La Marcha sobre Roma

Acontecimientos políticos, económicos y militares relevantes entre noviembre de 1918 y septiembre de 1939

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Erich Hartmann
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Mensaje por Erich Hartmann » Sab Feb 24, 2007 4:13 pm

Leyes antiesclerosis

La experiencia alemana mostraba al Fascismo italiano sus limitaciones y tareas pendientes. Los fascistas no necesitaban a los nazis para saber que su revolución estaba estancada y que era necesario un nuevo impulso, pero es evidente que el mayor éxito de los nazis constituyó un acicate para ello. Cuando, hacia 1936 Mussolini inicia su ofensiva contra la burguesía, mantiene a Italia en estado continuo de beligerancia o lanza leyes antihebreas, está ciertamente emulando a su amigo-aliado alemán, pero está al mismo tiempo dando una respuesta, la única posible dentro del ideario fascista, a la esclerosis que empieza a afectar a la revolución fascista.

A la altura de 1936, los dos regímenes fascistas iniciaron un proceso de radicalización, cuyos resultados serían no obstante bien diversos. En muchos sentidos, sin embargo, no hizo falta esperar a la caída del Fascismo italiano, en abril de 1943, para que la mayoría de los movimientos fascistas se decantara progresivamente hacia un modelo como el alemán, que demostraba una coherencia fascista superior al inicial modelo italiano. Para muchos sectores conservadores, en cambio, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial, cuando las armas alemanas dominaban Europa, el modelo italiano vería casi multiplicado su valor como punto de referencia. En algunos países, como Francia y Reino Unido, donde la derecha liberal se bastaba por sí misma para arreglar las cuentas con la izquierda sin tener que recurrir al siempre incómodo aliado fascista, el Fascismo pudo ser visto como un objeto lejano digno de una cierta y benevolente atención. Tal fue el caso, por ejemplo, de aquellos conservadores anglosajones que apreciaron la virtud para Italia, y otros países similares, de un tipo de régimen que conseguía la destrucción de la izquierda revolucionaria, garantizaba el orden y conseguía que “los trenes llegasen a su hora”, Churchill dixit. Mucho más relevante fue la actitud de aquellos conservadores que habían optado abiertamente por la vía de la destrucción de la democracia en su propio país. Para estos, en efecto, el Fascismo, mucho más que una saludable experiencia lejana, constituía un modelo del que se podían extraer muchas y decisivas enseñanzas.

A lo largo de los años treinta, sectores fundamentales de la derecha conservadora tomaron el Fascismo como fuente de inspiración en su camino de alejamiento de la democracia liberal. Todos coincidían en apreciar en el Fascismo su carácter de masas, su antimarxismo y antiparlametarismo y su eficacia en la lucha contra las organizaciones obreras. Pero sobre todo, admiraban el modelo de Estado que los fascistas estaban construyendo en Italia. En parte, porque éste parecía responder en lo fundamental a sus intereses; en parte, porque no existía otro modelo actualizado de dictadura adecuada a las contradicciones que la sociedad contemporánea planteaba. Para la vieja derecha conservadora, que no había acabado de asumir la democracia liberal, su modelo de Estado podía estar en un pasado más o menos remoto, pero en el presente sólo había uno relativamente aprovechable: el Fascismo italiano. Lo mismo sucedía para la nueva derecha radical o autoritaria, consciente de que una dictadura pura y dura, como la que ellos preferían, no podía legitimarse sin adoptar un andamiaje institucional y retórico similar al ofrecido por la experiencia italiana.

Algunos de estos sectores se sintieron atraídos por el modelo de Estado que ofrecía la Italia fascista: apreciaban que el Fascismo les hubiera liberado de los desafíos o amenazas que pesaban sobre los intereses a que respondían: el socialismo, reformista o revolucionario, para el mundo de los negocios; el pacifismo y el antimilitarismo, para el ejército; el avance del laicismo para las Iglesias; los progresos de la democracia, para todos. Pero el Fascismo, que era todo esto, no era sólo esto. Estaba “contra la revolución”, pero en nombre de un nuevo tipo de revolución; su alternativa a la democracia liberal era un populismo que debía conceder un protagonismo especial a las masas encuadradas y movilizadas; su interclasismo le obligaba a ceder espacios al sindicalismo fascista; su nacionalismo absoluto tendía a chocar con intereses parciales establecidos en el interior y a emprender peligrosas aventuras en el exterior; su voluntad totalitaria del control absoluto de las conciencias hacía inevitables los encontronazos con las Iglesias.

El “lado bueno” del Fascismo

Los distintos grupos conservadores lo sabían, y su estrategia pasaba por aprovechar al máximo las ventajas del Fascismo prescindiendo de sus inconvenientes. Al igual que los nazis, asumieron como modelo jurídico-institucional el del régimen italiano. A diferencia de éstos, y de los propios fascistas italianos, definieron una estrategia de defensa del propio Estado y sus aparatos fundamentales frente al acoso fascista; al ejército frente a la milicia; a la diplomacia tradicional frente al aventurerismo del partido; a la burocracia heredada frente al empuje del arribismo fascista; a los ministerios oportunos frente al sindicalismo fascista. En resumen, defendían al Estado autoritario en todo aquello en que éste se veía amenazado por el dinamismo
fascista.

Por eso, el Fascismo italiano, y no el alemán, se constituyó en el punto de referencia esencial para los conservadores fascistizados. En el primero había una situación de relativo equilibrio en la que el componente fascista de la alianza parecía controlado; en el segundo, la situación era justamente la inversa. No es que el modelo italiano fuese el ideal y si se asumía era sólo parcialmente, con la intención de introducir las correcciones necesarias en un sentido tradicional, conservador. Del alemán se podía admirar su fortaleza y potencia internacional, pero también temerla.

Lo que resultó fue la paradoja de que los conservadores de prácticamente todas partes empezaron a jugar la carta italiana en clave defensiva frente a la presión alemana. Así sucedió en algunos países de la Europa Central y Oriental y también, en cierto modo, en España. En este contexto, la Italia fascista, en la medida en que quiso jugar una política relativamente autónoma frente a su poderoso aliado, se encontró más de una vez en la incómoda posición de tener que apoyar en otros países a los sectores menos fascistas de la alianza contrarrevolucionaria, frente a unos fascistas cada vez más seducidos por la experiencia alemana.

Lo que pretendían los conservadores no era en modo alguno fácil. Se trataba en cierto modo de conseguir la cuadratura del círculo. Esto es, de llegar en muchas ocasiones al poder apoyándose o instrumentando a los fascistas autóctonos para construir un tipo de Estado cuyo modelo era precisamente el de una dictadura fascista… con el fin último de imponerse, prescindir o simplemente eliminar a sus propios fascistas. Y, sin embargo, lo consiguieron en prácticamente todas partes. En España, Portugal, Rumania, Polonia, Grecia, Hungría y un largo etcétera, estos grupos conservadores que habían acertado a tomar del Fascismo todo lo que de él les interesaba y definido una estrategia que les permitiera prescindir de todos sus inconvenientes, llegaron al poder y establecieron dictaduras, cuya principal fidelidad fue a las clases dominantes y dirigentes tradicionales y en las que los fascistas autóctonos pudieron ser subordinados, integrados, reprimidos y hasta eliminados. Estos procesos no fueron lineales y difirieron en los distintos países. Tras el inicio de la Segunda Guerra Mundial, el factor internacional desempeñó un papel fundamental. Algunos de estos regímenes, como la Francia de Vichy, fueron impuestos aprovechando la victoria de las armas alemanas; otros, como el austríaco, desaparecieron víctimas de las mismas armas; el rumano, en cambio, recibió el espaldarazo nazi frente al movimiento fascista autóctono; en Hungría, los nazis llevaron al poder a los fascistas autóctonos –La Cruz y la Flecha–, pero en fecha tan tardía como 1944; la mayoría, en fin, desaparecieron con el propio Fascismo. Aunque hubo dos, el español y el portugués, que le sobrevivieron largamente.


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Mensaje por Erich Hartmann » Sab Feb 24, 2007 5:22 pm

Para saber más:

NOLTE, E., El fascismo en su época, Barcelona, Península, 1971.
La guerra civil europea, 1917-1945. Nacionalsocialismo y bolchevismo, México, FCE, 1994.
PAYNE, S., Historia del Fascismo, Barcelona, Planeta, 1995.
TANNENBAUM, E. R., La experiencia fascista. Sociedad y cultura en Italia (1922-1945), Madrid, Alianza, 1975.
TASCA, A., El nacimiento del fascismo, Barcelona, Crítica, 2001.

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Mensaje por siemprefidel » Mar May 20, 2008 12:33 pm

Hola,
me permito añadir otra referencia bibliográfica, en este caso específicamente sobre la Marcha sobre Roma.
Es en italiano, y se puede comprar por internet. Me lo leí hace unos meses y es muy bueno.

autora: Giulia Albanese
título: La marcia su Roma
Editora: Laterza
Lugar de edición: Bari (I)
Año: 2006
Páginas: 293
I'll teach my eyes to see
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tigre
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Re: La Marcha sobre Roma

Mensaje por tigre » Sab Ago 31, 2019 8:10 pm

Hola a todos :-D; a seguir un artículo interesante al respecto................................

28 de octubre de 1922, la marcha sobre Roma: ¿qué pasó en esos días?

La marcha sobre Roma por los leales del Duce siempre ha representado un mito: es el día cero del calendario fascista y el momento que sancionó la superación de la democracia parlamentaria en nombre de lo que llamaron una vigorosa revolución fascista. ¿Pero qué pasó realmente ese 28 de octubre de 1922?
 
Hoy, los historiadores, en lugar de marchar sobre Roma, hablan de un gran (y exitoso) farol interpretado por Mussolini, quien no marchó sobre Roma en persona, pero fue testigo de la evolución de la situación en Milán (llegando a la capital unos días después). Además, la marcha no duró un día, sino varios días: del 26 al 30 de octubre.

El trasfondo.

La marcha tuvo lugar después de meses de violencia de los escuadristas contra las sedes y miembros de partidos y sindicatos de izquierda, y en un contexto democrático comprometido por la sucesión de gobiernos débiles. En ese lluvioso octubre de 1922, el jefe de gobierno era Luigi Facta, quien para Mussolini era un personaje irrelevante: "Cuando lo veo quiero arrancarle el bigote", dijo.
 
El objetivo del futuro Duce era expulsarlo y obtener el liderazgo del país al forzar la mano del rey, Vittorio Emanuele III, quien debería haber decidido, durante el transcurso de ese evento subversivo, si ceder a la presión de los fascistas e instruir a Mussolini para formar un nuevo gobierno o declarar un estado de sitio, arriesgando una guerra civil.

A la capital!

La marcha comenzó el 26 de octubre, con Perugia como sede de la iniciativa. De ahí que el quadrumviri (entre los cuales Italo Balbo) nombrado unos días antes por Mussolini coordinara las operaciones. El 27 de octubre, unos veinte mil camisas negras salieron de Santa Marinella, Tivoli, Monterotondo y Volturno y, viajando en tren, se dirigieron a la capital, defendida por 28.400 soldados.
 
Mussolini no estaba con ellos: tejió los hilos de su ascenso al poder desde Milán, donde dirigió el periódico Il popolo d'Italia. Cada hora que pasaba el clima se volvía cada vez más incandescente: desde diferentes regiones de Italia, las squadre di combattimento intentaban llegar a Roma requisando los trenes (pero a menudo descubrían que los rieles habían sido arrancadas por los militares decididos a boicotear la marcha).

El dia mas largo.

A las 06:00 horas de la mañana del 28 de octubre, el gobierno declaró el estado de sitio, pero el rey (a las 08:30) se negó a refrendarlo y Luigi Facta renunció: el país estaba sin gobierno (y fuera de control). Mientras las camisas negras entraban a la capital, amenazando con ocupar los ministerios, Mussolini fue convocado por el rey. Llegará a Roma el 30 de octubre (viajando en tren, en camarote): solo entonces el rey le conferirá oficialmente la tarea de formar un nuevo gobierno de coalición.

Mussolini había tenido éxito en su plan: asustar a las instituciones y tomar el mando del país por la fuerza. Durante su discurso de inauguración frente a la Cámara de Diputados (16 de noviembre) se presentará con el ahora famoso discurso de vivac: "Podría haber hecho de esta sala sorda y gris un vivac de manípulos. Podría bloquear el Parlamento y constituir un Gobierno exclusivamente de fascistas. Podría: pero no he querido, al menos en esta primera vez ".
 
El fascismo había comenzado oficialmente.

Imagen
Mussolini y sus camisas negras en la mítica "Marcha sobre Roma"..................................

Fuentes: https://www.focus.it/cultura/storia/28- ... e-successo
https://pictures.abebooks.com/WILLIBOOK ... 7206_3.jpg

Saludos. Raúl M 8).
Irse a pique, antes que arriar el pabellón. Alte G. Brown.

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