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La madre de todas las preguntas: ¿Por qué los alemanes?

Genocidios y deportaciones

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maxtor
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La madre de todas las preguntas: ¿Por qué los alemanes?

Mensajepor maxtor » Mar Ene 27, 2015 3:16 pm

Saludos cordiales a todos.

¿Por qué un pueblo civilizado, culturalmente avanzado, como el alemán pudo hacerse responsable de un crimen de una magnitud como el Holocausto?.

El historiador Götz, Aly analiza en su obra “¿Por qué los Alemanes?, ¿Por qué los judíos?. Las causas del Holocausto” y saca a la palestra cómo el progreso de los judíos que experimentaron en la Alemania contemporánea fue engendrando en parte del pueblo alemán resentimiento y envidia, y cómo surgieron de ahí, primero una arrogancia racial y finalmente, un antisemitismo que no dudó hasta llegar al exterminio.

La pregunta que da título al nombre del libro referido puede que sea la pregunta más importante de la historia moderna. Los emigrantes judíos que en el s. XIX llegaron a Alemania desde los países vecinos del este tenían motivos para sentirse aliviados por haber cruzado la frontera alemana, valoraban la seguridad jurídica, la libertad económica y las oportunidades educativas para sus hijos que Prusia les ofrecía, a partir de 1812 y el Imperio alemán con posterioridad. Los progromos de otros países del este y sur de Europa hasta bien entrado el s. XX eran desconocidos en Alemania, y no obstante, dicha libertad fue el germen que alimentó el antisemitismo radical.

El historiador Götz analiza y critica la visión alemana, de su sociedad, en cómo califica actualmente el crimen del Holocausto y considera que pese a que la sociedad alemana sitúa a las víctimas en el centro de sus reflexiones y se fomenta una dinámica de identificación con ellas, a la vez, se ejerce una abstracción al describir a los autores criminales como ejecutores casi extraterrestres y con un distanciamiento que a menudo ignora las historias familiares. Las distintas teorías sobre el fascismo, las dictaduras en general o la lógica de la inclusión y la exclusión tambien sirven, en opinión del historiador Aly, para mantener a las generaciones posteriores cuidadosamente alejadas del Holocausto. Las conceptualizaciones vacuas ocultan el asesinato racista detrás de principios marxistas, le restan importancia aludiendo a un retorno a la barbarie histórica, o bien achacan la responsabilidad a un supuesto Sonderweg o vía particular alemana distinta de la europea, a una determinada generación de ejecutores supuestamente difíciles de encasillar, a una ideología especial o a una propensión generalizada a las formas de estado totalitarias.

Si queremos aprender del asesinato sobre los judíos europeos, lo primero que tenemos que hacer es dejar de explicar los antecedentes con la ayuda de esquemas bipolares de que dividen la historia en desarrollos”buenos” y “malos”. El objetivo del libro de Aly, es quitar la venda sobre los ojos que impide ver los antecedentes y convierte el nacionalismo en un ente extraño, en un paso en falso inexplicable en el curso de la historia de Alemania. Para entender el antisemitismo alemán es interesante tener en cuenta las corrientes antiliberales alimentadas desde distintos focos, en particular, el giro antiliberal de Bismarck con el apoyo de los conservadores, al pensamiento colectivista, primero y étnico – colectivista, después, de los socialistas alemanes o a la autodestrucción del liberalismo bajo la égida de Friedrich Naumann.

En 1933 Siegfried Lichtenstaedter intentó analizar la situación de los judíos en Alemania, desde hace varios años estudiaba atentamente el Völkischer Beobachter, un periódico muy leído del órgano del “Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán”, Lichtenstaedter se preguntaba el por qué los judíos eran el centro de los ataques de dicho medio de comunicación. Según su opinión, porque su actitud, aspecto y religión los acercaba a las culturas dominantes europeas; por otro lado, porque su “yo colectivo” era claramente distinguible. Lichtenstaedter considera al NSDAP, un partido de arribistas y constató que en promedio, los judíos ocupaban posiciones más altas en Europa central y occidental, algo que los no judíos soportaban cada vez menos. El recuperado afán de ascenso social de los judíos provocó a sus adversarios una enorme clientela, en su opinión el antisemitismo se volvió agresivo por culpa de la envidia social, la competencia y el afán de ascenso. Para Lichtenstaedter el antisemitismo alemán no se alimentaba de ninguna ideología especialmente concebida, sino de tensiones e intereses materiales y, en última instancia, de la envidia.

La envidia hacia otros es una autointoxicación consciente y dicho sentimiento está detrás de todo tipo de pretextos, como por ejemplo, una doctrina de razas, los envidiosos del éxito ajeno o de los más inteligentes o trabajadores los consideran más astutos, más capacitados para medrar pero no más profundo, esa grandeza y profundidad queda destinada al tradiconalismo, a lo antiguo, a la “alemanidad”… No toman el éxito del judío como un modelo a seguir, sino aspiran a su destrucción asociada a destruir a la vez a la modernidad que se les vino encima, ponen todas sus energías a la destrucción de la “felicidad ajena” (Inmanuel Kant).

La derecha conservadora alemana pese a su sentimiento de fuerza era bastante débil desde un punto de vista moral e intelectual, con una absoluta falta de confianza y sensación de inferioridad respecto al sentimiento nacional de otros países y ellos lo percibían claramente con la manifestación de una ambición exaltada. “El alemán se exige a sí mismo ser alemán”, criticó en 1848 – 1849 el diputado Julius Fröbel en la Asamblea Nacional de Frankfurt, el primer parlamento alemán libremente elegido. No tenía nada que ver con lo que sucedía a los ingleses, franceses o italianos, pese a que estos últimos consiguieron su estado en 1870, tras tres guerras en el suelo nacional contra Francia, Austria y el Vaticano, y refrendaron su fundación mediante un plebiscito. Mientras tanto en 1864 y 1870, la Confederación de Estados Alemanes, encabezada por Prusia, invadía Dinamarca, Austria y Francia sin motivos aparentes y sólo para ganar autoconvicción nacional. El historiador y político nacionalista Heinrich von Treitschke celebró la invasión con estas palabras: “La guerra es la mejor medicina para un pueblo”. La unificación formada con sangre y hierro bajo Bismarck resultó ser frágil y preñada de un sentimiento de fragilidad y de búsqueda continua de la “alemanidad”.

Los que actúan movidos por la envidia hablan copiosamente del perjuicio del que son víctimas, tienen miedo a la libertad y propenden al igualitarismo. Los envidiosos desprestigian al prójimo y se ven a sí mismos como los débiles y prefieren la protección de un grupo con sentimientos afines. Los alemanes torcieron los conceptos revolucionarios franceses y proporcionaron al mundo los más importantes teóricos del comunismo y del socialismo, inventaron el sistema de seguros sociales, idearon el socialismo nacional de Hitler, imploraron la unión de las políticas social y económica en la RDA y crearon la economía social de mercado en la República Federal. En aras de la igualdad, los alemanes convirtiero el concepto de sociedad en sinónimo de estado y erigieron a esta a la categoría de “padre estado”. Cuanto más germinaba en la conciencia nacional colectiva esta forma de entender la igualdad, más pronunciado es el “afecto de diferencia” (Arnold Zweig) que rechaza a los grupos formados por los distintos, especialmente cuando estos destacaban por su vivacidad, humor, perspicacia y éxito.

Desde sus comienzos, los nacionalrevolucinoarios alemanes hacían encajar esta igualdad malinterpretada con su curioso concepto colectivista de libertad, el estímulo de las guerras de liberación contra Napoleón no fue interpretado por dichos sectores de la sociedad alemana como un aspirar a una igualdad material ante la ley sino como un concepto restrictivo dirigido contra enemigos reales o supuestos. Sobre dicha base mental e histórica, Richard Wagner pubicó en 1850 un panfleto Das Judentum in der Musik (“El judaísmo en la música”) utilizando le pseudónimo de K. Freigedank (K. Librepensador) y el pangermánico antisemita Heinrich Clab empleó en 1912 el sobrenombre de Daniel Fryman (Hombre libre). Hitler describió pronto su obra político-destructiva como un “movimiento de liberación” contra los grilletes del tratado de paz de Versalles de 1919. En el verano de 1922 el último canciller del imperio pronunció un incendiario discurso antisemita titulado “¿Estado libre o esclavismo?”.

Los discursos bélicos de Hitler se publicaron bajo el título de Der groBdeutsche Freiheitskampf y los objetivos políticos eran “Wehfreiheit”, “Nahrungsfreiheit” y “Raumfreiheit”, esto es, “libertad” para defenderse, alimentarse y moverse o, en otras palabras, guerra, asesinato en masa y control sobre el granero ucraniano y sobre todos los países que tuvieran materias primas importantes. Hacia 1880 el pujante movimiento antisemita puso de manifiesto, por un lado, la existencia de un resentimiento contra los judíos y, por otro lado, la prolongada miseria política de los alemanes, caracterizada por le miedo a la libertad y a la propia valentía, y por la tendencia a imputar el fracaso propio a los demás. El envidioso siempre busca un chivo expiatorio. Sobre todo en épocas de crisis, unían la libertad con la sensación de incomidad, incertidumbre y exigencia del entorno mientras que la igualdad significaba para ellos protección, asistencia social y riesgo individual mínimo. Ello impedía cualquier maduración política. La libertad se marchitaba a la sombra de los valores de la comunidad. Los conceptos de igualdad, envidia y miedo a la libertad permiten reconocer la singularidad del antisemitismo alemán.
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maxtor
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Re: La madre de todas las preguntas: ¿Por qué los alemanes?

Mensajepor maxtor » Mar Ene 27, 2015 3:29 pm

En este capítulo introductorio del libro de Aly, se hace referencia al método de trabajo y a las fuentes bibliográficas usadas por dicho historiador que pivotaron especialmente en las visitas a Jerusalem, en especial a la biblioteca Yad Vashem que es posiblemente el lugar del mundo con mayor información de archivo y bibliográfica especializada en el Holocausto… Me ha parecido fascinante esa cuña que se mete en el capítulo ya que se describe un ambiente fantástico en dicha biblioteca con continuos susurros y exclamaciones de los alumnos, investigadores, profesores o familiares de las víctimas cuando encuentran algún dato personal o digno de interés. Casi a diario acuden a dicha biblioteca supervivientes del Holocausto o sus familiares procedentes de muchos países al objeto de consultar el índice de asesinados que contiene los datos exactos de cuatro millones de personas y en los que se hable de su calvario o que les pueda indicar el destino de sus familiares.

Pero, especialmente, me ha parecido oportuno dicha información, porque introduce un aviso moral al lector, tanto aficionado como experto en historia, de no olvidar que hablamos de personas y de un horror y una infinidad de vidas truncadas… a veces (y a mí me pasa) al leer historia y participar en foros abusamos de la tecnicidad al expresar hechos horribles y creo que el valor de la vida humana se desdibuja cuando hablamos de millones de víctimas, genocidio, asesinatos en masa, campos de exterminio… La palabra Holocausto contiene todo el horror causado pro los alemanes. Ellos encerraron a los judíos europeos en casas, guetos y campos de concentración. Cientos de miles perecieron allí de hambre, frío y enfermedades. A los que quedaro vivos, los alemanes y sus ayudantes los deportaron (en camiones, trenes o a pie) a destinos donde les esperaban pelotones de fusilamiento y cámaras de gas. Algunos de los que iban a morir tuvieron que cavar sus fosas comunes o encender los crematorios y llenarlos.

A menudo, y con más frecuencia aún hacia el final de la guerra, hombres de las SS, funcionarios del Ministerio de Trabajo y médicos alemanes seleccionaban a los deportados más fuertes para realizar trabajos forzados. Así sobrevivieron a los años del terror varias decenas de miles de judíos. Otros centenares de miles que cayeron bajo el control alemán lograron esconderse, huir en el último minuto o bien no fueron entregados a los alemanes por los responsables de sus países de origen. Esta última circunstancia se produjo principalmente en los países donde, por distintos motivos, la invasión alemana se pudo detener de inmediato o al cabo de algún tiempo, como sucedió en Dinamarca, Francia, Hungría, Rumanía, Bélgica, Italia y Bulgaria. A pesar de ello, los alemanes asesinaron en tan solo tres años al 82 % de la población judía que vivía en su territorio de dominio. Seis millones de personas en total. (Letschinsky, “Bilan de l´extermination (1946); World Jewish Congress, Memorandum to the United Nations Special Committee on Palestine (1947); Letschinsky, Jewish Migrations (1960), pp. 1565 y ss.).

La gramática nunca encontrará frases adecuadas para retratar la voluntad destructiva alemana que culminó de modo desenfrenado en el exterminio físico de los judíos perseguidos. Desde 1961 hasta hoy, miles de fiscales, agentes de policía judicial, jueces, periodistas, historiadores y supervivientes decididos a dar su testimonio o animados a recordar han multiplicado con creces el conocimiento que tenemos del Holocausto. Los muchos que investigan y reflexionan sobre aquel crimen en masa ya no discuten los hechos ni los indicios más importantes. Los motivos inmediatos que indujeron a los dirigentes alemanes a poner en práctica la Solución Final del problema judío son claros en lo esencial y solo existe diversidad de opiniones en la valoración de factores individuales. En cualquier caso, todos los que participan en dicho debate coinciden en resaltar la extraordinaria importancia de la fractura histórica que supuso el Holocausto. Quizás por ello todavía se discute el sentido real de lo ocurrido y cuáles fueron sus causas profundas.

El método de trabajo del historiador Aly se basa en fuentes impresas; revistas, peticiones parlamentarias, biografías familiares y personales, artículos de periódico o actas parlamentarias. Los textos reflejan una gran variedad de opinión, a menudo contrapuestas, pero comparten una cosa: fueron redactados por contemporáneos que no sabían lo que los alemanes harían a los judíos de Europa entre 1933 y 1945. Los autores que en 1820, 1879, 1896 y 1924, escribieron sobre el antisemitismo y los sentimientos de inferioridad de los alemanes o propagaron el odio judío y la primacía de la raza aria; o los que, entre 1930 y 1932, analizaron las consecuencias políticamente amenazadoras de las crisis económicas o el poder de atracción de Hitler, no conocían las consecuencias que tendría todo aquello. Los que vivieron, observaron y juzgaron durante aquellos años previos, a diferencia de los nacidos después, todavían no se hallaban bajo la doble presión de explicar un crimen inexplicable e intentar mantener la distancia (humanamente comprensible).

Los archivos personales y familiares son útiles para reflejar si el sentimiento antisemita en Alemania fue un fenómeno de masas ya que deberá reflejarse en dichos documentos, cartas personales y recuerdos de familias alemanas, las fuentes de procedencia privadas contradicen los planteamientos que sostienen que la enemista alemana contra los judíos, y con ella, los antecedentes del Holocausto, se reducirían a uno cuantos nombres de determinadas instituciones, asociaciones o conocidos antisemitas alemanes. Si queremos analizar hechos o circunstancias pretéritas hay que tener presente las condiciones bajo las que se actuaba y pensaba en la época en cuestión. Con ese procedimiento se permite perfilar determinadas tendencias históricas que, posteriormente, coincidieron con otros factores y se agudizaron. Así es importante tener en cuenta, el estado de ánimo de los nacionalrevolucionarios alemanes de principios del s. XIX, así como el fracaso del liberalismo y la marcha triunfal del colectivismo, junto al análisis de las consecuencias derivadas de guerras, crisis y esfuerzos económicos, pero también la importante reforma educativa emprendida durante los años de la República de Weimar.

Por sí mismas las declaraciones antijudías no explican los antecedentes del Holocausto, si queremos entender el antisemitismo en la población dominante alemana, también tendremos que hablar de la habilidad, la voluntad de aprender, la capacidad de reacción y el rápido ascenso social de una cifra llamativamente elevada de judíos. Solo así es posible apreciar el contraste con la, en conjunto, indolente población dominante alemana y hacer visibles los puntos de partida del antisemitismo. Solo entonces se puede comprender por qué los antisemitas eran gente guiada por el rencor y la envidia. Los enemigos de los judíos reclamaban continuamente “más igualdad” para ellos, a pesar de que los judíos no disfrutaron, en la práctica, ninguna igualdad de derechos hasta 1918.

La exposición del libro abarca la creación de la Alemania moderna, alrededor del 1800 y considera las relaciones entre judíos alemanes y cristianos alemanes establecidas durante los 130 años posteriores.. ¿Cómo y cuándo y por qué se convirtieron los alemanes en resolutivos antisemitas?, ¿Qué causas, qué predisposiciones psicosociales, qué factores internos y externos favorecieron este proceso?. Los alemanes tomaron una senda que acabó en el abismo de la barbarie. No lo hicieron obligados, pero optaron por esa vía. El objetivo del libro y de la investigación de Aly es comprender, desde su lógica interna, el proceso histórico que desembocó en el imperio de terror entre los años 1933 y 1945 y provocó el asesinato de judíos europeos, y aportar, algunas respuestas a las dos preguntas que causan tanto desconcierto: por qué los alemanes, por qué los judíos?.
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azurzazarraga
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Re: La madre de todas las preguntas: ¿Por qué los alemanes?

Mensajepor azurzazarraga » Mar Ene 27, 2015 9:30 pm

Ya en los siglos doce y trece hubo progromos y asesinatos de judíos en Alemania.Quiero decir,que mucho antes de 1800,ocurrian esas cosas,aunque desde luego en menor numero que en la época de los nazis.Por cierto,ademas de en los territorios alemanes,en la mayor parte de Europa.Un saludo.

maxtor
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Re: La madre de todas las preguntas: ¿Por qué los alemanes?

Mensajepor maxtor » Mié Ene 28, 2015 11:19 am

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Por motivos históricos, a los alemanes les ha costado encontrarse a sí mismos como nación. Ya en tiempos de Goethe no estaba claro si el dialecto que debía representar al idioma alemán estándar era la variedad de la Alta o de la Baja Sajonia, con sumo esfuerzo, germanistas e historiadores tuvieron que codificar una lengua unitaria, recopilar fábulas y cuentos, convertir el protestantismo de Lutero a la forma de expresión religiosa de la germanidad y descubrir códices medievales con el fin de construir una historia nacional. Finalmente, esta historia se hizo remontar hasta el jefe de la tribu Arminio el Querusco, cuyo gran acto heroico consistió, el año 9 d. C., en detener y aplazar nueve siglos el avance de la civilización, el derecho y la escritura romana.

Todo lo contrario que los desperdigados judíos. Ellos poseían lo que tanto echaban de menos los alemanes: los mitos más importantes desde el punto de vista cristiano. Tenían mitos para la creación de la Tierra y el hombre. Hablaban del Paraíso y de leyes antiguas, de hombres sabios, de guerras y de la construcción tenaz de un estado capaz de defenderse. Los judíos apelan a una lengua, una escritura, una tradición y una religión milenarias que solo les pertenece a ellos. Mal vistos por su desarraigo (y me atrevo a decir por su exclusividad filosófica) tenían aquello que los amigos del germanismo tanto se empeñaban en buscar: raíces profundas y significativas. Los judíos se habían visto obligados a adaptarse demasiadas veces, pero han conservado un carácter propio, mientras que los alemanes, presuntamente aferrados a su carácter nacional, pronto perdieron sus costumbres y su idioma cuando emigraron a EEUU. El eterno judío siempre se ha sabido quién es, pero el eterno alemán se empezó a buscar en 1800.

Los nacionalistas llenaron los vacíos históricos de la nación con su idea de esencial racial perpetua. Durante la crisis económica mundial de principios del s. XX, el NSDAP obtuvo una popularidad abrumadora en todas las clases sociales gracias a dos lemas centrales: “¡ No olvides que eres alemán !”, y “¡ Despierta, Alemania !”.

Los continuos intentos fracasados de conseguir un estado nacional y la guerra de principios del s. XIX contra la tiranía extranjera de Napoleón intoxicaron sostenidamente la adaptación alemana de las ideas democráticas. Para la mayoría de los alemanes, la época del francés no supuso un avance de las ideas de libertad, igualdad y fraternidad, sino arbitrariedad, destrucción, reparaciones de guerra, miseria, hambre, epidemias y la muerte de toda una generación de hombres jóvenes… Con este telón de fondo el nacionalismo democrático alemán del s.XIX adquirió sus rasgos distintivos: debilidad, falta de coraje, duda de sí mismo, recelo ante el progreso, agresividad acumulada, temor por lo extraño y xenofobia.

Todavía bajo el dominio francés, los reformistas prusianos introdujeron en 1808 la libertad de industria y comercio. De golpe, la economía y la libre empresa pudieron desplegar todas sus fuerzas. Los judíos supieron aprovechar el estímulo que el estado dio a la iniciativa individual mucho mejor que sus compatriotas cristianos, a quienes los señores feudales y clérigos consideraban insignificantes e intelectualmente limitados. La libertad implica riesgos y ello amedrantaba a la mayoría cristiana. Sus antiguas certezas se hundieron bajo el ímpetu de la libertad económica y la revolución industrial. La mayoría de los alemanes vivió los progresos jurídicos y materiales como una pérdida. Los judíos, en cambio, no tenían mucho que perder en un mundo de párracos y patricios, de populacho y nobleza, de gremios y estamentos que se desmoronaba, mientras que en el futuro lo tenían todo. Al principio sin recursos patrimoniales, se dedicaron a acumular capital intelectual, formación e ideas, y consiguieron así el impulso necesario para el éxito material. Tomaron delantera.

Las distintas variables que adoptó la oposición a los judíos compartían un mismo sentimiento de temor a los cambios, falta de autoconfianza y miedo a competir. La reforma educativa de Humboldt de principios del s.XIX fomentó las universidades y centros de educación de secundaria, pero no se ocupó de la educación primaria hasta 1875. Gracias a su mejor preparación y flexibilidad intelectual, los hijos de las familias judías pudieron aprovechar la ampliación de la educación superior y universitaria, mientras que los jóvenes cristianos, debido a su falta de formación elemental y modelos educativos paternos fueron quedando cada vez más rezagados hasta principios del s. XX. A pesar de los obstáculos que impedían el avance hacia la equiparación jurídica, los judíos encontraron en Alemania unas condiciones excelentes para impulsar su autoemancipación.

El frente de los antijudíos estuvo encabezado por intelectuales como Constantin Frantz o Heinrich von Treitschke, quienes apelaban a una mayoría de torpes. Sobre este sustrato social creció y arraigó rápidamente el resentimiento moderno contra los judíos. Tras la derrota en la Primera Guerra Mundial y después de un tratado de paz como mínimo poco inteligente, percibido en cualquier caso como profundamente injusto y favorecido por la Constitución democrática de la República de Weimar, el resentimiento degeneró. El antisemitismo se convirtió en patrimonio de los alemanes.

Kurt Blumenfeld nació en 1884 en Prusia Oriental, se adhirió al movimiento sionista y salió de Alemania a finales de febrero de 1933, y seis meses antes dejó expuesto su visión sobre la situación de los judíos.. “la guerra mundial, la exagerada industrialización, el rápido aumento de la población europea, la degradación de las antiguas clases dominantes y adineradas, la enorme pobreza de la mayoría, la mecanización de la vida y el retroceso de los intereses intelectuales y culturales” habían provocado la brusca transformación social que ayudaría al nacionalsocialismo a conseguir la victoria. Blumenfeld analizó cómo los nacionalsocialistas habían atacado desde 1875 a la idea del estado liberal y contrapuesto la libertad del individuo la libertad y la “igualdad de derechos” del “grupo humano devenido histórico” que era para ellos el pueblo: “Así surgió, paradójicamente por vía democrática, el deseo de una dictadura asumida por la mayr parte del pueblo”.

El pensamiento liberal que concede a cada ciudadano una dosis enorme de responsabilidad personal, fue sustituido por la fe en un estado organizado a través del colectivismo étnico. La teoría de un estado pluralista, de corte anglosajón, se topó con un rechazo categórico en Alemania, según Blumenfeld: “La sociedad impone que el individuo establezca en su vida numerosos y distintos lazos sociales. La pertenencia a una comunidad religiosa, una nación, un sindicato o una familia vincula al individuo de forma distinta en cada caso. Esta imposición se ve como una negativa a la necesidad de la unidad del estado y, por ello, se ansía un estado “total” donde ningún aspecto de la vida pueda sustraerse de lo político”. Para Blumenfeld, con la inminente victoria de la revolución nacionalsocialista, el derecho se convertía en la expresión puramente técnica de la fuente de poder supremo del estado totalitario y el “exterminio de los judíos, en uno de sus objetivos principales”.

Paralelamente a la ofensiva contra los judíos, el gobierno de Hitler redefinió a su pueblo como una unidad racial de camaradas nacionales de la misma condición, y como prometió “la igualdad de derechos” justamente para este grupo de población supuestamente homogéneo, Blumenfeld se temió que contara con un apoyo considerable, tanto activo como pasivo, temores más que probable ya que los alemanes ya habían dado por perdidos los valores de la sociedad liberal moderna mucho antes de 1933, de hecho durante los 125 años anteriores se habían dedicado a privar a las ideas de libertad individual e igualdad ante la ley de su contenido original y las habían transformado paulatinamente en tópicos del colectivismo étnico. Thomas Mann resumió el problema en 1945: “El concepto alemán de la libertad siempre ha sido un concepto externo al individuo; se ha referido al derecho de ser alemán, solo alemán, y nada más”. No incluía la libertad para la persona, sino la libertad “para la patria alemana”.

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Re: La madre de todas las preguntas: ¿Por qué los alemanes?

Mensajepor maxtor » Mié Ene 28, 2015 4:02 pm

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El movimiento nacional alemán inspirado por Ernst Moritz, Friedrich Jakob Fries y Friedrich Ludwig Jahn tomó este camino ya en 1810, con posterioridad los reformistas económicos alrededor de Friedrich List reforzaron la tendencia hacia el proteccionismo temeroso. Entre 1876 y 1879, Bismarck se apartó radicalmente de los principios del estado liberal y acabó deliberadamente con el Partido Nacional-liberal. Después la sólida y bien organizada socialdemocracia alemana contribuyó a situar la fuerza de las masas por encima de los derechos individuales. Ella ideó el socialismo de estado como garante de la felicidad futura. Del lado burgués, el pseudoliberalismo nacional-social concebido por Friedrich Neumann y ampliado con objetivos imperialistas y bélicos reforzó la vorágine política hacia un nacionalismo étnico… En definitiva el liberalismo económico y político fue destruido entre la burguesía, la clase obreras y las nuevas capas intermedias de la población que aspiraban al ascenso social. A pesar de sus diferencias, a todas ellas les unía el desprecio por el liberalismo de corte británico.

El pensamiento colectivista de raza se impuso aproximadamente a partir de 1880 y tuvo muchos padres, más de los que las teorías del totalitarismo quieren reconocer. Hay muchos teóricos que reducen el problema histórico a la influencia de determinados partidos y formas de estado de ideología fascista y bolchevique, con lo cual impiden un análisis más profundo de las causas. Intelectuales de la época, como Kurt Blumenfeld y Thomas Mann llegaron a la raiz del problema, al igual que los economistas liberales Wilhelm Röpke y Friederich A. Hayek, quienes en sus investigaciones realizadas en los años 1944 y 1945 no dudaron en incluir en sus estudios sobre el nacionalsocialismo a hombres como List, Friedrich Naumann, Wilhelm Plenge, Paul Lensch y otros precursores de ideologías más o menos de izquierdas.

Todas las asociaciones y partidos antisemitas que aparecieron en escena en Alemania entre 1880 y 1933 apostaron por el proteccionismo económico y político. Reclamaron “justicia” para la mayoría cristiana y exigieron la “equiparación” de los rezagados en la escala social. Del estado esperaron que derrochara seguridad material y justicia sobre las masas, que garantizar el bienestar del pueblo y protegiera al hombre de la calle de todas las inclemencias y crisis económicas, del dumping salarial, de la competencia extranjera y de los judíos. Los propagandistas del antisemitismo prometieron la felicidad de la comunidad y condenaron el individualismo. Y no solo alimentaron el resentimento contra los judíos, sino que privaron a los alemanes sencillos del estímulo de probar suerte por sí mismos, de desarrollar su autoconfianza, en resumen, de seguir el ejemplo de los judíos.

La primera guerra mundial y la derrota aceleraron este proceso de cesión de la autorresponsabilidad y auto-cesión de la libertad individual, se aprovechó para impregnar en las clases obreras el sello de la cohesión nacional, entre 1914 y 1918 millones de soldados se aferraron unos a otros en la interminable y sanguinaria guerra europea, en la camaradería nacional. Los combates provocaron una intensa relación de dependencia entre los milicianos. Como observó el sociólogo Emil Lederer en 1915, “la sociedad se transforma en comunidad” y “todos los grupos sociales preexistentes y sentidos como fundamentales” se desvanecieron “ante la infinita unidad del pueblo” en la defensa del suelo patrio. (Lederer, Zur Soziologie des Weltkrieges (1915/1979), p. 120 – 126). Es cierto que la mezcla social afectó a todos los países que participaron en la guerra, pero en las democracias occidentales vencedoras se disolvió rápidamente. En Alemania fue distinto, donde a partir, de 1918, imperaron las circunstancias de una fortaleza sitiada. Se produjo una segunda fusión social, favorecida, por un lado, por las condiciones que habían ido madurando durante 100 años, pero que difícilmente hubieran producido efecto sin las consecuencias desmoralizadoras de la guerra. Se llegó a una situación en la que la derrota y las consecuencias de la misma, hicieron que los movientos nacionales y sociales, fortalecidos en el s. XIX, y al principio, contrapuestos, se entrecruzaron, se influyeron mutuamente y en definitiva aspiraban a unirse. Así lo resumió el historiador Meinecke en 1946, y añadió refiriéndose a Hitler: “La gran idea que flotaba en el aire, la fusión de los movimentos nacional y socialista, halló en él, sin discusiones, al pregonero ardiente y al ejecutor decidido”. (Meinecke, Die deutsche Katastrophe (1946/1955), pp. 106 y ss.).

Una tercera fuerza política comprometida con las libertades cívicas habría podido evitar este funesto proceso, pero no existía. Bajo estas premisas, después de que el dictado de paz, la inflación, las intervenciones militares extranjeras, los levantamientos armados internos y, finalmente, la crisis económica mundial allanaron el camino, el NSDAP se convirtió en un partido escoba. Hitler prometió a sus electores antiliberalismo sin condiciones y capitalismo de estado fuerte. Anunció a los racialmente iguales y genéticamente sanos la llegada de la era de la justicia nacional-social. Situó el estado total por encima del individuo. Tergiversó las diferencias sociales, religiosas y regionales que existían en el interior de la sociedad alemana y las convirtió en contrastes externos de nación y de raza.

En la primavera de 1945, a la vista de la derrota alemana que tanto deseaba, Wilhelm Röpke buscó con el libro “La cuestión alemana” respuestas a una pregunta que sigue resultando inquietante: “¿Cómo ha podido este pueblo acabar así en todo el mundo?”. En la edición ampliada de 1948, Röpke rechazó enérgicamente un muy extendido argumento mediante el cual se pretendía encubrir a muchos alemanes: que el capitalismo, y sobre todo, la alta burguesía habrían contribuido a la victoria del nacionalsocialismo. Esta afirmación ha disfrutado hasta hoy de cierta popularidad. Se puede atribuir a la necesidad comprensible, pero nociva para una investigación profunda de las causas, de atribuir la culpa de los crímenes de la Alemania nacionalsocialista a un grupo lo más reducido posible de personas y, así, disminuir el lastre histórico que pesa sobre la gran mayoría. Sin embargo, como escribió con justo título Röpke, “tan incontables son los ejemplos como corto fue el paso del demosocialismo al nacionalsocialismo. La leyenda de los capitalistas malos que, con la ayuda del nacionalsocialismo, habrían abusado de la mayoría alemana inocente es del toto reprobable. Nunca nos consaremos de repetir que la verdad fue muy distinta: sin el apoyo de la amplia mayoría del pueblo alemán, el nacionalsocialismo no habría alcanzado el poder ni se habría mantenido en él, y este hecho evidente tampoco cambia que una parte de esa mayoría había votado antes a los socialistas y comunistas, y hoy lo sigue haciendo. No se puede subestimar más al nacionalsocialismo que nengando su carácter de masas”.

A partir de 1933, la población participó ampliamente de la privación de derechos de los judíos oficialmente organizada. No ocurrió lo mismo mayoritariamente con el asesinato. Pero que los judíos fueran humillados, expropiados, tratados con dureza y deportados para realizar trabajos forzosos, eso lo aceptaron millones de alemanes atacados por la envidia callada, el rencor, la alegría contenida por el mal ajeno y la codicia. Ellos fueron la base social del Holocausto. Como todos los envidiosos, los antisemitas también se escondieron en argumentos espurios o silencios aprobatorios. El ensayista norteamericano Joseph Epstein, en su ensayo “Envidia” sacó la siguiente conclusión: “A la vista del impresionante éxito económico y profesional de los judíos en el mundo moderno, a nadie con un cierto olfato social se le escapa que este éxito genera envidia a su alrededor”. Esta conclusión condujo a Epstein a preguntarse si detrás del Holocausto “no se escondía la envidia en su forma más abominable”. En efecto, el antisemitismo moderno comenzó a brotar con la introducción de la libertad de industria en Alemania a principios s. XIX. No fue sólo el deseoétnico-colectivista de una vida de iguales entre iguales, sino también la envidia corroedora que el individuo no confiesa ni reconoce en los demás lo que impulsó abiertamente una teoría de la raza que vino como anillo al dedo a muchos alemanes infelices consigo mismos. Los universitarios cristanos torpes, los empresarios poco innovadores o los tenderos que se equivocaban calculando no se podían pasar la vida criticando los mejores resultados de sus competidores judíos. Por lo tanto, era de esperar que el antisemitismo envidioso y social se transformara en calumnia racista.

A los envidiosos les encanta que otros actúen y aporten argumentos por ellos, eso les permite ocultar su bajo instinto detrás de programas políticos o conceptos tan elevados como la justicia, la ley estatal o la verdad supuestamente objetiva de una teoría racial científicamente fundada. El antisemitismo, elevado en 1933 a objetivo de estado, excusó a cada alemán de asumir su responsabilidad y sentir vergüenza, la forma de gobierno dictatorial fue, en especial, idónea. La práctica oficialmente regulada y jurídicamente adornada permitió al ciudadano medio quedarse de brazos cruzados. Ello explica por qué la mayoría de los alemanes no pasó a la violencia directa contra los judíos pero consideró legítima la privación de derechos oficialmente ordenada. Este antisemitismo pasivo de la población alemana dotó un amplio margen de maniobra para la práctica asesina. El sociólogo estadounidense Everett C. Hughes analizó dicho fenómeno en 1962 en su clásico ensayo “Good people and Dirty Work”. El autor recorrió en 1948 las ruinas del Tercer Reich y anotó las conversaciones que mantuvo con los ciudadanos alemanes todavía bastante trastornados y el ensayista llegó a la conclusión que buena parte de la sociedad alemana había aceptado que había un problema judío, y que estaban abiertamente dispuestos a que otros hicieran el trabajo sucio por ellos, y del que luego no querían ni hablar. Les dio igual lo que pasó.

A partir de 1870, y a pesar de los contratiempos, el bienestar nacional fue aumentando poco a poco y la diferencia material entre judíos y no judíos disminuyó, de hecho, a partir de 1910, los alemanes cristianos redujeron rápidamente la distancia educativa, se acomodaron mejor a la vida en las grandes ciudades y aumentaron su ascenso social, los judíos encontraron una competencia cristiana cada vez más fuerte, en 1930 sólo el 4 % de los universitarios eran judíos. Si en 1914 los judíos ganaban de media el quintuplo que un alemán estándar, en 1928 no llegaban al triple, lo que supone una considerable equiparación en solo 14 años.

La voluntad de ascenso impregnaba todas las capas de la población y no se medía por la magnitud de un determinado grupo profesional o salarial, sino por la decisión de sus miembros de querer, con todas sus fuerzas, ascender socialmente. A mediados de la década de 1920, las posibilidades para conseguirlo fueron más halagüeñas que nunca. La movilización masiva de la guerra, la revolución republicana, el breve pero intenso auge económico iniciado en 1925, la buena política educativa socialdemócrata; todo ello daba alas a la voluntad de cambiar. Fue precisamente en esa situación cuando la crisis económica mundial causó un estancamiento y detuvo de un modo abrupto el movimiento ascendente generalizado. En ese escenario, el NSDAP consiguió transformar las truncadas perspectivas de felicidad individual en un movimiento político por la felicidad colectiva.

Sobre estas bases se explica por qué el NSDAP atrajo a sus filas sobre todo a los jóvenes; por qué el 40 % de las capas medias urbanas contribuyeron a los éxitos electorales de Hitler y por qué los protestantes, que tradicionalmente tendían más al ascenso social que los católicos, votaron al NSDAP en una proporción que doblaba a estos. La tendencia a la equiparación de las condiciones de vida de judíos y no judíos no hizo descender el recelo antisemita, el motivo es la cercanía entre clases; entre grupos o personas vecinas y materialmente iguales suele haber mucha más envidia agresiva que entre grupos humanos socialmente más dispares, y por ello, físicamente más separados.

Es la cercanía lo que permite la comparación constante, el antisemitismo popular de la envidia no iba dirigido preferentemente a los judíos que eran banqueros, revolucionarios, propietarios de grandes almacenes o enemigos de raza o religión, sino muy en concreto contra judíos que eran vecinos, compañeros de estudios, de trabajo o colegas de asociación mejor situados, al menos aparentemente. La creciente pularidad del antisemitismo fue de la mano de la cercanía social, el intenso roce entre judaísmo y no judaísmo, y sobre esta larga línea divisoria los ánimos se encendieron. En situaciones de conflicto étnico, o por lo menos las de motivación social compartida, una de las conclusiones generales del libro de Aly, es que, en cuanto una mayoría económica y socialmente atrasada empieza a recuperarse y la distancia respecto a la minoría que avanza más rápidamente se acorta, el peligro del odio y la violencia no se reduce sino que aumenta.

Por un lado el intenso recrudecimiento del antisemitismo durante la década de 1920 se puede explicar por la dinámica de ascenso social de los alemanes cristianos. Por otro lado, la entretanto popularizada ciencia racial se encargó de atizar el fuego proporcionando argumentos e instrumentos para trazar de forma cada vez más clara las líneas divisorias entre judíos y no judíos. La doctrina que elevó a la nación alemana a la categoría de colectivo biológicamente superior, popularizada a partir de 1900 e impartida desde 1922 en las universidades y, más tarde, en las escuelas alemanas, ayudó a los humillados y afligidos a sentirse protegidos por el colectivo, y a los inhibidos a desinhibirse. Usaron el concepto de raza como herramiento para interpretar su propia vida y las del resto de la comunidad, tal como escribió Erich Voeglin en 1933. Los alemanes que, desde 1880 y, sobre todo, a partir de la década de 1920, apretaban fuerte desde abajo para subir en la escala social declararon a los judíos, en promedios más prósperos, seres inferiores para convertirse a sí mismos en seres superiores.

El antisemitismo de los alemanes fue impulsado por la envidia, el miedo al fracaso, el rencor y la codicia, esas fuerzas del mal que el hombre teme e intenta comprender civilizadamente desde que el mundo existe. Los alemanes inmersos en una tradición cristiana y jurídica eran conscientes de los bajos instintos de su rechazo a los judíos y se sintieron avergonzados, eso los predispuso a sentirse tan favorables ante una doctrina de raza. La ciencia biopolítica sublimó el odio como conocimiento, la carencia como ventaja, y justificó la toma de medidas legales. Así, millones de alemanes delegaron en el estado sus vergonzosas agresiones motivadas por sentimientos de inferioridad.

El primer asesinato de la historia de la humanidad ocurrió por la envidia y deseo de igualdad. El pecado de la envidia, la búsqueda colectivista de la felicidad, la ciencia moderna y las técnicas de dominación hicieron posible el asesinato sistemático y masivo de judíos europeos. Todo invita al pesimismo, ya que un suceso parecido al Holocausto es estructuralmente posible. Si queremos reducir ese peligro, deberemos tener en cuenta las complejas premisas del género humano, y no creer que los antisemitas de ayer fueron personas completamente distintas de nosotros.

Saludos desde Benidorm.
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Re: La madre de todas las preguntas: ¿Por qué los alemanes?

Mensajepor arturo arado » Mié Ene 28, 2015 10:11 pm

Maxtor, es muy de agradecer el profundo y documentado pero a la vez perfectamente inteligible análisis que has hecho, de un tema tan complejo. Muchas de esas premisas se daban en otros países básicamente del centro y este de Europa donde había también una larga tradición de progromos. Pero sólo en la patria de Goethe se dieron en los tiempos e intensidades necesarias para producir el enorme drama de los judíos.
Gracias.
Spero Lucem Post Tenebras
Lema de Juan de la Cuesta, impresor,
primera edición de El Quijote, Madrid, 1605.

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Antonio Machado
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Re: La madre de todas las preguntas: ¿Por qué los alemanes?

Mensajepor Antonio Machado » Vie Feb 06, 2015 8:33 pm

Hola amigos !


Otro excelente aporte de Maxtor a este excelente Foro. El tema del Hilo que ha comenzado es ultra-interesante y ha provocado mucha tinta, tiene muchas ramificaciones y permite profundizar sobre todos ellos.


Me estoy poniendo al día con centenares de e-mails y notificaciones del Foro que tengo pendientes de leer y contestar; por ello solo he podido leer el contenido de este interesante Hilo de manera rápida y somera; pienso volver a leerlo sosegadamente para explorarlo "in profundis", probablemente ordene esa obra, promete mucho.


Agradecimientos y saludos al destacado forista desde Benidorm por compartir sus conocimientos y lecturas con todos nosotros.



Saludos cordiales desde Nueva York,


Antonio Machado
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