el gobierno cubano y los espias alemanes.

Todo sobre el mundo de los espías durante la Segunda Guerra Mundial

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pepeyevelin
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el gobierno cubano y los espias alemanes.

Mensajepor pepeyevelin » Mié Nov 28, 2012 1:29 am

el gobierno de batista le declaro laguerra a hitler pero por detras negociaba con los alemanes. Prestaba apoyo logistico a los alemanes, los submarinos. Un partido aleman en la habana. Espias que brindaban informacion a los submarinos.

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Re: el gobierno cubano y los espias alemanes.

Mensajepor pepeyevelin » Mié Nov 28, 2012 1:36 am

El espía alemán



Cuando vio acercarse a los que lo conducirían al paredón de fusilamiento, en los fosos del Castillo del Príncipe, Heinz August Kunning se puso de pie y pidió a su oponente que accediera a dejar tabla aquella partida de ajedrez que la fuerza de las circunstancias le impediría concluir y, sereno, caminó hacia su destino para situarse en posición de firme ante la escuadra de fusileros que acabaría con su vida. Miró a los soldados y luego su mirada, totalmente inexpresiva, se posó en el oficial que estaba al frente de la tropa y que le daría el tiro de gracia. No pronunció una sola palabra ni pareció inmutarse al escuchar las voces de mando, como si durante los últimos años de su existencia hubiera estado preparándose para un final así. Era el 10 de noviembre de 1942. Días después, el teniente coronel Quirino Uría, supervisor militar de la Prisión de La Habana, mientras refería los detalles del suceso, dijo al poeta José Lezama Lima, entonces secretario del Consejo Superior de la Defensa Social, con sede en el Castillo: Aquel hombre daba muestra de una marcialidad tremenda y a mí, que mandaba el pelotón, me temblaban las piernas.

LA ESTAMPA

Cuba entró en la Segunda Guerra Mundial el 9 de diciembre de 1941, cuando tras el bombardeo japonés a la base norteamericana de Pearl Harbor, ocurrido el día 7, declaró la guerra a Japón, y dos días después, el 11, a Alemania y a Italia. Pero ya para esa fecha Kunning estaba en La Habana haciendo de las suyas. Bajo la cobertura de un comerciante hondureño y un pasaporte que lo acreditaba como Enrique Augusto Lunin, llegó a esta capital en septiembre de ese año. Venía de España a fin de establecerse en la Isla y montar aquí un negocio propio.

Tenía entonces unos 30 años de edad. Fotos suyas que se conservan lo muestran como un hombre ligeramente grueso, de perfil afilado y una cabellera abundante de esas que parecen brotar desde la frente misma. Los que lo conocieron lo recuerdan como una persona fría y de pocas palabras, pero amable, bien vestido y de buenos modales. Dominaba el inglés y el español y había sido entrenado cuidadosamente para su tarea, que antes cumplió con éxito en otros países. Desde aquí debía informar al alto mando berlinés sobre la entrada y salida de buques mercantes y de guerra; reportaría asimismo sobre la economía y la situación política y social del país y comunicaría las direcciones particulares de las figuras principales del gobierno.

Para su labor de inteligencia, Kunning disponía de un potente aparato de radio que le permitía recibir y transmitir mensajes, una antena de doble línea y dos manipuladores telegráficos, y como también pasaría información por la vía epistolar, se valdría de tinta simpática invisible.

Buscó primero alojamiento en un hotel y se instaló después en una casa de huéspedes ubicada en el segundo piso del edificio marcado con el número 366 de la calle Teniente Rey, entre Villegas y Aguacate, en La Habana Vieja, y estableció su negocio en la calle Industria 314; una casa de modas a la que puso el nombre de La Estampa.

Ya para esa fecha la red de espionaje alemán se extendía por toda la América, incluido Estados Unidos, y es posible que Kunning hiciera contacto con algún agente destacado en la embajada de Alemania, ubicada entonces en la calle H, 408, esquina a 19, en el Vedado. Pero parece ser que él fue el jefe, o al menos el centro, de la red de espías nazis en la Isla. Muchas de las informaciones que allegó y transmitió le cayeron en las manos con una facilidad pasmosa. Se las suministraban marineros, obreros portuarios y prostitutas a los que, entre trago y trago, se las arreglaba para tirarles de la lengua.

VICTORIA CUBANA

Cuando la primera conflagración mundial, Cuba declaró la guerra a Alemania el 7 de abril de 1917. Aunque hubo cubanos que tuvieron una participación muy destacada en esa contienda, en el orden estrictamente militar la Primera Guerra solo alcanzó una repercusión interna digna de memoria: el establecimiento del Servicio Militar Obligatorio para los varones entre los 21 y los 30 años, medida que no tuvo otra consecuencia práctica que la de precipitar numerosos matrimonios.

Cuando la Segunda Guerra, el Acuerdo-Ley número 7 de 1942 dispuso la ampliación y la reorganización del Ejército y la Marina cubanos y se volvió a establecer aquí el Servicio Militar, que esa vez sí se tradujo en el llamado a filas de muchos de los conscriptos, aunque, al igual que en el conflicto anterior, ningún cubano salió del país para pelear en suelo extraño, salvo como voluntario. No existen datos precisos, pero se calcula que no menos de 3 000 compatriotas se sumaron a las fuerzas aliadas. De eso queda constancia en muchos relatos periodísticos y por lo menos en dos libros, Del Hudson al Elba, del voluntario holguinero Armando Díaz Fernández, y Memorias de un estudiante soldado, que valió a su autor, Roberto Esquenazi Mayo, el Premio Nacional de Literatura en 1951.

La contribución cubana a la Segunda Guerra estuvo sobre todo en el mar, aunque también nuestros aviadores patrullaron el Golfo de México en el triángulo comprendido entre Mérida, La Habana y Miami. Marinos cubanos vigilaron las aguas del Caribe y del Golfo y custodiaron más de un millón y medio de toneladas de mercancías que se transportaban en buques de otros países, en misiones que los obligaron a recorrer más de 300 000 millas. Y no puede olvidarse la hazaña del CS-13 que el 15 de mayo de 1943 hundió al submarino alemán U-173 frente a la costa norte de Las Villas, a la altura del faro de Cayo Mégano. La nave nazi era comandada por Reiner Dieriksen, que había merecido la Cruz de Hierro del alto mando alemán por haber hundido más de diez buques durante los meses iniciales del conflicto. El alférez de fragata Mario Ramírez estaba al frente del cazasubmarino cubano cuando el sonadista Norberto A. Collado, que sería el timonel del yate Granma en 1956, detectó con sus equipos la presencia del enemigo y guió a los suyos en la persecución y aniquilamiento del adversario.

ATRAPADO

Si en el mar estuvo lo más notable de la participación cubana en la Segunda Guerra Mundial, en el mar Cuba sufrió también las mayores pérdidas. La información suministrada por Kunning desde La Habana dio por resultado el hundimiento de varios de nuestros barcos con la muerte consiguiente de decenas de marineros y la destrucción de casi la totalidad de la flota mercante cubana.

Pero no operaría impunemente el espía por mucho tiempo. Los servicios de contrainteligencia norteamericano y británico establecieron en las Bermudas una oficina que filtraba la correspondencia que salía desde América hacia otros continentes. Una carta remitida en La Habana y dirigida a un connotado falangista español llamó la atención de agentes de esa entidad. Abrieron el sobre y el análisis del papel reveló un mensaje en clave escrito con tinta invisible. Fue entonces que a la sede del Servicio de Investigaciones de Actividades Enemigas (SIAE) sito en la calle Sarabia, en el Cerro, y bajo la dirección del capitán Mariano Faget, llegaron oficiales norteamericanos y británicos que revisaban la correspondencia en busca de mensajes para el enemigo. Un avión equipado para detectar ondas radiales en clave y precisar con mayor o menor exactitud su procedencia, comenzó a sobrevolar La Habana hasta que se concluyó que la señal se emitía en una zona comprendida entre Belascoaín y los muelles.

La contrainteligencia cubana hacía lo suyo y trataba de identificar a todas las personas que en dicha área recibían dinero del exterior. Fue así que el cabo Pedro Luis Gutiérrez, un comunista infiltrado en el SIAE, encontró en la sucursal del Banco de Boston, en Cuatro Caminos, una tarjeta firmada que daba cuenta de un dinero recibido. Se fue con ella al Ministerio de Comunicaciones en el convento de San Francisco, donde también radicaba el Correo Central, y se la mostró a todos los carteros con la esperanza de que alguno recordara la rúbrica. El cartero José Francisco Rojo recordó que aquella firma correspondía a uno de los inquilinos de la casa de huéspedes de la calle Teniente Rey, a quien enviaban dinero de manera habitual. El cabo Gutiérrez pidió a Rojo que le entregara una carta certificada a fin de contrastar la firma del recibo de entrega con la de la tarjeta.

Coincidían y con esa certeza lo detuvo. Heinz August Kunning o Enrique Augusto Lunin reconoció su culpabilidad. El 19 de septiembre de 1942 el Tribunal de Urgencia de La Habana lo sentenció a muerte. Fuentes que no pudo corroborar este columnista aseguran que fue inhumado en la necrópolis de Colón bajo un nombre supuesto, y que sus restos se repatriaron a Alemania en 1953.

Heinz August Kunning, fusilado en los fosos del Castillo del Príncipe el 10 de noviembre de 1942, no fue el único espía alemán que operó en Cuba, aunque sí el único que pagó su culpa. Sé que muchos lectores se sorprenderán cuando les diga que en La Habana de 1938 —calle 10 número 406, entre 17 y 19, en el Vedado, se constituyó el Partido Nazi Cubano y que existió aquí, en la misma época, el Partido Fascista Nacional, que fueron autorizados por el Registro Especial de Asociaciones del gobierno provincial. Los nazis cubanos decían ver en el comunismo su enemigo frontal y, según su reglamento, se aprestaban a cooperar con los poderes públicos “en lo que respecta al reembarque de emigrados antillanos” y otras “emigraciones indeseables”, con lo que se proponían sacar del país no solo a haitianos y jamaicanos, que trabajaban mayormente como braceros en la zafra azucarera, sino a los hebreos, dedicados en lo fundamental a los negocios, por lo que abogaban además por “una legislación sobre restricciones de licencias comerciales e industriales”.

El periodista Juan Chongo Leiva publicó hace años —y están ya totalmente agotados— dos libros útiles e interesantes que bien merecen su reedición: La muerte viaja con pasaporte nazi, sobre Kunning, y El fracaso de Hitler en Cuba, acerca de las organizaciones fascistas que surgieron aquí. Pero el asunto del quintacolumnismo en la Isla durante la Segunda Guerra Mundial, y antes, resistiría otros acercamientos. Se le pasa por encima con demasiada celeridad y, en buena medida, datos que en su momento aportó la prensa quedaron congelados en las páginas de periódicos y revistas donde se publicaron sin que nadie se haya preocupado de rastrearlos, mientras mucho de lo que se repite acerca del tema sigue siendo parte de las suposiciones, sin que se sepa con certeza qué fue verdad y qué fue mentira.

Convendría formularse algunas preguntas.

17 DOCUMENTOS

¿Se abastecían submarinos alemanes en la costa norte de la provincia de Camagüey de agua, comida y combustible; descansaban, se reponían y recibían asistencia médica e incluso quirúrgica sus tripulantes en fincas campestres de esa zona aledaña al mar y acondicionadas para acogerlos?

¿Qué pasó con los 17 documentos ocupados en mayo del 43 en el Centro Radiotelegráfico de la Secretaría de Comunicaciones, ubicado en el reparto Kholy, y que contenían, se dice, pruebas del espionaje que funcionarios cubanos ejercían a favor de Alemania?

¿Por qué no se esclareció nunca la actuación del príncipe Rúspoli, director de la Beneficiencia Italiana en Cuba, tan bien acogido siempre por la alta sociedad habanera, y de otros extranjeros, como el embajador de Perú, tachados de quintacolumnistas por la opinión pública?

¿Es cierto que autoridades de Inmigración acusaban de agentes nazis a judíos ricos y los internaban en la Estación Cuarentenaria de Triscornia para exigirles luego sumas de hasta 10 000 dólares para exonerarlos de cargo?

A la vuelta de los 60 años transcurridos desde el fin de la guerra, el nombre oscuro de Manuel Benítez Valdés emerge de las sombras. Era el director de Inmigración cuando el incidente de los peregrinos del San Luis, aquellos judíos que pudieron salir de la Alemania hitleriana, y a los que se les negó la oportunidad de desembarcar en el puerto habanero a fin de que encontraran refugio en la Isla. Y fue jefe de la Policía Nacional entre 1941 y 1944. En esa fecha era ya general y Batista se vio obligado a destituirlo porque amenazaba con hacerse del control de las Fuerzas Armadas y convertirse en el hombre fuerte del país.

Resulta, desde luego, bastante ingenuo inculpar a un solo hombre, que, por importante que fuera, no debió ser más que una de las piezas de un gran engranaje. En las altas esferas del gobierno cubano de la época no eran pocos los que simpatizaban con Hitler y su política. Sin ir muy lejos: el canciller José Manuel Cortina tuvo que renunciar a su cargo luego de que en una interpelación parlamentaria se le acusara de antidemócrata y de negociar con los pasaportes de los emigrados judíos.

Cabe decir en honor a la verdad que Benítez solo ejecutó órdenes cuando el incidente de los peregrinos del San Luis. La determinación de que no desembarcaran y quedaran en Cuba salió, al parecer, de Cordel Hull, secretario de Estado norteamericano. Benítez era partidario de recibir a todos aquellos que pudieran pagarle mil pesos por el permiso de entrada.

Porque Manuel Benítez, a quien apodaban “El Bonito” desde sus días de actor de segunda en Hollywood, era un hombre sin escrúpulos. Cuando cesó el gobierno de Batista y se instaló en Miami, se le acusó aquí de la malversación de medio millón de pesos en la Policía Nacional y de haberse apropiado de otros 100 000 destinados a la construcción de la carretera Pinar del Río-La Palma. Se le formularon además cargos por tráfico de droga y asesinato. La exportación ilegal de máquinas traganíqueles en sus tiempos de jerarca policial le reportaba no menos de 7 000 pesos a la semana, y el control del juego ilícito, desde los garitos hasta las vidrieras de apuntaciones, unos 3 000 pesos diarios. Aun así, su afán desorbitado de dinero lo llevó a vender en su provecho 500 camas de la Policía, a 20 pesos cada una. De eso también se le acusó. Sin embargo, el presidente Grau lo autorizó a regresar a Cuba, con las garantías de que no sería molestado, para que visitara a su padre enfermo.

INCENDIO OPORTUNO

Eduardo Chibás denunció en la Cámara de Representantes el quintacolumnismo que tenía por escenario el Centro Radiotelegráfico de Kholy. Allí, en efecto, se hallaron documentos con mensajes en clave que aludían al paso de bombarderos norteamericanos sobre el territorio nacional, posición de barcos en alta mar, reportes sobre el estado del tiempo e informes sobre la ubicación de emisoras de radio clandestinas. Acusó de espionaje al ex director de ese centro, y la inculpación provocó una áspera polémica entre un hijo de este y el parlamentario en la que relucieron no pocos trapos sucios de funcionarios gubernamentales. La discusión llegó a tal punto que el fiscal del Tribunal Supremo solicitó a la Audiencia habanera el procesamiento de los contendientes. Chibás echó en cara al fiscal no haber procedido con la denuncia sustentada en los 17 documentos ocupados en Kholy. Ni procedería tampoco. Se produjo un incendio en el Centro Radiotelegráfico y Manuel Benítez asumió el control de la entidad.

Un cubano que falleció en Miami hace unos 20 años confesó a un colaborador de esta columna que en la finca de su familia en Camagüey se refugiaban submarinistas nazis. Había allí una barraca habilitada para ese propósito y pasaban en ella hasta dos y tres meses. Buena comida y asistencia médica; hasta extirpaciones de apéndice llegaron a practicarse en el lugar mientras el submarino permanecía camuflado en la costa.

Esa fuente, cuyo nombre podría revelar, contó también a mi informante sobre la operación del combustible. Se lo robaban los fines de semana de la refinería Shell, en La Habana, y lo transportaban hasta Camagüey en camiones de una compañía lechera propiedad de un español falangista. Unos 400 hombres, algunos de ellos figuras notables de la radio y el deporte, participaban en ella. La Policía, al mando de Manuel Benítez, nunca los descubrió o no quiso, pese a que esos submarinos torpedearon o cañonearon a cinco barcos mercantes cubanos, con un saldo de 76 compatriotas muertos.

Aunque en la casa marcada con el número 366 de Teniente Rey entre Villegas y Aguacate, en La Habana Vieja, no se vea ninguna tarja, no por ello deja de tener su historia.
En esa casa de huéspedes se hospedó en 1941 un señor con pasaporte hondureño a nombre de Enrique Augusto Lunin, quien en realidad era el espía alemán HEINZ AUGUST KUNNING, comisionado por el alto mando nazi para informar a Berlín la entrada y salida de buques en nuestro puerto, entre otras cosas.
Aparentemente no era más que un pacífico comerciante establecido en la calle Industria 114, en Centro Habana, pero su verdadera labor la realizaba en prostíbulos y bares cercanos a los muelles, donde entre trago y trago con prostitutas y marinos yanquis borrachos recibía la información requerida acerca del movimiento marítimo.
Gracias a estos informes, seis buques mercantes de Cuba fueron hundidos por submarinos alemanes, con el trágico saldo de 68 cubanos fallecidos durante la Segunda Guerra Mundial.
Agentes de la contrainteligencia cubana, norteamericana y británica detectaron al espía nazi, quien fue fusilado en el Castillo del Príncipe el diez de noviembre de 1942.
En la habitación de la calle Teniente Rey le fueron ocupados equipos de comunicación, informaciones económicas, de operaciones portuarias en el occidente del país, de la situación política y jaulas con pájaros cantores.



RECUERDOS NO OLVIDADOS. MEMORIAS Y TESTIMONIOS PERIODÍSTICOS
Raúl Quintana Pérez




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YO VÍ FUSILAR AL ESPÍA NAZI
Heinz August Lunning o Kunning constituyó el primero y único espía nazi fusilado en Cuba y América Latina, al ser juzgado por sus actividades a favor del eje Berlín-Roma-Tokio, durante la II Guerra Mundial- Pagó con su vida ante un pelotón de fusilamiento a las 7 y 57 minutos de la soleada mañana del 10 de noviembre de 1942, en los fosos del Castillo de El Príncipe, en La Habana.
Europa era sacudida en esos momentos por los efectos devastadores de la metralla en los casi inicio del conflicto bélico, como consecuencia de los avances incontenibles de las centenares de divisiones blindadas y de cientos de miles de fanáticos nazi-fascistas, por toda Europa.
Los servicios de inteligencia de Berlín habían creado en diversos países de América Latina, amplias redes de espionaje que se extendían por Chile, Argentina y Uruguay, en Sudamérica, y en el Caribe, particularmente en Cuba.
La posición geográfica-estratégica de nuestra Isla, situada en las vías marítimas más próximas a los Estados Unidos, que servían de rutas de aprovisionamiento de alimentos y materiales bélicos para los ejércitos aliados en Europa y África, no escapó a la perspicacia analítica de los servicios de inteligencia del III Reich.
Y es aquí donde surge, en pleno corazón de la zona colonial de la capital cubana, la figura de Heinz August Lunning.
Su arribo a Cuba- según se reveló durante el proceso que se le siguió en el según se reveló en el juicio que se le siguió en el Tribunal de Urgencia de la Provincia de La Habana, con fuero y legislación especial para juzgar todo tipo de actividades subversivas- se produjo en septiembre de 1941 en el trasatlántico español "Villa de Madrid", utilizando un pasaporte hondureño extendido por el Cónsul de esa nación centroamericana en la ciudad alemana de Bremen.
Para encubrir sus labores de espionaje y el suministro de información sobre el movimiento de barcos de la bahía de La Habana, alquiló un modesto apartamento, alto, en la calle Teniente Rey No 366, que le permitía, sin llamar la atención, avizorar claramente la entrada del puerto habanero. Y ahí se dedicó a la cría de canarios, con lo cual encubría su verdadera actividad. Para justificar sus ingresos económicos, adquirió en sociedad la tienda de modas "Estampa", situada en la calle Industria. Como hablaba el idioma español y su tez era trigueña, pocos lo identificaban como ciudadano alemán.
No sé llegó a conocer realmente como el Departamento de Actividades Enemigas de la policía cubana obtuvo la información acerca de su existencia, aunque se supone que fue a través de los servicios secretos norteamericanos y británicos, que seguían la pista de otros espías nazis en Sudamérica. Las autoridades cubanas mantenían entonces un estrecho contacto y profundos vínculos con el Buró Federal de Investigaciones (FBI) en Washington.
Lo cierto es que Lunning, supuesto miembros de la GESTAPO, resultó apresado el 6 de agosto de 1942 en su vivienda de la calle Teniente Rey, donde la policía dijo haber ocupado equipos transmisores y receptores de radio de onda corta, documentos reveladores de sus actividades y numerosas jaulas con canarios.
De las investigaciones se dedujo que Lunning informó por radio a los submarinos alemanes que rondaban cercanos a nuestras costas, que dos barcos mercantes cubanos, el "Santiago de Cuba" y "El Manzanillo", conducían a Estados Unidos, avituallamiento para los ejércitos aliados en Europa. Resultado de esa información, los dos mercantes resultaron hundidos por disparos de torpedos a escasas millas de nuestras costas, con un balance trágico de cientos de marinos cubanos tragados por el mar.
El proceso contra Lunning duró dos meses y tres días, desde el momento en que el secretario del tribunal le notificó la sentencia de muerte por fusilamiento., en su celda del Castillo del Príncipe, el 9 de noviembre de 1942. Según los testigos, el espía recibió la noticia con el rostro pálido, las manos le temblaban ligeramente al firmar la notificación, pero sin un solo gesto que demostrara miedo, ni exclamación alguna.
Su abogado defensor, doctor Armando Rabell, le preguntó:
- ¿Cómo se siente usted?
- Imagínese-replico- de acuerdo con las circunstancias…
A las cuatro de la tarde entró en capilla, la celda donde debía permanecer sus últimas horas de existencia.
Se le dijo que la ley le permitía formular peticiones a las que se pudiera acceder.
- Deseo comer- dijo- pues tengo hambre. Escribir una carta a mi esposa, Edna Bárbara que vive en Hamburgo, en Alemania, con nuestro hijo de 3 años, jugar unas partidas de Parchessi (parchí) y que autoricen a mi amiga Rebeca a visitarme aquí en el calabozo.
Todo le fue concedido, a excepción de la visita de su misteriosa amiga, a lo que se opuso terminantemente el tribunal, rechazando reiteradamente su insistente solicitud.
Jugó con un carcelero tres partidos de parchí, ganando dos y perdiendo uno.
- En esto tengo más suerte- dijo.
Seguidamente pidió que le dejaran solo para escribir la carta a su esposa, de nacionalidad norteamericana. Invirtió en ello más de dos horas.
Ya los primeros rayos de sol llegaban al patio del penal, cuando dio fin a la carta, La introdujo en un sobre, la cerró, puso una dirección y llamó a su defensor, que no se separó de él durante su última madrugada.
- Doctor- le expresó con voz de ruego pero firme- Confío en que haga llegar esta carta a mi esposa y mi hijo.
A los religiosos de la Orden Dominico se les autorizó para suministrarle los auxilios espirituales y el consuelo cristiano. Uno de ellos permaneció varios minutos conversando quedamente con el reo en un rincón de la estrecha celda y luego le presentó un crucifijo que Lunning besó devotamente.
- Es un buen cristiano- exclamó el sacerdote al retirarse.
Poco después de las siete de la mañana se iniciaron los preparativos de su postrer caminata por los túneles abovedados, de piedra, de la vetusta fortaleza colonial, enclavada en una loma, frente a lo que es hoy la Plaza de la Revolución José Martí. Habían fracasado las peticiones de indulto elevados por el defensor. La última esperanza se había esfumado.
Por una disposición del Tribunal de Urgencia que juzgó al espía Lunning, se prohibió tomar fotografías o filmar la ejecución; se recomendó darle la menor publicidad al hecho y limitar el número de personas que asistirían a la misma: el Secretario del Tribunal, que debía dar fe del cumplimiento de la sentencia; dos médicos forenses; el abogado defensor y los ocho expertos tiradores del ejército y el oficial que debía cumplir el fallo.
A última hora el Ministerio de Defensa autorizó la asistencia de un número limitado de periodistas- ningún fotógrafo ni camarógrafo- que debían situarse en lo alto del muro de piedra que rodeaba el foso, al nordeste de la posta siete. Abajo a una distancia aproximada de 60 a 70 metros, en el centro de la explanada, cubierta por una fina hierba recién cortada, se había fijado un paral de madera para recostar al reo.
Entre el escaso número de periodistas autorizados para presenciar la ejecución, se hallaba el que esto escribe, representando al diario "Avance". Era la conclusión de una información, con todos los incidentes del proceso, que habíamos seguido durante dos meses. Pese a la disposición de los magistrados de que no debía darse mucha publicidad al caso - y de ahí la prohibición de tomar fotografías - la prensa de la época, de acuerdo con sus características de matiz sensacionalista, dedicó amplios espacios al proceso de Lunning.
A las 7,45 de la mañana, se vio que el reo trasponía el umbral del portón que conducía a los fosos, seguido de los dos religiosos que le hablaban casi al oído, el defensor, los funcionarios judiciales y el pelotón militar encargado de la ejecución. Le precedía un oficial del ejército, que sostenía en su mano derecha un sable desenvainado y cuya hoja brillante refulgía, a la luz de los rayos solares.
Lunning, de seis pies de estatura, fornido, con más de 200 libras de peso, pelo casi negro, tez pálida y bigote espeso bien recortado, caminaba lentamente, pero con pasos firmes. Sus manos esposadas a la espalda. Su rostro serio y postura arrogante. Vestía camisa azul, de playa, de mangas cortas; pantalón oscuro y zapatos negros.
Cuando la comitiva llegó al centro de la explanada, el dominico se acercó aún más al reo y le presentó el crucifijo que éste besó. Luego el religioso se retiró a pasos cortos.
Un sargento, integrante de la escolta militar, intentó vendarlo con un pañuelo negro que agitaba en su diestra. Lunning hizo un gesto negativo con la cabeza. Y el militar se alejó, complaciéndolo. En esos instantes el reo levantó la cabeza y dirigió su mirada hacia el grupo de periodistas, que desde lo alto del muro, presenciábamos la escena.
Solamente se escuchaban los pasos rítmicos de los soldados dirigiéndose al lugar donde debían cumplir la sentencia. Eran las 7,55 minutos. El oficial marchó a la derecha del pelotón ejecutor, frente a nosotros, y levantó el sable sobre su cabeza. Esos segundos parecían interminables y las manecillas del reloj detenidas. Todos estábamos en tensión, los nervio de punta.
De pronto la hoja acerada descendió rápida, reflejando un relámpago al cortar los rayos del sol y se escuchó claramente una voz fuerte que rasgó el silencio:
- ¡Fuegooo…!
Simultáneamente ocho detonaciones en un solo sonido, retumbó al chocar contra las paredes de piedra del Castillo del Príncipe y el eco, repitiéndose, se fue diluyendo por los túneles que se abrían al foso. Eran exactamente las 7,57 minutos.
Han pasado desde entonces casi cincuenta años). (Recordar que el libro se terminó de escribir aproximadamente entre 1989 y 1990. N. del E). Y aún tengo grabado en mi mente, como un film imborrable, aquella escena. Cuando el oficial levantó el sable anunciando lo irremediable y la eminencia de lo que ya no podría evitarse, Lunning se erguía altivo, toma posición de firme, se cuadra, mira de frente a los soldados y espera la descarga en atención militar. El sol le daba en el rostro. Su pelo rizo era sacudido por el fuerte aire matutino.
Al sonar la descarga cerrada, a impulso de los ocho impactos, cuatro a la cabeza y cuatro al pecho, éste dio un salto violento sobre sí mismo. Su cabeza comprimida contra el paral sobre el cual estaba recostado y su cuerpo, haciendo una macabra contorsión, se desplomó, resbalando sobre sus tacones en la base de cemento sobre la que había estado parado. Y allí quedó tendido bocarriba, inmóvil. Ni una convulsión, ni un estertor agónico. Su muerte, según los médicos forenses que lo examinaron inmediatamente, resultó instantánea. Su cabeza quedó apoyada donde antes tenía los pies. La pierna izquierda, montada sobre la derecha, unidas en las rodillas, se abrían formando un ángulo agudo-
El reportero no pudo menos que exclamar:
- ¡Ha formado la V de la victoria como una trágica ironía…!
Los forenses determinaron que el corazón no latía, que el pulso había cesado. No era necesario el tradicional tiro de gracia. No se realizó. Tampoco la autopsia. Todos los proyectiles habían dado en el blanco señalado. El certificado de defunción fue breve, señalando las causas de muerte en un lenguaje poco usual, como el hecho que lo originó. Decía sencillamente:
"Hemorragia interna de momentos de duración y la causa indirecta, ejecución de civiles por ejército beligerante".
Al ocuparse los objetos que tenía en los bolsillos, se encontró la fotografía de su esposa, que lo acompañó en sus últimos momentos. Le fueron quitadas las esposas que sujetaban sus manos a la espalda. Le tomaron las huellas digitales. Y poco después, el cuerpo inerte era introducido en un modesto ataúd, que colocado en un carro fúnebre era acompañado por algunos funcionarios, su defensor y varios periodistas. Su cuerpo inició su postrer viaje al Cementerio de Colón, donde sin ceremonias, ni despedidas, se depositó en una fosa común, recién abierta y cubierto con la tierra del olvido.
Días después, conversando con su abogado, el Dr. Rabel, éste nos expresó:
- Murió por salvar a su mujer norteamericana y su hijo, que se encontraban en Alemania, bajo vigilancia de los nazis.
Pero no quiso el letrado aclarar el alcance de sus enigmáticas palabras.
No debemos concluir estos recuerdos, sin dar a conocer el destino final de los restos del espía nazi. Según datos que hemos logrado obtener, Lunning fue sepultado el 10 de noviembre de 1942 en el campo FE Suroeste 22 CC, en el tramo llamado de la limosna o de los pobres, en el Cementerio de Colón de La Habana.
Sus restos fueron exhumados el 19 de junio de 1952. Posteriormente se autorizó el traslado de sus cenizas a la ciudad alemana de Bremen, a solicitud de sus familiares, posiblemente de su viuda. Es curioso que la inscripción de su inhumación en el registro de la necrópolis habanera aparezca con la misma fecha en que se produjo la exhumación.
Es posible que ello se produjera por dos posibles razones: para que no se conociera donde estaba sepultado el espía radista y evitar que así le rindieran homenaje los simpatizantes del nazi-fascismo, que no faltaban en aquella época en Cuba, o bien, por una negligencia de los empleados encargados de esa tarea. Nos inclinamos a creer en lo primero.
----- Original Message -----
From: evelinypepe
To: Javier Alvarez Ortiz
Sent: Wednesday, September 28, 2011 8:14 AM
Subject: de pepe.

Javier necesito que me bajes este trabajo si esta en pdf, yo lo tengo en html. recuerda el programa mapinfo. que interesante el articulo sobre lista de barcos hundidos. se denota que hay mas que los cuatro que siempre mencionan. saludos. Pepe.

pepeyevelin
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Re: el gobierno cubano y los espias alemanes.

Mensajepor pepeyevelin » Mié Nov 28, 2012 1:41 am

Somos del museo municipal habana del este,habana. Seguimos la pista a ataque de submarino a mercante en nuestras costas. Creemos que fue submarino italiano ?. Otro hecho que se investiga es un desembarco de submarinistas, de noche por la playa de Guanabo. Una red espia en guanabo?

pepeyevelin
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Re: el gobierno cubano y los espias alemanes.

Mensajepor pepeyevelin » Mié Dic 19, 2012 6:43 pm

PECIO DE TARARÁ. TEMA 1 (ENTREVISTAS A POBLADORES DE LA ZONA)
El 17 de septiembre de 2011 el buzo investigador Roberto Castillo, colaborador del museo del Habana del Este entrevistó al ciudadano Francisco Pérez Pérez, vecino de la calle Cocos e/e Real y Sánchez Gómez localidad de Barrera en el municipio de Guanabacoa. Francisco Pérez cuenta con 84 años de edad, nacido el 4 de octubre de 1927, hijo de Clemente Pérez y Isabel Pérez nacidos en Barrera.

El entrevistado plantea que durante la II Guerra Mundial muchas personas de Barrera se dedicaban a la quema de hornos para carbón vegetal de los maderas que cortaban en los manglares y de la costa, así como se alimentaban de cangrejos e hicacos que recogían en la playa. En una ocasión, se encontraba con su hermano y dos compañeros más frente a la casa de San Martín (nombre que le daban al corral o finca que abarcaba las inmediaciones de Tarará desde la colonia española) en una pequeña elevación existente y cuya orilla del mar les quedaba a unos 200 ms. En estos momentos en Tarará apenas había viviendas, destacándose en aquel entonces el Club Náutico de este lugar, recuerda Francisco que esto sería por los años 1945 estando en el poder Grau San Martín, sino se equivoca.

Que en horas de la tarde pudieron presenciar un combate naval frente a la boca del Río de Tarará, lo que para sus asombros vieron y sintieron los cañonazos de un barco que sólo se le podía ver una pequeña estructura metálica sobre la superficie, mientras que le disparaba a un ferri que trasladaba mercancía de La Habana hacia los EEUU; el ferri maniobraba hacia un lado y al otro tratando de esquivar los proyectiles que le impactaron, de él se observaba una buena cantidad de humo. Este hecho se produjo a unos 500, o 800 ms aproximadamente de la orilla, asustados se retiran del lugar. En el pueblo de Barrera no existían medios de comunicaciones y por lo tanto en muchos casos sobraban los comentarios por temor a lo que pudiera pasar. Al otro día fueron a la costa nuevamente y vieron allí una enorme cantidad de frutas de todos tipos, plátanos, melones y papas que estaban envasadas en tanques de maderas, así como una buena cantidad de maderas y parles de las estivas de las cargas que comenzaron a recoger, también las frutas. En el lugar no se presentaron autoridades durante el tiempo que esta faena duró, muchos barrerenses comieron de aquellos manjares que el mar les proporcionó.

Como estas visitas a la costa las realizaban esporádicamente no se recuerda el haber visto el casco del barco cerca de la orilla o la faena del desvalijo de la estructura metálica. Poco tiempo después merodeando por la playa encontraron un sujeto flotando en la orilla que vestía pantalón y traje civil de color azul oscuro, era de la tez blanca y el corte de su pelo igual al militar, lo amarraron por las piernas y clavando una estaca en la orilla lo ataron para evitar que la corriente se lo llevara mar afuera, se comentaba que se trataba de un espía alemán que se ajusticio y tiraron al mar, pero nadie de los de este lugar lo conocía.

Marcos Rodríguez Ochoa y Cáceres, natural del barrio de San Francisco, término municipal de Santa Cruz del Norte, nació el 16 de noviembre de 1918 y vino a residir para el poblado de Barrera alrededor del año 26 conjuntamente con sus padres y hermanos, el cual reside en estos momentos en la calle Real 107 entre Coco y Obispo. Marcos a pesar de sus casi 93 años posee buena salud, estado físico excelente y una buena memoria como para recordar los momentos vividos durante su juventud.

En la entrevista realizada el 29 de septiembre de 2011 pude constatar algunos datos de interés, respectos a los acontecimientos acaecidos durante la II Guerra Mundial en el litoral habanero, el cual refiriéndose a la época y los hechos que nos ocupan me plantea lo siguiente:

Que sobre el año 1945 se encontraba trabajando con Míster Wuester en la construcción de las calles de Tarará, precisamente frente a la casa del General del ejército Genovevo Pérez, y pasado las horas del mediodía pudieron ver todos los de allí cuando un submarino cañoneaba un barco bastante grande que se dirigía costa arriba, este barco llevaba gran cantidad de mercancías de diferentes tipos que al otro día pudieron recoger por toda la playa, consistente en tanques de papas, latas de dulces, frutas de diversos tipos, así como una buena cantidad de maderas preciosos. Reafirma que supieron que se trataba de un submarino porque vieron cuando se sumergió a unos cuantos metros del barco que cañoneó, el buque mucho más grande que el submarino se hundió a más de 500, 800 ms de la costa, frente por frente a la boca del río de Tarará, no se reportaron sobreviviente, tampoco tuvieron información al respecto. Aclara además que el barco hundido nunca salió a la superficie, tampoco se hizo alguna operación de rescate de maquinarias frente a la boca de Tarará. Plantea además, que conoció del sujeto que apareció muerto con corbata y traje en la playita del río pero la policía no dio paso al lugar, tampoco las personas de allí hicieron comentarios al respecto por conveniencias propias.

En las entrevistas realizadas podemos deducir la posibilidad de que el buque que estamos estudiando estuviera enmarcado en la época de los años 1850 en lo adelante, pues como pudimos ver en reciente inmersión este buque parece haber sido construido en épocas anteriores a la II Guerra mundial, pues así lo demuestra la construcción carente de ejes de la propela o túnel de esta a no ser que se tratara de propela de paletas lateral o de popa impulsadas por máquinas a vapor, cuya tarea estuviera destinada al traslado de la minería desde el muelle de Punta del Cobre a La Habana. Por otra parte se diferencia la punta aguzada de la proa y su elevación semejante a los barcos de la época llamados Clíper que no sólo fue de maderas, sino que se construyeron también con el casco de hierro. Un dato interesante hallamos en el inventario de Archivo No – 933 noviembre 1974, aparece informe del Señor Gabriel Zequeira de fecha mayo 11 de 1918 con los siguientes datos de interés: Minas de Cobre Rafaela, situada en la falda de una loma en la hacienda Guanabo, terreno del demolido ingenio de “Tibotibo,” barrio de Campo Florido, término municipal de Guanabacoa, es explotada por la Condesa de Campo Florido en 1850 – 1853. El mineral se trasladaba por arrias de mulas hasta Punta de Cobre para su embarque. Esta información me hace pensar que este buque fuera unos de los usados para estos menesteres el cual de una forma u otra hubiera tocado fondo en un bajo más al norte noroeste donde se pueden hallar vestigios en el fondo.

Para ser más preciso en esta investigación independientemente que se busque en los archivos o prensa de la época debemos dirigir las próximas inmersiones en hallar:.......

pepeyevelin
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Re: el gobierno cubano y los espias alemanes.

Mensajepor pepeyevelin » Mié Dic 19, 2012 6:59 pm

Contesta del historiador Maximino Gomez. Especialista en la guerra de submarinos en el Caribe, al historiador Javier Alvarez sobre combate de Tarara.

Encantado de contestarte. Yo he estado investigando durante más de 10 años la actuación de la flota submarina alemana en el área del Caribe y Golfo de México. He investigado en archivos de Alemania, Inglaterra y Estados Unidos y he tenido la oportunidad de revisar pormenorizadamente el diario de operaciones de todos los submarinos nazis que operaron en esta zona durante todo el conflicto bélico, de modo que tengo un record bastante completo de todos los buques que fueron hundidos en estas aguas, dicho estudio aparecerá en mi próximo libro "El Incidente 3208: hundimiento del U-176 en el Canal de san Nicolás"; no obstante, puedo adelantarte que ningún buque de esas características y en esas fechas y lugar aparece como hundido por submarinos alemanes, al menos que yo conozca. Sin embargo, después de entrevistar personalmente al ex comandante de la flota submarina alemana Alfred Eick, este me índico algunos datos concernientes a la labor de la flota italiana en las proximidades de Cuba, lo que me fue corroborado por Oswlad Kulick, exjefe de comunicaciones del "Aviso Grille", que fuera yate personal del Führer Adolf Hitler. En mis indagaciones encontré testimonios del hundimiento de una patana, utilizada en el transporte de cabotaje, que fuera hundida por un submarino italiano al este de la bahía de La Habana, en una franja de territorio costero algo impreciso, de modo que pudiera tratarse de la embarcación a la que haces referencia, pero yo no poseo documentos probatorios al respecto, salvo esta información oral a la que te he hecho referencia. Habrá que investigar más, pues queda mucho por desentrañar. Me gustaría conocer más de la laborqueestasrealizandoypoderintercambiarinformación
Saludos

Maximino Gómez

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Re: el gobierno cubano y los espias alemanes.

Mensajepor pepeyevelin » Jue Ene 03, 2013 2:40 pm

Gracias Señor Maximino. Debemos hacer dos cosas. seguir buscando en archivos. y continuar con la exploracion submarina. Ahora estamos esperando por la logistica. sobre el u-boat 176 le contaba que un miembro del equipo lo vio, es una historia vieja. el otro u-boat hundido al norte de Camaguey tambien esta localizado, este fue hundido por la aviacion norteamericana. quisiera mas informacion sobre el mismo. un saludo. Pepe.


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