El horror de Nanking

Acontecimientos políticos, económicos y militares relevantes entre noviembre de 1918 y septiembre de 1939

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Harry Flashman
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Mensajepor Harry Flashman » Lun Feb 05, 2007 10:46 am

Lo prometido es deuda:

“Yuichi Hirata ingresó en el Ejército japonés en 1942, cuando tenía 22 años, después de haber estudiado para ser profesor. Ahora, Hirata recuerda las terribles atrocidades cometidas por los japoneses contra la población civil china y, en la actualidad [se refiere a 1990], como miembro de una sociedad para plantar árboles en China, está completamente convencido de la necesidad de que se llegue pronto a una reconciliación.

En aquel tiempo, lo cierto es que todo parecía estar perfectamente establecido. Nunca dudé que la cosa más natural del mundo era ir a una guerra y morir. Así que me hice a la idea de que mi vida estaba al servicio de la ley y la justicia que durarían para siempre. Pero ahora creo que todo aquello no era verdad.
El mes de febrero de 1942 fue una época bastante agitada; me encontraba en la provincia de Shansi, situada en el norte de China, donde había sido destinado junto a un grupo de jóvenes soldados. Cuando llegué allí, observé cómo los límites de las guarniciones del Ejército japonés se estaban desplazando. Las zonas pasaron a llamarse líneas, y finalmente, las líneas se convirtieron en puntos, allí donde las líneas eran cortadas.
Asimismo, se enviaron grandes contingentes de tropas al sur; recuerdo perfectamente que las que fueron desplazadas se marcharon con todo su armamento y equipos.
La situación estaba empezando a configurarse claramente; existían muchos “puntos” que se hallaban prácticamente desguarnecidos debido a la amplitud del frente que se había abierto en China.
La provincia de Shansi se hallaba bajo la dominación de las tropas comunistas. Sus fuerzas habían atravesado el río Amarillo y estaban empezando a infiltrar sus actividades políticas dentro de la provincia.
Lo cierto es que prefieres pensar que la gente de las aldeas es amistosa, pero la verdad es que si les vuelves la espalda estás perdido. Tres días antes de que realizáramos cualquier movimiento, sus servicios de inteligencia ya sabían que “el Ejército japonés se estaba aproximando”. Estaban al corriente de todos nuestros movimientos. Debido a ello, cuando entrábamos en cualquier villa, no encontrábamos ni un pollo. ¡Ni siquiera una estera de junco!
Los chinos habían pasado muchas calamidades desde hacía ya mucho tiempo. Si damos por sentado el hecho de que los amigos de los campesinos eran los soldados del ejército comunista, entenderéis por qué les considerábamos aliados de los comunistas. Además, no olvidemos que éramos un ejército extranjero, otra cultura que invadía su tierra, y que estábamos cometiendo horribles atrocidades.
Algunos de estos pobres hombres fueron hechos prisioneros. Cuando yo era un soldado raso, tomé parte en una operación en la que nos dirigimos al sur de un lugar llamado Pingyao, en las cercanías de Taiyuan. Allí, en las montañas, cuando hicimos nuestra entrada en una aldea, divisamos a algunas personas que estaban intentando esconderse de nosotros. Los detuvimos y los tomamos como prisioneros. Les consideré como prisioneros normales, sin saber que se trataba de guerrilleros.
En algunas ocasiones, utilizábamos a nuestros prisioneros como guías en las carreteras, pero antes de hacerles trabajar para nosotros intentábamos reunir todo cuanto se pudiera incautar; con ello quiero decir que tratábamos de localizar sus fusiles, así como la munición. Dimos por supuesto, sin ningún tipo de dudas, que estos aldeanos habían escapado después de esconder sus armas. Por tanto, les obligamos a que confesaran dónde se encontraba el lugar en el que las habían depositado.
Llevamos a cabo acciones terribles. Ustedes quieren que hable como testigo de los hechos, de modo que eso es lo que haré en nombre de la Humanidad. Se realizaban torturas con fuego, o también con agua, tratando de que los soldados jóvenes se acostumbraran poco a poco a estos métodos. Al principio fingíamos que íbamos a cortarles la cabeza, pero sólo era un simulacro; después empezábamos realmente a torturarles utilizando el fuego. Les obligábamos a que se desnudaran, vertíamos petróleo sobre sus espaldas desnudas y les prendíamos fuego. ¿Verdad que tan sólo el hecho de pensar en ese procedimiento resulta brutal y cruel?
Cuando usábamos agua para torturarles, transformábamos una escalera en una especie de plataforma sobre la que tendíamos y atábamos a la víctima. Entonces, les introducíamos un paño en la boca, y empezábamos a verterles agua sobre la cabeza. De esta forma no podían respirar y bebían el agua, con lo que se les hinchaba brutalmente el estómago. Así era la tortura. No sé si el Ejército japonés inventó estos métodos, ya que nunca llegaron a reconocer esa circunstancia. Los aldeanos se resistían mucho, tanto si eran simplemente campesinos, y no sabían absolutamente nada, como si se trataba de soldados del ejército comunista. Muchos hombres no pudieron soportar nuestros interrogatorios y murieron. No eran prisioneros de guerra, con derechos regulados por tratados, sino gente sencilla, campesinos.
Habría resultado muy negativo que hubiéramos dejado escapar a aquellos prisioneros, ya que hubieran llevado información al enemigo sobre el Ejército japonés. En aquel tiempo yo desempeñaba un puesto de oficial en el servicio de inteligencia; en otras palabras, era el responsable de la vigilancia de los prisioneros. De modo que cuando aumentó el número de éstos, el comandante de mi compañía decidió que los matáramos, ya que no podíamos permitir, bajo ningún precio, su liberación. Yo mismo di la orden a mis subordinados de que les ejecutaran. Pero un suboficial, que era un veterano y llevaba bastante tiempo en la zona de combate, y que estaba por completo acostumbrado a realizar este tipo de órdenes, mostró al final, lo que podría considerar como un poco de humanidad. Recuerdo que me dijo: “Señor Hirata, ya estoy harto de matar gente.” De manera que esperé a que el Ejército japonés se fuera y entonces les dije a los prisioneros que volvieran a casa, y que no se dejaran ver mucho. Luego comuniqué al comandante de la compañía que los había eliminado. Fue una mentira tremenda, pero no podía hacer otra cosa. Al menos eso me tranquiliza.
Los chinos solían pedir piedad, gritando “¡Señor, señor!”, hasta que se encontraban cara a cara con la muerte. A pesar de que no comprendían ni una palabra de lo que hablábamos, parecían adivinar por nuestra forma de comportarnos que lo que se estaba dilucidando era si los matábamos o no. Entonces se ponían a gesticular, como suplicando por sus vidas. Pero cuando se daban cuenta de que todo aquello no servía para nada, se mostraban muy enteros.
Voy a incluir aquí un fragmento de un artículo que escribí para una revista en los años 60. Dice así:
‘En noviembre de 1943, tomé parte en una operación que tuvo lugar en un territorio controlado por el regimiento de infantería 226, perteneciente a la 37ª División. En aquel tiempo tenía 23 años. Me había graduado como cadete de clase A en Paoting, y por fin había finalizado mi entrenamiento en aquella zona. Estaba completamente entregado a nuestra causa. Pudo ser una postura demasiado ingenua por mi parte, sobre todo cuando al final tuve que enfrentarme a un problema moral al descubrir que en el curso de las operaciones se había ordenado la realización de muchas atrocidades.
Para empezar la descripción de los hechos, un soldado mató con su bayoneta a una anciana. Cuando esto ocurrió, una de las madres que llevaba entre sus brazos a su bebé intentó huir hacia el valle dando pequeños saltos, como podía, debido a que sus pies habían sido atados. No dio tiempo a que los soldados pudieran utilizar sus bayonetas contra ella porque alguien disparó, alcanzando la espalda de la mujer. No guardo ningún recuerdo de su voz, pero jamás podré olvidar su expresión, en la que reflejaba un sufrimiento como el que nunca había visto, ni habría de ver después. La mujer arqueó su espalda tratando así de proteger a su hijo, y los dos cayeron desde una altura de unos cinco metros hacia el valle. Dos o tres soldados saltaron en pos de ella y examinaron su cuerpo ya cadáver. Entonces le preguntaron a su comandante: “Señor, el niño está aún vivo. ¿Qué hacemos con él?”. El comandante del pelotón les miró y solo dijo una palabra: “¡Matadle!”. No recuerdo si el soldado disparó contra el niño o le mató con la bayoneta.
Los soviéticos me tomaron como prisionero de guerra, pero pude conservar una caja negra de pinceles y un rosario. Supongo que me aferré a estos objetos con el fin de conseguir un estado de paz interior que me librara de la idea de la muerte. Quizá todo fue porque, al final, no di mi vida por el emperador.
Fui malherido en el bajo abdómen, al recibir un balazo que lo atravesó. Creí que iba a morir, así que dirigí mi mirada hacia Oriente, rezando a Buda y diciendo mis oraciones mientras mantenía el rosario en mi mano. Me encontraba en una excelente disposición interior. Pensaba: “si muero, todos los problemas del presente desaparecerán”. En aquel momento, con un talante tan sereno, pensé que podía morir en paz.”

[Imágenes de la guerra. Ed. Rialp, 1990. Vol. IV, páginas 1387-1390].
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Harry Flashman
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Mensajepor Harry Flashman » Lun Feb 05, 2007 10:47 am

Ahora un fragmento de un libro de historia del Japón, el único en que he encontrado referencias a la matanza de Nanking [también he visto escrito Nankín y Nanjing, dependiendo de la transcripción], probablemente por estar escrito por un holandés, ya que el resto que he consultado están escritos por japoneses, y no dicen ni una palabra del tema.

“La matanza de Nankín de diciembre de 1937 fue sin duda una de las peores atrocidades cometidas en la guerra japonesa. Sin embargo, compararla con el Holocausto nazi, como algunos hacen, no sirve de mucho para comprender el carácter particular de este crimen de guerra. Fue una orgía de violencia antes que una campaña de exterminio planeada. Comportándose como conquistadores medievales, los soldados japoneses ebrios merodeaban por las calles llevando su botín en carretas. Miles de mujeres de todas las edades fueron violadas por pandillas antes de ser asesinadas o mutiladas. Se quemaron barrios enteros. Atados como ganados, hombres y jóvenes chinos fueron ametrallados en las cunetas o en el río Yangtsé, cuyas riberas quedaron obstruidas por sus cadáveres hinchados. Se asesinó a civiles por el placer de hacerlo, usándolos luego para practicar con la bayoneta y otros espeluznantes juegos. Esto duró seis semanas. Los abochornados diplomáticos japoneses enviaron informes de testigos extranjeros a Tokio, con la esperanza de que el gobierno hiciera algo para detener la matanza. No se hizo nada. Junto a la embajada había una escuela femenina. Los diplomáticos habían podido escuchar los gritos de las estudiantes violadas y torturadas.
Nunca se sabrá con exactitud cuantos murieron en esta matanza. Las estimaciones –a menudo subordinadas a los puntos de vista políticos- van de miles o decenas de miles a más de 300.000. El tribunal de crímenes de guerra de Tokio sitúa el número en 250.000. Pero la cifra no debería ser la cuestión principal. Lo que requiere ser explicado es la peculiar ferocidad de este asalto contra una población indefensa. Si la cuestión no era exterminar hasta el último chino, ¿cual fué la razón para este extraordinario delirio de violaciones, asesinatos y saqueos? ¿Qué motivó la completa ruptura de la disciplina en un ejército que en anteriores guerras había sido conocido por su ordenada conducta? Se han ofrecido muchas respuestas: una patología de la cultura japonesa, la tradición samurái y sus derivaciones; un acto de terror planeado y ordenado desde Tokio para forzar al gobierno de Chiang Kai-shek a someterse; una masiva liberacion de furia de soldados embrutecidos y hartos de combatir.
Parece improbable que la matanza fuera ordenada por el gobierno de Tokio. El emperador y sus asesores todavía eran conscientes de la opinión internacional. Japón necesitaba desesperadamente un constante suministro de materias primas y bienes industriales de Gran Bretaña y Estados Unidos. La política de Washington era la neutralidad, pero la simpatía de la opinión pública estaba de parte de China. Por eso los japoneses no habían declarado la guerra a China; parecía menos probable que dar constancia de un “incidente” trajera consecuencias económicas. Y Estados Unidos, de acuerdo con las llamadas leyes de neutralidad, se hubiese visto forzado a suspender el comercio con ambos países en el caso de una declaración de guerra, interrumpiendo las importaciones que podían utilizarse en una guerra que ni Japón ni China podían permitirse perder. Preocupar al público estadounidense con historias de atrocidades no favorecía en todo caso los intereses japoneses. Los generales japoneses pronto se percataron de que las violaciones en masa endurecían la resistencia china. Para contrarrestar esa tendencia, el Ministerio de la Guerra japonés decidió reclutar o, con más frecuencia, raptar coreanas, chinas, asiáticas del sudeste e incluso algunas europeas para que sirvieran en una vasta red de burdeles militares, llamados “estaciones de desahogo”.
No obstante, los asesinatos en masa obedecían a otra prevención: la de no tomar prisioneros. Desde el momento en que desembarcaron, los oficiales dijeron a sus soldados que “despejaran” el terreno de soldados capturados mientras se abrían paso hacia Nankín. Puesto que había muchos guerrilleros, los soldados no hacían usualmente distinciones entre soldados y civiles. Embrutecidos ya por el maltrato que sufrían a manos de sus superiores, los soldados japoneses se curtieron aún más al librar en atroces batallas en territorio extranjero. A sus ojos todos los chinos eran enemigos, incluidos las mujeres y los niños. Matarlos era más sencillo que alimentarlos.
El sitio de Nankín había sido un caso particularmente brutal. Muchos japoneses perdieron la vida antes de que Chiang Kai-shek decidiera abandonar su capital en una atropellada travesía del río, con buena parte de su ejército y, a remolque, miles de ciudadanos, ricos en su mayoría. El millón y medio aproximado de personas que dejaron Nankín incluía muchos refugiados del campo y soldados en traje de paisano. Cuando a los soldados japoneses, literalmente ebrios de triunfo, se les ordenó sofocar la resistencia, tenían poca idea de cómo distinguir a los civiles de los ex soldados. Habitualmente, tener las manos callosas era razón suficiente para la muerte.
Pero esto no explica el salvajismo de lo que ocurrió en Nankín. Lo que los japoneses hicieron con los chinos es muy semejante a lo ocurrido entre hinduistas y musulmanes en 1947, o a lo que los serbios infligieron a los bosnios musulmanes en la década de 1990, o a lo que los nazis hicieron con los judíos. No era bastante matar, las víctimas tenían que ser antes humilladas. Esto hacía más fácil matar, pues despojaba a las víctimas de su humanidad. Pero también era el resultado de un adoctrinamiento despiadado. Durante años, se había dicho a los japoneses que ellos eran una raza divina y que los chinos eran inferiores. El desprecio hacia los chinos se remonta a los impresos Meiji de la guerra chino-japonesa, en donde se representaba a los japoneses altos, blancos y robustos, y a los chinos como encogidos, cretinos amarillos. La propaganda del gobierno, repetida por la prensa japonesa patriotera, decía a los soldados que estaban luchando en una guerra santa. Todo lo que hicieran en nombre del emperador, sin importar lo salvaje que fuera, estaba justificado por la santidad de su causa. Un capellán estadounidense de la prisión Sugamo de Tokio, donde estaban presos los criminales de guerra japoneses después de la guerra, llegó a la conclusión, a partir de sus numerosas entrevistas, de que “tenían la convicción de que un enemigo del emperador no podía estar en lo correcto, de modo que cuanto más brutalmente trataran a los prisioneros, tanto más leales al emperador eran ellos”.
En Nankín se produjeron probablemente las atrocidades más destacadas, pero hubo muchas más en China, Manchukuo, las Filipinas, Singapur, Malasia, Tailandia, Indonesia y Birmania. Era como si el monstruo militarista, forjado a finales de Meiji a partir de una mezcla del nativismo final de Yedo y las teorías raciales alemanas, hubiera adquirido finalmente una horrible vitalidad. Esto fue el resultado de una secuencia de decisiones humanas y caminos equivocados tomados mucho antes del reinado del emperador Hirohito. Era también un síntoma de una cadena de mandos desastrosamente defectuosa, en que los matones anulaban a los mandos superiores en el campo, los oficiales jóvenes en Tokio intimidaban a los generales, y los jefes del estado mayor amedrentaban a los funcionarios civiles y a la corte imperial.
Había pocos indicios en Tokio de que algo tan horrendo hubiera ocurrido. El emperador alabó a sus generales por un trabajo bien hecho. El único hombre en mostrar algún remordimiento por la matanza de Nankín fue el general Matsui Iwane, que estaba al mando del ejército de la zona de China central cuando fue tomada la capital nacionalista. Después de Nankín, renunció al cargo, se afeitó la cabeza y se fue a un retiro budista. Durante su proceso después de la guerra, calificó la matanza como “una desgracia nacional” y no obstante fue colgado, mientras que muchos de los oficiales inferiores que dieron las órdenes efectivas en la escena quedaron sin castigo.”

[De “La creación de Japón, 1853-1964”, Ian Buruma. Ed. Mondadori, 2003. Págs. 115-120].
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quetzacoal
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Mensajepor quetzacoal » Lun Feb 05, 2007 6:38 pm

Que clase de locura arrastra al ser humano de esta forma?

En que se convierte un hombre cuando comete tales atrocidades?

Como puede seguir viviendo?

Negar la propia historia, mas cuando se esta hablando de hechos como estos es ofrecer la posibilidad de repetirlos.

Recomendaria seguir de cerca la evolucion politica del Japon. Hoy por hoy retoma los ecos del pasado, su ejercito se rearma a gran velocidad y parece no haber evolucionado politicamente desde 1945.

un saludo
La verdad, se corrompe tanto con la mentira, como con el silencio. Ciceron

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Mensajepor josan » Lun Feb 05, 2007 8:36 pm

Lo triste y terrible del caso,es que lo cuentan los propios japoneses a mi entender,como si no tuviera demasiada importancia.Es la guerrra,parecen decir,se cometian barbaridades porque estaban en guerra,simplemente.Eso es lo peligroso y terrible.Nosotros no somos los nazis,dicen,ellos si que eran malos.Pues no señoritos,los que cometieron tamañas atrocidades,recuerdese que muchos eran simples soldados de reemplazo,eran tan malos o peores que los "comandos de la muerte" del frente del este.Un saludo.

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Mensajepor Shindler » Mié Feb 07, 2007 1:18 am

Estimado José Luis, disculpe por la imagen que expondré a continuación, pero a veces una imagen vale mas que mil palabras.

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Son niños asesinados en la matanza de Nanking.
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Gracias
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Mensajepor enigma » Mié Abr 04, 2007 11:28 pm

Una pregunta...¿sabe alguien qué ocurrió con ese general Iwane Matsui al finalizar la guerra? Fuè sometido a juicio como criminal??

Un compatriota que vivió una temporada en Japón me contó que entre las personas que conoció había un veterano de guerra quien le narró de unas "competencias" reservadas sólo a oficiales del ejèrcito nipón. Estas consistían en que los competidores, a caballo, debian recorrer a todo galope una fila de prisioneros chinos atados a mederos, y con sus sables ir cortando cabezas. Ganaba aquèl que màs cabezas había cortado en su pasada por la fila. El japonès de la confidencia había tenido que, como soldado, hacer los preparativos, llevar a los prisioneros a cada estaca, atarlos y posteriormente supervisar a los chinos que retiraban los cadaveres. Los infelices que sobrevivían quedaban a disposición del competidor siguiente.

El japonès de la confidencia nunca había podido olvidar ese horror y posteriormente hallò consuelo convirtièndose al cristianismo y trabajaba en obras de beneficencia.

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Mensajepor Johannes Steinhoff » Jue Abr 05, 2007 1:03 am

Para los que esten interesados: En la mula existe un documental de la cadena Odisea titulado: documental-unidad731 (esa es la cadena de busqueda en la mula)

Saludos Cordiales

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Mensajepor TMV » Mié Ene 09, 2008 9:10 pm

Perdonad el retraso.

J.L, como siempre, chapeau...

Un saludo

Toni
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Mensajepor TMV » Mié Ene 09, 2008 9:12 pm

Shindler escribió:Estimado José Luis, disculpe por la imagen que expondré a continuación, pero a veces una imagen vale mas que mil palabras.

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Son niños asesinados en la matanza de Nanking.
http://wakingbear.com

Gracias


Como has dicho "shin" Una imagen, a veces, vale más que mil palabras...
(GRACIS POR ESTAR.....)

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Mensajepor Chuikov » Mié Ene 09, 2008 9:27 pm

Iris Chang, en su estremecedor libro The Rape of Nanking: The Forgotten Holocaust of World War II (Penguin, 1998), relata las barbaridades cometidas por los japoneses en esa ciudad.


Bueno, ya tengo ese libro entre mis manos. Espero "darle una oportunidad" pronto.

Saludos.
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Mensajepor Klaus » Vie Ene 11, 2008 12:26 am

Iris Chang, en su estremecedor libro The Rape of Nanking: The Forgotten Holocaust of World War II (Penguin, 1998), relata las barbaridades cometidas por los japoneses en esa ciudad.

Estariamos hablando no solo de torturas y asesinatos a prisioneros sino tambien de violaciones y malos tratos a la poblacion civil
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Mensajepor Stuka_emi » Jue Ene 24, 2008 9:43 am

por dios que terrible!! , la verdad que no sabia nada sobre este desastre ,no puedo creer que el ser humano sea tan despiadado y maligno

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Mensajepor Jorge Romo Perez » Mar Feb 26, 2008 3:20 am

Hace casi un año, manejè el siguiente enlace al respecto en èste mismo foro, para un documental de una hora de duraciòn:

http://brainmind.com/Nanking.html

Lamentablemente :( ya no es de acceso gratuito como entonces.

Aùn asì, la contribuciòn por obtenerlo no es elevada, (10 USD) dado el material fìlmico original que contiene. Las escenas son desgarradoras, pero son un testimonio innegable de las barbaridades cometidas, No hay excusa ante la criminal, y vil evidencia.
"Cuando regreses a casa, dile a tus hijos, que a cambio de su futuro, ofrendamos nuestro presente".
John Maxwell Edmonds (1875 -1958) inscrito en el Kohima 2nd Division Memorial
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El horror de Nanking

Mensajepor LOBO AZUL » Sab Dic 13, 2008 4:44 pm

Excelentes aportaciones especialmente Jose Luis y Minoru Genda, y realmente lamento mi ignorancia en comparación con Harry Flashmann que hace referencia a nuestro desconocimiento por el tema.

Existe una película americana recientemente estrenada, me refiero al año en curso que titula "NANKING" y es dirigida por Bill Guttentang, en la cual más es un documental que relata las atrocidades japonesas contra chinos.
Que Dios se apiade de mis enemigos porque yo no lo haré.

George Patton

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Mensajepor JRAMONCHU » Dom Dic 14, 2008 3:04 pm

Enhorabuena por el gran trabajo realizado por todos los participantes.
Yo era uno de los que era practicamente ignorante en este tema y he aprendido mucho.
Si no ataca inmediatamente, su salud, se podria resentir.


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