por Francis Currey el Jue Nov 22, 2007 2:45 am
LÓPEZ CONTRERAS Y LOS BARCOS DE LA ESPERANZA
Clemy Machado de Acedo
Muchas son las razones por las cuales el Gobierno del General Eleazar López Contreras se distinguió; entre ellas, cabe mencionar el haber logrado una transición pacífica de una dictadura férrea y larga hacia un régimen de apertura democrática que descansa en la ley, y con un poder militar sometido al poder civil; haber diseñado e implementado lo que pudiésemos concebir como la primera política social en Venezuela -para atender los numerosos problemas de educación, salud e infancia abandonada, plagas que diezmaban a la población-, conocida como el Programa de Febrero.
Pero quisiéramos referirnos aquí a una tercera significación de su obra de gobierno, que fue su disposición a atraer inmigraciones capaces de aportar al desarrollo del país. Con este objeto crea, en agosto de 1938, el Instituto Técnico de Inmigración, que prepara la entrada de miles de familias de inmigrantes espontáneos y dirigidos, así como de venezolanos repatriados. Pero más importante aún fue su apertura para recibir y acoger a grupos de muy alto nivel que venían huyendo de problemas políticos en sus países de origen y es así como le abre las puertas a la inmigración judía y a otras, como la española, las cuales se encontraban en similar situación. Nos centraremos muy brevemente en la inmigración judía, originada en la persecución que se desató en Alemania desde 1933, y que produjo olas de migraciones y de huidas entre 1939 y 1945.
Es preciso tener en cuenta que en el contexto en el que se produjeron las migraciones de judíos aún imperaban leyes restrictivas para poder darles refugio. El caso de los judíos se encontraba entre la lista de inmigrantes “no deseables”, por su supuesta simpatía hacia los comunistas, o porque eran vistos como minoría poderosa, capaz de monopolizar el comercio.
Son éstas las condiciones en las que hacen su aparición frente a las costas venezolanas dos barcos de bandera alemana, el Caribia y el Koenigstein, que venían de Hamburgo. El Caribia hace intentos, sin éxito, en Trinidad y luego en La Guaira y Puerto Cabello, hasta que, habiendo enfilado hacia Curazao, recibe finalmente la autorización presidencial de desembarcar en Puerto Cabello, como resultado de los buenos contactos de la dirigencia ashkenazí y sefardí, y especialmente, de Fortunato Benacerraf, con el Gobierno. Se cuenta que no habiendo luz suficiente en Puerto Cabello para que el barco atracase y los pasajeros pudiesen desembarcar, se encendieron las luces de las casas del pueblo y de los automóviles y camiones que pudieron estacionarse en las cercanías del muelle en un emotivo gesto de solidaridad. Los pasajeros, agradecidos por el gesto humanitario del Presidente, publicaron una carta en el periódico Ahora.
La historia del Koenigstein es similar. Zarpa igualmente de Hamburgo, en febrero de 1939, con ciento sesenta y cinco judíos a bordo, y a los dos días de navegación se enteran de que en Barbados habían cerrado también la inmigración, sin oír los ruegos que durante ocho días se hicieron para que los dejaran desembarcar. Igual cosa les ocurre en la Guyana Inglesa y en la Francesa. Su capitán confesaría, años mas tarde, que de no haberlos admitido Venezuela, se hubiese visto obligado a “lanzarlos sin piedad al mar; pero se resistía a vivir con ese remordimiento de conciencia el resto de su vida”.
El barco llega a La Guaira el 27 de febrero, considerando a Venezuela como su último refugio; de otro modo hubiesen tenido que volver a los campos de concentración en Alemania, según telegrama enviado a López Contreras en nombre de la Sociedad Israelita del 3 de marzo. Al día siguiente, la Sociedad Israelita acusó recibo de un telegrama enviado por el propio López Contreras, en el que informaba haber pasado el asunto al ministro de Relaciones Interiores. Cuatro días mas tarde, los refugiados pisaban tierra venezolana.
El problema, entonces, era qué hacer con ellos, dónde alojarlos. El doctor Celestino Aza Sánchez tenía una hacienda en Mampote y, por intermediación de Natalio Glijansky, representante de la comunidad judía caraqueña, fueron llevados allí y alojados en todos los espacios de la propiedad. Con la colaboración de los vecinos y de la comunidad judía consiguieron comida para poder alimentarlos, presentándose la propia esposa del Presidente López, María Teresa Núñez de López, con un camión lleno de víveres, gesto que le valió años mas tarde una condecoración por parte de Unión Israelita de Caracas.
Se publicó una lista de ellos con sus nombres, edad, lengua, estado civil y ocupación, de manera de ayudarlos a conseguir trabajo, y pronto la mayoría fue tomando su propio rumbo, muchos en Caracas, otros en Maracaibo y otros consiguieron la visa americana y se fueron. Entre ellos había abogados, médicos, industriales, pero también agricultores, sastres, tenedores de libros, fabricantes de ropa, relojeros, electricistas, etc.
El presidente López Contreras nunca se arrepintió de la decisión de acogerlos y más bien se enorgullecía de la misma, pues a pesar del riesgo que representó, era el tipo de inmigración que quería para su país.
EL GLOBO TERRÁQUEO DEL JUDÍO Y EL GENERAL
Mauricio Goihman Yahr
Al principio, Hitler quería que Alemania -pero no necesariamente el mundo entero- fuese Judenrein. Por ello, permitió que los judíos escapasen de Alemania sin dinero, pero con sus vidas, e incluso, mercancías y maquinarias. En cierto momento, agencias nazis y sionistas colaboraron para hacer posible la salida de nuestros hermanos. Inicialmente, ello era posible y algunos se salvaron. Más tarde, y sobre todo a partir de 1936, las cosas se pusieron difíciles, no tanto por los alemanes, sino porque los demás países, incluso los más democráticos, cerraron sus puertas a los hebreos con una impenetrable cortina de basalto.
Una historia relata que un judío era entrevistado por un funcionario en una de esas oficinas “facilitadoras”. Este último tenía un globo terráqueo donde el judío debía señalar el país que preferiría para su residencia. El judío, por supuesto, señaló primero a Estados Unidos. “No es posible”, dijo el funcionario, “no lo recibirían”. Tampoco fue más afortunada la escogencia de Inglaterra, Francia, Brasil, Canadá, ni ningún otro país concebible. Dijo entonces el judío ya desesperado... ¿Tiene otro globo? El antijudaísmo fue notorio en los países llamados democráticos durante las décadas de los treinta y los cuarenta, incluso durante la Guerra Mundial. Parecía como si los que defendían la libertad y los derechos humanos compartieran con Hitler la noción que los judíos no éramos humanos, sino subhumanos. La cortina de basalto rodeaba toda la tierra y era casi impregnable. Recuérdese que aún en el acmé de la Inquisición y la expulsión de España, los judíos fueron bien recibidos por los otomanos... No había, por el contrario, puertas abiertas en esos años aciagos.
Es en ese contexto que debe juzgarse y valorarse la decisión del entonces Presidente de nuestro país, el General Eleazar López Contreras, de permitir la entrada de judíos literalmente errantes que tocaron las costas de Venezuela en uno de los barcos salidos de la Europa hostil.
Eleazar López Contreras era un hombre muy interesante y complejo. Casi un hombre para todas las estaciones, como el célebre y mártir Canciller de Enrique VIII de Inglaterra.
El General López Contreras nació en Queniquea (Táchira). Huérfano de padre, fue educado por un tío sacerdote. Graduado de bachiller y orientado hacia los estudios de medicina, se incorporó a la Revolución Restauradora de Cipriano Castro (su casi paisano) y formó parte del núcleo original de los noventa y nueve. La revolución llevó a Castro y a los andinos al poder. López sirvió a Castro como militar (incluso como edecán) y luego a Gómez, llegando a ser Ministro de Guerra y Marina. Era un hombre culto, seguidor de Bolívar, amante de la disciplina, pero no de la crueldad. Veía las cosas como eran y trataba de que fueran lo mejor que pudieran ser, y sobre todo, tuvo paciencia y supo esperar su oportunidad. A la muerte de Gómez se encargó interinamente del poder. Evitó que los extremistas, seguidores de Eustoquio Gómez, instauraran una dictadura más cruel que la anterior, e hizo también posible que no estallase la revolución de izquierda u otras revoluciones que hubiesen podido llevar el país al caos. Proclamó la calma y la cordura. Electo luego por el Congreso como Presidente de jure (no había aún elección ni voto universales y directos), ese General, calmo y cuerdo, hizo posible que Venezuela entrase en el siglo XX. Inició la reforma de la Salud Pública y de la Educación. Habló al país entero por radio (nunca antes se había hecho). Facilitó el desarrollo de las artes y, modestamente, de las ciencias. Redujo de motu propio su período presidencial de siete años a cinco. Rechazó la reelección inmediata y en 1941 le entregó el poder a Isaías Medina Angarita, otro General ilustrado, quien fuera electo también de modo indirecto, en un proceso comicial donde participó Rómulo Gallegos. Ese López Contreras fue el hombre que abrió una pequeña puerta en la cortina de basalto y permitió la entrada de judíos sin visa, y lo más importante: él y sus ministros -entre ellos, Uslar Pietri- hicieron que esa entrada se hiciese con dignidad, recibiendo a los náufragos de Europa con bondad y con ayuda humanitaria. De ese grupo quedan aún muchos en nuestra comunidad y han originado familias respetables, útiles al país a los demás judíos y al mundo.
En estos momentos donde los cielos parecen nublarse de nuevo y fantasmas que creíamos enterrados -con una estaca de fresno en el pecho- reviven en una orgía demoníaca, vale la pena recordar que hay una Venezuela que abre sus puertas y que integra con cariño y bonhomía.