquart. Es el último en ser ahorcado. La orden de la Comisión Aliada de Control, presidida por el general francés Pierre Koenig, al rechazar todas las peticiones de gracia (y al negarse a examinar el recurso de Raeder que, condenado a cadena perpetua, pedía ser fusilado) ha establecido que las ejecuciones tengan lugar en el plazo de veinticuatro horas a partir de la hora O del miércoles 16 de octubre de 1946, según el orden fijado en el veredicto del Tribunal Militar Internacional.

Pero hace tiempo que la suerte de los jefes nazis está echada. El verdugo llegó a Nuremberg la tarde del 5 de octubre y, según declarará más tarde después de las ejecuciones, "desde agosto me habían dicho que tendría que hacer este trabajo". A la vez llega de Inglaterra, en avión especial, un macabro paquete enviado por la firma John Edgington and Co., con sede en Londres, en Old Kent Road 108, y que hace un siglo que fabrica cuerdas para la marina mercante y tiendas de campaña. El bulto contiene cuarenta cuerdas de cáñamo italiano, cada una de tres metros diez centímetros de larga. Estas cuerdas las ha estado fabricando a partir del mes de mayo anterior un artesano de sesenta y un años que se llama Harry Moakes, y que desde hace seis lustros abastece regularmente al verdugo de Inglaterra.

Las cuerdas de horca tienen la lazada reabierta de piel de becerro, suave y lisa, bien para hacer que corra mejor el nudo, bien para evitar roces y heridas en el cuello del ajusticiado. Cada cuerda requiere de cinco a seis días de trabajo. Pero es un articulo que la John Edgington no ha puesto nunca en su catálogo, y su preparación se realiza en un taller puesto en la parte trasera del almacén y protegido, naturalmente, por la máxima reserva.

En Nuremberg se dice que las ejecuciones serán públicas, incluso en terrenos del estadio deportivo donde todos los años solían los nazis reunirse en congreso. En realidad, el lugar de las ejecuciones ha sido escogido hace más de dos meses por el coronel Andrés en persona. Se trata del ex gimnasio de la cárcel, situado dentro del recinto del Palacio de Justicia y que dista unos cincuenta metros de la "galería de la muerte" donde están encerrados los condenados, y se levanta al otro lado del patio dedicado a la "hora de aire" de los detenidos. Es este un recinto interior, cerrado por todos lados por los altísimos muros de la prisión, horadados por las "bocas de lobo" de las celdas. Aquí y allá algún árbol enano. Entre las losas del pavimento asoman brotes de musgo.

Al fondo se abre la puerta de hierro del ex gimnasio. El local, húmedo y desnudo, con suelo de linóleum marrón, tiene veinticinco metros de largo y once de ancho. Sus ventanales rectangulares y altísimos están constantemente cubiertos por toldos azul marino. Del techo cuelgan diez potentes lámparas cuadradas que arrojan una luz cruda de "ring" sobre los tres cadalsos de madera tosca, cada uno de más de dos metros de alto y en forma de cubo, dispuestos uno al lado de otro en la pared más larga de la sala. Allí es donde morirán los jefes nazis. Se sube a cada cadalso por una basta escalera de madera con trece escalones (como exige la tradicional horca americana), y con barandillas hechas de tablas clavadas. Las horcas, pintadas de verde, tienen cuatro metros y quince centímetros de altas. Son dos postes paralelos rematados por un travesaño horizontal del que pende la cuerda de la ejecución. La longitud de la soga, según las prescripciones, debe corresponder a la estatura del condenado más un "margen de seguridad" de casi un metro. En el centro de la plataforma, que tiene una superficie de cinco metros cuadrados, está la trampilla, formada por dos postigos que casan perfectamente y que se abrirán, por obra del verdugo, bajo los pies de los condenados.

Cuando se abre la trampilla, el cuerpo del condenado cae dentro del cadalso y desaparece completamente a la vista de los presentes en la cámara. Se evita así, dice el coronel Andrés, la visión de las convulsiones del ahorcado, en el caso excepcional de que la muerte no sea inmediata. En la base de cada cadalso uno de los cuatro lados esta abierto, recubierto por una lona negra. Apenas el condenado cae por la trampilla, los médicos apartan la lona, entran en la macabra box y constatan el fallecimiento.

Las primeras dos horcas serán usadas alternativamente, pues según la costumbre americana, para tener garantía de la muerte del ahorcado es necesario que el cuerpo quede colgado del nudo "al menos por quince minutos". El tercer patíbulo está reservado para la eventualidad de una avería en los otros. En el fondo del gimnasio hay una pequeña habitación que antes servia de vestuario para los detenidos que allí hacían gimnasia.

Ahora están apilados dentro quince ataúdes de haya, blancos y sin ninguna indicación, y una veintena de catres de campaña.

Estos lúgubres preparativos en el ex gimnasio no se filtran ni al personal del Palacio de Justicia. La "galería de la muerte" está rodeada de guardias armados que impiden el acceso a todo el que no tenga una concreta autorización del coronel Andrus (en cierta ocasión el capellán católico y el pastor luterano fueron echados atrás porque carecían del salvoconducto). Ante todas las entradas hay noche y día patrullan de gigantescos MP bajo el control personal del subjefe de la cárcel, el coronel norteamericano Selby Little. También en el exterior del Palacio de Justicia los centinelas han sido doblados y ante la puerta principal hay coches blindados y carros de combate. Sin embargo, el excepcional despliegue de fuerzas parece bastante justificado por el confuso temor a un posible asalto de nazis a la prisión para liberar a los condenados a muerte. Pero en el ex gimnasio el verdugo y sus ayudantes están ya probando los patíbulos y las cuerdas. En cada nudo, fijado al travesaño horizontal mediante un robusto gancho de hierro, se sujetan sacos llenos de arena. La palanca que causa la apertura invisible de la trampilla hace funcionar un sistema especial y el ejecutor prueba varias veces la marcha del mecanismo.

El hombre que ahorcará a los jefes nazis se llama John C. Woods. Es un suboficial norteamericano de origen irlandés, tiene unos cuarenta años, y morirá veinte años después, en su natal Texas, por un accidente de carretera, al parecer estrangulado por el cinturón de segundad de su automóvil. Tiene el grado de Master Sergeant, brigada, en el ejercito de los Estados Unidos. En armas desde los diecinueve años, John Woods ha combatido en el norte de África y ha desembarcado en Normandía el 6 de junio de 1944 con la 30.a Compañía de la V Brigada del general Patton. En todo ese tiempo, y en su calidad de ejecutor, ha ahorcado a 364 personas. "Un trabajo duro —dice—, pero necesario. Nunca me he arrepentido".

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Desde el 1 de octubre, día de la sentencia, este hombre bajo, casi tímido, rubio, fornido, de ojos azules, gran nariz y aire obstinado, se prepara concienzudamente para colocar el nudo corredizo en torno al cuello de los nazis condenados a muerte. Interrogado por los periodistas, responde con presteza a todas las preguntas, pero sólo rehúsa decir dónde vive en Estados Unidos. "A lodos los que me lo comentan les digo en seguida 'San Antonio, Texas'. Pero no es verdad. Vivo en otro sitio, pero no quiero que por culpa de reporteros curiosos y entrometidos se vea implicada mi familia".

Los candidatos al cargo de verdugo eran, hasta pocos días antes de la sentencia, él y el inglés Albert Pierrepoint, llamado "Young Albert". John C. Woods se encontraba en Berlín, para una "misión". Pierrepoint, de más años, estaba de vacaciones en Italia, y de allí debería marchar a Viena para ahorcar a ocho condenados a muerte. Después se jubilaría. El coronel Andrus, encargado de la decisión definitiva, había terminado eligiendo a Woods, mucho más joven y que en Alemania había ahorcado ya a los veintiocho monstruos del campo de concentración de Dachau y a cinco soldados alemanes responsables de la matanza de civiles y judíos acaecida durante la guerra en la isla de Borkum. "Desgraciadamente —dijo Woods la víspera de la ejecución—, no he podido ver personalmente a los que debo ajusticiar aquí en Nuremberg. Es importante verlos antes en esta profesión. El peso, la estatura, el tipo de constitución son cosas que cuentan para hacer bien mi trabajo. Durante el proceso no he podido entrar en la sala más que una vez. Por desgracia, estaban todos sentados y luego, naturalmente, todavía no sabía a quién tocaría.

He tenido que contentarme con fotografías y los reportajes de los periódicos. Es un poco poco...".

Woods tiene cinco ayudantes, un cabo y cuatro soldados rasos (si en el ultimo momento se lo impidiera alguna fuerza mayor, seria sustituido por Pierrepoint, llamado expresamente y ya en camino de Nuremberg). Sus hombres han sido elegidos con cuidado, garantizándoles el anonimato porque —dice— "éste es, sí, un trabajo necesario, pero bastante ingrato. Una vez, pero no diré cuándo ni dónde, un ayudante mío enloqueció y tuvieron que recluirle urgentemente en un manicomio. Algo no había ido bien en la ejecución. He comenzado a hacer de verdugo en los Estados Unidos, casualmente, cuando tenia unos treinta años. Fui llamado a echar una mano en un ahorcamiento y acepté, más por curiosidad que por otra cosa. Luego actué por mi cuenta. Es un asumo que no me molesta nada. Si se hace todo bien, la muerte en la horca es la más rápida y menos dolorosa. Puede suceder también que la agonía dure bastante, quizá algunos minutos, pero el ahorcado pierde en seguida el sentido".


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Mensaje por Erich Hartmann » Mié Dic 14, 2005 6:37 pm

Los preparativos para la ejecución

En el ex gimnasio, Woods pasa los días realizando diversos experimentos sirviéndose de sacos de arena que pesan noventa kilos y tienen un metro setenta y cinco centímetros de altos. Cada atardecer, escoltado por un soldado, vuelve al cuartel del aeródromo de Fíirth, donde pasa la noche y donde queda recluido, aunque nadie, ni el comandante del destacamento, conoce su verdadero trabajo. En realidad, todos los desplazamientos del verdugo han de realizarse en el más absoluto secreto, incluso porque puede estar jugándose su propia vida. Después del ahorcamiento de los asesinos de Dachau, dos nazis fanáticos trataron de envenenarle con cianuro, y Woods escapó de milagro. En Paris tres desconocidos le dispararon por la calle y afortunadamente no consiguieron alcanzarle.

Por fin llega la ejecución. La noche del martes 15 de octubre, la última para los condenados a muerte, el tiempo es pésimo. Llueve, y el termómetro señala dos grados bajo cero. La BBC, a las 23,00 horas, anuncia desde Nuremberg que "el ahorcamiento de los jefes nazis tendrá lugar en las próximas horas", y remite a los oyentes, para posteriores noticias, al programa de la mañana siguiente. Según la orden de la Comisión Aliada de Control, a la ejecución asistirán cuarenta y cinco personas. Además de los delegados de las cuatro grandes potencias (los generales Waish, inglés: Roy Richard. estadounidense: Morel, francés, y Molotov, soviético;, ocho periodistas en representación de los cuatrocientos cincuenta enviados especiales que han seguido el proceso, cuatro fotógrafos militares, médicos, oficiales y funcionarios aliados, estarán presentes también dos testigos alemanes: el ministro presidente de Baviera. Wilhelm Hoegner, y el Fiscal de la República de Nuremberg, Friedrich Leistner.

Hoegner ha sido llevado a Nuremberg con excepcionales precauciones. Ha hecho el viaje en auto y, llegado a la ciudad, le han alojado en una casa de la Novalistrasse bajo el falso nombre de doctor Schmidt. El piso, vigilado por un grupo de agentes de paisano, pertenece a una presunta condesa polaca, que es en realidad alemana, casada con un noble húngaro. Allí, rodeados de la mayor reserva, han vivido durante el proceso los testigos de cargo más importantes. Hoegner ha encontrado en la extraña casa de la Novalistrasse a otros alemanes de nombres evidentemente falsos y que, como él, no tenían ninguna gana de hablar ni de hacer confidencias.

Poco antes de la media noche el coronel Andrus llama a su despacho a Hoegner y Leistner y va con ellos a anunciar a los condenados que sus peticiones de gracia han sido rechazadas. La primera celda que es abierta es la de Streicher. Cuando abren la puerta de par en par, el ex Gauleiter de Franconia está ya despierto (él, como los demás, "sabe" que ésta es la última noche), en camiseta y calzoncillos, y se restriega los ojos. Andrus le lee la orden y repite la fórmula de la sentencia del Tribunal Militar Internacional:

"El acusado Streicher, Julius, según el cargo de acusación del que ha sido reconocido culpable, es condenado a muerte en la horca".

Streicher responde con aspereza: "No me dice nada nuevo. Lo sabía".

El pequeño cortejo deja la celda y el MP de guardia sujeta las muñecas de Streicher a la espalda con las esposas. Sauckel, Von Rihbentrop, Keitel y Kaltenbrunner, en las celdas contiguas, deben haber oído todo, porque cuando les toca recibir el anuncio de que el perdón no ha sido concedido, están ya de pie junto al lecho, vestidos. Ninguno de los condenados hace comentarios. Solo Sauckel gruñe: "Tengo una gran estima por los oficiales estadounidenses, que siempre me han tratado bien, pero no rengo estima alguna por el derecho americano".

De celda en celda se repite la ceremonia. Finalmente el cortejo, con los dos testigos alemanes, el intérprete y la escolta, deja la "galería de la muerte" y marcha al gimnasio.

Todavía llueve. Junto con el agua cae ahora una espesa nevisca, y el viento agita las ramas de los árboles del patio. En el pabellón destinado a las ejecuciones están encendidas las luces. Sobre el suelo de linóleum ha sido vertido serrín. El local está atestado. Nadie ha dormido. Están los cuatro generales que representan a la Comisión Aliada de Control, jefes y oficiales, soldados, médicos, enfermeros, enterradores. Los periodistas están agrupados tras ocho mesitas en las que se han colocado máquinas de escribir silenciosas. El lugar de la prensa está situado ante los patíbulos, a unos tres o cuatro metros. El ruso Tamin, enviado de "Pravda", toma continuamente apuntes en una libreta con tapas de cuero oscuro. Junto a él está su colega Afanasiev, de la "Tass". El periodista americano Kingsbury Smith está sentado en la primera mesita y fuma. Un médico soviético de grandes bigotes, pálido y de ojos tristes, camina pensativo a lo largo y a lo ancho. Todos callan. Pero las miradas de cuantos entran en el gimnasio se dirigen en seguida a las cuerdas.

Sobre la plataforma de la primera horca, cubierta con un paño negro e iluminada por la luz cruda y fría de las lámparas que cuelgan del altísimo techo y por los reflectores militares colocados sobre los ventanales, está el verdugo Woods con uno de sus ayudantes. Sobre la balaustrada del patíbulo está colocada doblada una capucha negra, y a su lado hay tres largas correas de cuero. El nudo corredizo de la primera cuerda está levantado, junto al travesaño horizontal del patíbulo. Se ha quitado el peso de control. El silencio es absoluto. Sólo se oye el crepitar de la lluvia sobre el tejado del edificio y, a ratos, el silbido lúgubre del viento. Apenas el coronel Andrus, los dos testigos alemanes y sus acompañantes entran en el gimnasio, la puerta de hierro es cerrada con llave. Las últimas formalidades duran pocos minutos. Los generales charlan con los médicos, y un comandante americano hace una seña a Woods que, desde el patíbulo, responde afirmando con la cabeza. Del grupo de espectadores se adelantan dos sacerdotes, uno de paisano y otro con traje talar; son el capellán luterano Henry F. Gerecke y el católico Sixtus O'Connor. Andrus abre su cartera de piel negra y extrae un manojo de papeles que coloca en una mesita. Son los certificados con que la Comisión Aliada ha rechazado las peticiones de gracia.

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Mensaje por Erich Hartmann » Vie Dic 16, 2005 5:46 am

"Ahora sigo a mis hijos. ¡Que Dios proteja a Alemania!"

Es la madrugada del miércoles 16 de octubre, y los relojes eléctricos marcan la una cuando suenan tres golpes en la puerta del gimnasio. El MP de guardia, un sargento de casi dos metros de alto, se inclina y mete la llave en la cerradura, abriendo de par en par la hoja con un solo gesto. Aparece el subjefe de la cárcel de Nuremberg, Little, seguido de un oficial. Detrás de ellos, entre dos soldados de casco, cinturón y brazalete blancos, marcha Von Ribbentrop. Con las muñecas esposadas a la espalda, rígido, con la camisa abierta sobre el pecho y los cabellos húmedos por la lluvia, está ligeramente turbado, y mira alrededor desalentado y deslumbrado por la intensa luz de los reflectores.

El ex ministro del Exterior atraviesa el gimnasio y se para tambaleante al pie de la escalera ante el primer patíbulo. El color de su rostro, recordará Boris Afanasiev, corresponsal de "Tass", no es ni siquiera blanco. Es amarillo. Von Ribbentrop da una ojeada a la horca y en seguida cierra los ojos horrorizado. Un soldado le quita las esposas. Un oficial americano le pregunta: "¿Cuál es su nombre?". El intérprete traduce, aunque Von Ribbentrop conoce perfectamente el inglés: "Joachim von Ribbentrop".

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Luego el condenado sube los trece escalones seguido por el oficial que le ha interrogado y el intérprete. Le colocan bajo el travesaño de la horca, con el rostro vuelto a los testigos de la ejecución. Bajo sus pies, invisible, la trampilla. El oficial le hace otra pregunta: "¿ Tiene todavía algo que decir?". El condenado calla durante dos o tres segundos. Luego dice, con voz sorda y débil: "Dios salve a Alemania. Espero que Alemania recobre su unidad y que el Este y el Oeste se junten y que la paz reine en el mundo".

Uno de los ayudantes de Woods se ha inclinado ante él y le ata las piernas con una de las correas de cuero colocadas en la balaustrada. Otro le ata las muñecas a la espalda. El verdugo le pone la capucha negra en la cabeza y con un gesto preciso hace descender el lazo desde el travesaño horizontal y se lo pone en torno al cuello. El pastor luterano pronuncia las oraciones. John Woods se aparta dos pasos. Un comandante americano hace un gesto rápido con la mano, da una orden en voz baja y el verdugo tira hacia si de una larga palanca de madera. Con un chasquido que sobresalta a los presentes, se abre la trampilla y el cuerpo de Von Ribbentrop, con un ruido sordo, desaparece dentro del patíbulo, que tiene dos metros sesenta y cinco centímetros de alto. Son las 1,14 horas. La cuerda a la que está sujeto el ajusticiado oscila lentamente.

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Seis minutos después otros tres golpes suenan en la puerta de hierro del gimnasio. El MP hace girar la llave en la cerradura, abre la hoja y aparece Keitel, palidísimo, pero caminando con paso firme. También el ex jefe del OKW, con pantalones de franja roja de general, tiene ya la camisa abierta sobre el pecho. Su guerrera está desprovista de condecoraciones. Da una ojeada al patíbulo cuando le conducen al pie de la segunda horca. Luego vuelve la mirada a los que le rodean. "Me llamo Wilhelm Keitel", dice al intérprete, y con pesado paso sube los trece escalones. Llegado arriba, ofrece las muñecas al ayudante del verdugo. "Invoco al Omnipotente", declara con gran calma Keitel, "para que tenga compasión del pueblo alemán. Más de dos millones de personas han muerto antes que yo. Ahora sigo a mis hijos... ¡Dios proteja a Alemania!", grita aún mientras cae por la trampilla.

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Dos médicos —uno americano y el otro francés— se acercan al primer cadalso, levantan la lona negra que cubre uno de los lados y examinan el cuerpo de Von Ribbentrop, que todavía oscila en la cuerda. Abriendo la camisa sobre el pecho, auscultan el corazón, por turno con el estetoscopio. El médico americano se acerca a los cuatro generales y les anuncia en voz baja: "El ahorcado está muerto". Uno de los ayudantes del verdugo, en el cadalso, corta con un afiladísimo cuchillo la cuerda (en cada ejecución se cambian las lazadas), los enterradores sacan el cuerpo y lo colocan en uno de los ataúdes ya preparados antes. El féretro, abierto, es llevado detrás del tercer cadalso, al fondo del ex gimnasio.

A la 1,30 la puerta del pabellón se abre por tercera vez y deja entrar al gigantesco Kaltenbrunner, que es esperado a la entrada por el capellán católico O'Connor. El condenado tiembla, y parece que se haya vestido con prisa y rabia. El ex jefe del RSHA dirige una mirada implorante al sacerdote, que, absorto, lee las oraciones de los moribundos. Luego, con largos pasos, Kaltenbrunner se acerca a la primera horca, se detiene de golpe y se queda mirando, como hipnotizado, al verdugo. Woods, que espera arriba de la escalera.

¿Su nombre?", pregunta el oficial.

Soy Ernst Kaltenbrunner", responde tan bajo que apenas se oye. "¿Tiene algo que decir todavía?". "Sí, por favor", murmura el condenado. Se vuelve a los presentes mostrando bajo la luz implacable de las lámparas su rostro cubierto de innumerables cicatrices: "He sido fiel a mi patria y a mi pueblo. Siempre he cumplido mi deber. No he tenido
ninguna parte en los delitos de los que me habéis acusado
". Kaltenbrunner queda inmóvil, palidísimo. El capuchón negro desciende sobre su cabeza, y se coloca el lazo en torno a su cuello. El verdugo. Woods, hace un gesto, pero todavía pasan unos segundos sin que suceda nada. Entre los testigos de la ejecución hay un movimiento de sorpresa y de turbación. Pero en el mismo instante, con un chasquido, se abre la trampilla y engulle el cuerpo del condenado.

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Continuará....


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Mensaje por Erich Hartmann » Vie Dic 16, 2005 6:36 pm

Sólo Rosenberg rehúsa los auxilios de la fe

Diez minutos más tarde —a la 1.40— le toca el turno a Rosenberg, el ex ministro de los Territorios Ocupados. Viste pantalones del ejército americano, y la cazadora militar ha sido sustituida por una marrón de piel. Entra con paso resuelto y los ojos fijos con obstinación en tierra. Con un solo y rabioso movimiento de la cabeza —porque tiene las manos sujetas a la espalda- el filósofo nazi rechaza a los dos capellanes. Será el único de los diez ajusticiados que rehúse los auxilios de la fe.

Rosenberg dice su nombre casi gritando, y se aproxima inseguro al patíbulo. A la pregunta ritual del oficia! "¿Tiene aún algo que declarar?", hace un gesto seco de negativa, susurra "No" moviendo con trabajo los labios, y luego cierra con fuerza la boca. Antes de que el negro capuchón le cubra la cabeza, el condenado lanza una larga mirada al gimnasio, y cuando ve las ocho mesitas con las maquinas de escribir de los periodistas, una sonrisa desdeñosa aparece en sus labios. Un instante después está muerto.


Entre una ejecución y otra transcurre un breve espacio de tiempo. En el gimnasio la tensión es fortísima. Basta un acceso de tos —como el que el capellán Gerecke recordará, años después, en sus memorias— y todos se sobresaltan. El coronel Andrus consulta brevemente con 1os cuatro generales y permite fumar y beber. Hay whisky, coñac, ron y vodka, Cuando a las dos en punto aparece en el gimnasio Hans Frank escoltado por los MP, el presidente de Baviera, Hoegner tiene casualmente el cigarrillo encendido entre los dedos. Un soldado americano lo ve y le grita con voz dura: "¡Fuera con el cigarrillo, alemán!".

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Mensaje por Erich Hartmann » Vie Dic 16, 2005 6:39 pm

Frank saluda a su antiguo adversario

Hans Frank viste un traje "príncipe de Gales" y camisa blanca, y no lleva corbata. Camina despacio y con calma escuchando al padre O'Connor, y observa tranquilo a cada uno de los presentes. Al escuchar el brusco grito del soldado americano, el ex jurista del partido nacionalsocialista mira hacia Hoegner; muestra con una señal de cabeza que ha reconocido al antiguo diputado socialdemócrata que él había obligado a exiliarse. Con la cabeza inclinada, compungido, al pie del cadalso, Frank sigue las oraciones del confesor, le habla en voz baja, besa varias veces el crucifijo que le ofrecen. y, finalmente, exclama: "Agradezco a todos las atenciones que han tenido conmigo en la prisión. Dios os tome bajo su guía y su santa protección". Sus labios siguen moviéndose silenciosamente mientras el rostro desaparece bajo el capuchón negro. El "verdugo de Polonia" está rezando.

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Entra en el gimnasio Frick con su acostumbrada chaqueta a cuadritos blancos y negros, bastante ajada, y los zapatos amarillos que ha llevado siempre durante el proceso. Vuelve la mirada en torno, inseguro, sobre los testigos. Su paso, desenvuelto, se frena de golpe apenas ve las tres horcas recubiertas de paños negros. "Mi nombre es Wilhelm Frick", dice al oficial. Y sin esperar más se dirige a escalera. El ex ministro del Interior tropieza en el primer escalón, se tambalea y han de sostenerlo. Inmediatamente se recupera y sube los escalones de dos en dos. Apenas llega arriba del cadalso frunce el ceño como si se esforzara por recordar algo. Sus últimas palabras son; "¡Viva siempre la eterna Alemania". A las 2,20 se hunde en la trampilla.

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Saudos cordiales

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