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Centro de eutanasia de Hartheim

Genocidios y deportaciones

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Centro de eutanasia de Hartheim

Mensajepor TMV » Dom Ago 05, 2007 8:45 am

HARTHEIM

El castillo de Hartheim está ubicado en el pueblo de Alkoven, cerca de Linz (Austria), y cerca del campo de concentración de Mauthausen

Imagen.
fuente http://www.elholocausto.net/parte03/0309.htm

Después del Anschluss, el edificio fue expropiado por los nazis, y más tarde convertido en un centro de eutanasia de la Aktion T4.

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fuente http://www.ushmm.org/m/img/58307-700x468.jpg
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Mensajepor TMV » Dom Ago 05, 2007 8:48 am

El director del instituto fue el Dr. Rudolf Lonauer, que a su vez era director del asilo en Niedernhart, donde también estuvo implicado en varios asesinatos.

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Lonauer (derecha) y su familia
Fuente: de.doew.braintrust.at

En mayo de 1945, Rudolf Lonauer y su familia se suicidaron.

Otro de los doctores que perpetró asesinatos en el castillo fue el Dr. Georg Renno.

El entrenamiento del personal fue diseñado para endurecer y someter al personal psicológicamente a la experiencia de tener que exterminar y observar la muerte de miles de personas, día tras día, semana tras semana.

El oficial responsable administrativo en Hartheim fue Christian Wirth, que había sido seleccionado por T4 para supervisar el entrenamiento.

El Castillo de Hartheim, tenía diferentes competencias: estaba integrado en el programa de Eutanasia de los Nazis y adjunto a los campos de concentración de Dachau, Mauthausen y Gusen. Enfermos y discapacitados fueron sometidos a experimentos crueles y después gaseados.

Al castillo de Hartheim llegaban los “autobuses grises”, transportando a las víctimas que procedían de sanatorios mentales cercanos, del campo de concentración de Dachau (que se encuentra a 250 km (4 horas de recorrido)) y de los campos cercanos de Mauthausen (a 17 km) y Gusen (a 5 km).

Inmediatamente después de su llegada, los presos eran trasladados a la sala de admisión, donde las víctimas eran obligadas a desnudarse y eran inspeccionadas por el personal del centro. Un doctor se encargaba de redactar los informes de las causas de las posteriores muertes de las víctimas.

La mayor parte de las víctimas eran fotografiadas.

Posteriormente se trasladaba a las víctimas a la cámara de gas (disfrazada a modo de ducha), donde eran gaseadas con monóxido de carbono.
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Mensajepor TMV » Dom Ago 05, 2007 8:51 am

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Fuente: http://www.scrapbookpages.com
Vista de la entrada de gas al interior de la cámara. La capacidad máxima de la cámara era de 150 personas en un espacio de dimensiones 5,8 de largo por 3,8 de ancho por 2,7 de alto.

Completada la fase de asesinato los cadáveres eran trasladados al depósito, donde a veces permanecían días antes de ser incinerados.

La zona de cremación constaba de dos hornos.

Puesto que las cremaciones no eran del todo perfectas, un equipo se encargaba de machacar los huesos que no se habían incinerado, hasta reducirlos a ceniza.

Durante el mes de mayo de 1940, los primeros 633 pacientes del centro fueron gaseados.

Después de ser gaseados, los cadáveres eran quemados en los hornos crematorios del castillo.

Una vez a la semana un camión con las cenizas de los cadáveres quemados salía del castillo y se dirigía a los ríos Danubio y Traun, donde las cenizas eran esparcidas en sus aguas.
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Mensajepor TMV » Dom Ago 05, 2007 8:58 am

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Lista del transporte el núm.: 10 de pacientes transferidos de la clínica Steinhof a Hartheim
Fuente: http://www.spiegelgrund.at

Desde el comienzo de las actividades de matanza y hasta agosto de 1941, en el castillo fueron asesinadas 18.269 personas.

El 15 de agosto de 1941, el castillo de Hartheim, su cámara de gas y su crematorio, recibieron a los primeros españoles.

Durante la operación de Sonderbehandlung 14f13, asesinaron a 12.215 víctimas más, entre ellas más de 8.342 internos de los campos de concentración Dachau, Mauthausen, Gusen, Melt y Ebensee (prisioneros de guerra rusos, judíos húngaros, testigos de Jehová y 431 españoles presos en Mauthausen, 38 de ellos víctimas de experimentos médicos).

Extracto del informe “Estadística Hartheim”.

La estadística Hartheim, fue un informe redactado en le cual figuraba una lista meticulosa de los ahorros económicos de mantenimiento de las personas discapacitadas que el programa T4 proporcionaba al tercer Reich.
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Fuente: http://www.spiegelgrund.at


Fuentes:
http://www.ushmm.org
http://www.jewishvirtuallibrary.org
http://www.holocaustresearchproject.org
http://www.ess.uwe.ac.uk
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Mensajepor Nomada_Karpetano » Mié Ago 15, 2007 10:38 pm

Muchas gracias por el post y quiero contribuir con una foto que hice a una foto que estaba en la exposición, dentro del castillo.
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Miguel Juste Compañe, aparece en el ¨Libro Memorial¨ de Bermejo y Checa, como natural de Barcelona, nacido en 1913, ingresó en Mauthausen el 22 de Mayo de 1941 proveniente del Stalag XI-B, en Fallingbostel y consiguio sobrevivir.

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Re: Centro de eutanasia de Hartheim

Mensajepor Erich Hartmann » Mar Oct 21, 2008 2:08 am

Con el permiso de TMV, voy a incluir en este tema el capítulo XX del libro Los asesinos entre nosotros, de Simon Wiesenthal, editado por la editorial Noguer en 1967, y que arroja un poco de luz sobre este tétrico castillo y su empleo durante el nazismo.

CAPITULO XX

ESCUELA DE ASESINATO EN MASA


Un día, a finales de mayo de 1961, otra austríaca, da mediana edad, vino a verme a Linz. Era poco después de la captura de Adolf Eichmann y la prensa local había publicado un largo artículo sobre mi participación en la búsqueda del hombre. En aquella ocasión, toda clase de gente vino a decirme cosas que yo no quería saber y a venderme cosas que yo no necesitaba. Algunos me ofrecían sus conocimientos especiales y otros venían a pedirme consejo. No adivinaba por qué aquella mujer de aspecto descuidado y poco atractiva había acudido para verme. Llevaba un jersey chapucero y las greñas le colgaban sobre la frente. No, no era el tipo adecuado de mujer para venir a contarme una historia de amor y sin embargo, eso fue lo que hizo.

Bruno Bruckner, originariamente vigilante nocturno de los docks del ferrocarril de Linz y a la vez fotógrafo de afición, había vivido con la mujer aquella y prometido casarse con ella. Resulta que luego conoció a otra...

Yo la escuchaba distraído, preguntándome cuándo llegaría al meollo de la cuestión.

—...y en 1940 Bruno trabajó para los nazis y se convirtió en fotógrafo especial del castillo de Hartheim.

¡Hartheiml Aquello me puso instantáneamente alerta.

¿Se refiere al castillo Hartheim de Alkoven?

—dijo—. A media hora de coche, en la autopista de Passau. ¿Ha estado alguna vez allí?

Durante la guerra, los nazis convirtieron el castillo Hartheim en un sanatorio y allí es donde Bruno trabajaba como fotógrafo. Iba a Linz, a verme dos veces al mes y siempre disponía de dinero a montones. Entonces fue cuando empezó a salir con esa mujer y...

Sí, ya me dijo. ¿Y qué hacía en el sanatorio?

Bueno, le decían que sacara fotografías de los pacientes. Las fotografías las enviaban a Berlín, cosa de «alto secreto», pero un día que se emborrachó me lo contó todo.

¿Qué clase de fotografías hacía allí? —le pregunté.

De pronto la mujer se puso en pie. Quizás había ido demasiado lejos en mis preguntas.

¿Por qué no se lo pregunta a Bruno? —me dijo llena de veneno—. Muy bien, él era un nazi y usted anda detrás de los nazis, ¿no? Aquí tiene su dirección y que se lo cuente todo, todos los bonitos experimentos que le hacían fotografiar en Hartheim.

Y se marchó.

Había oído hablar por primera vez de Hartheim durante mis últimas semanas en el campo de concentración de Mauthausen. Los crematorios funcionaban continuamente y a veces un horno se estropeaba y un técnico «de Hartheim» tenía que venir a reparar la maquinaria. Y también ciertos grupos de prisioneros eran enviados a Hartheim y nunca regresaban. Alguien me dijo que «Hartheim» («Mansión áspera») era el nombre de un viejo castillo que no estaba lejos de Mauthausen, y parecía ser sinónimo de muerte. Pero no le presté mucha atención entonces. Allí en mi catre del «bloque de la muerte» me sentía demasiado débil para pensar.

En 1947 varios guardas de la SS del campo de concentración de Mauthausen fueron juzgados ante un tribunal militar americano en Dachau. Ayudé a preparar las pruebas contra algunos SS y asistí al juicio. Uno de los acusados declaró que había sido enviado a Mauthausen «desde Hartheim». Fue condenado a muerte y ninguna otra mención de Hartheim se hizo.

La siguiente vez que tropecé con el nombre del castillo Hartheim fue en un informe sobre el programa de eutanasia del régimen nazi. La mayoría de los hechos son bien conocidos y voy a recapitularlos resumidos. La primera mención de eutanasia, que los nazis llamaban Gnadentod (muerte de favor), tuvo lugar en enero de 1940. Por orden de Adolf Hitler, tres hombres se reunieron en Brandenburgo: el Reichsleiter Philip Bouhler, Führer de la «salud» del Reich, el doctor Leonard Conti y el médico personal de Hitler, doctor Karl Brand. Las órdenes eran planear la «Vernichtung lebensunwerten Lebens». La frase, que no existe en ninguna otra lengua, puede ser, en traducción libre, como «destrucción-de-vidas-que-no-vale-la-pena-vivir». El proyecto constituía «alto secreto» y estaba bajo directo control de la Cancillería del Führer, cuya plana mayor estuvo primero bajo la supervisión de Rudolf Hess y, después de la deserción de éste, de Martin Bormann. Bormann nombró un comité de médicos especialistas a las órdenes del doctor Werner Heyde, profesor de psiquiatría de la Universidad de Wurzburgo. Heyde, responsable de la muerte de, por lo menos, cien mil personas, desapareció terminada la guerra bajo el nombre de «Dr. Sawade», fue capturado en 1962 y se suicidó en la cárcel poco antes de ser juzgado.

Durante la fase inicial del programa de eutanasia, ciertos grupos de personas (retrasados mentales, enfermos incurables extremadamente viejos), fueron las víctimas ya que habían sido clasificadas de Unnutze Esser (bocas inútiles). La teoría era que consumían considerable comida y no producían nada; por eso tenían que morir. La mayoría de ellos eran pacientes cristianos, alemanes y austríacos que ocupaban hospitales y asilos. No había judíos entre ellos, los judíos en su mayoría habían sido enviados ya a campos de concentración. Los nazis consideraban la eutanasia como una clase de ejecución casi ética y la reservaban para miembros de su propia raza. Oficialmente el programa tenía la sigla «T 4», de una elegante mansión de Berlín en la Tiergartenstrasse 4, donde los especialistas en eutanasia tenían su central. Las decisiones de si un ser humano debía vivir o morir era tomada por médicos especialistas conocidos como «T 4» que recibían las listas y fichas clínicas de «bocas inútiles en potencia» de los hospitales y asilos de Alemania, Austria y otros países. Aquellos médicos echaban un superficial vistazo a las fichas sin molestarse en visitar los pacientes y cuando una ficha se marcaba con una cruz, la sentencia de muerte había sido pronunciada.

A continuación los ficheros eran enviados a una oficina especial de transporte y empleados de robusta complexión llevaban a los hombres y mujeres condenados, a la «clínica» más cercana o «sanatorio», donde tenían una muerte dulce gracias a una inyección mortal. Cuatro de esas instituciones se mencionan en los informes sobre eutanasia que he estudiado. Había tres en Alemania: Hadamar, cerca de Limburg; Sennestein, cerca de Pirna, Sajonia; castillo Grafenegg, Brandenburgo. La cuarta era el citado castillo Hartheim, cerca de Linz.

Después que los hospitales y asilos fueron aligerados de muchas «bocas inútiles», la operación se extendió, bajo la clave «14 f 13», a los internados, enfermos o inválidos, en campos de concentración alemanes y austríacos, con frecuencia así inútiles a causa de los trabajos forzados. (El que había sido Canciller de Austria, Dr. Alfons Gorbach, un inválido, fue seleccionado para ir a parar al castillo Hartheim pero su caligrafía le salvó y fue enviado a trabajar a la oficina del campo de concentración de Dachau.) La «Acción 14 f 13» comenzó en 1941 y duró hasta el final de la guerra. A partir de 1943, muchos prisioneros franceses de campos de concentración fueron enviados al tétrico castillo Hartheim.



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Re: Centro de eutanasia de Hartheim

Mensajepor Erich Hartmann » Mar Oct 21, 2008 2:20 am

Después de leer el informe, fui al castillo Hartheim, que se halla en el pacífico pueblo de Alkoven, a unos veinte kilómetros de Linz, rodeado de verdes campos y onduladas colinas. El castillo Hartheim era un edificio de aspecto imponente y amenazador, del siglo XVI estilo Renacimiento, con cuatro torres y muchas hileras de ventanas. Traspuesta la verja, pasé a un gran patio rodeado de bellas columnatas. Por entonces, el castillo estaba habitado por volksdeutsche, refugiados del Este y sabía que no podrían decirme gran cosa, habiendo llegado después de la guerra. Fui al pueblo y hablé con algunas personas pero todas se mostraron en extremo reservadas en cuanto les preguntaba por Hartheim. Me decían que había sido «una especia de sanatorio», se encogían de hombros y se marchaban. Volví a mi coche y regresé a Linz. No hubiera vuelto a pensar posiblemente en el castillo de Hartheim si una mujer celosa no me hubiera venido a ver para hablarme de Bruno Bruckner que había «fotografiado» ciertos experimentos en el misterioso castillo.

Empecé por hacer averiguaciones acerca de Bruno el infiel. Ahora trabajaba en un complejo químico industrial del Estado en Linz y se decía que seguía siendo un aficionado entusiasta de la fotografía. En nuestros ficheros se mencionaba un tal Obersturmführer SS Bruckner que, según el testimonio de supervivientes de algunos campos de concentración, había sido un sabueso de enlace entre los campos y Berlín. Uno de los cometidos del Obersturmführer Bruckner era entregar en Berlín oro y joyas procedentes de prisioneros judíos. Como no había ninguna descripción de aquel SS, di a la policía de Linz la información que sobre él poseía y fue enviado un agente a entrevistarlo. No había ninguna acusación específica contra él y teníamos que movernos con cautela. Sugerí que el policía comenzara por hablarle de oro y joyas y que luego como sin darle importancia, dejase traslucir lo del castillo Hartheim. El agente actuó bien. Bruckner negó enfáticamente haber formado parte de la SS: no había sido más que «un simple soldado de la Wehrmacht», jamás había actuado de enlace para la SS en Berlín, y menos les había aportado joyas. En realidad, dijo, no había tenido nunca en sus manos el menor botín de guerra de que apropiarse.

Ni me apropié siguiera de un aparato fotográfico durante la guerra —dijo Bruckner—. Y no es ningún secreto que casi todo el mundo se llevó a casa por lo menos un par de cámaras. Por no hablar de otras cosas.

El policía asintió y preguntó luego:

Ya. Pero ahora tendrá algún aparato fotográfico, ¿no?

Claro. Los poseía ya mucho antes de que empezara la guerra.

¿Qué clase de fotografías sacaba usted en el castillo Hartheim, Bruckner?

A Bruckner tanto pareció aliviarle que el asunto del oro y las joyas se hubiera dejado de lado, que lo admitió todo.

Fotografías médicas. Hacían experimentos abajo en el sótano y yo los fotografiaba desde una abertura disimulada.

No se había presentado voluntario para aquello, dijo. —En 1940 un día un hombre del Gauleitung nazi me preguntó si me vería con ánimos de llevar un laboratorio fotográfico de primera categoría.

Bruckner le contestó que le encantaría. Pocos días después, le pidieron que fuera a la Gauleitung, donde dos hombres le interrogaron. Tuvo que firmar una declaración de que no hablaría a nadie de su trabajo, y al día siguiente un tal Herr Lohthaller lo condujo al «Sanatorio de Hartheim». Durante el camino, Bruno Bruckner le preguntó en qué consistía lo que tendría que hacer.

No me haga preguntas —Lohthaller le contestó—. Ya se lo explicarán allí.

Una vez en el castillo, Bruckner fue llevado a presencia del capitán Christian Wirth, el jefe. Bruckner describió al capitán Wirth como «un hombre muy agradable fuera del trabajo pero muy exigente mientras se trataba de trabajar, y que no dudaba ni un segundo en matar al que algo le saliera mal». Wirth dijo a Bruckner que tendría que sacar «tres fotos de cada paciente», le mostró el laboratorio, que era de veras de primera clase, y le mostró dónde dormiría.

Bruckner fotografiaba unos treinta pacientes al día y a veces más. Siempre desde el mismo ángulo, era un trabajo difícil.

Algunos pacientes se ponían como locos y tenían que ser sujetados por enfermeros. Una o dos veces, se les soltó el paciente antes de que le pudieran dar la inyección letal y apenas pudieron con él. Lo peor era que me asqueaba la comida porque flotaba un horrible hedor en el aire procedente de los hornos crematorios que no nos dejaba ni de día ni de noche. Al cabo de unos días, fui al capitán Wirth y le dije que no podía soportarlo más. Le pedí que me librara del puesto.

Al capitán Wirth no le gustó nada la sugerencia de Bruckner, y le dio a elegir entre tres posibilidades:

O sigue usted aquí y mantiene la boca cerrada. O le enviamos a Mauthausen. O si lo prefiere, podemos matarle aquí inmediatamente.

Bruckner se fue a su habitación abatido. Aquella noche el capitán Wirth le envió una botella de schnapps y Bruckner se emborrachó. Al cabo de un tiempo se olvido del hedor del ambiente.

Gradualmente, Bruckner fue descubriendo más cosas acerca de Hartheim. No le fue fácil porque todos eran muy reservados y le habían advertido que no hiciera preguntas si quería conservar la vida. Pero él no tenía nada de tonto y se dio cuenta de que a los doctores que estaban al frente de aquello, Rudolf Lohuauer, de Linz, jefe médico y Georg Renno, su ayudante, les hacía poca gracia que él sacara fotografías que les incluía. Pero él tenía órdenes de Wirth. Al cabo de unas semanas, Wirth le dijo que bajara al sótano e hiciera fotografías de los «nuevos experimentos».

¿Qué clase de experimentos? —le preguntó el agente.

Entonces los pacientes morían por gas. Yo tenía que tomar fotografías muy de cerca de sus últimos momentos y luego tuve también que fotografiarles el cerebro.

Wirth llamaba a las fotografías «material científico» y las enviaba a Berlín. No se me permitió guardar ninguna de aquellas fotografías. Junto a la habitación de los experimentos, estaba el crematorio. Yo no hacía preguntas. Era un buen trabajo porque me pagaban trescientos marcos al mes y además siempre me hacía un pequeño sobresueldo sacando fotografías a los empleados, con permiso del capitán Wirth. La comida, en sí, era buena y siempre había bebida. Además por las noches tenían lugar juerga tras juerga, todos durmiendo con todos.

Bruno Bruckner hizo su trabajo a boca cerrada. Luego el capitán Wirth fue transferido y le sucedió un tal Franz Stangl. Y luego, hacia 1941, todo se le acabó a Bruno, desgraciadamente. La Wehrmacht lo reclutó y fue enviado al frente del Este.

¿Hubo algo que le llamara la atención mientras estuvo en Hartheim? —le preguntó el policía.

—contestó Bruckner—. Algo que no logré comprender. Cada día en el sótano eran gaseados unos treinta o treinta y cinco pacientes y sin embargo tenían por lo menos ochenta empleados, que bajaban al sótano a verlo, ¿para qué necesitarían ochenta personas?

Pocas semanas después, tras una investigación a fondo, yo estaba en condiciones de contestar la pregunta de Bruckner. El castillo Hartheim no sólo era una institución de eutanasia como yo había supuesto hasta el interrogatorio de Bruckner. Hartheim era mucho más.



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Re: Centro de eutanasia de Hartheim

Mensajepor Erich Hartmann » Mar Oct 21, 2008 2:27 am

Había unos hechos al parecer sin relación, ya que Wirth, el lugarteniente del castillo Hartheim, estuvo luego al frente de tres campos de exterminación polacos: Belzec, Sobibor y Treblinka, donde un millón y medio de judíos, hombres, mujeres y niños, fueron gaseados entre 1941 y 1943. Su sucesor en Hartheim, Franz Stangl, fue luego comandante del campo de Treblinka. Gustav Wagner, otro alumno de Hartheim, estuvo luego al frente del campo de Sobibor y ahora se esconde probablemente en la Argentina bajo otro nombre. El jefe de doctores de Hartheim, Rudolf Lohnauer, de Linz, se suicidó al terminar la guerra, con toda su familia; su segundo, Renno Georg, fue arrestado en Frankfurt en 1963 y se le juzgará allí. En resumen, gran número de SS que desempeñaron cargos técnicos en las cámaras de gas y crematorios de varios campos de concentración, habían pasado cierto tiempo en Hartheim o una cualquiera de las otras tres clínicas de eutanasia.

La terrible verdad es que los centros de eutanasia eran escuelas normales de asesinato. Trato sólo de Hartheim, donde he tenido fácil acceso, pero material similar existe sobre los otros tres centros de Alemania, todos ellos centros de entreno para el programa genocida de Hitler.

Este descubrimiento contesta preguntas que habían desconcertado a historiadores y criminólogos desde el final de la guerra: cómo seleccionaban el personal, cómo lo adiestraban, para haber llevado a cabo el aniquilamiento de once millones de seres humanos y cómo guardaban el secreto para que no se hubiera sabido nada de aquello hasta años después de terminada la guerra. Como es lógico, los hombres que manejaban las cámaras de gas, tuvieron que contemplar la muerte de decenas de miles de personas día tras día y semana tras semana, tuvieron que ser entrenados técnica y psicológicamente, de otro modo no hubieran podido resistir la continua tensión.

En 1947 empecé a discutir el problema con varios especialistas que habían estudiado los archivos de la maquinaria de aniquilamiento nazi. Pregunté a historiadores, criminólogos, doctores y a los componentes del Instituto Yad Vashem de Jerusalén: ¿cómo podía explicarse que nunca se produjera una sola falla en el engranaje de exterminio de los campos de muerte? Sabemos que en la Conferencia de Wannsee en enero de 1941, los nazis determinaron el exterminio metódico de once millones de judíos de Europa y que diversos métodos de genocidio fueron propuestos. Sabemos que se produjeron fallas técnicas; una vez, estando presente Himmler, los vapores de los motores de submarinos resultaron altamente insatisfactorios para el exterminio, Himmler se puso furioso y como consecuencia hubo drásticos castigos. Las máquinas fallaban, pero el personal que las manejaba, no falló nunca. ¿Cómo podía ser que el elemento humano fuera más seguro que las mismas máquinas? ¿Habían sido aquellos hombres sometidos a entreno, técnico y psicológico, para poder resistir la enorme tensión? La cuestión me estuvo preocupando años. Los nazis sabían que se les acababa el tiempo y existían planes de asesinato de gitanos, polacos, rusos, etcétera. Ello significaba que la maquinaria genocida tenía que seguir rodando a toda velocidad; así, que todos los hechos llevaban a la conclusión que cuadros de asesinos, técnicamente especializados y psicológicamente endurecidos, eran preparados en alguna parte. El castillo Hartheim y los demás centros de eutanasia eran la respuesta: allí los nazis crearon los cuadros de perfectos asesinos profesionales.

Hartheim fue organizado como una escuela médica, con excepto que los «estudiantes» no aprendían a salvar vidas humanas sino a destruirlas lo más eficazmente posible. Las muertes de las víctimas eran clínicamente estudiadas, fotografiadas con precisión, científicamente perfeccionadas. (En los últimos juicios de Alemania se ha comprobado que en los campos de muerte de Belzec, Sobibor y Treblinka hubo fotógrafos especiales que sacaban fotografías de las víctimas agonizantes). Varias mezclas de gases se probaron hasta hallar el más efectivo. Doctores provistos de cronómetros observaban a los agonizantes por el atisbadero de una pared del sótano del castillo Hartheim y cronometraban las últimas convulsiones, con aproximación de décimas de segundo. Se hicieron películas a cámara lenta que fueron estudiadas por especialistas. Los cerebros fueron fotografiados para conocer con exactitud el momento de la muerte. Nada se dejó al azar.

Los «estudiantes» contemplaban primero los experimentos, luego los realizaban ellos mismos. Cada «estudiante» era seleccionado por altos oficiales nazis, los llamados Gau-lnspekture. La seguridad de todo el asunto se consideraba de tanta importancia que la Gau-lnspekture era personal y directamente responsable ante la Cancillería de Hitler. Los nazis se dieron cuenta de que debía ser evitado cualquier desliz pues alemanes y austríacos venían siendo asesinados y podían producirse complicaciones. A pesar de todas las precauciones, algo trascendió luego de los «sanatorios» de Sonnenstein y Grafenegg: corrió el rumor entre la población y ambos lugares tuvieron al fin que ser clausurados. En Hadamar y Hartheim la organización fue perfecta, por ser lugares muy apartados, no hubo rumores.

Nadie sabrá nunca exactamente cuántas personas fueron asesinadas en el castillo Renacimiento de la hermosa columnata. No hay monumento que recuerde las víctimas de Hartheim, en su mayoría cristianos alemanes y austríacos; el monumento está por erigir. No se han hallado los ficheros de la oficina de registro pero en el juicio de Dachau de 1947 hubo testimonio de que en el sótano se trataba diariamente de treinta a cuarenta «conejillos de indias» humanos. Ello equivaldría a unas treinta mil personas en tres años. Hacia el fin, Hartheim se convirtió sencillamente en un lugar de exterminio más. Cuando los verdugos del cercano Mauthausen tenían demasiado trabajo, las víctimas sobrantes eran enviadas a Hartheim.

Los «graduados» en Hartheim, se convirtieron luego en maestros de futuros cuadros de asesinos científicamente entrenados. Después de unas prácticas, los «estudiantes» eran insensibles a los gritos de las víctimas, los «maestros» vigilaban la reacción de los «estudiantes». Fue un brillante hallazgo psicológico haber utilizado a alemanes y austríacos en el entreno base de asesinos en masa: si un «estudiante» no se desmoronaba cuando tenía que matar a los suyos, no tendría escrúpulo moral para exterminar miles de Untermenschen, El «estudiante» que no lo resistía, era enviado al frente, donde sus superiores lo destinaban a un Himmetfahrtskommando, escuadrón suicida.

Entregué mi dossier sobre Hartheim al doctor Christian Broda, entonces Ministro de Justicia austríaco. El 20 de febrero de 1964, informé a la prensa que el ministro me había asegurado, en presencia del procurador general Franz Pallin, que mi material sería inmediatamente cursado «para que este nuevo descubrimiento sea puesto en conocimiento y empleado en todos los procesos pendientes». Los dossiers contienen los nombres de varios ciudadanos austríacos que tuvieron participación activa en Hartheim. Escribo esto en el verano de 1966 y aún siguen en libertad.



FIN

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Herman Hoth
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HARTHEIM, el castillo de la eutanasia.

Mensajepor Herman Hoth » Mié Dic 30, 2009 8:10 pm

Construido a finales del siglo XVII, el castillo de Hartheim se yergue solemne en la población de Alkoven, a 14 kilómetros de Linz, Austria, cerca del campo de concentración nazi de Mauthausen. Rodeado de verdes campos, su aspecto elegante e imponente, revestido de un blanco impoluto, contrasta con los terribles actos, experimentos médicos y asesinatos en masa en la cámara de gas, que tuvieron lugar en su interior.
Ocurrió durante la II Guerra Mundial, cuando los médicos de las SS, por orden expresa de Hitler, debían eliminar sistemáticamente a todos los deficientes físicos y mentales internados en las instalaciones especiales de Alemania.
Esta acción tenía un nombre, Eutanasia T4, y un ejecutor, el doctor Karl Brandt, medico personal de Hitler, que en poco tiempo se convirtió en el delegado para la eutanasia, Beauftragter, del gobierno nazi. En 1942 dio un paso más en su carrera y fue nombrado comisario del Reich para la salud, Für das Sanitäts-und Gesundheitswsen.
Brandt llego a disponer, para la aplicación del Programa Eutanasia T4, de 350 médicos de las SS y 6 instalaciones de gaseo repartidas por Alemania, en Bernburg, Brandenburg, Grafeneck, Hadamar y Sonnenstein, y 1 en Austria, Hartheim.
Rudolf Lonauer, el director de Hartheim entre 1940 y 1945, en cuyo mes de mayo, se suicido con su familia, llevo a cabo la tarea encomendada de forma tan sistemática como implacable. En este castillo trabajaron 80 personas, entre médicos y personal administrativo, en medio de rigurosas medidas de seguridad. Un fuerte entrenamiento psicológico de todo el personal era supervisado por el comisario de policía criminal y lugarteniente de Hartheim, Christian Wirth. Día a día mataban o veían morir a un gran número de personas, y debían resistirlo.
Esta era una de las misiones de Wirth: comprobar la dureza y el silencio del personal de Hartheim, incluido el fotógrafo contratado para captar algunos experimentos médicos, disecciones y victimas falleciendo en la cámara de gas.

En Hartheim, “la casa de reposo” como era apodada cínicamente, fueron eliminadas más de 30.000 personas, entre ellas 499 republicanos españoles. Era una institución al servicio de la eutanasia, pero no hay que olvidar que también fue un centro adjunto a los campos de concentración de Mauthausen, a 17 kilómetros, Gusen, a 5 kilómetros y Dachau, a 250 kilómetros. De allí procedían los deportados más débiles para ser exterminados.
El programa de eutanasia comenzó a gestarse en 1939, a raíz de una orden dada desde la Cancilleria del Führer. Fue el propio Hitler quien encomendó dicha tarea al jefe de su cancillería, Philip Bouhler, y al doctor Karl Brandt, mediante una autorización secreta firmada el 1 de septiembre de 1939. En ella ampliaba las competencias de los médicos para conceder una “muerte piadosa” a los enfermos manifiestamente incurables, habiendo evaluado estrictamente su estado de salud.
El objetivo era proteger a los médicos y al personal involucrado en la eutanasia de posibles procedimientos penales, alegando que el programa respondía a medidas de guerra.
La aplicación metódica de la eutanasia conllevo la creación, por parte de la Cancilleria, de una organización especial, con sede en Berlín. Así nació una operación secreta bajo el nombre clave de Aktion T4, haciendo referencia a la dirección donde se encontraba dicha oficina: Tiergartenstrasse número 4. Desde aquí se decidía quien viviría y quien no.

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Karl Brandt, durante el juicio de Nuremberg. fuente http://www.holocaustresearchproject.org ... Brandt.jpg

Para ejecutar el programa fue preciso crear tres sociedades: la Fundación General de Institutos Psiquiátricos, de la que dependía el personal de los centros de exterminio; la Comisión de Trabajo del Reich de Hospitales Neuropsiquiátricos, que distribuía los formularios de registro y ordenaba los peritajes, y la Sociedad de Utilidad Publica de Transporte de Enfermos, que realizaba los traslados hasta los lugares de exterminio. Estas tres organizaciones se hicieron cargo de los temas relacionados con las muertes y la correspondencia con los institutos y los familiares, en el mundo exterior.
Los primeros en ser asesinados fueron los propios niños alemanes deficientes, que eran enviados a determinadas clínicas pediátricas de Austria y Alemania, para ser eliminados con inyecciones letales, morfina, escopolamina o dejándolos morir de hambre. Así fallecieron unos 8.000.
Pronto se expandiría este programa a los adultos ingresados en instituciones. Se eliminaron hombres y mujeres, incluso ancianos de geriátricos, de todas las edades. Enfermos mentales incurables y portadores de enfermedades hereditarias, entre otras causas, eran enviados a la muerte. Según el cálculo de la Cancilleria, por cada 1000 habitantes había 10 enfermos mentales, de los cuales 5 necesitaban ser internados y 1 se encontraba “mentalmente muerto”.
Era preciso eliminarlo. Con este programa erradicaron, de promedio, un 50% de los pacientes de los psiquiátricos alemanes.
Sobre una población de más de 70 millones de habitantes, murieron, hasta agosto de 1941, unas 70.000 personas. Lo recuerda Alice Platten Hallermund en su libro “Exterminio de enfermos mentales en la Alemania nazi”, publicado en Alemania en 1948 y reeditado en 1993, donde describe los crímenes cometidos en el ámbito medico, especialmente en la psiquiatría. Esta doctora fue miembro de la comisión que actuó en el juicio del tribunal de Nuremberg contra los 23 médicos acusados de crímenes contra la humanidad.

Las victimas seleccionadas desde la sede de Berlín, eran transportadas hasta los sanatorios y centros como Hartheim para someterlas a un supuesto chequeo y pasar por una ducha de “desinfección”, como la llamaban. La realidad era mas cruel, o bien entraban directamente en la cámara de gas o bien eran objeto de abominables experimentos médicos, en nombre de la ciencia.
Las cenizas, siempre mezcladas con las de otras victimas, eran enviadas a sus familias junto con un certificado de defunción, donde se indicaba alguna causa de la muerte. Los motivos del fallecimiento se repitieron miles de veces poco más de un año, lo que levanto sospechas entre los familiares. El programa de eutanasia T4 se convirtió en un secreto a voces y broto una fuerte resistencia por parte de familiares y amigos. La presión popular fue en aumento, al igual que la oposición de algunos círculos religiosos. Los jueces comenzaron a tener una visión mas critica y algunos militantes nazis comenzaron a adoptar discretas posiciones en contra.
En consecuencia, Hitler ordeno frenar el programa en agosto de 1941, pero fue una orden verbal. No desmonto la organización establecida, sino que, muy al contrario, continuo llevándose a cabo de manera más secreta, incrementando el número de asesinatos hasta el final del régimen nazi. El balance de muertes del programa T4 asciende a 70.000 personas, en su primera etapa. Sin embrago, según se estipulo en Nuremberg, el numero total de muertos fue de unas 275.000 personas.

Si bien por Hartheim pasaron adultos, niños y ancianos deficientes físicos y mentales, no tardarían en llegar también los presos más débiles y tullidos procedentes de los campos de concentración. Ocurrió en la primavera de 1941, cuando siguiendo órdenes de Himmler, se utilizo el programa para eliminar a los enfermos de los campos cercanos: Gusen, Dachau y Mauthausen, habiendo en este ultimo hasta 8.000 españoles cautivos.
Esta operación tenia un nombre: AKTION 14F13, o “trato especial” (Sonderbehandlung), y preveía, para cada uno de estos tres campos, la selección de un mínimo de 2000 presos para enviar a las cámaras de gas de los centros habilitados para la eutanasia.
Utilizaron un código secreto para designar en clave la situación de los presos en los campos, 14F significaba la muerte de un detenido. El motivo del fallecimiento era codificado con una indicación complementaria: 14F1, era muerte natural, 14F2, era suicidio o accidente, 14F3, fusilado por tentativa de evasión.
Enero de 1941 fu especialmente frío y muy duro para los prisioneros en Mauthausen y Gusen. Hubo un aumento desbordado de reclusos, una degradación elevada de las condiciones de supervivencia y un incremento de la mortalidad.
Ante esta sobrepoblación, los nazis decidieron aplicar el plan 14F13. Los primeros españoles enviados a la cámara de gas de Hartheim fueron en un transporte del 14 de agosto de 1941.
Según Pierre Serge Choumoff, deportado de Mauthausen, en Hartheim fueron asesinados más de 7.688 prisioneros, de ellos, 499 eran españoles. Sin embargo, por desgracia, las cifras son superiores, pues muchos nombres jamás fueron registrados.
La operación 14F13 fue la antesala de los campos de exterminio masivos.

Claude Bessone y Jean-Marie Winkler, dos investigadores de la Amicale Francesa, recuerdan en su obra L´euthanasie nationale-socialiste, que de Hartheim, la escuela de asesinos, como la denomino Simón Wiesenthal, fueron formados, desde 1940, los que serian los futuros verdugos de infaustos lugares como Treblinka, Sobibor y Belzec, al igual que los futuros encargados de las masacres en los campos creados tras la conferencia de Wannsee, en enero de 1942.
Estaba a punto de ponerse en marcha una gigantesca maquinaria de exterminio, llamada Auschwitz.
A Hartheim llegaban constantemente transportes, eran los llamados “autobuses grises” procedentes de los sanatorios mentales y de los campos de concentración. El vehículo entraba por la fachada oeste, en una zona vallada que impedía la visión desde el exterior. Las victimas recorrían un largo pasillo que conducía a la sala de admisión, donde las obligaban a desnudarse y a la sala de registro, donde verificaban sus nombres y su expediente medico. A continuación entraban en la cámara de gas.
Fueron gaseadas con monóxido de carbono en una cámara, cuya capacidad máxima era de 150 personas, en un espacio de 5,8 metros de largo por 3,8 metros de ancho. Con una peridiocidad semanal, un camión esparcía sus cenizas en las aguas del danubio y su afluente, el Traun, aunque posteriormente también serian esparcidas en el jardín del castillo. En esta zona, se creo años mas tarde un santuario, para recordar a las victimas.

Meses antes del fin de la guerra, los nazis deciden esconder las pruebas de su barbarie, así el 12 de diciembre de 1944, las SS reciben la orden de transformar Hartheim en el pacifico centro de acogida infantil que fue en otros tiempos.
Un comando de 20 hombres, deportados de Mauthausen, entre ellos algunos españoles, llevaron a cabo las tareas de ocultación y destrucción de pruebas. Demolieron y ocultaron la cámara de gas, el crematorio y la chimenea exterior. Tapiaron puertas y dependencias, mientras que una parte de las instalaciones fue traslada a una granja próxima.
Adam Golembski fue uno de los hombres encargados del maquillaje, y en una carta describe su impresión al llegar a la fortaleza, como ocultaron las pruebas y lo impactante de este castillo de varias plantas, que tenia una chimenea de 26 metros.
Esta destrucción justifica por que nunca se encontró ni la cámara de gas ni el crematorio.

Existen diversas versiones de lo que allí ocurrió, pero algunos nazis declararon acerca de su utilización y, sobre todo, prevalecen los testimonios de ex deportados que lo afirman. Es el caso de Pierre Serge Choumoff, preso en Mauthausen, que así lo relato en dos de sus ensayos: Les assassinats nationaux-socialistes par gaz en territoire Austrichiem, 1940-1945, y Les cambres a gaz en Mauthausen, y también de Georges Wellers, autor de Les chambres a gaz ont existé.
Además, el comandante de Mauthausen, Franz Ziereis, confeso detalladamente los crímenes nazis, incluidos los cometidos en el Castillo de Hartheim.

El 27 de julio de 1945, tras el final de la guerra, los norteamericanos de la War Crimes Investigation Team, nº 6824, localizaron en Hartheim, de forma fortuita, la denominada “Hartheim Estadística”, que contenía gráficos mensuales sobre el programa de eutanasia T4, detallaba la cantidad de “desinfectados” mensuales y los ahorros económicos, en alimentos, alquiler, medicamentos, personal medico, administrativo, etc., que dicho programa proporcionaba al Tercer Reich. Refleja también que 18.269 personas fueron exterminadas en las cámaras de gas entre mayo de 1940 y el 1 de agosto de 1941.

Fuente: La aventura de la Historia. Nº 135
Última edición por Herman Hoth el Sab Ene 02, 2010 2:14 am, editado 1 vez en total.
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Centro de eutanasia de Hartheim

Mensajepor Herman Hoth » Sab Ene 02, 2010 2:42 am

En la actualidad, Hartheim se ha convertido, por un lado, en un memorial, rehabilitado en mayo de 2003, que recuerda lo que allí se llevo a cabo durante la epoca nazi, y por el otro, en el Instituto Hartheim, un centro dependiente del gobierno de Austria, de apoyo a las personas discapacitadas.
En el interior del castillo se exhibe una exposicion permanente, El valor de la vida, centrada en la actitud de la sociedad hacia los discapacitados y en lo que fue el programa de eutanasia. Donde antaño se levantaba una empalizada, hoy se encuentran unas gruesas laminas de hierro con apariencia oxidada. Fueron diseñadas por Herbert Friedl para emular los barrotes de una prision. La herrumbre del material pretende identificar la naturaleza de los verdugos y el conjunto de las placas, vistas a distancia, constituye un codigo de barras con la fecha del inicio de Hartheim, 1940.

Tras esta hilera se encuentran las salas por donde pasaron las victimas. Hoy, estan consagradas a la historia del centro con fotos de las victimas, de sus verdugos, de los experimentos llevados a cabo e, incluso, de algunos objetos.
La que fue sala de registro acoge unos grandes paneles de cristal, donde estan inscritos los nombres de todos los asesinados. desemboca directamente en un pasadizo o puente desde donde se observan los vestigios de lo que fueron las camara de gas, la morgue y el crematorio.
Fotos http://www.scrapbookpages.com/Hartheim/Tour02.html

Desde el patio central se puede observar la imponencia de este edificio renovado, En sus tres plantas, decoradas con bellas arcadas, estaban las habitaciones de los SS y del personal del centro. Casi seria imposible recordar aquella matanza de no ser por las placas colocadas en el patio, como homenaje a los asesinados, justo a la entrada de la camara de gas.
Fotos: http://www.scrapbookpages.com/Hartheim/Tour03.html.


Recordad camaradas: "Olvidar el mal pasado es permitir que se repita"
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