Neutralidad española durante Primera Guerra Mundial

Acontecimientos políticos, económicos y militares relevantes entre noviembre de 1918 y septiembre de 1939

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maxtor
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Neutralidad española durante Primera Guerra Mundial

Mensajepor maxtor » Mar Jul 12, 2016 11:21 am

Saludos cordiales.

El estudio de los países neutrales durante la primera guerra mundial ha sido poco extenso. En las historias globales de la Gran Guerra, probablemente solo se ha incluido a los neutrales, si acaso, como fenómenos secundarios. Esto se debe en parte, a que los neutrales tradicionalmente han sido considerados al margen de la gran sangría europea. Mientras que claramente era el caso desde el punto de vista militar, el efecto de la PGM sobre los países neutrales fue significativo y estos no pudieron mantenerse aislados y pacíficos en un continente devastado por la guerra. Las confrontaciones armadas que los rodearon incrementaron la intensidad de los conflictos domésticos y presionaron a los Gobiernos a enfrentarse a los agravios sociales, políticos y económicos que emanaban de los diversos sectores de sus poblaciones.

En el libro de Robert Gerwarth y Erez Manela, “Imperios en Guerra, 1911-1923”, se analiza el caso concreto de la neutralidad española en su capítulo 14 en colaboración con James Matthews, el libro explora cómo los países neutrales experimentaron la Gran Guerra como partícipes involuntarios y víctimas de un conflicto y sus consecuencias revolucionarias de las que no se pudieron aislar del todo.

El primer reto de los países neutrales en la PGM fue declararse como tales y hacer que los países beligerantes respetasen esa decisión, el caso belga es muestra de que dicha declaración podría considerarse papel mojado. Los estrategas alemanes detrás del Plan Schlieffen calcularon que los beneficios para sus intereses operaciones, que implicaban rodear Francia por los Países Bajos, superaban los perjuicios de violar abiertamente la neutralidad de estos en agosto de 1914. La indiferencia de Alemania hacia el Tratado de Londres de 1839, que había firmado (como Prusia) y que garantizaba la neutralidad belga, enfatiza una mentalidad práctica, más que legalista, del país hacia la neutralidad al comienzo de la contienda.
En este clima, entre las Grandes Potencias de Europa, no es raro que las potencias menores se movilizasen para declararse fuera de la inminente guerra, incluso si esa afirmación solo subrayara tratados ya existentes. España bajo el gobierno del conservador Eduardo Dato, rápidamente expresó su estricta neutralidad en el Boletín Oficial del 30 de julio de 1914 y la reiteró una semana más tarde. Sin embargo, España fue una excepción en su declaración de neutralidad dado que no sometió dicha decisión a debate parlamentario. El Parlamento español reanudó sus actividades en octubre de 1914, tras el verano y un trimestre entero después de las hostilidades. Fue entonces cuando las diferentes fuerzas políticas del país pudieron reaccionar formalmente ante la decisión de neutralidad tomada por el Gobierno.

La gran mayoría de los políticos de los partidos dinásticos apoyaron la decisión enteramente, aceptando que España no estaba preparada militarmente para emprender una campaña bélica, incluso una corta como la que se anticipaba en 1914. Sus fuerzas armadas estaban en un estado deplorable tras la derrota a manos de los EEUU en la guerra de Cuba de 1898. La mitad de los efectivos del ejército español, unos 70.000 hombres estaban enfrascados en una cara guerra colonial en el protectorado marroquí. El ejército consumía un porcentaje alto del presupuesto nacional, mucho de ello en los salarios de un hipertrofiado cuerpo de oficiales, y la Marina de Guerra estaba en peores condiciones a causa del número de buques de guerra hundidos por los EEUU. (Para la situación de las fuerzas armadas, Fernando Puell de la Villa: “Historia del Ejército en España” (Madrid, Alianza, 2005).

La principal voz disidente de la decisión del gobierno español fue la de Alejandro Lerroux, líder del partido radical, quien argumentó en la sesión de apertura que España debería haberse unido incondicionalmente a los Aliados. En contraste con el caso español, otros gobiernos mantuvieron un sostenido diálogo sobre sus posiciones diplomáticas desde el comienzo de la contienda, la neutralidad fue un estatus que necesitaba defenderse, bien por una muestra de fuerza creíble, o bien a través de la diplomacia. En el caso de Suiza que compartía frontera con los dos bandos combatientes, esto significó una preparación para la guerra y una movilización de sus fuerzas armadas. Sus fronteras fueron reforzadas y los hombres suizos, incluyendo obreros y campesinos, experimentaron una militarización organizada por el Estado en un proceso similar a los beligerantes.

La geografía fue el factor más importante en determinar la naturaleza y la viabilidad de la neutralidad en el conflicto. España, en notable contraste con Holanda y Suiza, que practicaron una neutralidad armada para efectos disuasorios, fue uno de los pocos países europeos que no decretó ninguna movilización durante la crisis de julio, ni tampoco posteriormente, con el objetivo de subrayar su no participación. La PGM, sin embargo, y en contraste con la masiva movilización colonial de los beligerantes, supuso una pausa en la expansión española en Marruecos con el propósito de aplacar a Francia.

La experiencia de la PGM que más unió a los ciudadanos civiles de los países beligerantes y de los neutrales fue la económica. Ambos experimentaron economías de guerra, ya fuera por la involucración directa en la contienda o por sus efectos colaterales. En el caso de España, las fábricas textiles de Cataluña y la producción de mineral de hierro de Asturias fueron altamente cotizadas, especialmente por el esfuerzo de guerra francés. Por razones geográficas, la gran mayoría del comercio español se realizaba con la Entente, mientras que el que tenía lugar con las Potencias centrales se redujo a mero goteo. Como consecuencia directa del conflicto los dueños de las minas y las fábricas españolas experimentaron un considerable aumento de sus beneficios. A la par que los empresarios se enriquecían, la inflación elevaba en términos reales los costes de vida del trabajador medio español, ya que las alzas en salarios no compensaban las subidas del precio de las necesidades básicas. Esto fue un fenómeno extendido en Europa, tanto entre los países beligerantes como los neutrales, en los que los precios se llegaron a duplicar entre 1914 y 1918.
Las escaseces de las economías neutrales fueron propulsadas por la campaña submarina de las Potencias Centrales contra el comercio marítimo de los Aliados, especialmente después de que esta fue declarada “ilimitada” en febrero de 1917. En los últimos años de la guerra los neutrales sufrieron un número considerable de importantes hundimientos entre su marina mercante, sin compararse con las de GB o Francia. Los porcentajes de la flota hundida fueron más elevados en el caso de Noruega, que perdió el 26 %, mientras que Dinamarca perdió el 14 % y Suecia el 11. España perdió unos 87 navíos que representaban el 16 % de la flota total (Enric García: ¿España Neutral?. La Marina Mercante en la I Guerra Mundial (Madrid: Real del Catorce, 2005), pp. 226).

Además los países neutrales con frontera directa con las potencias Centrales sufrieron los efectos del bloqueo aliado que tenía como objetivo el estrangulamiento económico de sus enemigos, que hizo que algún país como Holanda instituyeran el racionamiento. España no planteó el racionamiento pero decretó la Ley de Subsistencias en 1915 en un fallido intento por controlar los precios de los alimentos básicos, aunque lógicamente los países neutrales nunca tuvieron que hacer un esfuerzo de guerra pese a sus privaciones económicas, y la efectividad de las políticas financieras de sus líderes no era directamente evaluada en el campo de batalla. En este sentido, los neutrales dispusieron de cierto margen de error en sus gestiones económica, ya que no dependieron directamente de suministros críticos como la entrega de suficientes municiones en los frentes.

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maxtor
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Re: Neutralidad española durante Primera Guerra Mundial

Mensajepor maxtor » Mié Jul 13, 2016 2:48 pm

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En el ámbito político, la PGM cambió el marco interpretativo a nivel nacional de los países neutrales, no movilizó tanto el apoyo hacia uno u otro grupo de beligerantes, sino las antipatías genuinas que diferentes segmentos de la población sentían en contra de otros, en España estas versiones se dividieron sobre líneas de fractura políticas y religiosas. Los germanófilos habitualmente conservadores, provenían de los grupos católicos y tradicionales (incluyendo a los carlistas), los aaliadófilos, por lo general, representaban las fuerzas liberales de la modernización y contaban con un perfil marcadamente anticlerical, e incluía a la mayoría de los socialistas. Posiblemente España fue el país neutral que más división interna vivió la PGM.
La propia neutralidad fue un factor divisor y movilizador político. En los países beligerantes la guerra había acentuado el dilema de los socialistas europeos entre el nacionalismo y el internacionalismo. La lealtad a la nación generalmente prevaleció en esta coyuntura y los partidos socialistas se adhirieron, no sin inquietud y debate, a gobiernos de unidad con el propósito de apoyar los esfuerzos de guerra de países individuales, incluyendo la Burgfrieden alemana (tregua cívica), y la Union Sacrée francesa.

Estas medidas acercaron a los partidos socialistas y sus respectivos gobiernos, ayudando a limitar la agitación industrial contraproducente en épocas de carencias, además de templar los discursos políticos más radicales, aunque lógicamente no se pudieron eliminar las huelgas por completo. Para la agitación industrial en Alemania en 1918, véase Stephen Bailey: “The Berlin Strike of January 1918”, Central European History 23/2, 1980, pp. 158 – 174.

A pesar de que los efectos de la guerra fueron marcados en España, no hubo un enfoque dominante sobre la paz, ni tampoco se estableció una especie de Burgfrieden como en Holanda. Todo lo contrario, el posicionamiento aliadófilo de los socialistas los enfrentó sobre todo con el rey Alfonso XIII, a quien consideraban un autoritario germanófilo. Asimismo los sindicatos de clase (UGT socialista y la CNT anarquista) vivieron una auténtica explosión de afiliación y convirtiéndose por primera vez en organizaciones de masas con poder movilizador. Como consecuencia de la neutralidad, los conflictos políticos en España fueron más extremos y más ideologizados que en las propias sociedades en guerra. El país se convirtió en un campo de batalla ideológico de una forma imposible en las naciones combatientes por la supresión de puntos de vista opuestos a los oficiales. El Partido Socialista, por tanto, fue capaz de organizar la acción industrial, a diferencia de sus equivalentes en Francia y en Alemania, o incluso en Holanda, por las limitaciones que imponían la lealtad al Estado – nación y a las exigencias directas de la guerra (Carlos Forcadell: Parlamentarismo y bolchevización).

En combinación, estos factores permitieron la coordinación de los socialistas y anarquistas españoles que condujo a la huelga general de agosto de 1917. Esta tenía objetivos revolucionarios y políticos en vez de sociales para una parte importante de los líderes socialistas tal y como afirmaron Besteiro y Largo Caballero. Pero además de la clase obrera políticamente radicalizada, la PGM provocó también otras crisis domésticas que en conjunto parecían indicar a los conservadores que España estaba viviendo una situación potencialmente revolucionaria.

Estas incluían la desafección dentro del cuerpo de oficiales del Ejército, una movilización de regionalistas – La liga Catalanista, de Cambó, que en el último momento abandonó su apoyo a la huelga de agosto de 1917 por su cariz revolucionario – y las marcadas escaseces económicas. Finalmente, ya entrado 1918 comenzaron las protestas de labradores andaluces que se extendieron por toda la región durante el llamado Trienio Bolchevique, parecía evidente como vio claramente Maura que hacían faltas reformas sociales sustanciales, aunque la situación distaba de ser una “situación revolucionaria” o pre-revolucionaria, como señala Gerald Meaker, sí se percibía claramente una crisis de autoridad del régimen. Esta exposición a las fuerzas políticas de la izquierda, más o menos radicales, según el país, fue un factor común en otros países neutrales durante la PGM. En los países escandinavos la crecida capacidad de movilización de las clases trabajadoras condujo a una ampliación de derechos. La principal diferencia con España fue que los dirigentes de los movimientos obreros subrayaron que sus objetivos eran las mejoras puntuales en las condiciones de trabajo y no la revolución social.

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maxtor
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Re: Neutralidad española durante Primera Guerra Mundial

Mensajepor maxtor » Mié Jul 13, 2016 8:59 pm

Manteniendo la neutralidad.-

Así como las Grandes Potencias violaron la neutralidad cuando convenía a sus intereses, también forzaron la neutralidad cuando les beneficiaba. Esto resulta particularmente visible en el caso de los Aliados, quienes indujeron a casi todos los neutrales meridionales a declarar la guerra a las Potencias Centrales. En este contexto, España fue la gran experiencia sureña como el único país neutral en 1914 que permaneció como tal hasta 1918. Sin embargo esto representa la sumisión de España a los Aliados más que su capacidad de no dejarse presionar, es el análisis que hace Fernando García Sanz en su libro “España en la Gran Guerra: espías, diplomáticos y traficantes”.

Ni Francia ni GB querían que España participase directamente en la contienda por la doble razón de que era marginal al equilibrio de poder militar, las fuerzas españolas eran débiles y los aliados temían más que se convirtiera en una carga como lo ocurrido con Portugal en 1916, al abandonar su neutralidad. Italia abandonó la neutralidad bajo la doble expectativa de forjarse en armas como nación y recuperar territorio del Imperio austro-húngaro que consideraban propio. Pero en este caso, como en el de Grecia, que anhelaba recobrar Dalmacia, su incorporación era bienvenida por los Aliados dada la presión militar que ejercían inmediatamente sobre las Potencias Centrales (Patricia Dogliani: “Los intelectuales italianos en la Gran Guerra: Intervencionismo, patriotismo, neutralismo (1914-1918)”.

La realidad geográfica de España supuso una situación en la que solamente los Aliados podrían beneficiarse de la economía española, y fueron capaces de extraer beneficios políticos y materiales utilizando la misma lógica. Este era el caso de Gibraltar y la importante base establecida allí. Desde el 13 de agosto de 1914, España avitualló eficazmente al peñón con carbón y ganado. Este acuerdo fue tan fiable para GB, que utilizó la base naval como punto principal de encuentro de las rutas marítimas procedentes del Este de su imperio.
Por otra parte, y de forma similar a lo ocurrido por Franco durante la Segunda Guerra Mundial, las reivindicaciones territoriales españolas, eran además, demasiado ambiciosas para que los Aliados las concediesen: incluían no solamente una aspiración de controlar la ciudad internacional de Tánger, sino también un irredentismo sobre el propio Gibraltar y la ambición de controlar Portugal bajo una zona de influencia española.

La cuestión de la naturaleza de las diversas neutralidades fue, por tanto, un punto de debate en los diferentes países, y causó profundas divisiones en España. Se debatió enérgicamente si España podría realmente mantenerse estrictamente neutral cuando todas sus interacciones políticas, geográficas y comerciales la situaban firmemente en el ámbito de la Entente. España dependía fuertemente de la inversión de los países Aliados, así como también de las importaciones de carbón británico y de trigo norteamericano. Además su proyecto imperial en Marruecos requería el beneplácito de los Aliados, quienes no solamente controlaban, en el caso francés, los territorios colindantes sino también las vías marítimas del Mediterráneo. Tras la inicial cuestión de la neutralidad en 1914, el punto de inflexión más significativo para los países no combatientes fue la declaración de la guerra submarina ilimitada por parte de las Potencias Centrales en febrero de 1917, el número de pérdidas de navíos que sufrió España y el hecho de que la Marina Mercante española únicamente benefició al esfuerzo de guerra de los Aliados ha llevado a algunos historiadores a cuestionar si España fue neutral.

Alemania, por su parte, intentó mantener a España neutral durante el conflicto y desplegó un esfuerzo diplomático considerable para ello. Aceptaba la realidad geoeconómica de España, y por tanto, propulsó la manutención de una neutralidad estricta que no perjudicara directamente a los intereses de las Potencias Centrales. El principal éxito de esta política permitió que España no abandonase la neutralidad incluso cuando sus buques mercantes eran hundidos en un número cada vez más elevado – unos 35 en 1917 -, lo que podría haberse considerado una provocación intolerable (Enric García, ¿España neutral?.., pag. 226. Y casi fue la causa del rompimiento de las relaciones con Alemania. Para un aviso a los alemanes sobre estos ataques, véase Gaceta de Madrid, 10 de agosto de 1918. Además, Alemania cedió seis buques mercantes a España para compensar sus pérdidas).

Los esfuerzos diplomáticos alemanes también mantuvieron buenas relaciones con Alfonso XIII, quien sostuvo una solidaridad monárquica con el Káiser, que se tradujo para Alemania, en la posibilidad de repostar y suministrar clandestinamente a sus submarinos en aguas españolas, además de la creación de una amplia red de agentes que informaron sobre los movimientos marítimos de los Aliados.

Los efectos políticos y económicos de la guerra fueron tan impactantes y negativo, que han dominado los discursos contemporáneos de los neutrales. Sin embargo, la contienda europea también proporcionó a los neutrales la oportunidad de intentar hacer las veces de mediadores. En este aspecto, España fue uno de los países más proactivos, tanto por su posicionamiento como mediana potencia como por sus relaciones cordiales con los dos bandos beligerantes. El cuerpo diplomático español se convirtió en una red importante a través de la cual los países beligerantes se comunicaban una vez que habían retirado sus propias representaciones.

La principal conclusión del estudio de la neutralidad de los diferentes países que la mantuvieron durante la PGM, fue que no se libraron de las consecuencias demoledoras de la guerra, y la onda expansiva perturbadora les afectó. En España, los efectos económicos e ideológicos de la contienda y sus secuelas pusieron a prueba el sistema de la Restauración. En el caso de España la neutralidad refleja una impotencia como Nación. Era demasiado débil militarmente para contribuir eficazmente al esfuerzo de los Aliados, pero demasiado dependiente de estos para actuar de forma que comprometiera sus lazos políticos, económicos e imperiales.
Además, las presiones producidas por la propia guerra desencadenaron un proceso de agitación social y política que sirvió para confirmar a los dirigentes que España no estaba en condiciones para guerras. En definitiva, todos sus esfuerzos serían necesarios para que la combinación de las fuerzas políticas y las carencias económicas no dieran lugar a la quiebra del sistema actual.

Paradójicamente la neutralidad propició una pluralidad de políticas domésticas, a diferencia de los países beligerantes y de otros neutrales más cercas geográficamente a Alemania. Esta pluralidad permitió que las crisis sociales y políticas de la guerra alcanzasen un estado crítico que no solamente convenció a los burgueses de que la revolución había llegado a España en agosto de 1917, sino que modeló su reacción ante las noticias de la Revolución bolchevique en Rusia en octubre del mismo año.

Saludos desde Benidorm.
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