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Acciones heroicas

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Acciones heroicas

Mensaje por Francis Currey » Jue Jun 16, 2005 1:58 am

La hazaña de Francis Currey

La hazaña de Francis Currey, fue merecedora del respeto de su comunidad, siendo premiada con la máxima distinción militar del ejército de los Estados Unidos: La medalla del congreso

Rango: Sargento del ejército de los E.E.U.U. en la compañía K del 120 de infantería de la 30 división de infantería.
Lugar y fecha: Malmedy, Bélgica a 21 de diciembre de 1944.


Francis Currey era un fusilero de la Tercera Sección destacado en la defensa de una posición cerca de Malmedy, Bélgica, el 21 de diciembre de 1944, cuando el enemigo lanzó un poderoso ataque. Con la invasión de los tanques y las armas anti-tanque situadas cerca de la posición, los tanques alemanes avanzaron para tomar la posición defendida por la Tercera Sección, y, después de un prolongado enfrentamiento, forzó la retirada de este grupo a una fábrica cercana. El sargento Currey encontró un bazuka en el edificio y cruzó la calle para buscar cohetes con los que disparar este arma a la vez que los tanques y la infantería enemiga lanzaban un intenso ataque, quienes habían tomado posición en una casa situada a poca distancia. Expuestos a los disparos de la infantería y la artillería, él y un compañero dejaron fuera de combate un tanque de un solo tiro. Al moverse a otra posición, observó a tres alemanes en la puerta de la casa tomada por el enemigo y mató a los tres con su rifle automático. Volvió a salir y avanzó él solo unos 45 metros, decidido a destrozar la casa con los cohetes. Cubierto por fuego aliado, se mantuvo en pie, y su disparo derribó media pared. Mientras permanecía en esta posición adelantada, vio a cinco americanos (dos de los cuales estaban heridos) que llevaban horas inmovilizados debido a los disparos alemanes procedentes de la casa. Al darse cuenta de que no podían escapar hasta que el fuego de los tanques y la infantería del enemigo hubieran cesado, el sargento Currey cruzó la calle hacia el vehículo donde se encontraban sus camaradas, que le proporcionaron granadas anti-tanque. Estas las lanzó durante un duro ataque enemigo a la vez que conducía a sus hombres desde el vehículo hasta la casa. Después se subió a un semioruga, expuesto al fuego de los alemanes, abriendo fuego con la ametralladora hacia ellos. Una vez más cambió su posición y se apoderó de otra ametralladora, cubriendo con ella a los cinco soldados para proteger su retirada a un lugar seguro. Privado de sus tanques y con grandes bajas en su infantería, el enemigo tuvo que retirarse. Gracias a su amplio conocimiento de las armas y su heroica y temeraria exposición al fuego enemigo, el sargento Currey fue uno de los mayores causantes de las pérdidas humanas y materiales sufridas por el enemigo, repeliendo el ataque que amenzaba con flanquear la posición del batallón.

Sin duda esta poco conocida historia podría inspirar cualquier guión para Hollywood, sirva como homenaje, este pequeño resumén de su gran hazaña.

Saludos Cordiales
Última edición por Francis Currey el Jue Ago 24, 2006 8:34 pm, editado 1 vez en total.

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La fuga del General Giraud

Mensaje por Francis Currey » Sab Jun 25, 2005 7:03 pm

La fuga del General Giraud

El 15 de mayo de 1940 el general Giraud, que mandaba el Ejército 7 francés, situado a la izquierda del Cuerpo Expedicionario británico, asumió el mando del Ejército 9, que se encontraba en el camino de las fuerzas acorazadas del general von Kleist, al norte de Sedán. Cuatro días después era hecho prisionero en su autoametralladora y conducido inmediatamente a la fortaleza de Konigstein en Sajonia.

Desde el mismo momento de su llegada, el general no pensó sino en la fuga. Ya en 1914 había huido una vez de un campo de prisioneros, y no dudaba que ahora, siendo general, sería capaz de volver a hacerlo. Mas en Konigstein, esta empresa era extremadamente difícil: la fortaleza estaba rodeada de murallas de 40 metros de altura y distaba 800 km de la frontera francesa.

Pero, poco a poco, perfiló su plan de fuga. Ante todo, necesitaba contactos con el exterior. Como uno de los Prisioneros dejó la fortaleza por razones de salud, Giraud le pidió que se entrevistara con su esposa para acordar con ella una clave. Para escapar de una prisión cualquiera, es preciso actuar durante las horas del día, únicas en las que las celdas están abiertas y en las cuales los prisioneros pueden aprovechar los intervalos entre las rondas de los guardianes, que tenían efecto cada diez minutos. Necesitaba una cuerda larga, y lo bastante fuerte para sostener el peso de un hombre; consiguió hacerla con trocitos de cordel, usados antes para atar paquetes, pacientemente entrelazados y reforzados con hilos telefónicos que madame Giraud le enviaba en pequeños trozos escondidos en latas de alimentos. También necesitaba un cómplice que le proporcionase los documentos necesarios el dinero y la indumentaria de paisano una vez lograra huir; este cómplice se lo proporcionaría la organización francesa para la fuga de los prisioneros en un momento y lugar acordado.

La idea de fuga cuajó en mayo de 1940. Mas, para poder llevarla a término, el general tuvo que esperar hasta el 17 de abril de 1942. Apenas pasó la patrulla de vigilancia, el general, con ayuda de tres compañeros, se hizo bajar desde lo alto del muro de 40 metros, se refugió entre la maleza cercana, se afeitó el bigote y se encaminó a la estación del ferrocarril, donde encontró el agente secreto que le esperaba con una maleta con ropas y documentos.

Algo esencial era la rapidez, pues la alarma ya había cundido mientras Giraud estaba todavía en la estación. Tomó el primer tren para Praga, después otro para Munich y un tercero para Estrasburgo, donde debía sufrir, varias veces, la revisión de sus falsos documentos de identidad. En Estrasburgo tomó un tren preparado para soldados con permiso, y en Mulhouse encontró al agente, el cual le ayudó a pasar la frontera alemana ante los ojos de la guardia, que incluso había sido reforzada como precaución contra las fugas de prisioneros. En Suiza el general reveló su verdadera identidad, recibiendo una cordial acogida por parte de los componentes del Ejército suizo.

Al enterarse de la fuga, Hitler fue presa de una violenta furia y juró que recobraría a Giraud, vivo o muerto. En verdad, lejos de ser el fin de las aventuras del general, su llegada a Suiza no fue sino el principio de una nueva serie de ellas.

Presiones para la devolución de Giraud:

Inmediatamente el Gobierno de Vichy sufrió gravísimas presiones para que Giraud fuese devuelto a Alemania, pues Hitler había anunciado que si el general no regresaba suspendería toda repatriación de prisioneros. Giraud fue recibido por el mariscal Pétain, quien le felicitó, aconsejándole al mismo tiempo que fuese a visitar a Laval: éste le explicó la llamada «política de colaboración», tratando de demostrarle que, como buen francés, debería constituirse voluntariamente prisionero. Naturalmente, Giraud se negó a hacerlo. Entonces se le ordenó que acompañase a Laval a la zona ocupada para celebrar una entrevista con Abetz -embajador alemán en Francia durante el periódo de Vichy- y Giraud decidió afrontar este riesgo, no sin alguna lógica vacilación. También Abetz trató de convencerle para que volviese, hablándole de un cargo de supervisor de prisioneros y de un apartamento en el hotel Adlon de Berlín. Pero Giraud sólo aceptaba la posibilidad de regresar voluntariamente a Alemania con la condición de que todos los prisioneros casados fueran repatriados y enviados a sus hogares.

La fuga de Giraud armó un gran revuelo, no sólo por la hazaña individual de este general de sesenta y tres años, sino también por la furiosa reacción de Hitler y de otros alemanes. En cambio, el espíritu de la Resistencia, en Francia, se vio notablemente reforzado.

Churchill y Roosevelt le enviaron representantes oficiosos y la organización argelina, que desde hacía un año y medio estaba en contacto con los norteamericanos con la esperanza de un desembarco aliado, le ofreció el mando de su movimiento. Giraud vacilaba en aceptar, pues esperaba poder realizar, en 1943, un vasto plan que había concebido y según el cual la zona no ocupada de Francia debería utilizarse como cabeza de puente de los Aliados, quienes podrían atacar así por la espalda las defensas germanas en el Atlántico. Entre tanto, en otro terreno iba tomando forma definitiva el plan americano para el Norte de África y Giraud consideró que aquello significaba, cuando menos, una buena base sobre la que negociar. En octubre de 1942, Robert Murphy, enviado especial del presidente Roosevelt en Argelia, firmó algunos acuerdos, que Giraud suscribió, y a fines de octubre, en Cherchel (Norte de África) desembarcó secretamente de un submarino el general Clark, con la misión de cambiar impresiones con el general Mast, jefe de la división argelina y que actuaba como representante de Giraud.

Un informe sobre esta entrevista se envió, lo más rápidamente posible, al general Giraud; mas apenas había llegado cuando yo (en aquel momento su agente secreto en Marsella) recibí un telegrama cifrado en el que se me anunciaba que la fecha del desembarco se había fijado para el 7-8 de noviembre y se pedía también que el general Giraud estuviese dispuesto a partir para África el 4 del citado mes.

El teniente coronel De Linares, jefe del Servicio de Información en Lyon, había prometido organizar, a su debido tiempo, la partida secreta del general Giraud con ayuda de la Air France; mas, en una reunión celebrada el 2 de noviembre se advirtió que las medidas de seguridad recientemente establecidas por los alemanes imposibilitaban la realización de tal proyecto. Afortunadamente, yo había pedido a las personas que estaban en contacto con él, en el Norte de África, que de todos modos enviasen un submarino a Gros de Cagne; y así pudimos servimos de él. Pero la noche del 2 de noviembre, monsieur Lemaigre-Dubreuil, ex oficial que siempre había sido antigermano y que llegó en avión desde Argel, declaró que la intención americana de efectuar un desembarco en tan breve tiempo sería una locura, y reveló que, con objeto de ejercer presiones sobre los americanos para conseguir que se aplazara la operación, él les había dicho que Giraud no podía acudir y cursó una contraorden en cuanto a lo del submarino.

Por fortuna, en Marsella había una organización clandestina que trabajaba con el Servicio de Información francés y que mantenía comunicación radiofónica con Londres. El comandante Faye, que la dirigía, telegrafió pidiendo que se enviara un submarino a Le Lavandou la noche del 4 al 5 de noviembre y que luego un hidroavión tomase a los pasajeros, en alta mar, para trasladarlos a Gibraltar, donde, según la prensa, se encontraba el general Eisenhower. La noche del 3 de noviembre, Faye recibió la respuesta de Londres: se aceptaba la propuesta de operación. En el poco tiempo que nos quedaba era preciso resolver muchos problemas. Ante todo, dar órdenes al Ejército francés de la zona libre, pues era evidente que dicha zona estaba a punto de ser ocupada. Como si hubiese sido oficialmente investido del mando, Giraud dictó las órdenes y las hizo enviar por medio del teniente coronel De Linares a los diversos mandos de divisiones e, incluso, al comandante en jefe del Ejército. Los mandos, a su vez, confirmaron las prescripciones y el deseo de que fuesen realizadas; mas por la oposición del ministro de la Guerra, general Bridoux, las órdenes fueron revocadas y sólo el general De Lattre de Tassigny las hizo seguir, acción que provocó su detención y condena por parte del Gobierno de Vichy.

La noche del 4 de noviembre, se encontraron todos de nuevo en la «villa» de Faye, en Marsella. El pequeño grupo partió en dos automóviles para Le Lavandou -punto situado en la costa al este de Tolón- logrando cruzar un puesto de policía del trayecto y llegar tranquilamente a un pueblecito cercano a Cap Négie. En la playa se hicieron señales con una lamparilla de bolsillo a fin de llamar la atención del submarino, pero transcurrió la noche entera sin que éste diera señales de vida.

Faye regresó a Marsella por la mañana para telegrafiar a Londres, y mientras tanto el grupo permaneció en la «villa», bajo la amenaza de una posible intervención de la policía que, afortunadamente, no se produjo. Al anochecer del día 5 volvió Faye y se descifró el mensaje que acababa de recibir: «La operación se reanudará a las 11 en punto, hora del meridiano de Greenwich».

Con inmenso alivio el grupo se precipitó hacia la playa, donde todos se dieron cuenta de que la propia ansiedad les había impedido darse cuenta de un hecho de fundamental importancia: se había desencadenado un violento temporal y enormes olas hacían que fuera totalmente imposible pensar en un embarque. Los pescadores que debían transportarles hasta el submarino declararon que no había la menor posibilidad de hacer salir del puerto a ninguna embarcación. Finalmente se decidió que saliera con una tripulación improvisada, pues a toda costa había que hacer algo para no faltar a la cita. Pero he aquí que apenas tomada esta decisión, ocurrió un verdadero milagro: la furia del, viento se aplacó de improviso y el mar se calmó. Entonces, la pequeña comitiva que avanzaba hacia el mar con las maletas en la mano, llegó junto a la barca. Aunque el mar se había calmado, persistía aún un oleaje de fondo bastante intenso. A proa de la embarcación, la lámpara hizo la señal convenida y, bruscamente, la oscuridad que la rodeaba se vio rasgada por una luz azul que repetía la letra A; pronto la silueta, que parecía enorme, de un submarino apareció en la superficie. Los pescadores pararon el motor y la embarcación se detuvo; pero el submarino avanzó de popa hasta colocarse a su lado y, rápidamente, los robustos hombres de un comando ayudaron a subir a bordo a los fugitivos. El general Giraud fue el primero en embarcar, pero perdió el equilibrio y permaneció suspendido por un par de segundos, durante los cuales una ola lanzó a la embarcación contra el submarino, aunque Giraud no llegó a hacerse ningún daño.

Pero ni aun en este momento habían terminado sus aventuras. El submarino Seraph era británico; pero el general Giraud fue recibido por dos oficiales norteamericanos: el capitán Gerald Wríght y el coronel Gaylord, ambos cordialísimos y ansiosos de ser útiles. Abrumados por las preguntas y por los mensajes que debían transmitir, acabaron por confesar que la radio del submarino se había estropeado y que no había manera de comunicar. Por otra parte, no sería prudente navegar en superficie durante el día antes de alcanzar las islas Baleares, lo que ocurriría hacia las siete de la mañana siguiente; mientras tanto, esperaban que sería posible reparar la radio.

Durante las horas de claridad del día 6 de noviembre, el submarino permaneció en inmersión. La mañana del día 7, el teniente de navío Jeweil, que mandaba la unidad, decidió correr el riesgo de subir a la superficie, y apenas abiertas las escotillas apareció un hidroavión canadiense.

Sólo faltaba ahora transbordar de nuevo, lo que no era cosa fácil en alta mar. Afortunadamente, iba a bordo un equipo de comandos muy práctico en piragüismo, y pese a que tuvimos que efectuar un salto de más de dos metros, los pasajeros bajaron, uno tras otro, a la frágil embarcación: primero el general, con sombrero y abrigo grises y gemelos colgados al cuello, como si fuera a las carreras de caballos. En seguida subieron al avión que se agitaba sobre el agua a poca distancia. Unos fuertes brazos canadienses agarraron a los fugitivos y les introdujeron en el fuselaje; después se cerró la portezuela y el avión avanzó, chocando contra las olas. Unos instantes más tarde volaban sobre la flota que se dirigía a Argel. Giraud y sus compañeros -el guardiamarina Viret, su hijo y yo- contemplábamos con indecible gozo este espectáculo, que coronaba, con una realidad, las esperanzas alimentadas durante años.

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Erich Hartmann
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Mensaje por Erich Hartmann » Vie Jul 01, 2005 12:37 am

Yo simpre he pensado que no hace falta empuñar un fusil o dirigir un ejército para ser un héroe. Por ello, ahí va mi acción heróica:

Maximilian Kolbe

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El padre Maximilian Kolbe, un sacerdote polaco católico y prisionero en el campo de concentración de Auschwitz, Polonia, sacrificó su vida ofreciéndose voluntario para ocupar el lugar de otro prisionero condenado a muerte. Los nazis aceptaron el cambio y asesinaron brutalmente al cura.

Encerrado por difundir sus opiniones religiosas y sociales, Kolbe siguió practicando su fe en Auschwitz. En julio de 1941, cuando un prisionero de su bloque se escapó del campo, las SS ordenaron la ejecución de diez prisioneros como castigo. Una de las víctimas seleccionadas, Francis Gajowniczek, suplicó por su vida, llorando por su mujer y sus hijos. El sacerdote avanzó desde las filas aterrorizadas y se ofreció a sí mismo diciendo que no tenía familia.

Encerrado desnudo en una celda subterránea oscura y maloliente, sin comida ni agua, se aferró a la vida durante dos semanas. Impacientes, las SS le pusieron una inyección letal de ácido carbólico. En 1983 la iglesia católica canonizó a Kolbe.


Saludos cordiales

Germánico
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Mensaje por Germánico » Sab Jul 02, 2005 4:14 am

Witold Pilecki: entró voluntariamente en 1940 en Auschwitz para lograr información y preparar un levantamiento. Se fugó en 1943. Estoy recopilando información para escribir un articulillo. Terminó fusilado en 1948 por las nuevas autoridades. ¡Hay que jo...!


History Channel "Heroes of the War: Poland" Witold Pilecki


Saludos.
Sine lumine pereo

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Mensaje por Hangel » Jue Ago 04, 2005 1:14 pm

Mi acto heroico:

Guetto de Varsovia, son las 6:05 de la mañana del 19 de abril de 1943. Se abre la puerta de la entrada por la calle Swiertojewska. Entra un tanque y dos vehículos blindados con un pelotón de tropas Askaris. Los judios que esperan... sienten terror ¿que pueden hacer contra un tanque y esas tropas armados con apenas varias botellas molotov, revolveres y una que otra granada?

El lider de calle siente miedo, no da la orden de atacar, todos se miran y nadie actua, algunos lloran.

Abajo en la calle, un combatiente sale de una casa corriendo, se coloca frente al tanque, saca una granada de palo y le quita la espoleta lanzandola a la oruga del tanque, la granada no tiene retardo y estalla dañando el tanque que avanza y antes de detenerse para siempre aplasta con la oruga al combatiente.

Del cadaver del joven guerrillero cae la gorra y muestra una larga cabellera pelirroja ¡Una muchacha!

El tanque y los carros blindados ¡Arden! los SS y Askaris corren bajo la lluvia de balas y bombas incendiarias de los guerrilleros judios.

Tomado del Diario de Emanuel Ringelblum. Cronista del Gueto de Varsovia.

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Mensaje por ToKoTo » Vie Ago 05, 2005 7:53 pm

Esto lo posteé hace unos meses en el foro de El Gran Capitán

La increíble historia de Maynard "Snuffy" Smith

El 1 de mayo de 1943, durante su primera misión el artillero de la torreta ventral, el sargento Maynard "Snuffy" Smith estaba ocupado disparando a un Fw 190 mientras su B-17 bombardeaba los refugios de los submarinos en Saint-Nazaire.

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Cuando escuchó que no disparaba ninguna otra ametralladora, salió de la torreta para averiguar el motivo. Se encontró con un artillero de cola gravemente herido, dos ametralladoras laterales vacías y el compartimiento de la radio envuelto en llamas. Después de auxiliar al artillero trató de apagar el fuego pisoteándolo y seguidamente orinó encima de las llamas.

Cuando los Fw 190 empezaron a atacar al bombardero dañado, Smith disparó con las dos ametralladoras laterales. Cuando los cazas acabaron el ataque, Smith consiguió apagar las llamas con sus propias manos. Gracias a su esfuerzo, su B-17 consiguió cruzar el canal de la Mancha hasta llegar a Inglaterra, y a Smith se le concedió la Medalla de Honor del Congreso.

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Sus acciones fueron verificadas por la tripulación de otro bombardero que podían verle por entre los agujeros causados por las balas en el fuselaje del B-17


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http://www.medalofhonor.com/MaynardSmith.htm
http://www.homeofheroes.com/wings/part2/06_smith.html
http://www.afa.org/magazine/valor/0484valor.asp

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http://www.elgrancapitan.com/phpbb2/vie ... ght=snuffy
Cerebro, tu no me agradas y yo no te agrado, así que sácame de esta y después te sigo matando con cerveza.

Piensa mal... y acertarás

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Crockett
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La acción heroica del cabo Bennett

Mensaje por Crockett » Sab Ago 13, 2005 3:06 am

La acción heroica del cabo Bennett

Rango: Cabo, US Army
Unidad: Compañía B, del 358 de Infantería de la 90 Divisón de Infantería.
Lugar y Fecha: Heckhuscheid, Alemania, Febrero 1945


El cabo Bennett estaba avanzando con la compañía B, a través de un campo abierto con el objetivo de atacar la ciudad de Hechuscheid, en Alemania, justo después del anochecer, cuando ametralladoras enemigas abrieron fuego desde una casa en las afueras de la ciudad, deteniéndo así el avance de la compañía y causando varias bajas. El cabo Bennett empezó a arrastrarse por el borde del campo, en un esfuerzo por flanquear la casa, persistiendo en su maniobra, inclusive cuando los artilleros enemigos lo localizaron debido a la luz generada por los edifios que en ese momento estaban en llamas y trató de protegerse en medio de algunos árboles. Después de estar a salvo, furtivamente se hizo camino a través de un camino tortuoso hasta la parte de atrás del edificio ocupado por los artilleros alemanes. Con su puñal de trinchera, mató un centinela que se encontraba realizando una guardia allí, y luego atacó la oscura casa. En un furioso combate cuerpo a cuerpo el atacó en un solo cuarto en el cual se encontraban siete alemanes. Tres alemanes cayeron bajo el fuego de su fusil, otro fue golpeado con la culata de su rifle hasta la muerte, y los otros fueron despachados con su pistola Colt 0.45. Con su valiente iniciativa, su incondicional habilidad de combate y su excelente gallardía, el Cabo Bennett eliminó el fuego enemigo que estaba diezmando a su compañía e hizo posible para los americanos barrer toda resistencia de la ciudad.

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Mapa actual de Alemania, se muestra la localización de Heckhuscheid. La flecha indica el lugar de la ciudad.

Esta es una traducción personal. Para mí es una acción muy heroica, ya que el cabo Bennett se encontraba en una abrumadora inferioridad numérica frente a los krautz. Y además su avance bajo el fuego de las ametralladoras alemanas, muy valiente.

http://www.medalofhonor.com
Última edición por Crockett el Dom Ago 14, 2005 3:11 am, editado 2 veces en total.

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TORPEDO HUMANO! (Completo)

Mensaje por Crockett » Sab Ago 13, 2005 9:11 am

¡Torpedo Humano!

Primera Parte

A las nueve cuarenta y cinco de la noche del 19 de diciembre de 1941, seis cabezas brotaron en la tranquila superficie del Mediterráneo, bañada por la luna, precisamente afuera de la bahía de Alejandría, Egipto. Aquellos seis hombres no estaban nadando. Iban jinetes, es decir, a horcajadas sobre tres torpedos de unos seis metros de largo. Eran italianos. Sus intenciones eran penetrar a la bahía sin ser observados y hundir los restos de la mermada flota inglesa del Mediterráneo, específicamente a los barcos de guerra Valiant y Queen Elizabeth.

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Marqués Luigi Durand de la Penne
-Único oficial naval condecorado por sus enemigos-

Su historia, desarrollada en el mismo teatro de la guerra que la expedición de Geoffrey Keyes, es al mismo tiempo una historia triunfante y un bello contrapunto en lo que se refiere al valor y osadía de un pequeño grupo, ya que el Eje también tuvo hombres que también se burlaban de los aspectos formales de las guerras modernas.

Conducidos por el teniente y Marqués Luigi Durand de la Penne, los seis italianos usando una nueva clase de equipo ligero submarino, abandonaron su submarino nodriza por una abertura de escape situada debajo de la línea de flotación. En grupos de dos, en realidad "jinetearon" sus torpedos de baja velocidad, especialmente adaptados, a través de los campos de minas, tanto de superficie como submarinas. Cerca del muelle de Alejandría se vieron obligados a sumergirse profundamente, ya que una patrulla británica arrojaba sistemáticamente bombas de profundidad.

Cerca de la media noche, fue levantada la red antisubmarinos para dar paso a un escuadrón de destroyers británicos. Desde una profundidad de diez metros, los tres grupos de torpedos humanos, jinetes en sus mortales "caballos" siguieron a las batientes hélices hasta el interior de la misma bahía.

En las primeras horas de la madrugada, trabajando furiosamente y casi ahogándose en las negras y lóbregas aguas del anclaje británico, los italianos lograron su propósito, a pesar de la vigilancia de las patrullas que cruzaban la superficie. Poco después de las 6 a. m., el capitán, posteriormente vicealmirante, Charles Morgan, del Valiant fue arrojado sobre cubierta por una violenta explosión. El buque de guerra se hundió bajo sus pies hasta el bajo fondo de la bahía. Unos cuantos minutos más tarde lo siguió el Queen Elizabeth, en tanto que un enorme barco tanque inglés, que estaba anclado cerca, volaba en pedazos e iluminaba la escena con sus despojos en llamas.

Rara vez en la guerra moderna el victorioso se encuentra con el vencido cara a cara en el momento de su triunfo; sin embargo, Luigi de la Penne fue hecho prisionero a bordo del Valiant. El capitán Morgan, cuando su barco se hundía, se volvió al italiano y le dijo quedamente: "Se ha anotado una victoria fantástica".

Es probable que nunca antes en la historia (parafraseando a Churchill), una armada ha debido tanto a tan pocos, corno en el caso de la armada italiana a su Décima Flotilla Ligera, único y pequeño compacto grupo de entusiastas de los botes a motor y del buceo. La Décima, que nunca llegó a contar más de cien hombres, se anotó la mayor parte de las victorias navales italianas durante la Segunda Guerra Mundial. Fue el triunfo del valor puro y del poder de la voluntad de los hombres contra los barcos, más que el triunfo de barcos contra barcos.

Desde el día en que el primer navío izó en su mástil la bandera de la Italia Unida en 1861, la marina italiana había vivido a la sombra de la Real Armada Británica. Los marinos italianos lo admitían libremente.

-Padecemos un irrazonable complejo de inferioridad -comentaban-, los cañones ingleses son más precisos y de más alcance, sus barcos son más rápidos y más fáciles de maniobrar, sus comandantes más decididos y conocedores.
La jactancia "Mare Nostrum" de Mussolini acerca del Mediterráneo era pura bravata para la marina italiana en tanto que los ingleses poseyeran Gibraltar, Malta, Alejandría y Chipre. Para 1940, aquel complejo de inferioridad se había convertido en parálisis; los almirantes italianos recurrían a cualquier extremo con tal de evitar combates con la Real Armada, aun cuando las oportunidades se inclinaran fuertemente a su favor.

Muchos oficiales aislados de la marina italiana protestaban calladamente, es cierto, contra esta habitual inacción, que equivalía casi a miedo. Pero estaban adecuadamente disciplinados. Unos cuantos individuos osados entre los oficiales de menor categoría principió entonces a pensar en armas más pequeñas, que la Supermarina (Cuartel General Naval Italiano) podría encontrarse dispuesta a arriesgar contra el enemigo.

Los rápidos botes a motor constituían una solución. En la Primera Guerra Mundial la marina italiana había logrado un éxito considerable contra la armada Austro-Húngara a lo largo de la costa dálmata con unidades pequeñas, hundiendo un total de tres cruceros de batalla. Al mismo tiempo se había alcanzado un considerable progreso técnico; a bote a motor equipado con rodada de oruga para trepar sobre las rocas había entrado en acción precisamente al final de la guerra.

Pero también había otras líneas de pensamiento. Desde octubre de 1935, dos tenientes ingenieros de la base para submarinos de La Spezia, Teseo Tesei y Elios Toschi, principiaron a trabajar con torpedos. Torpedos de una clase muy especial que fueron puestos en plena operación en los primeros días de la guerra. Si la Armada Británica no podía ser atacada en acciones de superficie en pleno Mediterráneo, quizá podría ser atacada y hundida cuando se encontrara inmóvil y confiada en sus protegidas bahías.

¿Pero cómo? ¿Con acciones? Las múltiples defensas reducían su efectividad. ¿Submarinos? Las minas, redes y pocas profundidades de las bahías ya hacía mucho que los habían nulificado. Sin embargo, tal vez un torpedo, guiado por manos humanas, podría burlar todas las defensas sin ser visto, en una noche oscura...

A primera vista la idea era tan descabellada como la de que un hombre domara y montara un tiburón. Y sin embargo, ¿porqué no? Disminuyendo la velocidad del torpedo para proporcionarle mayor maniobrabilidad, montando un piloto en él sobre unos estribos, y adaptándole mandos manuales en vez de los preajustados, y el piloto con equipo de buceo...
Pero, ¿que pasaría con este piloto humano? Concediendo que la nueva arma pudiera ser guiada con éxito hacia su blanco -y ya era conceder bastante- ¿qué sucedería con el hombre que lo montara cuando el torpedo se incrustara con un terrible impacto en el casco de un barco?
Tesei y Toschi nunca pensaron en la posibilidad de un escuadrón suicida, aun cuando los sentimientos casi fanáticos de Tesei en cuanto a la guerra, de hecho lo condujeran en aquella dirección, como se verá más tarde.

Casi desde el principio se pensó en el torpedo mismo como medio de transporte para el piloto humano y para el explosivo, el cual se fijaría en el fondo de algún barco y se haría explotar una vez que el piloto hubiera logrado ponerse a salvo.

Trabajando en su tiempo libre, los dos hombres trazaron los planos del nuevo torpedo y los sometieron a la consideración del ministerio naval. Para su sorpresa, los planos fueron rápidamente aprobados y se pidieron dos modelos. Sin embargo, Tesei y Toschi no fueron relevados de sus obligaciones normales, y los torpedos se construyeron bajo la supervisión de los dos inventores, y de los mecánicos de La Spezia en su propio tiempo de trabajo. El dinero estaba tan escaso' que los motores de los torpedos tuvieron que adaptarse de dos viejos motores de elevador.
A principios de 1936, se terminaron y probaron oficialmente los dos modelos. Los informes eran favorables, pero el papeleo demoró la producción uno y otro mes. Se le dio una prioridad baja al nuevo torpedo; finalmente, en la complacencia que siguió a la guerra de Etiopía, fue abandonado.

Sin embargo, a fines de 1938, a medida que la guerra contra los ingleses tomaba aspectos más reales, un comandante naval, de nombre Paolo Aloisi recibió instrucciones de revisar nuevamente el asunto de los torpedos humanos. Trabajando con los dos inventores, ayudó a revisar los planos, y en julio de 1939, en vísperas de la guerra, se fabricaron doce "Torpedos de Baja Velocidad" o "pígs" (puercos), como los nombraron los hombres que los tripulaban.

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HMS Queen Elizabeth

A principios de 1940, siete oficiales se unieron a Tesei, Toschi y Aloisi para crear la Primera Flotilla Ligera. Entre esos siete estaba el teniente De la Penne, un elevado (para ser italiano) y joven oficial de la reserva, de pelo ondulado, procedente de Liguria, que hablaba con ligero acento. De la Penne, que ocultaba una intensa fuerza interior con unos modales externos despreocupados, pronto se encontró formando parte del círculo más íntimo del comando.
El "pig" fue sumamente modificado como resultado de las pruebas prácticas a que fue sometido por la flotilla. El diseño básico resultante era de aproximadamente siete metros de largo por medio metro de diámetro. Dos hombres lo tripulaban en su parte media, sobre estribos, el piloto al frente protegido por un parabrisas de plástico. La velocidad máxima del torpedo era de 4.6 kilómetros por hora, su radio de acción de dieciséis kilómetros y su profundidad de inmersión limitada a treinta metros, (pero con frecuencia excedida).

El torpedo se sumergía y tornaba a la superficie por medio de flotadores o vaciando un pequeño tanque por medio de bombas eléctricas. La propulsión era a base de un acumulador con una capacidad de sesenta volts. Los controles eran luminosos y podían leerse de noche bajo la superficie. La cápsula explosiva del "pig" era de metro y medio de longitud y contenía trescientos kilos de TNT, y se desprendía del torpedo por medio de un sencillo mecanismo de embrague. El demás equipo incluía cortaredes, un ingenioso mecanismo a base de aire comprimido para levantar redes, ganchos para la quilla de los barcos y un gran carrete de cable.

Tanto el piloto como su ayudante usaban trajes de buzo de hule que los cubrían totalmente, excepto las manos y la cara. Sus máscaras no se diferenciaban gran cosa de las que se usan en la actualidad, alimentadas por botellas que contenían oxígeno a alta presión, para una duración de seis horas. La exhalación se practicaba a través del mismo tubo a un depósito de cristales de cal sádica para la absorción del bióxido de carbono.

Para el 10 de junio de 1940, cuando ltalia declaró la guerra a Francia y a la Gran Bretaña, los "pigs" no entraban aún en la producción en masa. No obstante, la flotilla decidió utilizar inmediatamente sus doce torpedos de entrenamiento, viejos como estaban, contra el enemigo. Dos barcos de guerra y un portaaviones ingleses se encontraban en el puerto de Alejandría. Serían atacados y hundidos al salir la luna la noche del 25 de agosto.

Todos los hombres de la flotilla se ofrecieron como voluntarios para esta primera misión. Cuatro tripulaciones salieron en el submarino Iride, entre ellos De la Penne. En la madrugada del 22 de agosto el submarino se reunió con un barco tanque y con una motonave en una apartada bahía al oeste de Tobruk, Libia, que llevaba a un almirante y a los cuatro "pigs". Se ensayaron las tácticas con gran lujo de detalles para beneficio del almirante, las que fueron interrumpidas por un avión de reconocimiento enemigo que volaba a poca altura sobre la bahía. Tanto el barco como el submarino lo recibieron con fuego antiaéreo, pero el avión logró escapar.

El motivo por el que el Iride no tomó a los "pigs" a bordo y buscó la seguridad del mar inmediatamente, no está claro hasta la fecha. De hecho nada se hizo. A las 11.30 a. m. tres aviones torpederos británicos se presentaron rugiendo sin previo aviso. Volaban bajo, rozando las olas, y a cincuenta metros de distancia cayeron de sus vientres los torpedos ingleses. Dos de ellos f fallaron y se enterraron sin explotar en el bajo fondo de la bahía. El tercer torpedo dio directamente en medio del submarino que se encontraba en la superficie. Le hizo un enorme agujero. El Iride se hundió en menos de un minuto salvándose sólo una parte de su tripulación.

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HMS Valiant

Sin embargo, afortunadamente había bastantes buzos entrenados en el sitio para las labores de rescate. Las cuatro tripulaciones de los "pigs" se enfundaron apresuradamente sus equipos y se hundieron hasta el submarino que yacía a quince metros de profundidad en el fondo de la bahía.

Golpeando el casco determinaron que se encontraban vivos nueve marineros en el compartimiento delantero de torpedos y que la salida de escape estaba trabada.

Durante veinte largas horas los ocho buzos trabajaron hasta casi quedar exhaustos, en tanto el oxígeno se agotaba lentamente en el submarino. Al fin, un poco antes del amanecer del día siguiente, se despejó la abertura de escape, mediante un poderoso esfuerzo conjunto de los buzos. En ese momento, los hombres del submarino casi enloquecieron de pánico ante la orden de que inundaran su compartimiento y que ganaran la salida a nado. Varios de ellos no sabían nadar. Se negaron a inundar el compartimiento.

Finalmente, el almirante ordenó que se transmitiera un mensaje golpeando el casco: "Inunden el compartimiento o los abandonamos".

Una poderosa explosión de burbujas que se observó a los pocos minutos sobre la superficie del mar indicó que la orden había sido obedecida. Uno a uno, ocho de los marinos atrapados salieron a la superficie y fueron halados a bordo de la motonave. El noveno hombre permaneció abajo en una pequeña bolsa de aire que pronto se agotaría; claramente se había vuelto loco, no sabía nadar, y amenazaba matar a cualquier miembro de la tripulación que lo obligara a salir por la inundada cámara de escape.

La paciencia del almirante se había agotado. Ordenó que aquel hombre fuera abandonado. Corno el héroe de un libro de cuentos (y en cierta forma así lo era), De la Penne pidió hablar con el almirante.

- Déme la oportunidad de bajar y traerlo -pidió.

De la Penne descendió y con gran riesgo de su vida entró por la abertura de escape y encontró a su hombre. Como se suponía, estaba enloquecido. Los dos hombres lucharon con sus cabezas juntas en la única burbuja de oxígeno que quedaba en el hundido submarino. El marino le arrancó su aparato para respirar. De la Penne trató de volvérselo a colocar. El marinero trató de ahogarlo. De la Penne lo dejó sin conocimiento después de una ruda lucha, y con la última bocanada de aire ya viciado inició su regreso a la abertura y hacia la superficie, remolcando al tripulante del submarino.

Fue izado por sus camaradas y el almirante con aire voluble le prometió una medalla. Sin embargo, las felicitaciones se vieron enfriadas por el descorazonador hecho de que, sin submarino, había fracasado la misión en Alejandría, antes de que hubiera empezado.

De regreso en La Spezia, la flotilla principió a planear un segundo y más ambicioso asalto. Este sería un ataque de doble efecto: la noche del 29 de septiembre, los "pigs" iban a arrastrarse dentro de los puertos de Alejandría y Gibraltar. En una sola noche de trabajo toda la flota británica podría ser aniquilada. Las tripulaciones se mostraban sumamente entusiastas. Esta vez no habría equivocaciones.

El 28 de septiembre, el submarino Gondor se encontraba sumergido a poca distancia al oeste de la bahía de Alejandría. Comenzaron a llegar malas noticias. El reconocimiento aéreo demostraba que la flota británica había salido de Alejandría hacía sólo unas horas. El Gondor y su tripulación de torpedos humanos, Henos de abatimiento, hicieron rumbo a su puerto.

Navegando sobre la superficie, el submarino se vio obligado al siguiente día a sumergirse rápidamente al aparecer sobre el horizonte unas unidades navales enemigas.
Desgraciadamente había sido descubierto.

El submarino permaneció inmóvil en tanto las cargas de profundidad explotaban sordamente a su alrededor.

Irónicamente, las naves británicas que lanzaban sus bombas en cuidadosos diseños sobre la superficie eran los destructores que servían de escolta a los mismos barcos de guerra que el Gondor había ido a destruir a Alejandría. Y estos detroyers no cejaban. Una hora después una carga de profundidad abrió las costuras del submarino. Este salió rápidamente a la superficie. Parte de los marineros corrió hacia las escaleras y saltó al mar antes de que se hundiera, siendo recogidos por un destructor británico. Entre éstos se encontraba Toschi, el coinventor del "pig", y Brunetti, comandante tanto del Gondor como del Iride, hombre carente por completo de suerte. Así fracasó, en forma todavía más desastrosa, la segunda expedición sobre Alejandría.

De la Penne había sido más afortunado, por lo menos había salvado su vida y su libertad. Aun cuando había protestado ruidosamente, fue retirado del asalto a Alejandría y designado al asalto gemelo sobre Gibraltar. El submarino Scire, comandado por el príncipe Valerio Borghese, salió de La Spezia el día 24 con tres dotaciones, incluyendo a De la Penne. En la mañana del día 29, un mensaje en clave emitido de Roma les hizo saber que las unidades británicas de Gibraltar, lo mismo que las de Alejandría, habían abandonado su base. Se encontraba sólo a ochenta kilómetros de su objetivo cuando el Scíre abandonó el ataque. A diferencia del Gondor, llegó a puerto seguro.

A pesar de las súplicas de De la Penne, no se hicieron más intentos de ataque sobre Alejandría. Era contra las miras del teniente: la caza mayor -portaaviones y cruceros-, digna de cazarse se encontraba anclada en Alejandría, Gibraltar contenía sólo unidades menores y barcos mercantes. De la Penne era romántico. Le parecía un poco menos agradable arriesgar su vida hundiendo un sucio carguero de Glasgow.

A diferencia de muchos oficiales italianos De la Penne sazonaba sus inclinaciones dramáticas con cierto toque de realismo. No había nada dramático en el fracaso, y los dos asaltos contra aquel puerto egipcio habían fracasado. Hasta ahora los "pígs" no se habían probado en verdaderas condiciones de batalla. Existía mucho que podría salir equivocado, y en Gibraltar los pilotos de los torpedos por lo menos habrían tenido oportunidad de regresar a España con información para modificar los torpedos. Hubieran sido internados por el técnicamente neutral Franco y pocas semanas después se les permitiría discretamente "escapar" hacia donde se encontrarla un avión italiano aguardando.



Segunda Parte Parte

Por otra parte, Alejandría constituía un viaje en un solo sentido. Era poco probable escapar del Egipto dominado por los ingleses. Unos pequeños aparatos de radio de onda corta que guiaran a los "pigs" de regreso al submarino nodriza, se habían probado en la Spezia durante los primeros días, pero se encontró que no eran de confianza; junto con la dificultad de manejar el torpedo ya desprovisto de su cápsula explosiva, los mismos pilotos habían solicitado que fueran considerados costosos. Toda la energía tenía que encaminarse hacia el éxito de la misión.


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Maiale, Siluri de Lenta Corsa (Cerdo, Torpedo de Lenta Carrera)


Los fracasos perseguían como sombra a la flotilla. El 21 de octubre de 1940, nuevamente salió de La Spezia el Scire haciendo rumbo hacia Gibraltar, nuevamente bajo el mando de Borghese. Lejos de poder compararse a un dilettante, Borghese era un experto marino y un jefe nato. Frente a Gibraltar, se arrastró sumergido en corrientes en extremo peligrosas sólo a un millar de metros de la entrada de la bahía de Gibraltar a plena luz del día.

En esta ocasión no hubo mensajes procedentes de Roma, el asalto estaba en marcha.

El Scire había permanecido sumergido durante cuarenta horas a medida que Borghese se aproximaba a Gibraltar y se movía lentamente al entrar a la bahía, descansando de tiempo en tiempo en el fondo, escuchando a las patrullas y luego continuando su marcha hacia adelante. Un poco después del oscurecer el submarino se dirigió cautelosamente al puerto español de Algeciras, todavía a la vista del enemigo. Fue un triunfo de la navegación a ciegas. A la 1: 30 a. m., con su tripulación casi sin conocimiento por la falta de oxígeno en el viejo Scire, Borghese salió a la superficie.

Conducidos por Tesei, las tres dotaciones partieron con intervalos de dos minutos en sus respectivos ''pigs''. El compañero de De la Penne en esta misión y en otras posteriores era un rudo y macizo pescador que se hallaba tan a gusto en el agua como si allí hubiera nacido, era el oficial subalterno de buceo, Emilio Bianchi. Fueron los terceros en salir.

Todo iba bien. De la Penne y Bianchi viajaban parcialmente sumergidos, con sólo sus cabezas fuera del agua por necesidades de la navegación, pero respirando oxígeno para el caso que se hiciera necesaria una inmersión rápida. El torpedo que tenían debajo palpitaba suave y regularmente. Los dos pilotos se habían encargado de revisarlo personalmente después que los mecánicos terminaron con él.
La distancia a Gibraltar no era mucha, pero una brillante luna rielaba sobre la bahía. De la Penne estaba preocupado por la estela que dejaban y redujo a la mitad la velocidad del torpedo. De pronto se escuchó el ruido de una lancha de motor y observaron el reflector de una patrulla antisubmarina que los buscaba. De la Penne tiró apresuradamente de la palanca de inmersión.

A unos cinco metros de profundidad volvió a nivelar. Allí todo era negrura, pero el torpedo continuaba funcionando. Sin embargo, de pronto sintieron una leve explosión en el motor. El ''pig'' inclinó la cabeza y se precipitó al fondo de la bahía. Los dos pilotos se afianzaron a él por un instante y luego lo abandonaron.

Salieron a la superficie. El reflector había desaparecido. De la Penne golpeó a Bianchi en el hombro y los dos hombres se hundieron nuevamente. Nadaron aproximadamente unos cuarenta metros hacia el fondo. Allí, en una oscuridad absoluta, vagaron por lo que les pareció una eternidad, buscando el pig''. El único faro que tenían para que los guiara era el reflejo luminoso del tablero de control del torpedo.
Al final lograron encontrarlo medio enterrado en el lodo.

Durante diez minutos más se sentaron en el fondo y tentalearon el motor en una oscuridad absoluta. Sabían exactamente qué hacer en una emergencia como esa. Lo habían practicado con los ojos vendados. Sin embargo, el torpedo no quería arrancar nuevamente. Sufrían la presión de aquella profundidad en sus trajes de hule delgado. De la Penne volvió a hacer senas a su compañero y se dirigieron lentamente a la superficie. La misión había terminado para ellos.

Se despojaron de sus equipos de buzo y nadaron hacia España.

Tesei y su compañero también habían tenido dificultades, según De la Penne descubrió al día siguiente. Sus dificultades provinieron no del "pig", sino de su equipo de buceo. Se filtraba y casi los ahogó, teniendo que abandonar el "pig". El tercer grupo, conducido,por el teniente Birindelli, logró atravesar las defensas y penetrar en la rada interior de Gibraltar. Allí su "pig" falló y fueron capturados.

La cápsula hizo explosión en la bahía, pero los ingleses no tuvieron ninguna idea de la verdadera naturaleza del "pig" hasta que fue encontrado el torpedo abandonado por Tesei en las poco profundas aguas de una playa española. La policía secreta de Franco lo retiró inmediatamente, sin embargo, no antes de que los agentes británicos tuvieran unas impresiones vagas acerca de la nueva arma secreta.

Las defensas inglesas de la bahía pronto se multiplicaron especialmente en Gibraltar. Los reflectores barrían las entradas. Se reforzaron las redes. Patrullas silenciosas surcaban las aguas por todos lados y en todas direcciones, escuchando con hidrófonos. Pequeñas cargas de profundidad, capaces de matar o dejar sin conocimiento a cualquiera que se encontrara nadando en el agua dentro de un radio de unos treinta metros, eran soltadas con frecuencia durante toda la noche. En Gibraltar, los ingleses incluso organizaron secciones de buzos para inspeccionar las quillas de todos los barcos surtos en la bahía, con regularidad.

Sin embargo, no eran las contramedidas del enemigo lo que preocupaba a la flotilla italiana. Era completamente evidente que la nueva arma en sí tenía que ser perfeccionada. Tesei, De la Penne y otros se dedicaron furiosamente a la tarea de hacer pruebas. En un segundo ataque sobre Gibraltar, los "pigs" volvieron a fracasar. El tercero, el 26 de mayo de 1941, fue igualmente infructuoso.

Otra clase de hombres hubieran abandonado todo esfuerzo. Pero éstos eran hombres especiales. El cuarto intento, el 20 de septiembre de 1941, constituyó un éxito completo: se hunti p m - dos barcos tanque y un carguero. Los ''pigs'' eran al fin dignos de confianza y no había nada que pudieran hacer los ingleses para contrarrestar a aquellos locos italianos. En los dos años siguientes fueron hundidos 14 barcos solamente en la bahía de Gibraltar y muchos de ellos en plena, luz del día.

F. E. Goldsworthy, oficial de la Inteligencia Naval Británica, declara:

-Ninguna de estas siete operaciones fue incorrupta por la ruptura de la neutralidad española; sin embargo, cada una de ellas demandó de los atacantes una audacia física y una tenacidad que les hubiera ganado el respeto de cualquier marina del mundo.

Una de las razones para este éxito, aparte de la audacia y el valor, sin embargo, la constituyó un nuevo comandante italiano de la operación: Borghese. Aun cuando había fallado el primer ataque sobre Gibraltar recibió esa comisión y finalmente fue recompensado con la Medalla de Oro, la más elevada condecoración italiana, por su audacia y destreza al navegar con el Scire en los mismos dientes del enemigo.

El mismo Mussolini se encargó de la presentación. De la Penne y Tesei, con sus dos compañeros en los "pigs", recorrieron en unión de Borghese un largo corredor cubierto de espejos para su audiencia con 11 Duce. Fueron introducidos a una pequeña pero adornada oficina. Mussolini, cansado y un tanto seco, (la guerra en Albania iba mal), parecía casi desinteresado. No vestía uniforme, sino unos pantalones a rayas y una chaqueta negra. Permaneció detrás de su escritorio todo el tiempo que Borghese hacía el resumen de la operación de los torpedos humanos con ayuda de mapas. El dictador ofreció la medalla y felicitó a los cinco en nombre de todos los italianos.

-Ahora pueden retirarse -añadió casi en la misma emisión de la voz.

De la Perme, junto con los otros, estaba notablemente desilusionado.

No obstante, la entrevista produjo sus frutos. El 15 de marzo de 1941, Borghese fue designado comandante de la división submarina de la Décima Flotilla Ligera, la cual se había organizado para incluir a las Unidades-E, botes a motor explosivos (cargados con TNT y lanzados en alta velocidad contra los barcos enemigos), junto con los torpedos humanos. Se concedió una autonomía completa, así como mucho dinero para el perfeccionamiento de los "pigs".

Borghese estaba poseído de un inmenso entusiasmo y llevó consigo a sus hombres, incluyendo a De la Penne, a pesar de sus muchos fracasos.

Al principio parecía como si los botes explosivos fueran a ser la mejor arma pequeña naval de Italia. El 26 de marzo de 1941, una docena de estas pequeñas unidades salieron de su embarcadero y después de recorrer millas y millas de mar abierto, se lanzaron por sorpresa en Suda Bay, Creta, puerto inglés de abastecimiento por aquella época. Las pequeñas embarcaciones abarrotadas de explosivos, atravesaron rugiendo la bahía. El piloto ajustó una trayectoria de colisión contra un barco enemigo, aseguró los controles y a doscientos metros de la muerte se lanzó del bote de regreso al mar abierto. Los italianos hundieron tres barcos mercantes en este ataque, dañando severamente al crucero británico York y escaparon casi sin sufrir bajas, ya que un bote de rescate los esperaba y en medio de una granizada de balas enemigas avanzó para recoger a los pilotos y huir en seguida a mar abierto.

Exactamente cuatro meses después, el 26 de julio, la Décima Flotilla intentó la misma estratagema en Malta. Tesei, la inspiración espiritual de la flotilla, había abandonado su propia creación, los "pigs", para conducir el ataque. El resultado fue un completo desastre.

Una fuerte cadena que sostenía una red de acero se encontraba tendida a través de la entrada de la bahía. La fuerza aérea italiana, a quien se había pedido que eliminara dicho obstáculo, había bombardeado un lugar equivocado.

Los nueve botes explosivos, zumbando como abejas furiosas, dieron la vuelta y se retiraron, frustrados. Fuego de cañón, disparado desde la orilla, comenzó a llover a su alrededor en tanto los botes se lanzaban inútilmente una y otra vez contra la barrera. Tesei, sin titubear más, dirigió su bote directamente sobre el obstáculo. Saltó demasiado tarde y fue cogido por la explosión. Nunca se encontró su cadáver.

Y peor aún, había muerto en vano. La carga de TNT había sido demasiado poderosa. La red se abatió y una pesada viga de madera permaneció sobre la superficie del agua. No quedó ninguna manera de penetrar. Otro piloto que trató de volar el, botalón también murió. El resto dio la vuelta y se dirigió a su puerto, derrotado. La RAF les dio caza en mar abierto y los destruyó uno por uno. Sólo un bote logró escapar.

En esta forma terminó la carrera de los botes explosivos. El mero arrojo no era bastante. La astucia y la cautela también eran necesarias para sorprender a los capitanes de puerto británicos. Los hombres que jineteaban torpedos eran la respuesta.

Es trágicamente irónico que Tesei haya muerto empleando un arma distinta a la suya. La Décima lo echó grandemente de menos.

-El éxito de una misión -afirmaba- no es muy importante en si, ni siquiera la guerra misma. Lo que en realidad cuenta es que existan hombres dispuestos a morir en el intento y que mueran realmente por él, ya que nuestro sacrificio inspirará y tonificará a las futuras generaciones.

Lo anterior suena a fascismo, pero es más amplio. Había poco sitio en la Décima para el bombo con que en Italia se hacía la política en aquella época. Tesei vivió y murió protestando contra el gastado hombre moderno, por su amor al placer y a la molicie, por su disposición a sacrificar su honor, su valor y su propia virilidad; por el derecho de no tener que arriesgar su vida por alguna razón, por noble que ésta fuera. Es al llegar a esta etapa, afirmaba, que se puede decir que la civilización en Italia y en otras muchas naciones ha llegado a la decadencia.

Era un bello misticismo para un grupo de hombres torpedos. De la Penne también creía en lo mismo, hasta cierto punto y trató de seguir adelante con la guía interior de la Décima. Logró el éxito en una forma terrena y ruda, pero al final, la moral de la organización hubo de descansar en la muda camaradería y en la lealtad de los hombres fuertes que comparten una tarea peligrosa, agotante, y en ocasiones imposible.

La Décima Flotilla Ligera conducía una vida retirada y secreta en su. propio campamento sembrado de pinos de la orilla occidental del Mediterráneo. Se dedicaban con igual frenesí al trabajo y a los juegos, juntos los hombres con los oficiales; los oficiales enseñaban con el ejemplo. Un viejo crucero, el San Marco, anteriormente utilizado para práctica de tiro se les había proporcionado para que planearan sus ataques, ellos lo asaltaban con los "pigs" en operaciones a toda escala por lo menos dos veces por semana. Los días de asueto se lo pasaban ideando nuevas clases de obstáculos y de redes para rodearlos. También practicaban con naves italianas en La Spezia; en una ocasión, De la Penne y otras dos tripulaciones "hundieron" al buque de guerra Giulio Cesare aun cuando su capitán había sido prevenido de la hora aproximada en que se haría el intento.

Su vida en el bosquecillo de pinos era idílica en muchos aspectos; no había periódicos, ni pláticas sobre política ni mujeres, excepto cuando se encontraban gozando de permiso. Nadaban constantemente y jugaban voleibol e improvisaban cacerías de jabalíes. Estudiaban mapas y fotografías aéreas de Alejandría, Malta y Gibraltar diariamente y sabían las profundidades y configuración submarina de cada puerto.

Los reclutas para la Décima eran cuidadosamente seleccionados en forma psicológica, por las inmensas dificultades que iban a encontrarse. Los que padecían dificultades de carácter emocional, incluso en asuntos triviales tales como dificultades financieras y disputas familiares, eran eliminados, junto con los amantes desilusionados. Los requisitos de aptitudes físicas y habilidad en la natación eran fantásticamente elevados. Además cada hombre recibía un año de entrenamiento, no sólo para desarrollar su cuerpo, sino también para crear una mentalidad "dispuesta a cualquier cosa". La Décima planeaba una guerra larga y preparaba tanto el cuerpo como la mente.

Se exigía un secreto absoluto, no sólo en lo que se refería al equipo, lugar y operación, sino también en lo relativo a la existencia de la unidad. Ni siquiera los padres o las esposas sabían las verdaderas funciones de la Décima. Es claro que los ingleses, ya para el final de 1941 tenían una idea general de cómo se efectuaban las operaciones, pero ningún detalle escapó de Italia o se filtró en los campos de prisioneros de guerra, a pesar de todos los esfuerzos de los funcionarios de la Inteligencia Británica.

- Cuando se toma en consideración el ansia innata que todos los italianos sienten por hablar, -comentaba Borghese con sequedad-, se puede dar uno cuenta de las cualidades excepcionales que encontramos en estos jóvenes.
Los últimos meses de 1941 acumularon sobre los aliados, desastres navales tras desastres, tanto en el Mediterráneo como en el Pacífico:

El 13 de noviembre, a unas noventa millas al este de Gibraltar, Gugenberger, comandante de un submarino alemán, izó su periscopio y descubrió al portaaviones inglés Ark Royal que cruzaba por proa. Le disparó un torpedo y se sumergió inmediatamente. El torpedo dañó al portaaviones, el que fue remolcado pero se hundió a veinticinco millas de Gibraltar.

El 25 de noviembre, el U-335, al mando del teniente von Tiesenhausen encontró a la flota de Alejandría frente a la costa de Libia. Los acorazados Valiant, Queen Elizabeth y Barham viajaban en zig-zag con una escolta de nueve destructores. El submarino alemán se deslizó entre la escolta, levantó su periscopio y disparó cuatro torpedos a una distancia de cuatrocientos metros. El Barham se hundió en diez minutos con ochocientos sesenta hombres.

El 7 de diciembre los japoneses, en Pearl Harbor, aparentemente habían abatido el poder naval de los Estados Unidos, hundiendo al Arizona y dañando seriamente a otros siete acorazados y a tres cruceros.

El 10 de diciembre, el Prince of Wales y el Repulse fueron sorprendidos por los aviones japoneses en el Golfo de Siam.

También fueron hundidos.De las tres armadas del Eje únicamente la italiana se mantenía pasiva. Esto ponía frenético a De la Penne e insistía noche y día con Borghese para que se llevara a efecto el tantas veces pospuesto ataque sobre Alejandría. Basado en los finales ataques con éxito a Gibraltar, el comandante se convenció y apresuró entusiastamente la operación. Supermarina concedió el permiso.

Borghese reunió a los miembros de la Décima y un tanto formalmente pidió voluntarios para una misión de la que era casi probable que no regresarían. No reveló el destino, pero todo el mundo lo sabía: Alejandría. No había ninguna duda respecto a ello. Con caras sonrientes todos los hombres de la flotilla dieron un paso al frente para ofrecerse como voluntarios.

Borghese les dio las gracias y eligió a las tripulaciones. De la Penne conduciría el ataque, no cabía duda. Llevaría a Bianchi, su ayudante de costumbre. Las otras dos tripulaciones las compondrían el ingeniero y capitán Antonio Marceglia y el oficial subalterno buzo Spartaco Schergat; el artillero, capitán Vicenzo Martolotta y el oficial subalterno buzo Mario Marino; una cuarta tripulación quedaría como reserva.

No hubo necesidad de hacer grandes planes. Todos conocían íntimamente el fondo de la bahía de Alejandría. Las fotos de los reconocimientos aéreos no mostraban ninguna nueva construcción. Mostraban claramente al Queen Elizabeth y al Valiant bien dentro de la bahía, cada uno de ellos rodeado por sus propias redes antitorpedos.

El Scire salió de La Spezia al anochecer, aparentemente en una misión de entrenamiento rutinario. Fuera de la vista de la tierra una embarcación ligera se aproximó al submarino y fueron cargados los tres "pigs". Los números 221, 222 y 223 habían llegado apenas procedentes de una revisión en la fábrica. Cada grupo se había entregado con su propio "pig" y conocía sus peculiaridades. De la Penne colocó al Núm. 221 en el hangar delantero a bordo del submarino; los demás fueron cargados a popa.

A continuación las tripulaciones regresaron a la embarcación ligera para reunirse posteriormente con el Scíre. Borghese se hizo a la mar. La "Operación EA-3", el tercer intento contra Alejandría estaba en marcha.

Frente a Messina, el Scire recibió un mensaje no en clave del cuartel general naval, violación a las normas de seguridad que puso furioso a Borghese. El solo hecho de que el Scire se encontrara de noche en el mar pondría alertas a los británicos de que se gestaba otro inminente ataque con hombres torpedo. El mensaje de radio, superurgente, prevenía a Borghese contra un submarino enemigo que se encontraba en aquella zona; el Scire navegó a través de los restos. de un convoy atacado sin ver señales del enemigo. A su debido tiempo se deslizó en el puerto Italiano de Leros, en las islas del Dodecaneso, en el Mediterráneo oriental.


Tercera Parte

Debido al gran número de griegos que habitaban las islas, se cubrió al submarino con tela embreada para ocultar a los "pigs" que portaba. Al siguiente día, De la Penne y sus compañeros volaron en hidroplano, descansaron y se alistaron para la acción. El comandante italiano en jefe de las fuerzas navales del Egeo también había venido volando desde Rodas y deseaba que se ejecutaran pruebas y ejercicios con los "pigs". Borghese le explicó que los agentes aliados que se encontraban con los griegos obtendrían alguna evidencia de lo que iba a ocurrir, aun cuando no descubrieran a los "pigs". Las pruebas en Leros indicarían un ataque sobre Alejandría.

El almirante insistió. Borghese perdió la paciencia y llamó al almirante burócrata y un completo asno. Este lo amenazó secamente con someterlo a una corte marcial; Borghese insistió en que se consultara a Roma el asunto. Se redactaron los mensajes y se enviaron a Supermarina al anochecer del día trece. En la mañana del día siguiente, antes de que pudiera llegar la respuesta, De la Penne y sus compañeros abordaron silenciosamente el Scire y se hicieron calladamente a la mar.

Estaban a un día adelante de lo fijado, pero no importaba. Adelante de ellos, a unas ochocientas millas al sureste, se encontraba el enemigo. De la Penne y sus hombres tuvieron una última y breve sesión con los mapas. Todos estaban ya de acuerdo. Entonces, sintiendo que estorbaban las maniobras de los tripulantes del submarino, treparon a sus camastros y allí permanecieron.

Leían y dormían, compartiendo un enorme pastel de frutas que alguien había llevado. El día quince, De la Penne distribuyó dinero inglés que les serviría para escapar. Sin embargo, los seis hombres no abrigaban muchas esperanzas de regresar a suelo italiano; habían escrito largas cartas a sus esposas y a su familia, para ser depositadas en cualquier momento después de cumplida la misión, aun cuando Borghese insistía en que se haría cualquier esfuerzo para rescatarlos.

De la Penne hizo que cada hombre ensayara sus instrucciones para escapar: seguir el canal de Mahmoudia y luego la bahía de Abasker o, en una emergencia, adquirir audazmente un boleto para el ferrocarril a Rosetta. Allí podrían rentar o hurtar una pequeña embarcación. El submarino Zaffiro los esperaría a diez millas de Rosseta, en la medianoche del veintidós y el veintitrés.

El día dieciséis el tiempo se puso malo y el submarino no pudo navegar en la superficie sino únicamente por cortos periodos. Borghese se preocupaba por la tensión que sufrían los hombres torpedo confinados en sus camastros por tan largo periodo.

La operación estaba fijada para principiar a horas avanzadas de la noche siguiente. Sin embargo, el día diecisiete, Borghese la pospuso hasta el siguiente día. Ningún informe sobre reconocimientos había llegado procedente del operador de radio de la Décima Flotilla, el cual se había trasladado hasta la ocupada Atenas especialmente para esta misión. A las 10 de la mañana del dieciocho el Scire se encontraba sumergido a unas treinta millas de Alejandría, en una zona peligrosa. Y aún lo llegaba ningún informe de reconocimiento sobre la base naval.

Borghese maldecía a sus compatriotas italianos por su ineficiencia. Llamó a De la Penne. Los hombres torpedo no irían a enfrentarse a una muerte casi cierta o al peligro de ser capturados sin tener la certeza de que sus presas, el Valiant y el Queen Elizabeth no se habían hecho a la mar. Y por otra parte, el Scire no podía permanecer otro día más en aquellas aguas, patrulladas constantemente por los británicos. El triste destino del Gondor se abatía grandemente sobre ellos.

Tenía que tomarse una decisión inmediatamente. De la Penne pidió a Borghese que atacaran a ciegas. Por lo menos podría hundirse a algún barco mercante, aun cuando los dos barcos de guerra hubieran zarpado. En estos precisos momentos el operador de radio del Scíre escuchó al operador de Atenas; las noticias eran buenas. Dos aviones alemanes habían efectuado el reconocimiento; el Valiant y el Queen Elizabeth permanecían allí. De la Penne dio una palmada de felicidad en el hombro de su comandante.

-Muy bien -comentó sonriente Borghese-, ahora todo lo que tenemos que hacer es cruzar la zona minada.

Formidables obstáculos impedían acercarse a Alejandría. Los informes de la Inteligencia mostraban un cordón de minas que principiaba a veinte millas de tierra. En el interior de éste, en un radio de seis millas, existía un anillo de minas "lobster pot" y en su interior una red de cables detectores.

Finalmente, existían más minas "lobster pot" diseminadas. Desde luego, la red que impedía la entrada al puerto en sí, también era un problema para los hombres torpedo.

Las minas y los cables podían evadirse con facilidad siempre y cuando los mapas estuvieran al día. De la Penne estuvo de acuerdo con Borghese que la ruta más segura de todas se encontraba siguiendo el fondo. También podían existir minas allí, pero serían menos. El Scire avanzó. A veinte millas de distancia redujo su velocidad y descendió hasta tocar suavemente el fondo. De la Penne se reunió con sus hombres a hacerles compañía en sus camastros. No había nada qué hacer por el momento. Si llegaran a tocar una mina todos morirían; de lo contrarío, continuaría la misión.

El operador de Atenas también había radiado un fragmento de interés humano: Bianchi era padre de un nuevo niño. El séptimo de los hombres torpedo le ofreció un brindis con vino al nuevo padre. Aquello parecía un buen augurio. Pero en del brindis el casco del submarino rozó con algo que parecía sonar como el cable de una mina.

El Scire continuó deslizándose, golpeando ocasionalmente el fondo. Las horas transcurrían lentamente y la tensión aumentaba. A nadie le interesaba platicar. La mayoría trataba de dormir pero nadie podía hacerlo. Borghese había recibido la Medalla de Oro por su navegación a ciegas en Gibraltar, tal vez aquí podría repetirla;
-A las 18:40 horas -relata Borghese-, habíamos llegado a nuestro destino. De acuerdo con mis cálculos nos encontrábamos a una milla y tres décimos y a trescientos cincuenta y seis grados del faro en el muelle occidental de la bahía comercial de Alejandría, y una profundidad de quince metros.

A las 21:30 horas o 9:30 p. m., el Scire levantó cautelosamente el periscopio. Nada se encontraba a la vista, Borghese ordenó que el submarino saliera a la superficie y se dirigió apresuradamente a la torreta a comprobar sus cálculos. Perfectos. Una noche clara, un mar en calma y en la oscuridad se distinguía el faro en la distancia. Ordenó que los buzos se presentaran sobre cubierta, incluyendo la tripulación de reserva. Estos dos hombres se encargarían de abrir las puertas del compartimiento de torpedos, ahorrando a los expedicionarios una fatiga extra. Se ajustaron los equipos de inmersión y se puso el oxígeno a funcionar. Borghese cerró la compuerta de la torreta y se preparó a hundirse.

Hizo que el Scire descendiera seis metros y escuchó con los hidrófonos el sonido de los motores de los torpedos. El Núm. 221, de De la Penne, salió de su hangar, luego los otros dos.

Borghese estuvo escuchando hasta que no percibió más el sonido de sus motores. Luego volvió nuevamente a la superficie para recoger a los dos buzos de reserva. Uno de los hombres había perdido el conocimiento sobre cubierta.

Se llevó apresuradamente bajo cubierta para proporcionarle estimulantes cardiacos, en tanto el Scire se sumergía y regresaba deslizándose por los campos de minas, por la misma ruta por la que había venido, El buzo recobró finalmente el conocimiento, pero ese presagio era malo.
De la Penne y Bianchi no tuvieron dificultad con su "pig".

Unos minutos después de haber abandonado el submarino, el nuevo comandante del asalto contra Alejandría decidió llevar su torpedo a la superficie para comprobar su navegación. Marceglia y Martelotta aparecieron en sus "pigs" a cierta distancia, pero se aproximaron a distancia adecuada para conversar en voz baja con De la Penne. Hasta ahora, el ataque iba adelantado con respecto a su horario. Flotando cómodamente sobre sus tres "pigs" y solos en el mar, los hombres torpedo abrieron sus raciones y esperaron, observando las lejanas luces de la bahía y especulando sobre los peligros y dificultades que les esperaban en aquella noche.

Después de una hora, se dirigieron lentamente hacia las luces, con sólo sus cabezas sobre el agua. Nuevamente se detuvieron. Nadie hablaba ahora. Se podían oír con claridad las voces de los egipcios en el muelle comercial.

De pronto apareció un gran bote de motor equipado con un reflector. Los hombres torpedo se sumergieron inmediatamente, de acuerdo con el plan y se dirigieron inmediatamente al muelle a toda velocidad. Principiaron a estallar pequeñas cargas de profundidad que lanzaba en la distancia el bote del reflector. Los tres "pigs" se reunieron en la punta del muelle, bajo el agua, preguntándose cada uno de ellos si el asalto no habría sido traicionado, posiblemente por el mensaje de radio en Mesina, por los griegos en Leros o por un cable detector en e¡ exterior de la bahía.

El estallido de las cargas inglesas de profundidad se aproximaba, y las olas que producían los estallidos balanceaba a los hombres contra los cimientos del muelle. El bote patrulla se acercó y cruzó sobre sus cabezas, lanzando una carga final que explotó a escasos 15 metros de distancia. El impacto se sintió como un duro golpe dado con el puño. Pero el bote patrulla se alejó.

A las 12.10 a. m., las tres tripulaciones, todavía debajo del agua, guiaron sus torpedos a la red que bloqueaba la entrada de la bahía. Un minucioso examen reveló que no existía ninguna abertura, y De la Penne titubeó para utilizar los levantadores de redes por temor a las alarmas eléctricas que podían poner al enemigo sobre aviso demasiado pronto.

Entonces les sonrió la suerte. Tres destructores ingleses pedían la entrada. De la Penne distinguió a los reflectores que barrían la bahía y la zona de entrada, arriba en la superficie. La luz se filtraba hacia abajo y finalmente se perdía en las verdes profundidades inferiores.

La red se abrió para dar paso a los destructores, y los tres "pigs" siguieron de cerca a las vibrantes hélices. Pero en la prisa por entrar, las tres tripulaciones perdieron el contacto entre ellos. La red se levantó, y en la negrura del fondo de la bahía, cada uno de los torpedos actuaría por cuenta propia.
De la Penne, con Bianchi detrás, rebasaron cierto número de cascos de barcos que, por su posición, sabían que eran unidades internadas de la marina francesa, aún mantenidos en inactividad por sus comandantes de Vichy. Sólo una vez salió De la Penne a la superficie por un instante para comprobar su posición en el interior de la bahía, luego descendió nuevamente. No sentía una gran excitación. Era como otra práctica de maniobras. Conocía al detalle toda la bahía.

Sin embargo, había dificultades reservadas para De la Penne. Su traje de buzo se había estado filtrando ligeramente casi desde que salió del submarino. Sumergido en aquellas heladas aguas durante más de tres horas, ahora comenzaba a sentirse entumido en tanto trataba de localizar a su presa. Sus movimientos eran más lentos y no parecía que pensaba con claridad. Sin embargo, no podía abandonar la misión.

Llegó a una red antitorpedo. Pero no era la que buscaba. Dentro de ella el Queen Elizabeth, y éste pertenecía a Marceglia. No había señales del otro "pig". Continuó su camino.

Después llegó a otra red. Sus manos, fuera de su traje, estaban casi rígidas por el frío. El agua subía y bajaba en su interior debido a las filtraciones de su traje. No recordaba haber sentido jamás tanto frío. Pero al fin, allí estaba la red, Era la red que había estado buscando, En su interior se encontraba su crucero.

De la Penne buscó desesperadamente una abertura, palpando con las manos en la oscuridad, hasta que calculó que le había dado la vuelta completa al barco. Pero no había ninguna abertura.

Llevó el "pig" al fondo y Bianchi, sin hacer ninguna pregunta se desprendió los estribos para intentar la aplicación del levantador neumático de redes. Pero éstas eran de un tipo nuevo y rígido. El levantador no la levantaba lo suficiente.

Bianchí regresó al "pig" y permaneció a su lado. De la Penne le hizo una señal y montó nuevamente sobre el "pig". Sólo quedaba otra posibilidad. Sobre la parte superior de la red.

Cautelosamente, muy cautelosamente, los dos hombres sacaron las cabezas fuera del agua. Había una total oscuridad. Pero allí se levantaba el enorme barco...
-No sentía ninguna gran emoción -refiere De la Penne-.

Sentía demasiado frío por las filtraciones de mi traje. Temía no poder continuar.

Sin embargo, continuó. juntos, los dos hombres levantaron y pasaron el torpedo sobre la red a plena vista del Valiant, si alguien allí hubiera pensado en encender una luz... A las 2:20 a. m., ya se encontraban en el interior y navegaban sumergidos con la más baja velocidad. Un momento después, con De la Penne viajando en la parte delantera del torpedo, tocaron el costado del Valiant.

En aquel instante, lo mismo que en Gibraltar, el motor del torpedo se detuvo y éste se precipitó al fondo de la bahía. De la Penne nadó en su persecución. No podía distinguir a Bíanchi. De pronto la máscara de De la Penne comenzó a filtrarse y se vio obligado a dar un trago de agua salada. De un vigoroso puntapié se dirigió a la superficie, pero sólo tomó una bocanada de aire, vació su máscara y volvió a hundirse. Estaba demasiado cerca ahora, después de tantos años, para ser derrotado.

¿Dónde estaba Bianchi?
De la Penne encontró el torpedo en el fondo y trató de echar a andar el motor. No había señales de su compañero. Finalmente, inspeccionó la hélice del torpedo y la encontró trabada con uno de los alambres de la red. Maldijo su suerte.

No había otra cosa qué hacer que arrastrar al inmóvil "pig" debajo del Valiant mediante tracción humana. De la Penne sudó y jadeó y casi sollozó por la frustración. Su máscara se filtraba peor aún y el pesado "pig" sólo podía ser remolcado unos cuantos centímetros a la vez. No podía determinar si estaba tirando de él en la dirección adecuada. El lodo del fondo de la bahía oscurecía la brújula y tuvo que nadar a ciegas hasta que nuevamente tocó el casco del crucero.

Tragó más agua. Esto lo hacía sentirse enfermo. Tenía miedo de vomitar ya que si lo hacía tenía que volver a la superficie. Siguió tirando del "pig". Otro poco más. Lo soltó y nadó para comprobar la posición del casco nuevamente. Tiró del torpedo. Lo empujó. Al fin el torpedo estaba en posición. El crucero se encontraba a poco más de un metro arriba. Podía palpar su casco.

Sin embargo, De la Penne estaba casi inconsciente y a punto de perecer ahogado. No le quedaban fuerzas para desprender la cápsula explosiva o para fijarla en el casco. Sólo podía ver la carátula del reloj sincronizador. Con un último movimiento de su mano ajustó la explosión para lo que calculó serían las seis e inició su viaje a la superficie cuando el agua de su máscara ya le llegaba arriba de la nariz.

Bianchi, en la superficie le quitó la máscara a De la Penne y lo remolcó hasta la boya de amarre del Valiant. Los dos juntos se aferraron a ella. De la Penne estaba completamente agotado. No había que pensar en nadar hasta la orilla. No podía coordinar ningún pensamiento y estaba a punto de soltarse de la boya. Apenas podía escuchar que Bianchi le explicaba que se había desmayado cuando su oxígeno falló y que no se explicaba por qué no se había ahogado.

A las 3:30 a. m., un bote patrulla británico los descubrió con su reflector.

Aun cuando De la Penne se había recuperado ligeramente ninguno de los dos hombres estaban en condiciones de resistir. Fueron izados a bordo de la lancha y llevados a la orilla, al cuartel general británico naval. En el interrogatorio que siguió De la Penne habló poco. Bianchi hizo solamente una narración de sus desventuras, y el oficial de la Inteligencia Naval Británica, apresuradamente sacado de su lecho, le expresó una irónica simpatía por sus fracasos.

Algún tiempo después de las 4 a. m., el par fue llevado a bordo del Valiant. El capitán Charles Morgan, comandante de la nave, se mostraba cortés pero sospechoso por el informe de que los italianos habían fracasado. Les proporcionó a ambos una ración doble de ron y empezó nuevamente el interrogatorio. Bianchi, exhausto por las fatigas de la jornada nocturna, pronto se quedó profundamente dormido, a pesar de la orden de Morgan de que permaneciera despierto.

-Como el teniente De la Penne rehusaba decir sí había atacado alguna de las instalaciones del barco -declara Morgan-, lo coloqué bajo cubierta, cerca de la parte del barco en donde creí que podía haber sido colocada la carga explosiva. A continuación ordenó que todo el personal evacuara las cubiertas superiores. El mismo De la Penne creía que había sido colocada precisamente arriba de la carga.

-Fuimos llevados abajo, a la unión entre dos torretas de artillería – refiere -.Cuando el guardia nos dejó solos, le dije a Bianchi que todo había terminado para nosotros pero que habíamos tenido éxito, a pesar de todo.

Pero, ¿qué había pasado con las otras dos tripulaciones?
Todo había marchado perfectamente para Marceglia y Achergat. Habían terminado de atar la cápsula explosiva a un metro y medio de la comba del Queen Elizabeth a las 3.15 a. m. Hundieron su "pig", enterraron su equipo de buceo y nadaron hasta la orilla, a donde llegaron a las 4:30 a. m., sin ser observados. Tiritaron toda la noche en el frío desierto egipcio hasta que salió el sol,y secó sus ropas, y a partir de entonces, haciéndose pasar como marineros franceses, vagaron libremente por Alejandría. Tuvieron un momento de pánico al descubrir que la libra esterlina inglesa no era fácilmente aceptada en Egipto, pero pronto cambiaron su dinero por libras egipcias en el mercado negro. Tomaron el tren a Rosetta sin ningún incidente, pero fueron arrestados por la policía egipcia al siguiente día, mientras vagaban inocentemente por la orilla, buscando un bote que robar.

El capitán Martelotta y Marino no tuvieron tanta suerte, pero al final tuvieron éxito. Un reflector de uno de los barcos de guerra los descubrió, pero, inexplicablemente, nada sucedió.

Debajo de un barco tanque de mil seiscientas toneladas Martelotta se puso repentinamente enfermo al no lograr mantener en su sitio su máscara y él agua comenzó a filtrarse. Sin embargo, Marino ajustó la carga explosiva a las 2:55 a. m. y huyeron a la orilla. Una hora después fueron detenidos en un puesto aduanal de control y, después de breve discusión, entregados a las autoridades navales inglesas.

Morgan, a bordo del Valiant, continúa desde este punto con la narración.

-Aproximadamente a las 5:45 a. m., se me informó que el teniente De la Penne deseaba hablarme y ordené que lo subieran al cuarto de guardia. Todo lo que dijo fue que pronto habría una explosión, pero aún rehusaba decir si había sido colocada una carga explosiva en el barco. En consecuencia, ordené que fuera bajado nuevamente y que se cerraran todas las puertas a prueba de agua.

De la Penne había esperado permanecer un poco más de tiempo en la cubierta superior. Había sido separado de Bíanchi y uno y otro temían por su vida. Sin embargo, De la Penne tuvo una fría satisfacción al tener la certeza de que el barco se hundiría, aun cuando el capitán sólo necesitaba cambiarlo de su presente posición de amarre para salvarlo, ya que la cápsula explosiva del torpedo -no estaba atada al casco, sino que solamente descansaba debajo de él.

-A las seis y cuatro minutos -dice Morgan-, ocurrió una explosión debajo del barco, la cual hizo un enorme agujero en el casco, del ancho de la torreta B, siete metros por debajo de la línea de flotación. No se registraron bajas, pero como resultado del daño, el barco estuvo fuera de combate durante más de cinco meses.

Tanto Bianchi como De la Penne sobrevivieron a la explosión la cual fue bien alejada de sus compartimientos.

-El navío reculó con extrema violencia -refiere De la Penne-. Todas las luces se apagaron y la bodega se llenó de humo. Estaba ileso, excepto por un dolor que sentía en la rodilla a resultas de la caída. Abrí una portañola esperando escapar, pero era demasiado pequeña.

La puerta había sido desquiciada por la explosión y De la Penne finalmente logró abrirla del todo.

-Subí por la escalera y encontrando el camino libre comencé a caminar hacia la popa. No encontré a nadie a mi alrededor. Crucé la cámara de la tripulación y encontré al capitán Morgan. Le pregunté qué había hecho con mi compañero.

Bianchi apareció sobre cubierta. Entonces los tres hombres contemplaron la explosión del Queen Elizabeth a quinientos metros de distancia y cómo se hundía en el fondo de la bahía. Un momento después le siguió el buque tanque, esparciendo el llameante aceite en cientos de metros.

Después, los prisioneros fueron conducidos a un centro de prisioneros de guerra.

Estos seis hombres se habían apuntado el mayor golpe de toda la Décima Flotilla Ligera Italiana. Pero no fue el último. Para el armisticio italiano del 8 de septiembre de 1943, la organización había hundido veintisiete barcos mercantes, un destructor, un crucero y dos acorazados, con un total de más de un cuarto de millón de toneladas. Es cierto, muchos de los barcos se hundieron en aguas poco profundas y fueron izados y reparados para que volvieran a navegar, pero se habían perdido cascos y cañones vitales en los meses cruciales. El record de la Décima aún permanece como vívido relieve histórico.

Cuando el armisticio italiano, de hecho, había terminado de probar un submarino de dos tripulantes en el lago Iseo, Italia. Cuando las hostilidades terminaban, fue empacado y alistado para su embarque a Burdeos, de donde hubiera sido transportado por submarino trasatlántico a la boca de la bahía de Nueva York. Lo que este pequeño submarino hubiera hecho a las embarcaciones en el río Hudson, solamente se puede imaginar.

La Penne lucha en el lado británico.
Después del Armisticio de Italia con los Aliados, Durand de La Penne combatió al lado de los británicos participando en un ataque a navíos italianos, usando la misma modalidad que emplearon contra los ingleses. El 22 de junio de 1944, el destructor italiano Greciale transportó hombres rana británicos a las órdenes del Comandante Luigi Durand de la Penne a la Spezia, donde debían hundir los cruceros Gorizia y Bolzano, que se encontraban inservibles, pero que iban a ser usados por los alemanes para bloquear la bahía. En 1945, De la Penne recibió la Medalla de Oro al Valor Militar impuesta por el Vicealmirante Charles Morgan, Comandante de la Flota del Mediterráneo, y ex comandante del Valiant.

Luigi Durand de La Penne, murió en 1992. En su honor una de las clases de los más modernos súper destructores italianos, lleva su nombre.

Imagen
Super Destructor Clase Luigi Durand de La Penne


Existe una extraña posdata a esta historia. Morgan la refiere:
-No volví a ver a De la Penne nuevamente sino hasta que fue repatriado de un campo de prisioneros de guerra en la India en 1944, cuando yo era comandante almirante de Taranto y el Adriático. Después de esto, me iba a visitar con bastante frecuencia y no sólo me dio su versión del ataque sobre el HMS Valiant sino que me explicó muchos otros asuntos sobre los cuales tenía dudas. También me fue sumamente útil al mantenerme enterado de valiosas informaciones sobre las actitudes y reacciones de los oficiales navales italianos, especialmente los jóvenes, con relación a ciertos eventos que tenían lugar en Italia por aquella época.

"Por su valeroso comportamiento en el ataque sobre La Speizia hice todo lo posible por obtener para él una condecoración británica. Sin embargo, como todavía nos encontrábamos en guerra con la nación italiana, no se concedían condecoraciones a los oficiales navales italianos.
"En marzo de 1945, el Príncipe de la Corona de Itaha llegó a Taranto para inspeccionar los barcos italianos y las instalaciones. El segundo día de su estancia almorcé con él y lo acompañe durante sus inspecciones, las que incluían una visita a las barracas de San Vito, en donde iba a tener lugar una distribución de medallas. El primer oficial iba a ser condecorado con la Medalla de Oro.

"Una vez leída la comunicación a las tropas en formación de desfile, el teniente De la Penne se adelantó a la plataforma. Mientras lo hacía, el Príncipe de la Corona se volvió y me dijo: "vamos Morgan, este momento le pertenece".

"Así fue como tuve el placer y el honor de condecorar a De la Penne con la más elevada recompensa que concedía su nación por el muy valeroso ataque que hizo sobre mi barco tres años y tres meses antes. Parecía justo que yo lo hiciera así: el valor, después de todo, no tiene nacionalidad"

Espero que este artículo lo haya disfrutado, lo tomé de una publicación de la Armada Nacional de Colombia, llamada Pañol de la Historia. Y a su vez fue extraído y resumido del libro "War histories" de B. J. Hurren.

Estoy en proceso de traducción (ya que lo que he encontrado está en italiano) de información más detallada acerca de la Operación EA-3 y de los maiale, espero lo más pronto postearla.
Última edición por Crockett el Dom Ago 14, 2005 3:19 am, editado 1 vez en total.

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La hazaña del teniente Hiroo Onoda

Mensaje por Crockett » Sab Ago 13, 2005 12:55 pm

Teniente Hiroo Onoda

En 1974, un oficial de la inteligencia japonesa llamado Hiroo Onoda fue enviado a espiar las tropas norteamericanas de Filipinas en 1944. Pero a medida que las fuerzas americanas crecieron fue obligado a retirarse hacia la selva donde permaneció por 30 años.

Capaz de mantener su armamento en buen funcionamiento Onoda atacaba y se proveía de los campesinos filipinos. La orden que le habían dado era la de desestabilizar la armada norteamericana a cualquier precio y sin importar cuantos años tomara. Nunca nadie se tomó algo mas apecho.

Onoda soportó y luchó en la selva de las Filipinas durante tres décadas, mientras casi todos los demás volvieron a casa. Tenía sólo 23 años cuando la guerra acabó. Una de las últimas órdenes de su superior, el Comandante Takahashi, fue controlar la Base Aérea de Lubang en una misión de guerrilla, y no suicidarse, no importando que pasase. Onoda también afirma que el Comandante le dijo: "puede tomar tres años, puede tomar cinco, pero cualquier cosa que pase, nosotros regresaremos por usted". Como un buen soldado siguió las órdenes y vivió por estas directivas, pero Takahashi se fue y no regresó. Mentalizado en el Ejército japonés a vivir con honor y seguir las órdenes hasta el fin, nunca se rindió. No estuvo solo todo el tiempo, al principio eran cuatro, uno de ellos, el soldado Yuichi Akatsu se entregó al Ejército Filipino en 1950. El siguiente, murió nueve años después de que la guerra acabó, y el último de sus compañeros murió dos años antes de que Onoda saliera de su escondite.

Imagen
Teniente Hiroo Onoda, en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial

Imagen
Teniente Hiroo Onoda, en 1974


Estaba tan bien entrenado que se negó a creer que los muchos intentos de rescate y los periódicos anunciando el fin de la guerra que se dejaron caer desde el aire, fueran realmente legítimos. Luego de que se entregara Akatsu volvió a buscar a sus compañeros, pero ellos concluyeron que se había pasado al enemigo y se retiraron al otro lado de la montaña. A cada equipo de rescate que llegó cerca los vigiló como si fueran el enemigo y concluyó que eran americanos fingiendo. "... Yo me pregunté por qué no me dejaron algún binocular y un teléfono. “... La única explicación que podía aceptar era que a toda costa ellos querían impedirme salir de la selva". Siempre que alguna prueba de que era un hombre libre llegó a sus manos, encontraba una manera de convencerse a sí mismo y a sus compañeros de que todo era una farsa. Él explica este pensamiento escribiendo, "Si había algo que no encajaba con nuestras ideas nosotros lo interpretábamos para que signifique lo que nosotros queríamos que signifique".

Imagen
Archipiélago de la Filipinas, se muestra la ubicación de la isla Lubang

Para comer ocasionalmente mataban alguna vaca que estuviese pastando en el área. También recogían cocos, nanka (una fruta), plátanos, mangos, y cualquier cosa que pudiera llegar a sus manos durante las cambiantes estaciones. La comida nunca parecía ser un gran problema. Cuando ellos no querían cazar “requisaban” los artículos de los campesinos e isleños. Así es cómo consiguieron sus utensilios, chaquetas, ollas, cacerolas, y a veces arroz. De vez en cuando irrumpían en las chozas de los granjeros para conseguir linternas, y a veces comida. En Junio de 1953 el cabo Shimada resultó herido en una pierna durante una escaramuza con unos pescadores, Onoda lo alimentó y cuidó de su salud, pero el 7 de Mayo de 1954 Shimada murió instantáneamente por un disparo efectuado por un grupo de búsqueda. Diez días después, más hojas impresas fueron dejadas caer y a través de un altoparlante les dijeron: “Onoda, Kozuka, la guerra ha terminado”. Claramente, este era otro truco de los americanos, estaban seguros de que la guerra continuaba y que podrían vengar la muerte de su compañero.
En 1965 requisaron una radio y pudieron escuchar las noticias, pero no creyeron nada de lo que se decía. Traducían las palabras de los comentaristas como mensajes de guerra. “Lo que pretendió ser una transmisión de Japón o Australia era, a nuestra manera de pensar, una cinta preparada por el enemigo y emitida con los cambios convenientes".

Su estilo de vida era nómada, iban a algún lugar donde construían una choza rápidamente, en sólo unas horas, sabían cuando algo o alguien estaba cerca, tenían el sexto sentido de un soldado y eran rápidos sobre cómo conservar su propia vida. Se quedaban de tres a cinco días, luego partían hacia otro lugar, salvo en la época de intensas lluvias en que nadie entraba a la jungla y podían permanecer más tiempo en el mismo sitio. Onoda no menciona mucho sobre las confrontaciones con los isleños, pero según algunos artículos periodísticos, muchos filipinos denuncian en un manifiesto que mataron a algunas personas mientras vivían en la isla y están tramitando las indemnizaciones ante del gobierno japonés.

Una vez mientras estaba "requisando" comida en 1972, hubo una pequeña batalla en la que resultó muerto Kozuka. Después de veintiocho años de sobrevivir juntos, estaba ahora absolutamente solo. Así continuó hasta que el 20 de Febrero de 1974 un bohemio viajero llamado Norio Suzuki lo encontró. Suzuki, era un solitario cruzado que se había impuesto la misión de encontrar a este escurridizo soldado y la meta de llevarlo a casa. Mantuvieron una larga charla que duró horas y se hicieron amigos, pero comprendió que iba a tener que hacer venir a un superior militar a leerle sus órdenes finales. Suzuki se fue, prometiendo volver.
Y lo hizo. El 9 de marzo de 1974 Onoda fue a un lugar convenido y encontró una nota de Suzuki, junto a ella había una foto que se habían tomado en su primer encuentro y dos órdenes del ejército. Al día siguiente decidió arriesgarse e inició una marcha de dos días para acudir a una reunión. Y allí estaba Suzuki, junto a uno de los que había sido su comandante superior, el Mayor Taniguchi, quién oralmente le dio su orden final: Rendir su Sable.

Imagen
El teniente Onoda rinde su sable al presidente de las Filipinas Ferdinando Marcos

La guerra de treinta años de Hiroo Onoda había terminado. Volvió a Japón para ser recibido como un héroe, fue una sensación en los medios de comunicación y el público lo perseguía por todas partes.

Pero su mente todavía vivía en el Japón de 1944 y no podía soportar los cambios que habían acaecido, después de publicar sus memorias se mudó a Brasil y compró un gran rancho ganadero donde llegó a manejar aproximadamente unas 2.000 cabezas de ganado, se casó a una mujer japonesa y ha abierto un tipo de campamento de vida natural para niños en el norte de Japón. Aunque dijo que nunca volvería, fue a Lubang en 1996 y se encontró con una de las personas a las que había disparado (ellos se abrazaron). También donó US$10.000 en efectivo para la educación de los niños filipinos.

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Mensaje por Francis Currey » Dom Dic 11, 2005 10:33 pm

Luciam Adams

Rango y organización: Sargento Segundo, Ejército de los Estados Unidos, 30° Regimiento de Infantería, 3º División.
Lugar y fecha: Cerca de St. Die, Francia, 28 de octubre de 1944.
Lugar de alistamiento: Port Arthur, Texas.
Lugar de nacimiento: Port Arthur, Texas.
Orden General No. 20 del 29 de marzo de 1945.

Mención: Por su notable gallardía y valor arriesgando su vida mucho más allá del cumplimiento del deber el 28 de octubre de 1944, cerca de St. Die, Francia. Cuando su compañía fue detenida en su intento por atravesar el bosque de Mortagne para reabrir la línea de abastecimiento del tercer batallón, que se encontraba aislado, el Sargento Segundo Adams resistió el fuego continuo de ametralladoras en un solitario ataque a una fuerza de tropas alemanas. Si bien su compañía había avanzado menos de 10 metros y había tenido 3 bajas y 6 heridos, el Sargento Segundo Adams embistió hacia adelante ocultándose detrás de los árboles y disparando una BAR prestada, en una situación de desventaja. A pesar del fuego intenso de las ametralladoras que el enemigo apuntaba directamente hacia él, y de las granadas de fusil que golpeaban los árboles por sobre su cabeza provocando una lluvia de ramas grandes y pequeñas, Adams se abrió paso 10 metros hasta llegar a la ametralladora más cercana, matando al artillero con una granada de mano. Un soldado enemigo lanzó más granadas en su dirección desde sólo 10 metros de distancia; sin embargo, el Sargento Segundo Adams necesitó una sola descarga de la BAR para aniquilarlo. Atacando en medio de la vorágine del fuego enemigo, bajó a otro ametrallador a una distancia de 14 metros con una granada de mano y forzó la rendición de 2 soldados de apoyo de infantería. Aunque el resto del grupo alemán concentró toda la furia del fuego de sus armas automáticas en un esfuerzo desesperado por sacarlo de combate, él avanzó por el bosque hasta encontrar y exterminar a 5 enemigos más. Finalmente, cuando el tercer ametrallador alemán comenzó a disparar sobre él a una distancia de 18 metros, el Sargento Segundo Adams lo alcanzó con su BAR. En el curso de la acción, mató a 9 alemanes, eliminó a 3 artilleros, derrotó a una fuerza especial equipada con armas automáticas y lanzadores de granadas, despejó los bosques de elementos hostiles, y reabrió las líneas de abastecimiento que estaban cortadas para las compañías de asalto de su batallón.

Fuente: http://www.army.mil/hispanicamericans/s ... /wwii.html

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Davila, Rudolph B

Mensaje por Francis Currey » Dom Dic 11, 2005 10:34 pm

Davila, Rudolph B

Rango y organización: Sargento Segundo, Ejército de los Estados Unidos, Compañía H, 7° Regimiento de Infantería.
Lugar y fecha: Artena, Italia, 28 de mayo, 1944.
Fecha y lugar de nacimiento: 27 de abril de 1916, El Paso, Texas.
Lugar de alistamiento: Los Ángeles, California.

Mención: El Sargento Segundo Rudolph B. Dávila se distinguió por su extraordinario heroísmo en acción, el 28 de mayo de 1944, cerca de Artena, Italia. Durante la ofensiva que se abrió camino a través de las imponentes montañas alemanas que rodeaban a la cabeza de playa Anzio, el Sargento Segundo Dávila arriesgó su vida para brindar soporte de armas pesadas a una compañía de fusileros cercada. Atrapados en una ladera expuesta al fuego pesado y rasante proveniente de una fuerza alemana bien atrincherada, sus artilleros eran reacios a arriesgarse a poner sus armas en acción. Arrastrándose 45 metros hacia la ametralladora más cercana, el Sargento Segundo Dávila se puso en marcha solo y abrió fuego sobre el enemigo. Para observar el efecto de su descarga, el Sargento Dávila disparó agachado, ignorando el fuego enemigo que golpeó el trípode y pasó entre sus piernas. Ordenándole a un artillero que lo relevara, se adelantó a la rastra para tomar una mejor posición y mediante señales de manos y brazos logró dirigir el ataque hasta que las dos ametralladoras enemigas se silenciaron. Incorporando sus tres ametralladoras restantes a la acción, llevó al enemigo hacia una posición de alerta y unos 180 metros replegada. Al ser dolorosamente herido en la pierna, corrió hacia un tanque incendiado y, a pesar de la balacera que fluía sobre su casco, trabó combate con una segunda fuerza enemiga desde la torre del tanque. Al descender, avanzó 120 metros en carreras cortas, se arrastró 18 metros y atacó una casa tomada por el enemigo para reducir la fuerza defensiva de cinco hombres con una granada de mano y a tiro de fusil. Subió al ático y se sentó en una gran abertura de proyectil de obús que había en la pared, y abrió fuego contra el enemigo. Aunque las paredes se estaban derrumbando, continuó disparando hasta destruir dos ametralladoras más. Sus intrépidas acciones lograron que una acosada compañía de fusileros obtuviera el apoyo desesperadamente necesario de armas pesadas, y silenciaron a cuatro artilleros, forzando al enemigo a abandonar sus prontas posiciones. El extraordinario heroísmo y devoción al deber del Sargento Segundo Dávila se corresponden con las tradiciones más altas del servicio militar y revelan un gran reconocimiento sobre él, su unidad, y el Ejército de los Estados Unidos.

Fuente: http://www.army.mil/hispanicamericans/s ... /wwii.html

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Mensaje por vandergrift » Mar Dic 20, 2005 2:47 am

Lei una vez de un artillero de antitanque aleman que herido, buscando municiones entre los atros cañones de la compañia resisteio durante disa la ofensiva blindad rusa, aliguen sabe de esta historia?

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Mensaje por jpuente » Mar Dic 20, 2005 7:08 am

Creo que te refieres al SS-Untercharführer Fritz Chisten.
Este hombre pertenecía a la División Totenkopf. Era apuntador de cañón de la 2ª Compañia del destacamento antitanque de la división.
Estaban posicionados al norte de Lushno y su batería fue aniquilada durante un ataque blindado sovíetico el 24 de septiembre de 1941, siendo el único superviviente.
Estuvo 72 horas combatiendo solo, y destruyó 13 tanques y mató a casi 100 soldados sovíeticos.
Fue el primer recluta de las SS condecorado con la Cruz de Caballero por esta hazaña.

Es un extracto de: Waffen-SS: La Guardia Negra de Hitler en la Guerra. Christopher Ailsby

Saludos

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Calígula
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Mensaje por Calígula » Dom Abr 02, 2006 4:29 am

El SS-Unterscharfuhrer Fritz Christen, era apuntador de cañon de la 2ª Compañia del destacamento antitanque de la division Totenkopf. Su bateria estaba en posicion justo al norte de Lushno y tuvo que soportar el peso del primer ataque blindado sovietico en la mañana del 24 de septiembre de 1941.
Christen fue el unico miembro de su bateria que quedo vivo; sigio en su puesto, cargando y disparando freneticamente hasta que consiguio hacer retirarse a los carros de combate habiendo destruido 6. Durante los dos dis siguientes estuvo solo en la posicion y con un cañon de 50mm rechazo varios ataques de infanteria y carros sovieticos, expuesto siempre a una continua granizada de fuego de artilleria, mortero y ameetralladoras.
Fritz Christen se aferro al terreno tenazmente, completamente aislado de su unidad y del resto de su division. Negandose a abandonar su puesto, durante las horas de oscuridad iba a buscar proyectibles de los cañones averiados que habia por los alrededores, y cuando amanecia tiraba sobre la infanteria y los tanques. Cuando por fin los rusos fueron desalojados de Lushno el 27 de Septiembre, sus asombrados compañeros le encontraron todavia agachado detras de su cañon. En 72 horas habia matado 200 soldados enemigos e inutilizado 16 carros.
Por esta increible proeza le fue concedida la Cruz de caballero; fue el primero, y tambien el mas joven, de los reclutas de la Waffen SS en conseguir este honor. Le enviaron en avion al cuartel general de Hitler, en Rastemburg, para que el propio Fuhrer le impusiera la condecoracion.

Fuente: David Odalric
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fangio
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Mensaje por fangio » Lun Abr 03, 2006 5:04 am

Aquí podrán encontrar una foto de Christen:
http://handymann.homepage.dk/link/comma ... anders.htm

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