La última Batalla, condensado del libro de Cornelius Ryan

La guerra en el este de Europa

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Shindler
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La última Batalla, condensado del libro de Cornelius Ryan

Mensaje por Shindler » Mar Jul 03, 2007 8:41 pm

La última Batalla
Agonía y caída de Berlín
Condensado del libro de Cornelius Ryan

Primera parte - El crepúsculo del Tercer Reich

Introducción
Afrontando lo desconocido
Problema delicado de moral
La rueda de retribución
Cristales rotos
Actitud mental
En la cárcel y fuera de ella
Los verdaderos creyentes
Las dudas de un defensor
En el camino a la eternidad
Como un soldado raso
El fantástico lío en que nos encontramos
Se revelan secretos de guerra
Adivinando en la bola de cristal
La iniciativa perdida
Escapada por tren
Brillante desfile
Atacar y avanzar
Ataque por sorpresa
Esperando la orden de ataque
El ocaso de los dioses


Introducción

La última batalla es la crónica, singularmente dramática, del episodio culminante de la segunda guerra mundial: la caída de Berlín. Como El día más largo de la historia, el anterior triunfo literario de Cornelius Ryan, este libro se basa en los relatos de centenares de personas: de generales soviéticos y las atemorizadas mujeres berlinesas; de miembros del gabinete del presidente Roosevelt; de soldados que participaron en la lucha; de los últimos generales alemanes y aun de la perita en mecánica dental que estaba al tanto de lo que los aliados ignoraban: en dónde se ocultaba un Hitler paralizado y deshecho.
En éstas páginas salen a la luz, por primera vez, no pocos hechos que habrán de llevar a una revisión de las circunstancias que concurrieron al resultado final de la guerra en Europa. Cornelius Ryan es el primer escritor occidental a quien se haya dado acceso a los archivos de guerra de los soviéticos; es la primera persona que desentraña el fantástico episodio de cómo se pasó por alto el plan para la ocupación de Alemania trazado por el presidente Roosevelt.

Ryan, redactor viajero del Reader's Digest, empleó más de tres años en escribir La última Batalla y en investigaciones que debió llevar a cabo previamente. En su tarea le ayudó un cuerpo de reporteros del reader's Digest destacads en muchos países y los cuales examinaron minuciosamente los archivos correspondientes en Berlín, Londres y Washington, y entrevistaron a incontables personas en no menos de 15 países. Esta es la primera parte de una obra que será objeto de vivos comentarios, provocará apasionadas discusiones y llegará sin duda a figurar entre las páginas clásicas de la literatura dedicada a la segunda guerra mundial.



En las latitudes nórdicas amanece temprano. Y al alejarse de la ciudad los aviones bombarderos, los primeros rayos de la luz del día asomaban por el oriente. Inmensas y densas columnas de humo se elevaban al cielo en los barrios de Pankow, Weissensee y Lichtenberg. Abajo, donde la nube de humo era menos densa, el suave resplandor del alba resultaba difícil distinguirlo del reflejo de la hogera de llamas en que ardía la ciudad de Berlín, destruida por las bombas.
el 21 de Marzo de 1945, a medida que las nubes de humo se dispersaban lentamente por entre las ruinas, la ciudad más violentamente bombardeada de Alemania se destacó en todo su desnudo y macabro esplendor. Estaba señalada por miles de cráteres y entretejida por las vigas torcidas de miles de edificios desplomados. Manzanas de casas de apartamentos y barrios enteros habían sido arrasados. Por todas partes, construcciones semidestruidas, sin ventanas ni techos, miraban al cielo.

En amplia Unter de Linden (Avenida de los Tilos), pocos eran los bancos, librerías y tiendas elegantes que no habían sufrido daños. Pero, al extremo occidental de la avenida, uno de los monumentos más sobresalientes de la ciudad de Berlín, la famosa Puerta de Brandemburgo, de 26 metros de alto, aunque rajada y partida, se erguía aún sobre la vía triumphalis, con sus 12 macizas colimnas dóricas.

No lejos, en la Wilhelmstrasse, donde se alineaban los edificios del gobierno y antiguos palacios, fragmentos de vidrio de miles de ventanas brillaban entre los escombros. El No 73, el bello palacio que había sido la recidencia de los presidentes en los días anteriores al III Reich, había quedado casi destrozado por un violento incendio.
Una manzana más allá, el No 77 mostraba desperfectos, pero estaba casi intacto. Montones de piedra, ladrillo y materiales de construcción se veían en torno a este edificio de tres pisos, en forma de L. Resaltaba en el áspero exterior de color pardo amarillento el imponente balcón desde el cual el mundo había escuchado las arengas en discursos delirantes. El Reichskanzlei (la Cancillería de Adolfo Hitler) todavía estaba de pie.

Por toda la ciudad atormentada las sirenas comenzaban a avisar que había cesado el bombardeo. Había concluido la incursión aérea No 314 de los Aliados sobre Berlín. Durante los primeros años de la guerra los ataques aéreos habían sido esporádicos. Pero ahora eran casi continuemos. Los norteamericanos bombardeaban durante el día y la RAF durante la noche. Las bomba explosivas habían dejado en ruinas un sector edificado de más de 25 kilómetros cuadrados de extensión, diez veces el área destruida en Londres por la Luftwaffe. Había en las calles 90 millones de metros cúbicos de piedra y ladrillo, cemento y otros materiales de construcción. Casi la mitad del total de 1.562.000 viviendas de Berlín habían quedado destruidas o dañadas. Por lo menos habían muerto 52.00 personas y el número de heridos ascendía al doble, cinco veces mayor que el número causado por los bombardeos en Londres. Y aún faltaba por venir la agonía final.

Sin embargo, dentro de este caos de desvastación, la vida continuaba con una especie de normalidad lunática. Doce mil policías prestaban aún servicio. Los carteros entregaban el correo; los periódicos salían diariamente, el servicio telefónico continuaba; la basura se recogía. Algunos salones de cine y algunos teatros estaban abiertos. Las grandes tiendas tenían ventas especiales. Las lavanderías en seco y los salones de belleza hacían buen negocio.
Quizá lo mas sorprendente de todo fuese que más del 65 por ciento de las grandes fábricas de Berlín continuaban aún funcionando. Como les exigiera a veces horas de viaje llegar a su trabajo, los berlineses se habían vuelto madrugadores. Todo el mundo quería llegar temprano a su trabajo porque los norteamericanos, que también eran madrugadores, con frecuencia comenzaban a bombardear la ciudad a eso de las 9 de la mañana.

Aquella mañana brillante de sol, por los 20 barrios que se extendían a través de la ciudad, los berlineses aparecían en las calles como habitantes neolíticos de cavernas. Surgían de las entrañas de los trenes subterráneos, de los refugios situados en la parte baja de los edificios públicos, de los sótanos de sus casas. Cualesquiera que fuesen sus anhelos, sus temores o sus creencias, estaban resueltos a vivir otro día.
Lo mismo podía decirse de la segunda guerra mundial, la Alemania de Hitler luchaba desesperadamente por sobrevivir. El Reich que había sido creado para existir 1000 años era invadido por dos lados. A 480 kilómetros al oeste, las fuerzas angloamericanas avanzaban rápidamente por el gran río Rin, lo habían atravesado en Remagen y se dirigían a toda marcha hacia Berlín. En la orilla este del Oder surgía una amenaza más urgente e infinitamente más temible, allí a menos de 80 kilómetros, estaba el ejército ruso.

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Mensaje por Shindler » Mié Jul 04, 2007 7:33 pm

Afrontando lo desconocido


En el distrito de Zehlendorf, al sudoeste, Richard Poganowska, repartidor de leche, se había levantaado como de costumbre con el alaba. Trabajaba para la Domane Dahlem, una granja lechera establecida hacía 300 años, situada a solo unos pocos kilómetros del centro de la inmensa capital. En cualquiera otra ciudad la situación de esta granja hubiera sido considerada cosa extraña, más no así en Berlín. Una quinta parte del área total de la ciudad quedaba en medio de parques, bosques, lagos, canales y arroyos.
Poganowska, su esposa Lisbeth y sus tres hijos habían pasado otra noche en el sótano. El ruido de los cañones antiaéreos y el estallido de las bombas casi les había impedido dormir. Como todo el mundo en Berlín, el lechero, un hombre fornido de 39 años, se sentía constantemente cansado.

Todavía soñoliento, cargó el viejo carro de remolque, enganchó sus dos caballos, y a las 6, con su perro pomerano gris, Poldi, sentado junto a él, comenzó su diaria entrega de leche a los 1200 clientes. No obstante lo temprano de la hora, Poganowska encontró que estaban esperándolo en cada intersección de la ruta. Ofreció su acostumbrado saludo, entre risueño y ceñudo, y distribuyó cada uno sus raciones de leche y demás productos de la granja. Sus clientes le parecían cada día más cansados, tensos y preocupados. Pero Poganowska se abstenía de comentar con ellos las noticias y se sumergía en la rutina de su trabajo de 15 horas diarias.

Desde hacía un tiempo estaba alerta, observando ciertas señales que lo ayudaban a conservar la esperanza. Una de ellas era que las carreteras todavía estuviesen abiertas. No se veían obstáculos de tránsito o trampas para tanques en las calles principales, ni piezas de artillería, ni tanques en acecho, ni soldados guardando posiciones claves. Y todas las mañanas, al pasar por el barrio de Friedenau, echaba una mirada a la casa de un nazi bien conocido que tenía un puesto importante en el departamento de correos de Berlín. A través de las ventanas de la sala podía ver el deslumbrante y llamativo retrato al óleo, en inmenso marco, de Adolfo Hitler, con sus facciones arrogantes. Si la situación fuese realmente crítica, suponía Poganowska, ese santuario del Fuhrer ya habría desaparecido. Azuzó suavemente a los caballos y continuó su ruta. A pesar de todo, no veía razón para alarmarse demasiado.

Spandau, el barrio situado más al oeste de Berlín, había escapado a la saturación del bombardeo. En el tranquilo y pastoral sector de Staaken, en el límite de la ciudad, Robert e Ingeborg Kolb tenían motivo para estár más que agradecidos. Las únicas bombas que habían caído cerca fueron aquellas que erraron el blanco del cercano aeropuerto al que iban dirigidas; y el daño que causaron era casi nulo. Su casa estaba sana y salva. La vida seguía su curso casi normal, a excepción de que Robert, de 54 años, director técnico de una imprenta, encontraba que cada día los viajes a su trabajo en el centro de la ciudad se le hacían más y más arduos. Significaban recorrer toda la gama de azares del diario bombardeo. Los Kolb pensaban escuchar esa noche, como de costumbre, la transmisión prohibida, en idioma alemán, de la British Broadcasting Corp. Paso a paso habían segido las noticias del avance de los Aliados. Con todo, adormecidos por la atmósfera rural de los contornos, la inminente amenaza a la ciudad se les hacía increíble, la guerra algo remoto y quimérico. Robert Kolb estaba convencido de que a ellos "no los tocaría", e Ingeborg estaba convencida de que Robert siempre tenía razón. Después de todo, era veterano de la primera guerra mundial.

En su cuartel general, situado en un edificio de estuco, de tres pisos, en las afueras de Landsberg a 40 kilómetros al oeste del Oder, Georgi Zhukov, mariscal de la URSS, se hallaba sentado en su escritorio. En la pared, un gran mapa de la ciudad de Berlín mostraba en detalle el plan de la ofensiva que para capturar la ciudad había propuesto Zhukov. En su escritorio tenía tres teléfonos de campaña. Uno estaba destinado a usos generales, otro lo comunicaba con los mariscales Konstantin Rokossovskii e Ivan Koniev, comandantes de los inmensos grupos que operaban en los costados norte y sur del suyo. El tercero era una línea directa para comunicarse con Moscú y con el comandante supremo, José Stalin.
Zhukov, el mariscal de 49 años y pecho semejante a un tonel, comandante del Primer Frente bielorruso, hablaba con Stalin todas las noches a las 23:00. Zhukov se preguntaba cuándo iría a recibir orden de Stalin de tomar a Berlín. De primera intención, él había planeado el ataque para llevarlo a cabo a fines de Abril. Hacía el límite oeste de la ciudad quedaba la única ruta lógica de escape para los defensores alemanes. Proyectaba atacarlos por ambos lados cuando trataran de escapar. Esperaba que, alrededor de la primera semana de Mayo, una matanza sin precedentes se hubiese perpetrado en el barrio de Spandau.


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Mensaje por Álvaro » Jue Jul 05, 2007 1:34 am

Tiene buena pinta, continua, por favor.
Saludos.
…y ahora ellos estarán diciendo ¡***, es el Hijoputa de Patton otra vez!
Y sí, es el Hijoputa de Patton, que ha vuelto.
(George Smith Patton)

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Mensaje por Shindler » Jue Jul 05, 2007 6:08 pm

Gracias amigo Álvaro, me alegra que te interese y como dices no solo tiene buena pinta sinó que promete mucho material, testimonios y hechos.


Problema delicado de moral

Carl Johann Wiberg abrió las puertas de cristal de la sala de recibo de su apartamento del segundo piso y se asomó al balcón a fin de darse cuenta del estado atmosférico del tiempo. Sus dos perros "dachshunds", llamados, Tío Otto y Tía Effie, lo miraban ansiosos esperando que los llevara a su paseo matutino. Dar paseos era casi lo único que hacía Wiberg aquellos días. Toda la gente simpatizaba con este hombre dde negocios, de 49 años, a quien consideraban "un buen berlinés" en primer lugar y un sueco en segundo. No había abandonado la ciudad como lo hicieron tantos otros extranjeros al comenzar los bombardeos. Además, aunque él nunca se quejó de ello, sus vecinos sabían que había perdido todo cuanto tenía. Su esposa había muerto en 1939. Sus fábricas de pegamentos habían sido bombardeadas y destruidas. Al cabo de 30 años de vivir de su pequeño negocio en Berlín, poco le quedaba ahora, fuera de sus perros y su apartameno.
Tras colocar la correa a sus perros; Wilberg cerró cuidadosamente la puerta de su apartamento, bajó los dos tramos de escaleras y salió a la calle llena de escombros.
Se quitó el sombrero para saludar a verios vecinos y, con los perros delante, continuó andando por la calle teniendo cuidado de no ir a caer en los baches y hoyos que encontraba a su paso. Se preguntaba dónde estaría el Fuhrer ahora que el fin de la guerra parecía cercano. ¿Estaría en Munich? ¿En su Nido de Aguila, en las montañas de Berchtesgaden? ¿O aquí, en Berlín? Nadie parecía saberlo. El paradero de Hitler siempre había sido un secreto.

Esta mañana Wilberg decidió entrar en su bar favorito, Harry Rosse, situado en el N°7 de Nestorstrasse, uno de los pocos que quedaban abiertos en el barrio. Tenía una variada clientela: nazis de peso, oficiales alemanes y unos pocos hombres de negocios. Allí encontraba con quién conversas agradablemente y se podía poner al tanto de las noticias del día: dónde habían caído las bombas la noche anterior y en qué fábricas habían hecho blanco. A Wiberg le gustaba reunirse con sus viejos amigos de convivencia y le interesaban todos los aspectos de la guerra, inclusive el estado de ánimo. Pero, principalmente, quería saber dónde se hallaba Hitler.

Pese a todas las dudas que se acumulaban en su mente, Wilberg sabía unas cuantas cosas que hubieran dejado sorprendidos a sus vecinos. Pues este sueco que era tan buen berlinés, era también miembro del servicio secreto de la Oficina de Servicios Estratégicos de los Estados Unidos. Era espía de los Aliados.

El Padre Bernhard Happich se paseaba en bicicleta por la calle de Dahlem, cubierta de escombros, con un fin determinado. Desde hacía varias semanas le preocupaba un problema delicado y ahora había tomado una decisión.
Tenía 55 años, era sacerdote y era también médico. Entre sus muchos cargos ocupaba el de padre provincial de Haus Dahlem, el hospital de maternidad y orfelinato regentado por Hermanas Misioneras del Sagrado Corazón. El Padre Happich hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que Hitler y su cruel nuevo orden estaban destinados al desastre. Berlín estaba perdido. ¿Quién iría a ser de Haus Dahlem y de las buenas hermanas? El había oído contar a los refugiados que habían escapado antes de que los victoriosos rusos llegasen, de los horrores que ocurrían en el este de Alemania. Muchos de esos relatos eran exagerados, estaba seguro, pero muchos también eran verdaderos. El Padre Happich decidió advertir a la madre superiora Cunigundis y a su rebaño y tenía que encontrar las palabras adecuadas para hablarles. ¿Cómo decirles a 60 monjas y hermanas laicas que nada sabían de las cosas de este mundo, que corrían peligro de ser violadas?

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Próximo capítulo; La rueda de retribución

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Mensaje por Shindler » Jue Jul 05, 2007 6:47 pm

La rueda de retribución

El temor de ser víctima de un ataque sexual se extendía por todo Berlín como un sudario mortuorio, ya que era principalmente una ciudad de mujeres. A principios de la guerra, Berlín tenía 4.321.00 habitantes; pero, los muertos en la guerra, los llamados a prestar servicio militar, tanto hombres como mujeres, y la evacuación voluntaria de un millón de ciudadanos al campo, donde creían estar más seguros, en 1943 y 1944, había reducido considerablemente esa cifra de habitantes. Las autoridades militares calculaban que la población civil de Berlín no pasaba ahora los 2.700.00, de los cuales 2.000.000 eran mujeres.

Los refugiados de las provincias del este que huían al oeste a través de Berlín, informaban que las tropas de avances de la línea del frente ruso se componían de soldados bien disciplinados y de buena conducta, pero que las unidades secundarias que las seguían eran una chusma desordenada. En orgías salvajes, borrachos, estos soldados rojos asesinaban, robaban y violaban mujeres.
Muchos comandantes rusos parecían perdonar a sus soldados estos actos. Por todas partes, en esta afluencia de refugiados, había mujeres que relataban las más espeluznantes historias de brutales asaltos, de haber sido amenazadas con revólver y obligadas a desnudarse y permitir que se las violara repetidas veces.

Algunos berlineses preferían hacer caso omiso de estas historias por que la propaganda, tanto si era difundida por refugiados o por el gobierno, no significaba ya nada para ellos. Pero aquellos que sabían de las atrocidades de los asesinatos en masa cometidos por las tropas de asalto alemanas en Rusia (y había miles que lo sabían), temían que las historias que se contaban fuesen ciertas. Y aquellos que estaban enterados de lo que les pasaba a los judíos en los campos de concentración, bien podían creer también que el opresor se convertía en oprimido; que la rueda de retribución estaba dando su vuelta completa. Para no correr riesgo, y en previsión de lo que pudiera suceder, muchos burócratas de los que ocupaban altos puestos y buen número de funcionarios nazis habían trasladado calladamente a sus familias fuera de Berlín, o estaban tramitando hacerlo. Los fanáticos se quedaban; y la mayoría de los ciudadanos de Berlín, menos informados, se quedaban también. No podían o no querían salir.

Algunos estaban enterados de lo que iba a llegar. En su clínica privada en Schoneberg, la doctora AnneMarie Durand-Wever, famosa ginecóloga graduada en la Universidad de Chicago, apremiaba a sus pacientes para que salieran de Berlín. Tenía 55 años; después de haber examinado a mushas refugiadas, había llegado a la conclusión de que los relatos de asaltos se quedaban cortos. Opinaba que, si los rusos tomaban a Berlín, todas las mujeres sin distinción de edad, serían violadas. La doctora tenía intención de quedarse, pero llevaba consigo dondequiera que iba una pequeña cápsula de cianuro, de acción rapidísima.

La doctora Margot Saeurbruch trabajaba con su esposo, el profesor Ferdinand Saeurbruch, el cirujano más eminente de Alemania, en el hospital Charité, el más antiguo de Berlín. Por hallarse situado cerca de dos grandes estaciones del ferrocarril, a este hospital llegaban los casos peores entre los refugiados. Después de examinar a las víctimas, la doctora Sauerbruch tampoco se hacía ilusiones. Estaba aterrada del número de refugiadas que habían intentado suicidarse, contándose entre ellas docenas de mujeres que no habían sido ofendidas, pero que, aterradas por lo que habían visto u oído contar, intentaron suicidarse cortándose las venas de las muñecas. Otras habían tratado de matar a sus niños. Era evidente que, si los rusos capturaban la ciudad, una ola de suicidios se extendería por Berlín.

El actor cómico Heinz Ruhmann, uno de los artistas de cine más populares, estaba tan temeroso de la suerte que hubieran de correr en el futuro su bella esposa la actriz Hertha Feiler, y su jóven hijo, que tenían escondido un tarro con veneno para ratas en una maceta de flores, para el caso de que hubiera de necesitarlo. Otras personas se habían provisto de pistolas o cuchillas de afeitar.
Quedaba todavía una última esperanza. Ante el terror que les inspiraba el Ejército Rojo, la gran mayoría de los berlineses, especialmente las mujeres, deseaban desesperadamente que las fuerzas anglonorteamericanas capturaran la ciudad.

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Mensaje por Shindler » Jue Jul 05, 2007 8:48 pm

Cristales rotos


Era cerca del mediodía. Detrás de las líneas rusas, en la ciudad de Bromberg, el capitán Sergei Golbrov contempló con ojos nublados la sala del apartamento del tercer piso que él y otros dos corresponsales del Ejército rojo acababan de tomar. Golbov y sus amigos estaban disfrutando de una alegre borrachera. Todos los días iban desde el cuartel, que estaba en Bromberg, al frente, a 145 km de distancia, en busca de noticias; pero no había mucho sensacional que comunicar hasta que no empezara la ofensiva contra Berlín. Entre tanto, Golbov, apuesto joven de 29 años, se divertía.

Con la botella en la mano se quedó mirando el fino mobiliario. Nunca había visto nada igual. Pinturas al óleo en marcos dorados adornaban las paredes. Las ventanas tenían cortinas forradas de raso;los sillones estaban tapizados con material de fino brocado.
Una pequeña puerta estaba entreabierta en uno de los extremos de la espaciosa sala; Golbov la empujó y descubrió que conducía a un cuarto de baño. Al extremo de una cuerda que pendía de un gancho en la pared colgaba el cuerpo de un oficial nazi. Golbov llamó a sus amigos, pero estaban demasiado alegres en el comedor para escucharle. Se hallaban ocupados tirando copas de cristal alemán y veneciano contra el candelabro.

Golbov regresó a la sala y trató de sentarse en el gran sofá, pero vio que estaba ocupado. Tendida en él yacía una mujer muerta. Era muy joven y se había preparado esmeradamente para morir. El cabello, peinado en dos trenzas, le colgaba sobre los hombros; tenía las manos dobladas sobre el pecho. Apurando un trago de la botella que tenía en la mano, Golbov se sentó en un sillón y la miró. Tendría poco más de 20 años y, a juzgar por el tinte azulado de los labios, probablemente había muerto envenenada.

Detrás del sofá había una mesa con fotografías en marcos de plata: un grupo de niños sonrientes, con sus padres y una pareja de más edad. Goblov se acordó de su familia. Durante la ocupación de Leningrado, sus padres, acosados por el hambre, habían tratado de hacer una sopa con un tipo de aceite industrial; ambos habían muerto a consecuencia de haberla comido.
Uno de sus hermanos había muerto en combate durante los primeros días de la guerra. El otro, jefe de guerrilla, capturado por la SS, fué atado a una hoguera y quemado vivo. Esta muchacha que yacía en el sofá había muerto tranquilamente, pensó.

Apuró un buen trago, se dirigió al sofá y levantó a la muchacha muerta. Luego se encaminó a las ventanas cerradas. Tras él, entre risotadas y gritos, el candelabro del comedor caía al suelo y se hacía añicos con estrépito. Golbov quebró también otros cuantos vidrios al arrojar el cadáver de la muchacha a la calle por la ventana.


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Mensaje por Shindler » Vie Jul 06, 2007 7:25 pm

Actitud mental

Cambiando de actitud en forma extraordinaria, los berineses, que diariamente mostraban sus puños amenazantes a los bombarderos británicos y norteamericanos, habalban ahora con fervor de los Aliados occidentales como "liberadores".
Maria Kockler, de Charlottenburgo, se negó acreer que los norteamericanos y los ingleses dejaran que Berlín cayera en manos de los rusos. Una ama de casa de 45 años, de cabello canoso, decía a sus amigos: "Estoy lista a salir a pelear para detener a los rusos hasta que los aliados lleguen".

Muchos trataban de disipar sus temores escuchando las emisoras de la BBc y tomando nota de cada fase de las batallas que se liberaban en el frente occidental, que se iba desmoronando, como si se tratara de seguir el curso de un ejército alemán victorioso que se apresurase a socorrer aa Berlín. En los intervalos entre un bombardeo y otro, Margarete Schwarz, contadora de profesión, trazaba meticulosamente esquemas del avance de las fuerzas angloamericanas a través de la Alemania occidental, regocijándose con cada kilómetro que adelantaban.

Otros esperando lo mejor, se preparaban para lo peor. Pia van Hoeven, con Ruby y Eberhard Borgmann, aunque a regañadientes, llegaron a admitir que solo un milagro podría impedir que los rusos llegaran a Berlín. Así que, sin vacilar, aceptaron la invitación que les hizo su amigo, el jovial y cariredondo Heinrich Schelle, de ir a juntarse con él y su familia cuando la batalla comenzara. Schelle era administrador del Grubasouchay, famosa tienda de vinos y restaurante al mismo tiempo, y tenía convertida una de sus bodegas en un resplandeciente refugio para resguardarse durante el sitio. No había mucho que comer, fuera de patatas y atún enlatado, pero se disponía de amplia provisión de famosos vinos alemanes y franceses. "Mientras esperamos Dios sabrá que", les dijo "trataremos de vivir confortablemente". Y luego agregó:"Si se nos termina el agua, siempre habrá champaña".

Increíblemente por todo Berlín, unas cuantas víctimas de los nazis, constantemente perseguidas, se escondían en pequeños cubículos, en armarios, en sótanos húmedos o en desvanes sin ventilación, aferrandose tercamente a la vida, esperando que llegara el día en que pudieran salir de su escondite. No les importaba quién arribara primero con tal que alguien llegara, y pronto. La mayoría de sus amigos los daban por muertos; y en cierto modo lo estaban. Varios de ellos no habían visto el sol en muchos años.
Conservaban una fortaleza de hierro, ingeniosos y tenaces, debían su vida a la habilidad que poseían para reprimir casi todas sus emociones. Al cabo de seis años de guerra y casi trece de vivir en medio del temor y la persecución, en la propia capital del Reich de Hitler, cerca de 3000 de estos aún sobrevivían. El que hubieran podido hacerlo era también un testimonio del valor de los cristianos que protegían a los judíos, víctimas propiciatorias del nuevo orden.

Sigmund y Margarete Weltlinger, ambos de más de 50 años de edad, se escondían en Pankow. Un matrimonio adscrito a la religión Ciencia Cristiana, los Mohring, arriesgando la vida, les habían dado albergue en su casa. Los Mohring vivían con sus dos hijas en un pequeño apartamento de dos habitaciones. Pero compartían el espacio de que disponían, así como los alimentos, sin quejarse nunca.

Durante dos años el mundo exterior sólo había sido para los Weltlinger un retazo de cielo enmarcado dentro de edificios, más un árbol solitario que en el lúgubre patio daba frente a la ventana de la cocina. En el año anterior la Gestapo había arrestado en las calles de Berlín a más de 4000 judíos; muchos de ellos se habían arriesgado a perder la libertad por ser incapaces de soportar el encierro más tiempo. En un sótano en Karlshorst, joachim Lipschiltz, de 27 años, vivía bajo la protección de Otto Kruger. Hijo de un médico judío y de madre cristiana, lo habían alistado en la Wehrmacht, y en 1941 había perdido un brazo. Pero el servicio militar no lo salvó de que se le hachacara "el crimen" de ser medio judío. En Abril de 1944 se le había fichado para internarlo en un campo de concentración, y desde entonces estaba oculto. Estudiaba ahora ruso, mientras su prometida, Eleanore Kruger, estudiaba inglés.

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Mensaje por Shindler » Vie Jul 06, 2007 7:27 pm

En la cárcel y fuera de ella

El capitán Helmuth Cord, de 25 años, veterano del frente ruso y portador de la Cruz de Hierro adjudicada al valor, estaba también preso en Berlín y probablemente no viviría hasta alcanzar a ver el fin de la guerra.
Cords era uno de los 7000 alemanes arrestados con motivo del intento de asesinar a Hitler ocho meses antes, el 20 de Julio de 1944. En una orgía bárbara, cerca de 5000 supuestos participantes en el atentado (cualquiera que tuviese la más remota conexión con los conspiradores) habían sido ejecutados sumariamente, fuesen inocentes o culpables. "Colgadlos como ganado", tal había sido la orden de Hitler. Y exactamente en esa forma fueron colgados los principales acusados; en vez de emplear lazos los amarraron con alambres de piano y los suspendieron de ganchos para colgar carne.

Y ahora, en el ala B de la prisión de la Lehrterstrasse, construida en forma de estrella, el último grupo de acusados de conspiradores (aproximadamente unos 100) esperaba.
Cada día se sacaban prisioneros de las celdas para no volverlos a ver entrar más. Todo dependía del capricho de un hombre: el jefe de la Gestapo, SS Gruppenfuhrer, Heinrich Muller.
Cords era uno de los inocentes. Había estado presentando servicio como oficial menor a las órdenes del jefe de estado mayor de las Reservas del Ejército, coronel Claus Graf von Stauffenberg. Pero solo una cosa lo perjudicó en este cargo: von Stauffenberg, un hombre de apariencia distinguida, de 36 años, que tenía solo un brazo y había perdido un ojo que se cubría con un parche, había sido la figura principal en la conspiración del 20 de Julio, el hombre que se había prestado voluntariamente a asesinar a Hitler. Desde esa fecha Cords estaba arrestado sin formación de juicio, y no solamente Cord, sino también su novia, jutta Sorge, y los padres de ella.

Otro grupo de prisioneros estaba viviendo en Berlín. Eran los obreros que trabajaban como esclavos, hombres y mujeres de casi todos los países ocupados por los nazis. Había polacos, checos, noruegos, daneses, holandeses, belgas,luxemburgueses, franceses, yugoslavos y rusos. Los nazis habían importado a la fuerza cerca de siete millones de personas, el equivalente casi a la población total de la ciudad de Nueva York, para que trabajaran en las casas alemanas y en los negocios. Más de 100.000, en su mayoría franceses y rusos, trabajaban en Berlín.
Los extranjeros vivían en "ciudades" de edificios en forma de barracas, construidos en predios de las fábricas o cerca de ellos, comían en fábricas o cerca de ellos, comían en comedores comunales y llevaban placas de identificación. A muchos se les permitirá salir a la ciudad y aun ir a un cine, siempre y cuando regresaran al toque de queda. Sin embargo, otros, eran varios millares, no tenían virtualmente libertad alguna.

Curiosamente en todo Berlín se observaban a diario cambios en los trabajadores rusos. En la fábrica de productos químicos de Schering, en Charlottenburgo, los rusos, en lugar de mostrarse animados ante la posibilidad de que sus compatriotas capturasen la ciudad, estaban deprimidos. Las mujeres ucranianas y bielorrusas, en particular, parecían intranquilas.
A su llegada, hacía dos o tres años, iban vestidas con trajes sencillos de campesinas. Poco a poco fueron cambiando. Muchas habían empezado a usar afeites y cosméticos. El peinado, la moda y los ademanes se habían alterado notablemente a medida que las muchachas rusas copiaban a las jóvenes alemanas y francesas más elegantes que veían. Ahora, casi de la noche a la mañana, volvían a usar sus trajes de campesinas.

Entre trabajadores occidentales de Berlín el estado de ánimo era bueno. En las instalaciones de Alkett, en Ruhleben, donde 2500 franceses, belgas, polacos y daneses trabajaban en la producción de tanques, los franceses pasaban la noche cantando canciones populares y hablando de las enormes comidas que iban a saborear tan pronto como pisaran suelo francés. Jean Boutin, de 20 años, mecánco de París, se sentía especialmente alegre. Junto con algunos holandeses había estado saboteando piezas de tanques durante varios años. Cada demora que causaban y cada cojinete de bolas defectuoso, para los tanques, que lograban hacer pasar bajo las narices del capataz, era acercar la captura de Berlín un paso más. Hasta ahora a ninguno habían sorprendido en estas maniobras.

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Mensaje por bycicleto » Lun Jul 09, 2007 4:41 pm

Un gran trabajo Shindler. Felicidades :shock:

Continúa... :-D

Un saludo
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"¿E irás a Flandes, mi querida Mally?
¿Para ver a los grandes generales, mi preciosa Mally?
Lo que verás serán las balas volar,
y a las mujeres oirás llorar,
y a los soldados morir verás,
mi querida Mally".
Canción de los soldados del duque de Marlborough, principios del siglo XVIII

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Mensaje por Shindler » Lun Jul 09, 2007 6:35 pm

Gracias amigo Bycicleto, me agrada que te guste y que sea de tu interés y FALTA LO MEJOR :wink:


Los verdaderos creyentes


El humor cáustico de los berlineses, el cinismo político y la falta de entusiasmo por el Fuhrer y su nuevo régimen cundían desde hacía mucho tiempo en el partido nazi. Siempre que había marchas y otras demostraciones nazis para impresionar con ellas al mundo, era preciso traer milesd de soldados de las SS de Munich para animar a las multitudes en marcha.
-Salen mejor en cine que nosotros (dijo en tono de chanza un berlinés), y además, ¡Tienen pies más grandes!
Hitler frustrado e indignado, hacía tiempo que proyectaba reconstruir la ciudad y cambiar su forma a la imagen nazi. Pensaba incluso en cambiarle el nombre por el de Germania. No podía olvidar nunca que cada elección libre de los berlineses lo habían rechazado. En la votación de 1932, Berlín le había dado solo un 23 porciento de los votos.

Pero ahora, los fanáticos que había entre los ciudadanos estaban decididos a convertir a Berlín, la ciudad menos nazista de Alemania, en la fortaleza última del nazismo. Aunque en minoría, todavía tenían fuerza. Miles de ellos eran jóvenes adolescentes que conocían solo un dios: Hitler. Muchos habían sido instruidos en el manejo de toda clase de armas. Klaus Kuster, miembro de las Juventudes Hitlerianas, era un ejemplar típico. Su especialidad consistía en destruir tanques a más de 60 metros. Klaus no había cumplido todavía los 16 años.

Los más fanáticos eran los miembros de las SS. Estaban tan convencidos de la victoria final y eran tan devotos a la causa que su actitud mental resultaba imposible de comprender para el resto de sus compatriotas. El Dr. Ferdinand Sauerbrouch, del hospital Charité, mientras operaba a un hombre anesteciado y gravemente herido en el frente, se quedó de pronto y por un instante helado. En el silencio de la sala de operaciones, desde lo profundo del sueño anestésico, el hombre de las SS comenzó a hablar en tono bajo, pero claramente enunciado, y repetía una y otra vez: "¡Heil Hitler!... ¡Heil Hitler!... ¡Heil Hitler!"

Hbía otros tan confiados, tan embebidos en la alta atmósfera de los puestos privilegiados que ocupaban, que se sentían completamente seguros. Uno de estos era Kathe Reiss Heusermann, una bonita mujer de ojos azules, de 36 años, rubia y vivaz. Kathe se hallaba dedicada a su trabajo como ayudante del profesor Hugo Blaschke, el dentista favorito de los líderes nazis. Era competente, agradaba a todos y en el desempeño de su puesto había atendido a los que formaban el séquito de Hitler; y una vez al mismo Fuhrer.

Hacía cinco meses, ella y Blaschke habían recibido una llamada urgente para qu se presentaran en el cuartel general del Fuhrer, en Rastenburgo, en la Prusia del Este. Al llegar encontraron a Hitler con un agudo dolor. "Tenía la cara hinchada, especialmente la mejilla derecha", recordaba ella después. "Su dentadura era sumamente mala y la muela cordal del lado derecho se le había infectado".

Resultaba preciso sacar la muela. Sería una extracción súmamente dolorosa, pues el Fuhrer tan sólo consentía en dejarse poner una dósis mínima de anestesia. Blaschke le puso una inyección en la parte superior de la quijada. Kathe permaneció al lado del Fuhrer, sosteniendo con la mano la mejilla y con la otra el espejo.
-Hitler soportó la operación hasta el final sin moverse ni pronunciar una palabra.
Fué algo extraordinario. Nos quedamos sorprendidos de cómo había podido soportar el dolor (dijo Kathe más tarde).

Una de las consignas principales para todos los que trabajaban bajo las órdenes del Fuhrer era la de guardar el más estricto secreto en todo lo que a él se refiriese, especialmente con respecto a sus enfermedades. Kathe sabía guardar bien los secretos. Por ejemplo, el de que estaban haciendo una dentadura especial para la primera dama del Reich, así reconocida aunque no estuviera legalmente casada. El puente de oro en que iban a ser sostenidos los dientes se lo probaría la próxima vez que fuera a Berlín. Y en realidad Eva Braun lo necesitaba.

Por último Kathe supo también uno de sus secretos más estrictamente guardados. Era su obligación enviar un equipo completo de instrumentos dentales a todo lugar adonde el Fuhrer fuera de viaje. Además se hallaba ocupada en la hechura de un puente dental que le iban a colocar a una de las cuatro secretarias de Hitler, Johanna Wolf, y por tanto le había sido necesario ir y venir casi diariamente durante las últimas nueve semanas de la sala de cirugía del Reichskanzlei. Adolfo Hitler había estado en el Reichskanzlei desde el 16 de Enero.

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Mensaje por Shindler » Lun Jul 09, 2007 6:43 pm

Las dudas de un defensor


A medida que se cerraba la noche, el coloso arruinado de Berlín se proyectaba a la luz de la Luna como un fantasma. A las 9 de la noche la RAF volvió. Por cuarta vez en 24 horas las sirenas sonaron y el ataque N° 317 a la ciudad comenzó. En su cuartel general en la Hohenzollerndamm, el mayor general Hellmuth Reymann, comandante militar de Berlín, trabajaba asiduamente en su escritorio.

Tenía 53 años y el cabello gris; había asumido el mando hacía apenas dos semanas. En pocas horas hizo un descubrimiento espantoso. Aunque Hitler había declarado a Berlín un Festung, la fortificación existía solo en la inmaginación del Fuhrer. Nada se había hecho para fortificar la ciudad; no había planes para prepararla contra un ataque. Los problemas que tenía que resolver el mayor general Hellmuth Reymann eran para aturdir a cualquier persona: ¿De dónde iba a sacar tropas, armas, municiones y equipo para defender la ciudad? ¿Cuánto tiempo tenía para prepararse?

Todo dependía del ejército alemán que defendía el frente del Oder y del general que lo mandaba. Los comandantes insignes, tales como Rommel, von Kluge, Von Rundstedt, von Manstein, ya no estaban ahí; líderes victoriosos cuyos nombres anduvieron una vez en boca de todo el mundo en Alemania. Todos habían desaparecido, unos por haber muerto, otros por haber perdido su prestigio. Ahora, más que nunca, la nación necesitaba de un gran soldado conductor. Pero, ¿Dónde estaba ese hombre?.

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Mensaje por HANS LANGSDORFF » Mar Jul 10, 2007 12:05 am

Esta genial, Shindler, mis felicitaciones, espero la continuación.

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Mensaje por Shindler » Mar Jul 10, 2007 5:22 pm

Gracias amigo HANS LANGSDORFF, agradecido que sea de tu agrado. :wink:

En el camino a la eternidad.


El día 22 de Marzo amaneció nublado y frío. Al sur de la ciudad, Reichsstrasse 96 se extendía por el húmedo bosque de pinos; en el asfalto de la amplia carretera se veían parches de escarcha. El tráfico de vehícculos era intenso. Pesados camiones acarreaban archivadores, equipo de oficina y cajas de cartón. Otros iban cargados de finos mobiliarios, cuadros empacados, bronces, cerámicas y estatuas. Encima de un camión descubierto, un busto de Julio César se balanceaba de acá para allá.

Entremezclados con los camiones, circulaban automóviles de construcción pesada: limosinas Horch, Wanderer y Mercedes. Todos llevaban la bandera con la svástica plateada que los señalaba como vehículos oficiales del partido nazi. Y todos iban en una misma dirección: hacia el sur. En ellos viajaban los burócratas del partido del Tercer Reich. Abandonaban la ciudad acompañados de sus esposas, niños y enseres.

Dirigiéndose rápidamente hacia el norte, por la vía opuesta de la avenida, iba un automóvil Mercedes, grande, perteneciente al alto mando, el coronel general Gotthard Heinrici iba sentado al lado del chofer. Se dirigía al curtel general del alto mando alemán, situado a 40 kilómetros de Berlín. Pocos alemanes sabían el sitio donde quedaba este cuartel general, escondido y camuflado en la espesura de los bosques de Zossen.
Heinrici, de 58 años, debía tomar el mando del Grupo de Ejércitos del Vístula, con órdenes de mantener a los rusos en el Oder y salvar a Berlín. Pocos generales alemanes tan competentes habían adquirido menos prominencia. En sus largos años de mando en el frente del Este, sus operaciones no habían tenido relación con las gloriosas Blitzkriegs,sinó que se habían reducido a operaciones defensivas, a acciones desesperadas de retirada. Estratega precavido y preciso, engañosamente amable, Heinrici era, sin embargo, un general rudo de la vieja escuela aristocrática. Hacía tiempo había aprendido a conservar una línea con un mínimo número de soldados y al menor costo posible. "Heinrici", había comentado uno de sus ayudantes, "sólo se retira cuando el aire se ha vuelto plomo, y eso después de haber deliberado".

Peleaba con tan terca ferocidad que sus oficiales y sus hombres lo llamaban con orgullo UNSER GIFTZWERG (nuestro rudo bastardito), nombre que con frecuencia dejaba perplejas a las personas que acababan de conocerlo. De baja estatura, delgado, con ojos azules de mirar tranquilo, cabello rubio y bigote estremadamente cuidado, Heinrici parecía, a primera vista, más bien un maestro de escuela que un general (y por cierto un maestro mal trajeado). Odiaba las botas hasta la rodilla y bien lustradas; prefería botas corrientes, cortas, que usaba con polainas abotonadas a los lados, de las que se utilizaron en la primera guerra mundial. Y por nada dejaba su gastado abrigo de piel de carnero.

Mas, aunque Heinrici no tuviera la apariencia de un general, sí actuaba como tal. En Diciembre de 1941 la Blitzkrieg en masa de Hitler sobre Rusia se había detenido abruptamente antes de llegar a Moscú. Cuando las tropas alemanas, compuestas de 1.250.000 hombres, sin ropas adecuadas para soportar el intenso frío, avanzaban dando tumbos por entre el hielo y la nieve, sorprendidas por un anticipado y crudo invierno, el ejército ruso, que Hitler y sus expertos habían dejado virtualmente de tomar en consideración en sus planes, apareció como si brotara de la nada. Los rusos salieron al encuentro de los invasores con 100 divisiones de soldados endurecidos para el frío. Las fuerzas alemanas tuvieron que retroceder. Esta retirada causó al ejército alemán pérdidas enormes.

El 20 de Enero de 1942, Heinrici asumió el mando del resto de tropas que quedaban del Cuarto Ejército que, por estar sostenido la posición frente a Moscú, era el centro más importante de la línea alemana. Una retirada en este sector´pondría en peligro a los ejércitos colocados a ambos flancos y podría ocasionar una derrota catastrófica.
Los soldados de Heinrici, mal equipados para los rigores del frío, pelearon en vastas estepas cubiertas de espesa capa de nieve que les llegaba hasta la cintura, con crámbanos de hielo colgando de la nariz y de las pestañas. "Por doquiera mis soldados morían, y no solo de muerte causada por proyectiles rusos", decía él más tarde; "muchos de ellos morían congelados de frío". Resistieron las inclemencias del clima cerca de diez semanas. Se calculó en aquella primavera que durante el largo y riguroso invierno el ejército ruso había sobrepasado a veces al Giftzwerg en proporción de doce hombres a uno.

Heinrici había desarrollado una técnica que lo hizo famoso. Desatendiendo las órdenes inflexibles de Hitler de "no retroceder", cuando en determinado sector se hacía inminente un ataque ruso, ordenaba a sus tropas la noche anterior que se retirasen a una nueva posición dos o tres kilómetros atrás. La cortina de fuego de la aertillería rusa caía entonces en un frente desierto. Según decía heinrici, "era como pegarle a un talego vacío. De esta manera, el ataque ruso perdía su empuje, y mis hombres, ilesos, estaban listos para el combate. Después, mis soldados, reunidos en sitios que no habían sido atacados, volvían a ocupar el frente abandonado". La destreza estaba en saber dónde y cuando los rusos irían a atacar, y Heinrici había adquirido un extraordinario sexto sentido para presentirlo.


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Mensaje por Jorge Romo Perez » Mié Jul 11, 2007 5:15 pm

Shindler, como siempre, te felicito por la dedicacion de tu tiempo al engrandecimiento del foro. espero ansioso la siguiente entrega, un material y redaccion estupendos!
Saludos
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John Maxwell Edmonds (1875 -1958) inscrito en el Kohima 2nd Division Memorial
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Mensaje por Shindler » Sab Jul 14, 2007 12:36 am

Gracias amigo Jorge Romo Perez, me alegra que te agrade. :wink:


Como un soldado raso


Heinrici nunca había sido un favorito de Hitler, ni de los que componían su séquito. Hijo de un ministro protestante, leía la Biblia diariamente e insistía en que sus tropas participaran en desfiles religiosos. Mientras disfrutaba de un período de licencia, un funcionario nazi prominente fué a visitarlo para informarle de que "el Fuhrer consideraba sus actividades religiosas incompatibles con las aspiraciones del Nacionalsocialismo". Heinrici, que nunca perteneció al partido nazi, lo escuchó sin pestañar. El domingo siguiente, como de costumbre, fue a la iglesia con su mujer e hijos.

Desde entonces, pese a la innegable capacidad y brillantes condiciones de mando que poseía, los ascensos se le concedían tardíamente y de mala gana.

A fines de 1943, el Reichsmarschall Herman Goering había presentado ante Hitler, en términos vehementes, la queja de que durante la retirada del Cuarto Ejército en Rusia, Heinrici no había cumplido la orden del Fuhrer de "arrasar sin piedad" el territorio abandonado. Acusó al general, específicamente, de haber desobedecido la orden de "quemar y reducir a escombros todos y cada uno de los edificios habitales" en Smolensko. Heinrici explicó solemnemente que "si hubiera incendiado la ciudad de Smolensko, no habría podido retirar mis tropas a través de ella". Aunque la respuesta no tenía mucha lógica militar, bastó para evitar que lo sometieran a consejo de guerra.

Pocos meses después, Hitler colocó a Heinrici en la lista de oficiales fuera de servicio activo "por motivos de mala salud". Pero a fines del verano de 1944 lo sacaron del obligado retiro en una casa para convalecientes, y se le dieron órdenes de marchar a Hungría a asumir el mando de los ejércitos que se hallaban en ése momento en grave situación allí. Y ahora se dirigía urgentemente a Zossen, llevando en su bolsillo órdenes de tomar el mando del Grupo de Ejércitos del Vístula.
Heinrici, que era hombre de carácter franco, estaría constantemente bajo la vigilancia de Hitler y de su "séquito de bufones"; y era bien sabido lo que les sucedía a aquellos que no adulaban y no estaban siempre de acuerdo con Hitler. Algunos oficiales amigos le habían aconsejado que buscara cualquier excusa para rechazar el mando, como por ejemplo "su estado de salud". Pero Heinrici, sorprendido de oír aquello, contestó simplemente que obedecería las órdenes recibidas, exactamente como cualquier soldado raso.

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