La conferencia de Orsha, 13-11-1941

La guerra en el este de Europa

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La conferencia de Orsha, 13-11-1941

Mensaje por José Luis » Sab Feb 28, 2015 11:18 am

¡Hola a todos!

La conferencia de Orsha de 13 de noviembre de 1941 es, a mi juicio, uno de los episodios de la guerra que mejor ilustra la falta de contacto con la realidad de la guerra entonces en curso por parte del Jefe del Estado Mayor General del Alto Mando del Ejército (en adelante OKH), Generaloberst Franz Halder. Esta reunión de jefes de estado mayor también arroja luz sobre varias cuestiones importantes, de las cuales subrayo dos: en primer lugar, pone de manifiesto el atolladero estratégico y operacional en que se encontraba el Ostheer tras el estancamiento de la operación Tifón a finales de octubre y la disparidad de criterios existente entre los diferentes comandantes y jefes de estado mayor de los ejércitos y grupos de ejércitos, por una parte, y el jefe de todos ellos, Franz Halder, por la otra, sobre cómo continuar la campaña; en segundo lugar, revela que la mayor responsabilidad para el desastre que produjo finalmente la reanudación de la operación Tifón a mediados de noviembre pertenece fundamentalmente a Franz Halder. Este artículo tiene como propósito exponer con cierto detalle los antecedentes de Orsha, los principales asuntos que se discutieron allí y la decisión final que Halder tomó al final de la conferencia.

Para reconstruir esta historia me voy a servir de los cuatro autores que, a mi juicio, más exhaustivamente han tratado este asunto de la conferencia de Orsha. El primer historiador en hacerlo fue Klaus Reinhardt en su Die Wonde vor Moskau: Das Scheitern der Strategie Hitlers im Winter 1941/42 (Stuttgart, 1972), obra que fue publicada en inglés como Moscow – The Turning Point. The Failure of Hitler's Strategy in the Winter of 1941-42 (Oxford, 1992). En la edición inglesa, Reinhardt dedica, en la Parte III del libro, el capítulo 14 [General Staff Meeting in Orsha (13 November 1941)] a este asunto. Tres años más tarde, Earl F. Ziemke publicó un breve artículo titulado “Franz Halder at Orsha: The German General Staff Seeks a Consensus” en Military Affairs, 39 (1975), 173-176. Yo no he tenido ocasión de leer este artículo, pero lo sustancial del mismo se encuentra resumido en otros libros de Ziemke, como por ejemplo en su (con Magna Bauer) Moscow to Stalingrad: Decision in the East (Washington, 1987), p. 43 y ss. La conferencia de Orsha fue tratada nuevamente en el cuarto volumen de la serie Das Deutsche Reich und der Zweite Weltkrieg, que lleva por título Der Angriff auf die Sowjetunion (Stuttgart, 1983). Este volumen fue publicado 15 años después en inglés con el título The Attack on the Soviet Union (Oxford, 1998). Bien, Ernst Klink es el historiador que trata el tema de Orsha en la II parte del volumen, titulada The War against the Soviet Union until the Turn of 1941/1942, sección I (The Conduct of Operations), capítulo 1 (The Army and Navy), subcapítulo (f) (The Attack on Moscow), apartado (ii) (Plans for the resumption of the offesive), pp. 684-693. Finalmente, David Stahel, en su recientemente publicado The Battle of Moscow (Cambridge, 2015), dedica a este asunto el capítulo 4, precisamente titulado The Orsha Conference. Teniendo en cuenta que los libros que obran en mi poder son las ediciones inglesas citadas, sólo me referiré a sus autores y al Diario de Guerra de Halder cuando haga las anotaciones pertinentes. Dividiré el artículo en dos partes: la primera, que entrego a continuación, versará sobre los antecedentes de la conferencia hasta la llegada de sus protagonistas a Orsha; la segunda, que entregaré la próxima semana, resumirá lo que se discutió allí y la decisión final.

La situación a principios de noviembre de 1941

A finales de agosto de 1941, el Alto Mando de la Wehrmacht (en adelante OKW), es decir Hitler, llegó a la conclusión de que la guerra contra la URSS debía continuar en 1942 (1). En consecuencia, durante octubre el OKH se dispuso a prepararse para esta situación. El Grupo de Ejércitos Centro (GEC) había comenzado Tifón el 1 de octubre con unas pérdidas totales acumuladas hasta entonces de 229.000 hombres, y sólo 15 días después esta cifra se elevaba a 277.000. Por otra parte, había recibido un total de 151.000 reemplazos (2), pero estos refuerzos no podían ocultar a los comandantes de campo la enorme pérdida de calidad y experiencia de combate que ya no se podía recuperar con reemplazos; además, la ofensiva, iniciada con sonoro éxito, empezaba a empantanarse por una serie de causas relacionadas con el cansancio, los problemas de suministros, la meteorología y, final pero no menos importante, la tenaz resistencia y los recursos de las fuerzas soviéticas. Siguiendo la perspectiva de Hitler de continuar la guerra en 1942, el 24 de octubre se discutió en una conferencia en la oficina del Oberquartiermeister (OKH) la operación a través del Cáucaso como un objetivo para 1942. Hitler estaba dispuesto a posponer las operaciones ofensivas con objetivos estratégicos hasta 1942 (3).

El 5 de noviembre de 1941, Halder se reunió con el coronel Heusinger, su jefe de operaciones, para hacerse una idea de la situación final y ver las posibilidades abiertas para la continuación de la campaña. Halder explicó a Heusinger que había que esbozar algún concepto sobre cómo liquidar la campaña actual. Consideró dos posibilidades abiertas: la primera, a la que se refirió como Erhaltungsgedanken, venía a significar aceptar el final de la campaña sin más ofensivas para la conservación de fuerzas y la prepararse para el invierno; la segunda, que llamó Wirkungsgedanken, consideraba la explotación de todos los recursos disponibles para preparar una ofensiva con la máxima eficiencia de combate en el tiempo que restaba hasta el invierno (4).

A juicio de Halder, los soviéticos, a finales de octubre y principios de noviembre, apenas tenían posibilidades de mantener un frente defensivo coherente. Dio por hecho que el Ejército Rojo seguiría retirándose y sólo podría defender el área en torno a Moscú (“Vologda, Moscú, Tambov”) y la región del Cáucaso. En el norte pensaba que el Ejército Rojo se retiraría hasta Rybinsk para concentrar sus fuerzas en la “cabeza de puente de Moscú” y mantener así los enlaces ferroviarios que convergían allí, mientras intentaría construir, con la ayuda de la industria de los Urales, un nuevo ejército con el que atacar en 1942. El frente del Cáucaso lo podrían defender gracias a sus defensas naturales y con la ayuda de americanos y británicos. Esta imagen de la situación, que ya había aparecido en una directiva para los grupos de ejércitos Norte y Centro de 30 de octubre, formó la base del memorando de 7 de noviembre que Halder envió a los jefes de estado mayor de los grupos de ejércitos y ejércitos (5).

En los ejércitos y formaciones menores del GEC, así como en el OKW y OKH, había un consenso generalizado en cuanto a que se debía reanudar la ofensiva, pero había grandes diferencias en cómo hacerlo y con qué objetivos. Halder buscó dirimir esas discrepancias en la conferencia que convocó para el 13 de noviembre en Orsha. Los objetivos contenidos en el memorando de 11 páginas y un mapa que Halder envió a sus jefes de estado mayor el 7 de noviembre estaban basados principalmente en un borrador del 1 de octubre de 1941 que había preparado la oficina de economía de guerra y armamentos (Wehrwirtschafts- und Rüstungsamt o WiRüAmt) (OKW), y que el Ejércitos Extranjeros Este (Fremde Heere Ost o FHO) (OKH) pasó a los grupos de ejércitos y ejércitos el 4 de noviembre. El FHO declaró, en la carta de acompañamiento, que no estaba de acuerdo con las conclusiones de la WiRüAmt, aunque esto no fue óbice para que Halder defendiera con más determinación un ataque en invierno, es decir para que se decantara po la opción Wirkungsgedanken (6).

El mapa del memorando que Halder envió a sus jefes de estado mayor mostraba la Rusia europea y tenía trazadas dos líneas norte-sur: una denominada “límite más lejano todavía a intentarse”, y la otra “el límite mínimo”. Es decir, la primera venía a señalar la demarcación de territorio que debía alcanzar una ofensiva muy ambiciosa; la segunda el territorio de una ofensiva mucho más limitada. La línea de la ofensiva ambiciosa discurría desde Vologda en el norte vía Gorki y Stalingrado hasta Maikop. Con ella se cortaría el contacto ferroviario de la Rusia central con los puertos septentrionales de Murmansk y Arkhangelsk, y con el Cáucaso, y pondría a mano todo el complejo industrial de Moscú, el alto y medio Volga, y los campos petrolíferos de Maikop. Halder no tenía claro si con la consecución de estos objetivos se pondría fin a la guerra, pero brindarían al Ostheer una línea de despliegue que se podría mantener indefinidamente “en caso de que el alto liderazgo no decidiera reanudar más tarde el ataque en el Este”. La línea de la ofensiva limitada terminaba en el norte en el medio Svir, casi 50 km al este del Lago Ladoga, y en el sur en Rostov en la desembocadura del Don; en el centro pasaba a unos 260 km al este de Moscú. Proporcionaría una conexión segura con el ejército finlandés en el Svir, pondría bajo control Moscú y el grupo de ciudades industriales al nordeste entre Rybinsk y Yaroslavl, cortaría todos los ferrocarriles procedentes del este con dirección a Moscú, y posicionaría al GES para posteriores avances hacia Stalingrado y el Cáucaso. Pero esta ofensiva limitada sería una solución provisional, pues precisaría después de otra ofensiva para hacerse con el control de Vologda, Gorki, Stalingrado y el petróleo de Maikop y Baku (7).

Las propuestas de Halder le parecieron completamente inaceptables a Bock, quien, en vista de la situación y condición de sus formaciones de combate, ya no quería saber nada de un cerco estrecho de Moscú ni, menos, un ataque directo a la capital soviética. Como máximo, Bock estaba dispuesto a llegar a la línea Dimitrov-Zagorsk-Orekhovo-Kolomna, si bien consideraba más realista una línea a lo largo del Moskva y el canal Moskva-Volga. Quería atacar sólo objetivos cerrados, pues en su opinión su grupo de ejércitos ya no tenía la fuerza necesaria para llevar a cabo ningún envolvimiento estratégico. En esto coincidía con lo declarado previamente por Hitler, en cuanto a que un ataque sobre Moscú debía realizarse paso a paso para concluirse sólo después de haber destruido a las formaciones del Ejército Rojo opuestas en otros sectores del frente. La situación de los suministros requería un avance escalonado de ejércitos individuales para garantizar cualquier avance antes de la caída de las primeras nevadas, lo que significaba que las formaciones del GEC que en ese momento no estuvieran en disposición de participar en la ofensiva debido a la escasez de suministros debían permanecer justo donde estaban; en el mejor de los casos, avanzarían más tarde. Por otra parte, Bock no creía que pudiera defender el frente tal cual estaba, pero no era partidario de un posterior avance sólo para establecer unas posiciones de invierno más favorables. Y no tenía ninguna esperanza de que los flancos de su GEC pudieran ser protegidos por los ejércitos más próximos del GEN y GES (8).

Halder intentó buscar la aprobación de sus planes por parte de Hitler, pero no es del todo cierto lo que escribió en su diario de que el Führer estaba de acuerdo con su ofensiva de invierno. Klink lo deja completamente claro al escribir:

Los intentos de coordinación con el OKW, más precisamente con Hitler, con respecto a la ofensiva de invierno de ninguna manera produjeron el acuerdo sugerido en el diario de Halder y aceptado en mucha de la literatura sobre este periodo como un hecho histórico. Aunque el informe escrito del departamento de operaciones de 3 de noviembre fue aceptado en sus objetivos, fue con la reserva de que las líneas de comunicación fuesen mantenidas entre las tropas y sus bases de suministros; además, no se tomó ninguna decisión sobre la cadena de mando en invierno. Por tanto, está claro que Hitler no ejerció presión alguna sobre Halder. Al contrario, los objetivos que, según Halder, debían alcanzarse incluso después de la llegada del invierno aparecían como objetivos operacionales para 1942 en las notas de Jodl sobre los comentarios de Hitler. (9)

De hecho, el 11 de noviembre de 1941 Hitler dio su consentimiento a una ofensiva de invierno, pero volvió a repetir que sólo bajo la condición de que las tropas no perdieran contacto con sus bases de suministros (10).

El 12 de noviembre de 1941 Halder abandonó su CG de Angerburg, Prusia del Este, para coger un tren especial que lo llevaría -acompañado de sus jefes de los departamentos de organización, inteligencia y suministros- a Orsha, en la Bielorrusia oriental, cerca de Smolensk. El tren llegó a Orsha al anochecer, y al día siguiente, 13 de noviembre, a las 10:00 horas AM comenzó dentro del tren la conferencia con los jefes de estado mayor de los siete ejércitos que habían sido convocados (11). Los principales protagonistas allí reunidos fueron:

-Generaloberst Franz Halder, Jefe del EMG del OKH
-Generalmajor Eduard Wagner, Intendente General del OKH (Generalquartiermeister im Oberkommando des Heeres)
-Generalmajor Walter Buhle, jefe del departamento de organización del OKH
-Oberst Eberhard Kinzel, jefe del Fremde Heere Ost
-General der Infanterie Georg von Sodenstern, jefe del EM del GES
-Generalmajor Hans von Greiffenberg, jefe del EM del GEC
-Generalleutnant Kurt Brennecke, jefe del EM del GEN
-Oberstleutnant i.G. Kurt von Liebenstein, jefe del EM del 2. Panzerarmee (GEC)
-Generalmajor Günther Blumentritt, jefe del EM del 4. Armee (GEC)
-Generalmajor Ferdinand Heim, jefe del EM del 6. Armee (GES)
-Oberst i.G. Rudolf Hofmann, jefe del EM del 9. Armee (GEC)
-Oberst i.G. Rudolf Wuthmann, jefe del EM del 16. Armee (GEN)
-Generalmajor Vincenz Müller, jefe del EM del 17. Armee (GES)
-Generalmajor Dr. Kurt Waeger, jefe del EM del 18. Armee (GEN) (12)

No acudieron los jefes de EM del 2. Armee (GEC) que no formaba parte de la planeada ofensiva, y del 1. Panzerarmee, porque estaba todavía luchando en Rostov. En total, pues, acudieron los jefes de EM de siete de los diez ejércitos que entonces combatían en la URSS.

(1) Klink, 684.
(2) Ibid., 685.
(3) Ibid., 684.
(4) Stahel, 96; Klink, 685, nota 516; Ziemke, 43.
(5) Klink, 687.
(6) Klink, 687-688.
(7) Ziemke, 44.
(8) Klink, 688-689.
(9) Ibid., 688.
(10) Ibid., 686, nota 24.
(11) Reinhard, 194, nota 1; Stahel, 112; Diario de Halder, entrada 13-11-1941
(12) Por comodidad, los nombres de los jefes de EM de los siete ejércitos los he sacado de la página de Lexikon der Wehrmacht, pero no los he verificado en otras fuentes.

La próxima semana entregaré la segunda y última parte.

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JL
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sino como un hombre
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Re: La conferencia de Orsha, 13-11-1941

Mensaje por José Luis » Lun Mar 02, 2015 9:53 pm

¡Hola a todos!

La conferencia

Halder abrió la conferencia de Orsha diciendo que la “idea fundamental” de la campaña, de la Operación Barbarroja, había sido “conseguir una decisión”, una jerga prusiano-alemana que venía a significar conseguir la victoria, esto es derrotar a la URSS en 1941. Pero esta idea ya no se podía “materializar al cien por cien” por varias razones, entre las cuales estaban las “fuerzas naturales” y especialmente el “asombroso” poderío militar y material de los soviéticos. Y aunque la Unión Soviética había sido debilitada “al menos en un cincuenta por ciento”, su potencial restante era tan grande que no se podía descartar como una amenaza militar y simplemente ser “mantenida bajo observación”. Así que el Este continuaría siendo un teatro de guerra activo el próximo año, situación que planteaba varias cuestiones. Explicó que en el OKH ya sabían desde el principio que las fuerzas reunidas para Barbarroja no podían ser sustentadas más allá de finales de 1941, lo que significaba que las pérdidas de personal no podrían ser reemplazadas el próximo año, y que la escasez de vehículos de motor reduciría la movilidad del Ostheer. Por otra parte, la URSS disponía todavía de suficientes recursos humanos e industriales para reconstruir su ejército para el verano de 1942, si podía sobrevivir hasta entonces. Pero la situación, continuó Halder, era todavía favorable, y aunque el Ostheer estaba debilitado, todavía tenía fuerza suficiente para continuar atacando: “Por tanto, estamos justificados y obligados a ejercer un pleno esfuerzo una vez más para que las tropas no tengan que pagar con sangre el próximo año lo que se descuida ahora”. Por todo ello, Halder era partidario, con el acuerdo de Hitler, según él, de la Wirkungsgedanken. El objetivo, antes de liquidar la campaña actual, era como mínimo conseguir unas posiciones de partida favorables para 1942, minimizando el “peligro de las tropas” que no estaban preparadas para el invierno. Había que “tomar algunos riesgos” antes de la llegada del invierno para conseguir el “límite más lejano” o al menos el “límite mínimo”.

A continuación tomó la palabra el coronel Kinzel para admitir que las estimaciones que su departamento había presentado antes de la guerra sobre el Ejército Rojo no habían demostrado ser muy precisas. Aunque se dijo que el Ejército Rojo tenía 140 divisiones en junio de 1941 y había perdido muchas más en las batallas de verano que siguieron, todavía fue capaz de desplegar unas 190 antes del comienzo de la Operación Tifón en octubre. Y a pesar de las pérdidas recientes, Kinzel estimaba que el Ejército Rojo dispondría ahora de unas 160 divisiones en la Rusia europea. Añadió que la mitad de esas divisiones estaban compuestas de tropas que habían recibido escaso entrenamiento, y por oficiales que habían sido ascendidos por encima de su nivel de experiencia o competencia profesional. Concluyó que esas 160 divisiones tenían un fuerza efectiva real equivalente a 75 divisiones. [Una semana antes, el 6 de noviembre de 1941, numerosos informes de los comandantes de campo alemanes indicaron que la potencia de combate real de las 136 formaciones de combate alemanas entonces combatiendo en la URSS era equivalente a la de 83 formaciones a plena fuerza, y así lo recogió un informe del OKH (13)]. El Ejército Rojo, siguió Klinze, proyectaba suministrar a 150 divisiones para la primavera de 1942.

El general Buhle inició su informe diciendo que, realmente, la expansión a gran escala del ejército alemán en 1940 no había sido concebida para más de un año, lo que se creía era suficiente para lidiar con la URSS; pero ahora no había posibilidad de desmovilización y ningún reemplazo para el Ostheer. La única solución era disolver 15 divisiones en el Este para crear nuevas reservas para las restantes. Además había un gran problema con la motorización: las divisiones panzer verían su cuota establecida de vehículos reducida en 500 unidades, las divisiones de infantería tendrían que vaciarse completamente de vehículos a motor, y el Grosstransportraum pasaría a ser hipomóvil en un tercio. El general Wagner declaró que el Ostheer padecería un déficit en municiones en 1942 debido al cambio producido en la política de armamentos en julio de 1941, que dio prioridad a la fuerza aérea y la marina de guerra. Y aunque luego el ejército había vuelto a ganar la prioridad, se habían perdido en el proceso muchas semanas, incluso meses, para volver a conseguir las cuotas de producción. Sin embargo, más acuciante que el problema de la escasez de municiones era, siguió Wagner, el problema para transportarlas al frente; no había suficientes trenes para el GEC y GES, y sólo un número “soportable” para el GEN. Por otra parte, la ropa de invierno que con tanta urgencia se solicitaba sólo podría transportarse al frente a expensas de otros suministros y, en cualquier caso, nunca llegaría antes de febrero de 1942.

A las 14:00 horas se suspendió la conferencia para comer, y una hora después se reanudó con la intervención de los jefes de EM (14). Brennecke, el jefe de EM de Leeb, informó a Halder que el GEN no disponía de divisiones para un avance hacia el este, que sólo podría conseguirlas si eliminaba al 8º Ejército soviético cercado en la bolsa de Oranienbaum, al oeste de Leningrado. Pero para ello necesitaba igualmente más fuerzas y material. Greiffenger, el jefe del EM de Bock, se mostró cauteloso ante Halder, declarando que la reanudación de Tifón iba a dejar muchos objetivos pendientes para 1942. Dos días después escribió en un informe que no se había conseguido destruir al Ejército Rojo y la industria soviética en 1941, y que había muchas fuerzas inmovilizadas en el este que tendrían que pasar el invierno allí y reanudar la ofensiva en la primavera de 1942, si así lo decidía el liderazgo político. Sodenstern, el jefe del EM de Rundstedt, declaró que un avance hacia Maikop a cargo del 1. Panzerarmee dejaría a esta única formación blindada del GES inutilizable para la mayor parte de 1942.

Liebenstein, el jefe del EM de Guderian, descartó la sugerencia de un avance del 2. Panzerarmee hacia Gorki argumentando que no estaban ni en el mes de mayo ni en Francia. El jefe del EM del Panzergruppe III, Oberst i.G. von Hünersdorff, no había sido convocado a la conferencia, pues esta formación todavía no había alcanzado la condición de ejército, pero había enviado una carta para Halder donde se declaraba contrario a la continuación de la ofensiva, argumentando que las fuertes nevadas paralizarían todo movimiento y provocarían el aislamiento de las vanguardias blindadas del resto del panzergruppe. La infantería, seguía, podía avanzar bajo cualquier condición meteorológica, pero “los motores y las máquinas no reciben órdenes”.

El resto de jefes de EM recordaron a Halder lo que éste ya sabía muy bien. Las bajas alemanas al 1 de noviembre cifraban 686.000 hombres, el equivalente al 20 por ciento de los 3,4 millones del Ostheer, incluyendo los reemplazos comprometidos desde junio, o un regimiento por división. Se había perdido de forma irrecuperable un tercio de los vehículos a motor del Ostheer, y sólo un tercio estaba operativo. No había ropa de invierno, las rutas ferroviarias eran insuficientes y había escasez de camiones y vehículos.

A las 19:00 horas se suspendió nuevamente la conferencia para cenar, y hora y media después tomó la palabra Halder. Pese a que ya descartaba el “límite más lejano” que había expuesto en su memorando de 7 de noviembre y en su discurso de la mañana, declaró que era necesario continuar la ofensiva durante el tiempo restante hasta la llegada del invierno, y había que extraer todo lo humanamente posible de las tropas. Declaró que el GEC no ganaría ningún terreno “sustancial” más allá de Moscú, pero como mínimo la capital soviética debía ser cercada. El GEN debía reanudar su ofensiva en Tikhvin, cerrar sobre Stalingrado, y ayudar a los finlandeses al este del Ladoga. Los objetivos más lejanos, como Vologda, Gorki, Stalingrado y Maikop, debían quedar para el verano de 1942, cuando los rusos tendrían más fuerza y los alemanes menos. Halder concluyó que la URSS, pese a su “enorme” potencial militar, ya no era una amenaza seria y podía descartarse como “factor de potencia”.

Bien, éste es el resumen sustancial de lo que se discutió en Orsha el 13 de noviembre de 1941. He prescindido de las anotaciones porque la información dada, salvo las dos anotadas en contra, procede de la cuenta de Ziemke y Stahel, que se puede contrastar en las páginas 44-46 y 113-116, respectivamente.

A mi juicio, la conferencia de Orsha es una clara muestra del reconocimiento del cuerpo de oficiales de EMG con servicio en campaña del fracaso estratégico final de la Operación Barbarroja a finales de octubre-principios de noviembre de 1941. Estos oficiales representaron ante su jefe, Halder, la opinión de los comandantes en jefe de las formaciones en las que estaban comisionados. La guerra contra la URSS ya no se podía concluir victoriosamente en 1941, aunque a esta misma conclusión ya había llegado Hitler dos meses antes. Pero sobre todo, la conferencia de Orsha muestra el grado de alejamiento que existía entre el Jefe del EMG del OKH y la realidad que embargaba a los comandantes de campo que combatían la campaña. Se ha dicho que Hitler vivía en otro mundo, pero esto no es del todo cierto aplicado a 1941; Hitler fue el más lúcido de todos los hombres que componían el liderazgo de la Wehrmacht y el que primero supo reconocer el fracaso de Barbarroja. Otra cosa muy distinta es que actuara en consecuencia bajo los parámetros que normalmente gobiernan la razón y el sentido de la responsabilidad, pero éste es un tema que escapa el ámbito del tema que aquí tratamos. Sin embargo, no tengo reparo alguno en afirmar que Franz Halder vivía en otra aurora, en otra realidad muy diferente a la que mostraba el frente oriental en el otoño de 1941. Y fue una suerte para el destino inmediato del Ostheer el rechazo frontal que los jefes de EM de los grupos de ejércitos y ejércitos mostraron ante Halder en Orsha, pues de lo contrario cabe especular que el desastre militar producido en el invierno de 1941-42 en las filas alemanas se habría convertido en una catástrofe total.

Después de la guerra, la mayor parte del generalato alemán culpó a Hitler de todos los desastres militares acaecidos durante la guerra. Hicieron creer -con bastante éxito, por cierto- que si Hitler no hubiera interferido y les hubiese dejado a ellos la conducción de las campañas militares en el Este, la Unión Soviética habría sido derrotada. Incluso hubo un autor de una ucronía que recurrió a un accidente aéreo a principios de agosto de 1941 del que Hitler resultó en estado de coma para posibilitar construir una historia en la que los generales alemanes conquistaban Moscú. Franz Halder fue uno de los mayores causantes de este mito todavía perdurable.

¿Por qué Halder estaba en otra realidad? La respuesta es tan compleja como la psicología del personaje. Halder era un brillante oficial de EMG y yo no tengo duda alguna de que era sabedor de todos los problemas sin solución que acompañaban a Barbarroja, mucho antes de que se pusiera en marcha esta terrible aventura. Pero desde un principio puso a un lado todos los informes que subrayaban los obstáculos insalvables que tendría la Operación Barbarroja en su desarrollo, informes que no sólo le llegaron desde la propia organización que co-lideraba con Brauchitsch, el OKH, sino también del OKW y de la embajada alemana en Moscú. Sería fácil responder que actuó “trabajando en la dirección del Führer”, que era, al igual que la mayoría de sus colegas, un anticomunista fanático que despreciaba las capacidades de resistencia y liderazgo del régimen soviético, y que acabó absorbido por el abismo insondable de la arrogancia militar alemana. Sería fácil, pero creo que no lo explicaría todo. En mi opinión, Halder, desde el primer día que se hizo cargo de la jefatura del EMG en 1938, vivió bajo el tormento moral de ser el depositario de la confianza de la persona que lo había recomendado para ese puesto, su antecesor el general Beck, y la ambición profesional de su carrera, que tendía a traicionar la palabra dada a Beck (impedir por todos los medios que Hitler desencadenara una guerra). En los momentos más críticos del verano de 1938 y del otoño de 1939, Halder se demostró indeciso como cabecilla de las dos conspiraciones que entonces “lideró”, entregándose finalmente a Hitler. Luego, primero en la campaña de Escandinavia y luego en la campaña de Francia, fue ninguneado y humillado por Hitler. Es probable, especulo, que estos desaires alentasen, después, la ambición y la soberbia que demostró en la planificación y la dirección de la campaña contra la URSS para demostrar que el EMG, y él como su jefe, no había dejado de ser la institución del Ejército que desde los tiempos de Moltke el Viejo había planificado y conducido siempre la guerra. Por ello y desde un principio, intentó hacer todo lo posible, incluso desde la deslealtad al comandante supremo de la Wehrmacht, para socavar las directrices estratégicas de Hitler y convertir Moscú en el objetivo prioritario de la campaña, incluso sabiendo, por los mismos informes que antes había desechado, que la conquista de Moscú, por sí sola, no podía poner un fin victorioso a la guerra. Más tarde, cuando Hitler consintió, tras Kiev, la ofensiva contra Moscú, y Tifón se empantanó a las pocas semanas de su andadura, Halder volvió a desechar la realidad y continuó persistiendo, por su propia iniciativa, en el ataque hacia la capital soviética. No hubo presión de Hitler, no hubo presión de nadie. Al año siguiente, cuando Hitler ya hizo por sistema atar en corto a sus comandantes de campo privándoles de libertad de mando, Halder le reprochó que los soldados alemanes estaban muriendo a miles “sólo porque a sus comandantes no se les permite tomar la única decisión razonable y tienen las manos atadas a la espalda”. Era tarde para quejarse de lo que él mismo no había querido ver un año antes. Hitler le respondió con una brutalidad inédita: “¿Qué puede usted decirme, Herr Halder, sobre los soldados, usted que se sentó en el mismo asiento en la Primera Guerra Mundial, también, usted que ni siquiera lleva la enseña negra de los heridos?” (15).

No es difícil comprender que Halder quisiera vengarse de Hitler en la posguerra. Sin embargo y finalmente, no fue el jefe del EMG que había esperado Beck. Como tantos otros colegas encumbrados en lo más alto del escalafón militar, también Halder sucumbió ante el Führer mucho antes de perderse como estratega en la URSS.

(13) Klink, 685+nota 519.
(14) Diario de Halder, 13-11-1941
(15) Ian Kershaw, Hitler 1936-1945 (Barcelona: Península, 2000), pp. 521-522.

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