La última horca, Eichmann es ajusticiado en 1962

Todos los personajes de la Segunda Guerra Mundial

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STAUFFEMBERG
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Para Hartmann

Mensaje por STAUFFEMBERG » Vie Sep 19, 2008 8:23 pm

Es magnifico. Habia leido muy poco hasta el momento acerca de Eichman. Asi que continuare pegado a la pantalla hasta que aparezca el siguiente post.Gracias.

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Erich Hartmann
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Mensaje por Erich Hartmann » Sab Sep 20, 2008 3:14 pm

Después de la Pascua de 1952, un amigo me llamó desde Altaussee : Frau Eichmann y sus hijos habían desaparecido. Ninguno de los tres muchachos volvió a la escuela después de las vacaciones.

Informé a la policía americana y a la austríaca. Todo el mundo se preguntaba por qué Frau Eichmann había sacado a los niños de la escuela a mitad de curso, pues sin un certificado de estudios no serían admitidos en ninguna otra escuela de Austria ni de Alemania.

La policía austríaca descubrió que alguien había desenterrado algo cerca de la casa de la calle Fischerdorf, número 8. Hasta la fecha no se ha averiguado si se trató de oro, documentos u otra cosa. Empecé por comprobar quién había provisto a Frau Eichmann —«Verónica Liebl, ciudadana alemana» de Altaussee— de pasaporte. Mediante la intervención de la «Deutsche Fürsorgestette» (organización social alemana) de Graz, el consulado alemán había concedido el pasaporte a Verónica Liebl y sus tres hijos.

El alquiler mensual de la casa de Altaussee se continuaba pagando y todos los muebles seguían allí, pero ello no engañaba al vecindario. Unos me dijeron que los Eichmann se habían marchado al Brasil; otros aseguraban haber oído decir que Frau Eichmann se había embarcado a Sindolfheim, Baviera, «a vivir con su madre». Como de costumbre, los rumores de Altaussee carecían de fundamento. Nadie vio jamás a Frau Eichmann en el Brasil y ella nunca estuvo en Sindolfheim. Y así quedaron las cosas.

Con anterioridad, en 1948, habiendo recurrido a un médico a causa del insomnio y siguiendo su consejo de que tratara de ocuparme al caer la noche en algo que alejara las preocupaciones de mi mente, empecé a coleccionar sellos de correo. Este pasatiempo me ha proporcionado desde entonces horas agradables y me ha facilitado entrar en relación con personas de muchos países y hasta, incluso, me dio una nueva pista en el caso Eichmann cuando ya no me quedaban recursos de orientación.

A fines de 1953, conocí en el Tirol un anciano barón austríaco que me invitó a visitar su villa de los alrededores de Innsbruck, ya que éramos ambos apasionados filatélicos y el barón quería mostrarme su colección. Pasé una agradable velada y después de admirar sus sellos, abrió una botella de vino y charlamos. El barón era un probo anciano, monárquico hasta la raíz y católico devoto. Me escuchó con profundo interés cuando le hablé de mi trabajo y luego me dijo que conocía destacados jefes nazis tiroleses que ocupaban otra vez puestos importantes, «como si nada hubiera cambiado», cosa de veras sorprendente.

El barón se levantó, abrió un cajón lleno de sobres reservados a sus sellos más raros y mientras los mirábamos me habló de un amigo suyo de la Argentina, ex teniente coronel alemán que no había ascendido dentro de la Wehrmacht por tener fama de antinazi. Precisamente el año anterior, añadió, se había marchado a la Argentina donde trabajaba ahora como instructor del ejército de Perón.

—Acabo de recibir carta de él —me dijo el barón alargándome el sobre—. Bonitos sellos, ¿no? Yo le preguntaba en una carta si había encontrado allí a alguno de nuestros antiguos camaradas y vea lo que me contesta:

«Hay algunas personas conocidas. De seguro recordará al teniente Hoffmann de mi regimiento y al Hauptmann Berger de la 188 División. Hay también algunas otras que usted no conoce, pero ¡Imagínese con quién me encontré!; es más, con quién tuve que hablar un par de veces: dieses elende Schwein Eichmann, der die Juden kommandierte. (Ese asqueroso puerco de Eichmann, el que se ocupaba de los judíos).

Ahora vive cerca de Buenos Aires y trabaja para una compañía de aguas.»

—¿Qué le parece? —me preguntó el barón—. Algunos de los peores criminales lograron escapar.

No contesté, temiendo que el barón notara mi turbación. Ahora no se trataba de un rumor que corría por Altaussee: era un hecho. Como con desgano, le pedí que me dejara ver la carta y fingiendo interesarme por los sellos argentinos volví a leer el pasaje que hablaba de Eichmann y retuve en la memoria cada una de las palabras. Luego, al llegar al hotel, escribí el texto tal y como lo recordaba. Mi júbilo fue de corta duración pues aun suponiendo que diéramos con un hombre parecido a Eichmann que vive cerca de Buenos Aires y que trabaja para una compañía de aguas, ¿cómo íbamos a poder prenderle? ¿Qué podía hacer yo, simple ciudadano, a medio mundo de distancia? Los alemanes constituían un poderoso partido político en Argentina, donde el ejército de Perón era adiestrado por alemanes, industrias argentinas dirigidas por expertos alemanes y bancos argentinos sostenidos por los millones del capital alemán fugado.

Eichmann debía de sentirse completamente seguro en la Argentina, porque de no ser así, no habría mandado llamar a su familia. Quizá contara allí con amigos poderosos. ¿Cómo, de no ser así, se atrevería a vivir en una ciudad en la que residían más de 200.000 judíos, corriendo siempre el riesgo de que le reconocieran?

Comprendí que mi labor de detective privado había terminado, que de ahora en adelante, personas más influyentes tendrían que hacerse cargo de la tarea. Arie Eschel, cónsul israelí en Viena, me pidió que preparase para el Congreso Mundial Judío un completo informe sobre el caso. Escribí un informe que comenzaba con la primera mención del nombre de Eichmann de que tuve conocimiento y terminaba con el pasaje de la carta que el barón austríaco había recibido. Añadí fotografías de Eichmann, copias de todas sus cartas personales, muestras de su caligrafía y envié una copia al Congreso Mundial Judío de Nueva York y otra al Consulado Israelí de Viena.

No obtuve contestación alguna de Israel. Dos meses después de enviado el material, recibí una carta de Nueva York de cierto rabí Kalmanowitz (que yo no sabía quién era), diciendo que había recibido el material y que «me agradecería que le enviara la dirección exacta de Eichmann en Buenos Aires». Le contesté que enviaría un hombre a Sudamérica si él podía pagar los gastos de viaje y darle además 500 dólares. El rabí Kalmanowitz me contestó diciendo que no tenía dinero.

Había llegado el momento de dejarlo correr: a nadie le importaba Eichmann. Los israelíes tenían razón en preocuparse más por Nasser. Cerré el Centro de Documentación en marzo de 1954, empaqueté todos los archivos —en varias cajas que pesaban exactamente 532 kilogramos— y los envié al Archivo Histórico Yad Yashem de Jerusalén. Me guardé sólo un gran dossier: el dossier Eichmann.


Continúa...


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Mensaje por Erich Hartmann » Dom Sep 21, 2008 1:50 pm

Cinco años después, la mañana del 22 de abril de 1959, leyendo el diario de Linz Oberosterreichische Nachrichten vi en la última página una esquela de Frau María Eichmann, madrastra de Adolf Eichmann. A continuación del nombre, figuraban los de los familiares pero el de Adolf Eichmann no venía entre ellos si bien el último era el de «Vera Eichmann». La gente no miente, generalmente, en las esquelas y allí ponía «Vera Eichmann». Al parecer, Frau Eichmann ni se había divorciado ni se había vuelto a casar. Recorté la esquela y la puse en cabeza del dossier Eichmann.

A fines de agosto de 1959, una llamada telefónica de Linz me llegó a Murten, Suiza, donde pasaba las vacaciones con mi familia. Me dijeron que varias personas habían visto a Adolf Eichmann en Altausse sin error posible. Unas pocas semanas antes la revista alemana Der Stern había publicado una operación de inmersión en el lago Toplitzsee, reavivando el interés del público por los «tesoros nazis» hundidos en los lagos de la región. Comuniqué la noticia al embajador israelí en Viena y decidí regresar inmediatamente. Mi esposa se sintió muy desdichada, con toda la razón pues quedándonos todavía doce días de vacaciones pagadas, no veía por qué teníamos que marcharnos así. Le contesté que teníamos que marcharnos, que yo no podía quedarme en la lejana y pacífica Suiza. No hubiera podido disfrutar las vacaciones.

Los tiempos habían cambiado otra vez. En las últimas semanas, la prensa israelí venía publicando nuevas historias sobre Eichmann, dando cuenta de sus crímenes y especulando sobre su posible paradero. Por entonces también tuvieron lugar, en Alemania y en Austria, muchos juicios contra criminales nazis. La carta que dirigí al embajador israelí llegó en momento oportuno, pues éste la envió a Jerusalén y dio una copia a la Federación de Comunidades Judías de Austria, con sede en Viena, que se encargó de informar al ministro del Interior austríaco, quien a su vez pidió a las autoridades que se pusieran en contacto conmigo. Eichmann seguía aún en las listas austríacas de «reclamados por la justicia».

En cuanto regresé a Linz, me puse al habla con mis amigos y, naturalmente, no era Adolf Eichmann la persona que habían visto en Altaussee sino uno de sus hermanos, otro de los rumores de Altaussee. Pero las cosas empezaron a moverse. Dos jóvenes de Israel, que yo llamaré Michael y Meir, vinieron a verme porque habiéndose despertado allí gran interés por el caso me pedían continuara a partir del momento en que abandoné la empresa en 1954. En Frankfurt am Main, el ministerio público encargado de preparar el juicio contra los SS de Auschwitz, me dijo que Eichmann encabezaba la lista de acusados criminales y me pidió mi colaboración. De modo que antes de que pudiera darme cuenta, me hallaba otra vez envuelto en el caso Eichmann.

Empecé por releer entero el dossier Eichmann. Como la principal cuestión a plantear era si Eichmann residía aún en Buenos Aires o no me fui al Tirol para obtener del anciano barón el nombre de aquel amigo de Buenos Aires que le dirigió aquella carta seis años atrás. Pero el barón había muerto y la colección de sellos había sido vendida.

A continuación envié a uno de mis hombres a visitar a la madre de Frau Eichmann y si bien María Liebl no se mostró muy comunicativa con el visitante, admitió que su hija se había casado con un sudamericano llamado «Klems» o «Klemt». Añadió que no tenía su dirección, ni recibía cartas, y que hiciera el favor de dejarla en paz.

Envié esta pequeña información a Israel, de donde recibí un mensaje el 10 de octubre de 1959, que decía habían hecho indagaciones en Sudamérica y dado con la dirección de Frau Eichmann de la que se decía vivía en «pretendido matrimonio» con un alemán de nombré Ricardo Klement. Yo estaba convencido de que aquel era un matrimonio auténtico: de que Frau Eichmann vivía con su marido Adolf Eichmann pues de no ser así la familia Eichmann de Linz no la hubiera mencionado como «Vera Eichmann» en la esquela. Como los hijos Eichmann vivían en Buenos Aires con sus padres, se me ocurrió que probablemente estarían registrados en la Embajada alemana de allí ya que pronto entrarían en quintas. Pedí a un amigo que hiciese una discreta y reservada comprobación al respecto y éste me notificó que sí, que realmente los chicos Eichmann habían sido registrados bajo su verdadero nombre. (Un funcionario, con gran turbación, alegó que «él no sabía que aquellos eran los hijos de Adolf Eichmann»).

El 6 de febrero de 1960, el Oberosterreichische Nachrichten de Linz publicaba la esquela de Eichmann padre, Adolf Eichmann, fallecido el día anterior. Entre las «hijas políticas» nombraba otra vez a «Vera Eichmann», Envié el recorte a Israel por correo aéreo. Pensé que como Adolf Eichmann tenía afecto por su padre, sus hermanos le notificarían que había fallecido y había por tanto una aunque remota posibilidad de que Eichmann acudiera al funeral. Me informaron de que el funeral no tendría lugar hasta al cabo de cinco días «porque la familia esperaba parientes del extranjero». Uno de los hermanos de Eichmann, Emil Rudolf, vivía en Frankfurt am Main.

Michael y Meir no me habían dicho lo que los israelíes pensaban hacer en Buenos Aires pero sí que tenían que saber con certeza que se trataba del hombre en cuestión, por lo que necesitaban con urgencia una fotografía del Adolf Eichmann actual. Noteníamos ninguna fotografía reciente pero se me ocurrió que podíamos obtener algo quizás igualmente útil. Dos días antes del funeral, fui al cementerio y busqué el lugar de la tumba, dándome cuenta de que lo que se me ocurrió podría realizarse incluso en un día oscuro de invierno. Tomé un tren para Viena y hablé en el Pressklub con dos amigos míos, fotógrafos profesionales, pidiéndoles que se vinieran a Linz y fotografiaran a toda la familia Eichmann alrededor de la tumba durante el funeral. Añadí que cuidaran de que nadie les viera.

Hicieron un estupendo trabajo. Escondidos tras las grandes lápidas, a una distancia de unos doscientos metros, tomaron buenas fotografías de los miembros concurrentes al funeral, a pesar de que la luz distaba mucho de ser favorable. Por la noche tuve ante mí ampliaciones de las fotografías de los cuatro hermanos de Eichmann: Emil Rudolf, Otto, Friedrich y Robert. Me indicaron quién era Emil Rudolf, el hermano de Frankfurt a quien yo nunca había visto con anterioridad. A Otto, Friedrich y Robert, yo ya los conocía. Desde luego, Adolf no había asistido al funeral.

Los fotógrafos se marcharon, dejándome solo con las fotografías dándoles vueltas, comparándolas. Saqué de mí archivo la antigua fotografía de Adolf Eichmann tomada en 1936, veinticuatro años atrás, y comprobé que junto a las de sus cuatro hermanos, Adolf parecía un hermano más joven. Con una lente de aumento estudié los rasgos de los cinco hermanos. Muchas personas me habían dicho que Adolf Eichmann se parecía mucho a su hermano Otto y observando las fotografías con la mencionada lupa comprendí de pronto por qué tanta gente había afirmado haber visto a Adolf Eichmann en Altaussee en los últimos años: habían visto a su hermano. Todos se parecían mucho; el aire de familia era asombroso. Pensaba en el problema con que se enfrentarían los israelíes en Argentina, ya que las fotografías que tenían de Eichmann habían sido tomadas veinticuatro años atrás y no poseían sus huellas dactilares. Hacía unos años corrieron rumores probablemente procedentes de la SS clandestina, de que Eichmann se había hecho practicar una operación de cirugía plástica, pues, al parecer, había sufrido un accidente de motocicleta y tenía una cicatriz en la frente, justo debajo la línea del pelo. Un antiguo subalterno de Eichmann, Wisliceny, había mencionado aquella cicatriz en la descripción de Eichmann, confirmada por el testimonio de Krumey, otro ayudante de Eichmann, en Nuremberg. Mirando las fotografías que tenía enfrente me convencí de que la cirugía plástica no habría logrado alterar el rostro de Eichmann en lo básico.

Si el «Ricardo Klement» de Buenos Aires era Adolf Eichmann, su rostro habría sufrido las mismas evoluciones de los cinco rostros de sus hermanos. Recorté de las fotografías las caras de los cuatro hermanos que habían asistido al funeral y el rostro de la antigua fotografía de Adolf Eichmann, barajé los rostros como si fueran naipes y entonces un rostro que los resumía todos surgió: quizás el de Adolf Eichmann.

Cuando los jóvenes israelíes Michael y Meir vinieron a verme otra vez, eché la «baraja» Eichmann:

—Este es el aspecto que él tendrá ahora: probablemente se parecerá mucho a su hermano Otto. Fijaos en que los cinco hermanos tienen la misma expresión facial: mirad la boca, las comisuras, la barbilla, la forma del cráneo. Michael asintió con la cabeza sin dejar de mirar las fotografías.

—¡Fantástico! —dijo.

Meir, cogiéndolas, preguntó:

—¿Podemos llevárnoslas?

De pronto les entró prisa y no quise detenerlos ni un segundo. No volví a saber de ellos; así, que supongo que no volvieron a necesitarme. Hice cuanto podía hacer.

El lunes 23 de mayo de 1960 el Primer Ministro David Ben Gurion comunicó al Knesset (Parlamento) israelí que Eichmann había sido capturado y que se hallaba en una prisión de Jerusalén. Pocas horas más tarde recibía yo un cable de felicitación del Yad Vashem de Jerusalén.

Algún tiempo después de la captura de Eichmann me encontré con uno de mis antiguos «clientes» que en otro tiempo fue destacado SS. Ahora, de vez en cuando, suele venir a mi oficina para charlar un rato conmigo de los aciagos días pasados.

Aquel día se presentó, dio un golpe de tacón, me tendió la mano y dijo:

—Le felicito, señor Wiesenthal. Saubere Arbeit (¡Buen trabajo!.)

Y lo decía en serio, además.



FIN

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partisano
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Mensaje por partisano » Dom Sep 21, 2008 3:34 pm

Hola a todxs:
Aun quizás a a sabiendas de resultar reiterativo, no puedo menos que dar de nuevo las gracias por el esfuerzo y elaboración de tan estupendo post . Muchas gracias por el tiempo dedicado a ilustrarnos a los que ,como yo ,estamos aun en pañales en este universo que es la IIWW.
Saludos.
Pd.Espero poder aportar dentro de poco algo más que el agradecimiento por todos los gratos momentos que paso en este Foro...
Conocer el pasado,comprender el presente,conquistar el futuro...
El hombre nace libre,responsable y sin excusas. Jean Paul Sartre

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Claus von Stauffenberg
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La última horca

Mensaje por Claus von Stauffenberg » Mié Jun 17, 2009 10:52 pm

Genial mensaje. :sgm120:
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Deine Zauber binden wieder,
Was die Mode streng geteilt;
Alle Menschen werden Brüder,
Wo dein sanfter Flügel weilt.

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Re: La última horca

Mensaje por Audie Murphy » Lun Abr 11, 2011 10:22 pm

El museo Yad Vashem sube íntegramente la filmación del juicio a Eichmann

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"El mal existe cuando las personas buenas no hacen lo que es correcto"

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